Thomas-el-oscuro-(Fangacio)
Reseñas

Thomas el oscuro

Maurice Blanchot (Quain, 1907-Yvelines, 2003) ■ Pre-textos (2002) ■ 100 páginas ■ 73 soles


Novela. Blanchot, en no pocas páginas me exige (una sola cosa que es todas las cosas), o si tú quieres, no me exige, sino me elige y yo acepto, para un destino o una misión urgente, sagrada: reaprender a leer. ¿Es tan difícil admitir que uno lee como intento porque uno no sabe leer? Vivir: intento mayúsculo por leer lo mayúsculo, en los detalles más minúsculos de la vida; seriedad visceral más bien o antes, que seriedad programática –o «racional»–. Es lo primero (como también lo último) que tengo que agradecer y aprender y reaprender, gracias a Blanchot. Como el protagonista en algún pasaje de la novela, uno se tiene que prender de las palabras, volverse ellas, fusionarse, incluso anonadarse, ya que sin esa concentración radical, extrema, no hay novela en el lector. Leer es peligroso; y no leer… Diario de sensaciones íntimas (o así quiero verlo yo) llevado al límite de la abstracción (exigente, apasionante, como si solo pensando y sintiendo pudieras venir hasta el límite, el límite puro, y el límite entre la vida y la nada, más que al límite que hay entre la vida y la muerte, la simple muerte). En efecto (o por defecto), ¿cuál es el límite de la abstracción? Respuesta. La destrucción personal (o mejor dicho, la de una persona fá-cil-men-te-i-den-ti-fi-ca-ble), la destrucción del texto. O sea, la genialidad. El texto nuevo donde palpita lo misterioso… Si la de Céline es, por ejemplo, una prosa que explosiona, alegría y furia, la de Blanchot implosiona, reconcentrada, severa, virgen orgásmica, compacta hasta lo casi increíble… ¿Puede anotarse sin caer en una tentación banal, que se trata de una novela excesivamente mental? Aunque, eso sí, siempre, a partir de lo más puramente sensorial. Pero el buen lector debería responder al exceso con gratitud… Aquí uno se pregunta: qué tan novelesca puede ser la filosofía; que tan filosófica puede ser la novela. No hay una respuesta, pero hay un camino que nos invita a… Hay algo abrasivo y claramente purificador al estar, al vivir, en esta novela. Escarbar un agujero formidable casi sin moverse a ninguna otra parte. Blanchot quiere leer «la sensación minúscula», o sea el mundo, el yo, aunque eso le cueste el mundo (el yo). Maniático de la profundidad. Pero el hombre común es un maniático de lo contrario. Me fascina su exigencia de novela que puede partir (parir) en dos a las tribus de lectores. Maurice Blanchot, un poseído por la Literatura que no necesita de nada en esta obra, nada que no sea el experimento noble y feroz de entregarse a sucesivas transformaciones, así da una lección de lo que puede la Literatura, mucho más de lo que sospecha el lector goloso modelo deportivo de novelas sin peligro. Mucho más que la neblina insalubre de eunucos que afirman amarla. Lección de rigor que avergonzaría, con toda probabilidad, a quienes nunca lo leerán. Pienso sin término, sin desenlace, en lo más oscuro de Thomas el oscuro, en lo más claro de Thomas el oscuro. Mientras Blanchot se casi disuelve, tenaz, por amor a una luz, sed de absoluto, vagina cósmica de sueños, a la que no renuncia incluso cuando parece succionado por lo más oscuro, qué contraste, para lágrimas de risa, con otros que buscan la luz estúpida de los flashes que confirman crueles e incesantes, su insulsa, su opaca, su interminablemente vulgar oscuridad. Por Mario Castro Cobos


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