Objeto-perdido-(Fangacio)
Reseñas

Objeto perdido

Margarita Saona (Lima, 1965) ■ Máquina Purísima (2014) ■ 36 páginas ■ 32 soles


Cuentos. Breve y delicada, la obra narrativa de Margarita Saona está recogida hasta ahora en dos volúmenes de difícil hallazgo: Comehoras (Lima: Mesa Redonda, 2008) y Objeto perdido (Lima: Tranvías Editores, 2012; Máquina Purísima, 2014). Se trata de cuentos de muy corta extensión, tendientes con frecuencia al microrrelato, pero capaces en sus pocas páginas (en muchos casos, en sus pocos párrafos, e incluso su párrafo único) de condensar intensamente experiencias que tienen a la vez la textura de lo novelesco y la de lo poético, todo ello mediante una orfebrería verbal del alta precisión, de ritmos cautelosos y sorprendentes.

Objeto perdido, su más reciente entrega, toma su título del casi homónimo relato «Objetos perdidos», incluido en la colección. La diferencia de número gramatical es importante. El paso del plural al singular invierte con sutileza la relación convencional de un libro con su contenido e inscribe al primero, al objeto que el lector tiene en sus manos, en el universo imaginario propuesto en su propio interior. En el relato, la voz narrativa convoca un territorio paralelo al nuestro en el cual persisten, desasidos de su función y de su par, los objetos desplazados de nuestra vida diaria: calcetines, lápices, fotografías ya imposibles de identificar, bufandas, aretes que han perdido su utilidad y existen ahora únicamente, para deleite de la narradora, como chafalonía y decoración. Y es de este territorio alternativo que el objeto perdido que tenemos en las manos, el libro, dice provenir.

El gozoso listado de objetos que ocupa sus primeros párrafos, sin embargo, no nos prepara para el giro hacia la melancolía y la desazón autoreflexiva que toman los párrafos finales, y disfraza con elegancia el verdadero meollo de la situación (que, en la relectura, resulta haber sido evidente desde el momento inicial): la voz de la narradora es también uno de esos objetos perdidos cuyos «dueños» ya no pueden o no quieren alcanzar. «Los otros, claro, no nos echan de menos», dice esa voz, revelando súbitamente su identificación con aquellos objetos ya disfuncionales y desemparejados. «Sólo de vez en cuando me pregunto si esa que una vez fui anda tan tranquila con ese vacío en el pecho, o si, por lo menos de vez en cuando, echa de menos su corazón».

Ese es, entonces, el objeto perdido: una forma de conciencia que se percibe y se sabe desidentificada, separada de su identidad. Lo que la narrativa de Margarita Saona asedia con insistencia es el retrato, siempre pasajero e inestable, de una subjetividad que en un mismo movimiento se desconoce y se empieza a reconocer, una voz que se afirma y se construye con pertinacia en el acto de su enunciación, aun si lo que está construyendo son los modos de su incertidumbre y su disolvencia.

En ese trámite, Saona se deshace del realismo y se aproxima a géneros y espacios discursivos menos dominantes, como la fábula, el epigrama, la narrativa epistolar y los cuentos de hadas. Sostiene sin embargo un apego minucioso a lo concreto del mundo, y construye su abundante verosimilitud sicológica en una observación detallada y exacta de lo real, incluso si reconoce y abraza el carácter irrecuperablemente subjetivo, situado, del acto de observar. Allí alcanzan estos textos su densidad significativa y allí se convierten en una bella forma de literatura, que reclama muchos más lectores de los que hasta hoy ha podido encontrar. Por Jorge Frisancho


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