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Reseñas

El terreno en disputa es el lenguaje

José Ignacio Padilla Iberoamericana/Vervuert (2014) ■ 280 páginas ■ 48 soles


Ensayo. La fortaleza de una tradición crítica se verifica en las revisiones que producen las nuevas obras respecto al sistema de lenguaje recibido. Hay libros que permiten que la tradición respire nuevas diferencias conceptuales y exponga vías alternas de reflexión. El terreno en disputa es el lenguaje, del investigador José Ignacio Padilla (UNMSM/Princeton), es uno de ellos. Desde su planteamiento, se observa que la concepción del ejercicio crítico implica ciertas singularidades que desbordan el formato habitual. No hay relaciones entre identidad y escritura (crítico-biógrafo), no hay procesos de excavación entre los versos en busca del significado velado que iluminará definitivamente la obra (crítico-intérprete), tampoco la reivindicación estereotipada de un impulso sensible irreductible a la razón asociado al oficio poético (crítico-romántico). Sin biografía ni interpretación ni exaltación afectiva, pareciera que el perímetro de análisis reposara sobre un territorio exiguo. Todo lo contrario. Aquello que hace el autor es un procedimiento que consiste en descifrar los tejidos discursivos de lo poético: pensar sus alcances, mostrar sus fragilidades y delinear escenas políticas. En el marco de obras post-estructuralistas, el texto se propone indagar qué es «lo dado» como discurso literario y cómo se organiza esa acción diferenciable que es la escritura poética al interior de ese contrato mundial llamado globalización. Los frentes de estudio convergen hacia un concepto central: «la economía política del signo», es decir, la suma de prácticas lingüísticas que distribuyen usos, poderes y modos de vida. Esa autoridad del «signo» es la zona de conflicto del lenguaje frente a la cual el poema establece una «resistencia a la simbolización», un abismo en la «comunicación” intersubjetiva, una interrupción capaz de hacer aparecer nuevas «posibilidades de experiencia». El poema es definido como una «negociación» sin consenso sobre los derechos por la «posesión y los usos legítimos del lenguaje». Esa lucha no es sin impurezas. A partir de estos enunciados, se entienden las razones por las cuales el libro afirma que el universalismo simbólico no es más que una garantía precaria del lazo social-verbal. Si se sigue la lógica del texto, queda claro que la disputa no es una cuestión de grados.

El punto de análisis de Padilla es cómo sostener la acción poética en el proceso de producir lo indiferenciado del lenguaje sin deshacerse en la arbitrariedad irreflexiva o en la repetición monocroma. Para ello, es necesario formular un principio compositivo que convierta la falta de adecuación de las palabras en una fuerza, en una «bisagra entre lo significante y lo no-significante». La función del crítico, tal como la precisa el autor, es pensar en ese lugar, poniendo en relación a poéticas heterogéneas para las cuales el ejercicio de la palabra no es un proceso de reconocimiento sino una condición impersonal y fragmentaria que acentúa el carácter reversible del orden y las cosas. Localizar la singularidad de lo poético –uno de los objetivos mayores de esta investigación– en diferentes autores y épocas, implica comprender las intervenciones que definen a este tipo de escritura: desprenderse del espesor de la lengua y producir una materialidad activa en forma de series-sonido (fonema) o series-imagen (ideograma). Las páginas sobre Eielson y la poesía concreta brasileña resultan ejemplares en este aspecto.

Las bases del libro condensan un movimiento de conceptos no-familiares que trazan una documentada línea crítica desde las vanguardias hasta las más recientes exploraciones. ¿Hay un nuevo ensayo poético peruano? La pregunta viene circulando desde hace algún tiempo en el medio literario. El texto de José Ignacio Padilla es un laborioso e inteligente argumento para discutirla.
Por Emilio J. Lafferranderie


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