Del-caminar-(Fangacio)
Reseñas

Del caminar sobre hielo

Werner Herzog (Munich, 1942) Entropía (2015) ■ 112 páginas


Memoria. Es tan irreverente y absolutamente inesperado Werner Herzog que perdió una apuesta y se comió un zapato. Es el mismo hombre que decidió grabar un documental en la Antártida con un equipo de solo dos personas; que amenazó con una pistola a su actor fetiche, Klaus Kinski, para que no abandonara un rodaje en plena selva amazónica; que creció como un buen salvaje, alejado de toda modernidad, pero que hoy en día puede jactarse de haber filmado en los cinco continentes. No por nada cuenta la leyenda que la última película que vio el suicida Ian Curtis antes de colgarse del techo de su casa fue una de Herzog. Es que hay una fuerza voraz en este alemán, algo que está más allá del bien y del mal.

Del caminar sobre hielo es el diario que el cineasta alemán escribió en 1974 durante un largo viaje a pie que realizó motivado por otra locura difícil de explicar bajo el manto de la razón: al enterarse de que Lotte Eisner, crítica e historiadora a la que veneraba, estaba muy mal de salud, casi agonizando en Francia, Herzog decidió ponerse a caminar de Munich a París, convencido de que una peregrinación hasta la casa de Eisner le salvaría la vida. Más de 900 kilómetros en línea recta, es decir, sin contar los desvíos y las demás vicisitudes que sufrió. Una procesión personal en busca del milagro.

Lo que se encontró en el camino queda registrado en estas páginas apuradas, directas, apuntes de primera mano. Por eso no encontramos ni fluidez narrativa ni escritura depurada, sino un avance a saltos, que entre oraciones contiguas puede pasar de la noche al día, de la felicidad al dolor. Aun así, el relato es de una intensidad que estremece, que por momentos uno lee con el sonido de la voz cavernosa de Herzog en la cabeza, la misma voz que lo hace tan identificable en sus películas. Y a ratos también impacta con rabia, con ironía, con puro arrojo. «Mis pasos son firmes. Y ahora tiembla la tierra. Cuando yo camino, camina un bisonte. Cuando descanso, reposa una montaña», escribe un Herzog que parece no tenerle miedo a nada.

Pese al hambre y las ampollas en los pies, Herzog se toma una licencia en ciertos pasajes para detener la mirada en el paisaje, elemento clave de su obra, materialización de una realidad que no se observa a simple vista, pero que es más sublime y profunda. Herzog la denomina «verdad extática» y aunque en este libro no es enunciada como tal, se pueden hallar ecos de esta idea cuando se coloca él mismo por encima de la naturaleza, cuando se siente omnipotente y sigue caminando sin parar. No son pocas las veces en que se topa ante el eterno problema del viajero: estar a mitad del camino y no saber si arriesgarse a terminar o comenzar a volver. Pero incluso cuando un auto pasa por su costado, se resiste: «¿Haber llegado tan lejos a pie para después ir en coche? Mejor haber saboreado el sinsentido, si lo es, hasta las heces». Y así, con los zapatos devorados pero sin desmayo, Herzog alcanza la meta gracias a un estoico artificio: transformar el caer hacia adelante en un caminar. Por Juan Carlos Fangacio


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