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El recetario

Por María José Caro


Mi abuela ha cambiado las tardes de crucigrama y enciclopedia por partidas de solitario en mi antigua laptop. A veces, lo hace sentada en la mesa de fierro que hay en la terraza; otras, desde su habitación, con el televisor encendido y cubriéndose las piernas con una frazada azul herencia de un vuelo de American Airlines. Sin embargo, su actividad favorita, desde que empezó a asistir a clases de informática, consiste en buscar recetas de cocina en Internet. Las imprime y luego las pega en un cuaderno de hojas rayadas.

Encuentro a mi abuela junto a la alacena, sostiene el recetario entre sus manos asimétricamente manchadas por el sol. Lleva el buzo celeste de siempre, aquel que viste en sus caminatas diarias alrededor del parque (treinta minutos para que la sangre bombee mejor) o cuando actúa de directora de orquesta dentro de la cocina. Se acomoda los lentes sobre el tabique y lee: «Colocar los huevos en un recipiente y batir durante un minuto». Me lo había dicho en uno de sus primeros correos electrónicos transatlánticos, aquellos en los que utilizaba la tecla de punto como barra espaciadora: Yo . elegiría . el . menú . , . ella . y . Ruth . se . encargarían . del . resto.

Pienso en lo ambiguo de la palabra resto. En cómo lo que excluimos termina por volverse trascendental. En cómo luego de una ruptura, un resto de cosas, nunca devueltas y hacinadas en algún lugar que preferimos olvidar, se convierte en la pierna del cad áver que el mar devuelve en su momento más calmo. Ayer apareciste en el trastero de casa, entre maletas cubiertas de polvo y una lavadora estropeada, sonriendo desde aquel calendario, adornado con nuestras fotos, que recibí como premio consuelo en un evento benefico del club. Veme ahora, dos años después, arrodillada en una habitación llena de cachivaches, intentando torpemente despegar el ticket de equipaje de la maleta, lista para mimetizarme con Lima, hasta que apareces, contemplándome desde aquel lugar inamovible que es el pasado. Llevas jeans descosidos y esa polera gris de mangas estiradas que permite que juegues con tus pulgares sin que nadie lo note. A tu lado, las treinta casillas de junio cubiertas con anotaciones. Dice Benjamín Prado que la nostalgia es el opio de los tristes y aquí me tienes, igual a una yonki a la espera de un subidón, con las palmas sudorosas y el corazón estrujado, rescatando el almanaque de entre las maletas, auscultándolo con la vehemencia de quien quiere confirmarse inmune. Tú y yo, con los pies hundidos en la arena de Paracas y las manos entrelazadas, presionadas hasta el temblor. Tú y yo, arrojando birretes hacia el cielo nublado de Monterrico. Yo de veinte, escondida detrás de una Pilsen 620 ml en tu chingana favorita al lado de la universidad. Tú de veintiuno, mirándome fijo, igual que dos aliados que frente a frente se depuran el alma bajo la misma pócima. Juntos de niños, en esa fotografía que capturó tu madre a inicios de los noventa en una fiesta de cumpleaños cuyo protagonista ninguno recuerda. Descolorida, tirada al sepia. Tú con mirada de rayo láser y la nariz arrugada, cargando una pistola de juguete que apunta al otro lado de la mesa de bocaditos, y yo, justo en la mira, regordeta y solitaria, aferrada al mantel y a un vaso de gelatina de fresa, con los ojos apretados, como buscando desaparecer por implosión; mientras un niño sin nombre sopla siete velas. Quizá las fotografías impliquen algún ingrediente premonitorio: tu cuerpo, girado cuarenta y cinco grados, presto a huir después del disparo.

—¡Fernanda, hijita, mira qué rico va a quedar todo! —exclama mi abuela, señalando el mejunje de huevos, harina y moluscos que Ruth bate en un bol metálico. Me acerco y le doy un beso. Su rostro conserva el mismo sabor agridulce que impregnaba mi almohada. De pequeña, cuando me aterrorizaba dormir sola, nos tumbábamos en mi cama, apoyaba mi frente contra su mejilla y contemplábamos ese mapa de estrellas fosforescentes, adheridas al techo, que me regaló una Navidad para que dejara de huir despavorida al dormitorio de mi madre. Las señalaba una por una y me contaba historias sobre la niñez de mi abuelo en Arequipa. Hoy apenas quedan restos de pegamento, pero conozco perfectamente la ubicación de cada una. La vuelvo a besar, esta vez en la otra mejilla. «Fernanda, tengo la cara llena de crema», dice con esa voz aguda que es reprimenda y celebración a la vez. Coloca el recetario sobre el horno microondas y me presiona los brazos a la altura de los bíceps. Sentencia que no he engordado ni un gramo, que pensó que regresaría como mi prima luego de trabajar una temporada en Estados Unidos. Le explico que durante mis últimos meses en Madrid, sobreviví de la forma menos ambiciosa: sin limpiar mi habitación o hacer la cama, alimentándome de cualquier enlatado. Con el cuerpo adherido a una silla y un escritorio lleno de órbitas perfectas dibujadas por la misma taza de café en diferentes viajes.
Intento hablarle de mi máster. De cómo redactar tantos ensayos sobre literatura me ha llevado inevitablemente a intentar escribir una novela, y de que en mis intentos predominan altas dosis de vergüenza. De cómo me he inscrito en un taller de escritura creativa en el barrio de Lavapiés, solo para cerciorarme de que hay peores wannabes que yo, aunque con expectativas más altas. ¡Qué bueno, siempre has sido tan inteligente!, exclama. Sin embargo, su mirada se centra en un mechón de mi pelo. Lo toma entre sus dedos y empieza a juguetear. Lo examina en lo alto, observando las hebras a contraluz. Dice que necesito visitar urgentemente la peluquería. Llevo una melena horquillada, sin brillo y reseca. Y yo me río, con carcajada de montaña rusa, porque a ella solo puedo complacerla.

Sobre la mesa, junto a un servilletero estampado de margaritas, se encuentra mi vieja laptop. En la pantalla alcanzo a distinguir el fondo verde de una partida de solitario a punto de iniciarse. Mi abuela se acomoda los anteojos, pliega la manga de su casaca y observa el reloj. La recuerdo junto al abuelo, meses antes de su muerte. Ella contando sus propios recuadros en blanco, acompañada de una versión amarillenta del Larousse Ilustrado. Él lanzando respuestas al aire acerca de la ciudad más poblada del mundo. Mi abuela clava la mirada en Ruth y lee: «Calentar aceite en una sartén. Freír los calamares por tandas», luego se acerca a la mesa. La veo irse y recuerdo ese aforismo que dice que se extraña más a quien se supo ir a tiempo. Pienso en el abuelo y en su alzheimer. En ti y en los recuadros vacíos del calendario, en esos días atrapados en el estado de coma perpetuo que suponen los planes irresueltos. En la pila de libros que actúan como mástil de bandera de conquista en mi habitación en Malasaña y a los que vuelvo cada noche. Fante, Foster Wallace, Kerouac.

Arrastro las pantuflas hasta las escaleras que conducen a mi cuarto. Tienen la forma de dos osos pandas. El que está sobre mi pie derecho ha perdido un ojo gracias a mi perro. Subo los escalones uno a uno. Mis pasos acolchonados no llegan a afirmarse sobre la madera. A lo lejos, el seseante crujir de los calamares dentro de una olla, el sonido gutural que de vez en cuando, y sin causa aparente, pronuncian los bidones de agua. Pero, por sobre todo, silencio.


María José Caro (Lima, 1985). Comunicadora y escritora. Es autora de La Primaria (Alfaguara Juvenil, 2012). Colabora con la revista literaria Un vicio absurdo y el sitio web elbuenlibrero.com. También ha participado de la antología Palo y Astilla (Alfaguara, 2009).