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Reseñas

Más alla del olvido

Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) Alfaguara (2015) ■ 168 páginas 59 soles


Novela. Aunque el francés Patrick Modiano no era para nada un desconocido –contaba en esta parte del mundo con un grupo de lectores más que entusiastas, como Ricardo Sumalavia–, la exposición mediática que otorga el Premio Nobel de Literatura (que obtuvo el año pasado) ofrece la posibilidad de ahondar en la obra literaria de los ganadores. Así, gracias al sello Alfaguara acaba de aparecer, por primera vez en castellano, la novela Más allá del olvido. Este libro, para mayores señas, apareció –en su lengua original, el francés– por primera vez en 1996, gracias a la editorial Gallimard.

Más allá del olvido nos presenta algunos de los tópicos de este muy interesante autor francés. Por un lado, aquellos personajes extraños, raros, envueltos en un halo de misterio permanente. Y, por otro, la reflexión recurrente de la memoria, aquellas travesías al pasado en las que juegan un rol protagónico la nostalgia y la melancolía. Pienso en Viaje de novios, El rincón de los niños e, incluso, en Dora Bruder –títulos tomados al azar– donde también está muy presente el tópico de la memoria.

En Más allá del olvido, el narrador, un escritor que debe bordear los 40 años aproximadamente, nos cuenta, en un ejercicio de memoria, cómo conoce, en París, hace casi 20 años, a una misteriosa pareja conformada por Jacqueline y Gérard Van Bever. Sucede de una manera tan simple como inusual: el narrador es abordado en la calle por estas dos personas que le preguntan por la ubicación de una oficina del correo. Así empiezan a charlar y de un momento a otro, de manera casi imperceptible, natural, se vuelven un trío inseparable.

Notamos que Jacqueline genera en el narrador un sentimiento de atracción. Podríamos decir que el narrador se enamora de ella. En un momento del relato cuando Jacqueline y su pareja, Gérard, le piden les haga un favor, el narrador dice: «Hubiera hecho cualquier cosa por ella» (p. 59). Existe pues cierta tensión en la relación de los tres. El narrador espera los viajes de Gérard para poder pasar tiempo a solas con ella. Aunque no sucede nada entre ellos, él disfruta de su compañía y de la idea de pensar que lo quiere dentro de su vida, a pesar de Gérard. La tensión aumenta con la llegada de Cartaud, un personaje misterioso, un supuesto odontólogo que se interesa en ellos, pero sobre todo en Jacqueline, lo que despierta la antipatía del narrador (con escena de celos incluida).

La trama llevará al narrador y a Jacqueline a Londres por motivos que no revelaré. En dicha ciudad conocerán a una pareja singular, Linda y Rachman, y a un guionista de cine llamado Michael Savoundra. Lo que sí es importante señalar es el anhelo, explicitado desde el inicio, que tiene Jacqueline de llegar a la isla española de Mallorca, donde confía encontrar al fin tranquilidad y, por qué no, poder ser feliz. En Londres, el joven narrador iniciará su sueño de convertirse en escritor. Empieza a escribir una novela. Y a la par, en esa misma ciudad, la relación, extraña, nunca del todo establecida, con Jacqueline se empieza a diluir al punto que ella desaparece un día. Aquí apreciamos la solvencia (y el estilo particular) de Modiano. La desaparición se narra sin ahondar en el melodrama, casi como si narrara un hecho cotidiano; y, sin embargo, los lectores nos quedamos en el desconcierto y en la turbación.

Transcurren 15 años y el narrador, que no ha podido olvidarla, la encuentra nuevamente en París, emparejada con un tipo adinerado con el que tiene una casa de veraneo en Mallorca. El encuentro es, sin duda, inquietante, no sabemos qué sucederá, qué sentimientos albergará ella tantos años después. Al menos eso se interroga, en un principio, el narrador.

El final no lo diré; sí que tiene el sello característico de Modiano. El escritor francés no busca ni la novela total ni los grandes frescos, sino que se cierne en ciertas peculiaridades de la existencia de sus personajes, y arma a través de esos fragmentos de vida un universo narrativo bien cohesionado. Nos lleva por él, de la mano, aparentemente sin mayores sobresaltos, pero con una daga en el pecho al final de la travesía. Por Carlos M. Sotomayor


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