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Reseñas

Dura la lluvia que cae

Don Carpenter (Berkeley, 1931-Mill Valley, 1995) Duomo (2012) ■ 360 páginas


Novela. Cuando tenía 64 años, Don Carpenter se pegó un tiro. Acabó así con el dolor de un cuerpo rendido por una seguidilla de males crónicos. Antes de eso, escribió guiones y un puñado de novelas, algunas ambientadas en Hollywood; y mucho antes de eso, en 1966, firmó su debut con Dura la lluvia que cae, portento literario capaz de trascender su categoría de creación negra y maldita, y de exudar, cuando menos se espera, gotas de un sentimentalismo desgarrador. Porque el libro es un testimonio inverso al destino de su autor: es un aullido de supervivencia.

No se malentienda: la novela tiene bien ganada la fama de obra dura y de culto (pasó largo tiempo olvidada hasta que The New York Review of Books la reeditara en 2009). La épica callejera cobra forma a través de la inmersión en una Norteamérica marginal, de cárceles, billares y hoteles baratos. Esa es la triste escenografía que pregona el desencanto y anuncia la austeridad de una historia de largo aliento siempre llevada a lo alto de sus posibilidades expresivas. Sin embargo, su brillantez radica en torcer esos arcos dramáticos y filtrar una rabiosa elegía acerca de la resistencia. De mantenerse de pie ante los zarpazos que da la vida. De plantar cara a la fatalidad, sin más.

Más que de segundas oportunidades, Dura la lluvia que cae trata de oportunidades mínimas. Pequeñas aberturas de esperanza por donde se asoma un grupo de perdedores encabezado por el buscapleitos Jack Levitt –“Yo solo sirvo para pelear. ¿Quieres reñir conmigo? ¿Te parecería bien?”, le dice a uno de sus rivales– y secundado por el negro Billy Lancing, un billarista de poca monta. A través de ellos, de su amistad, reveses e, incluso, amor carnal en un período carcelario (uno de los pasajes más bellos de la novela), Carpenter indaga en aspectos libertarios y contraculturales de la sociedad, que ya la generación beat había exaltado años antes; no obstante, con su realismo y hondura psicológica, el autor californiano logra hacer algo no muy fácil: traducir ese fondo transgresor en vertiginoso arte narrativo, que desarma y lanza dentelladas por igual. Literatura que pega. Y fuerte.
Por Jaime Akamine


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