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El diente y la muñeca

Texto Por Diego Arguedas Ortiz, Fotografía de David Bolaños


Dos meses después, conservo la risa de Dulce María en mi grabadora. Cuando reproduzco el audio número 180 suena la voz tranquila de su madre, Karen, y luego la de ella. Las dos hondureñas están exhaustas y tragan despacio una sopa. No tienen cordones en los zapatos y usan tiritas de aluminio para amarrarse el pelo. Estamos sentados en un refugio texano para migrantes mientras dos voluntarias gringas buscan calzado para Karen, pero pronto abortan la misión: demasiado grandes, demasiado chicos. Las estadounidenses se retiran con varios pares de zapatos. «Nos quedamos sin siete», anuncia una, y sale a buscar otros.
–Tengo un pie difícil –dice Karen, con la misma tranquilidad con que me dijo antes: «El camino es muy difícil».
Dulce María sonríe. Yo veo que le falta un diente.

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Lo primero que le pregunto a Dulce María es por el diente. Tiene seis años. Cruzó el río Grande hacia Texas con su madre y su tía: perdió allá un diente de leche y aquí recibió una muñeca sin nombre. No me toca a mí decidir si es un canje justo o no, yo solo le digo que la muñeca no puede quedarse anónima por siempre. Antes, le pregunto: «Cuando se te cayó el diente, ¿estabas en el bus, en el carro o caminando?». Ella contesta que dormida. Lo encontró al despertar, en la cobija, y lo guardó en una cartera que dejó en México.
En Texas aprendí que a las niñas migrantes, como Dulce María, les suceden cosas tan terrenales como hallar un diente entre las cobijas. Tal vez ella ya lo sabía.

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Karen y su hija toman la sopa. Tras semanas de viaje precario, no pueden comer nada pesado porque vomitarían, me dijeron en el albergue. No sé si a ellas les explicaron lo mismo. Por eso, cuando un voluntario que cumplía su último día repartió manzanas caramelizadas en señal de agradecimiento –incluso a nosotros, periodistas, a quienes no conocía–, las escondimos. Los migrantes que recién llegan, como ellas, no deben verlas. Primero deben acostumbrar otra vez su sistema digestivo.
Tras comer sigue el baño, pero Dulce María se rehúsa a entrar sin su muñeca. Suena lógico: Karen no dejará ir a Dulce María y ella no soltará su muñeca. Entonces intervengo: yo haré de niñero mientas estén en la ducha.
En mis manos, la muñeca apenas tiene peso. Al recorrerla, la siento más cercana a cojín que a juguete. Tiene las curvas toscas y huele igual que la ropa, las sábanas y los peluches en casa de mis abuelos. Es un honor raro tenerla.
Cuando David, el fotógrafo, me encuentra, he perdido momentáneamente una entrevistada y he ganado una muñeca.

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La agenda del reportero pocas veces está a su disposición. En cualquier momento roban un banco, tiembla, renuncia un candidato.
En Texas, alguien me alerta de que están saliendo grupos de migrantes del refugio a la estación de autobuses para irse a otras ciudades y no volver jamás. Allá debemos ir. Ya.
¿Cuánto tiempo tardará Dulce María en la ducha? Soy el tutor legal de su muñeca. Me planteo llevarla conmigo, pero me aterra que salga con el pelo mojado para encontrar que no está.
Busco a una voluntaria que habla español y le digo: «Esta muñeca es de la niña que está bañándose». Renuncio a la custodia.

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Los migrantes renuncian a todo menos a sí mismos. Dulce María y Karen dejaron en México sus bolsos, incluso el que llevaba el diente. Tras cruzar el río, la guardia fronteriza les quitó los cordones de sus zapatos y les incautó los artículos para el pelo. Quedaron ellas, su ropa y sus papeles.
Aquí intentan rearmarse. Antes de bañarse, las voluntarias le dieron a Karen dos sostenes. Cuando las reencuentro, tras volver de la estación, ella viste el correcto para su cuerpo y ha devuelto el otro. Ahora luce una camisa holgada y se ve linda. Karen tiene veintitrés años. A su lado, en la fila para transportarse a la estación, su hija abraza la muñeca y sigue sonriéndome con su boca sin un diente. Eso me alivia.
Yo necesito redimirme por abandonar la muñeca, entonces tomo la manzana caramelizada de mi bolso, me pongo de cuclillas y se la entrego a la niña. Algo les explico de que todavía no la coman, que la guarden. No sé. Karen le dice a Dulce María: «Agradézcale al muchacho», y ella me abraza.
En esa misma fila, Dulce María me llama. Me dice: «Ya tiene nombre», y yo le pregunto cuál es.
–Suzy –me dice.
Esa noche Karen y Dulce María tomarán un bus hacia Houston. Suzy irá con ellas. David y yo nos quedaremos en Texas unos días más, luego regresaremos a casa a intentar contar la historia.
El diente quedó en México, hasta donde pude averiguar


Diego Arguedas Ortiz (San José, 1989) es periodista del Semanario Universidad.
David Bolaños (Alajuela, 1993) es fotógrafo y periodista.