«Creo que la metáfora es la forma más bella de la locura»

Las líneas poéticas de Rossella Di Paolo

Por María Gómez Lara


Cada poema de Rossella Di Paolo es una gota de agua. Cuánta tensión interna para que no se desparrame, dice ella, hablando de la poesía en general, de cómo funciona un poema y, añado yo, qué mejor forma de atrapar su poética, de rodearla. Desde que descubrí su obra hace varios años empecé a devorar sus libros uno tras otro: Prueba de galera, Continuidad de los cuadros, Piel alzada, Tablillas de San Lázaro. No podía parar, sus poemas me llamaban, me arrastraban, los repetía en voz alta, los decía de memoria, perseguía esa música, me preguntaba cuál era la materia de esta voz, las líneas de su huella digital, su textura. Yo quería saber de esta poesía: cómo estaba hecha, cómo nos sacudía de pronto, quería ver cómo se hilvanaba lo cotidiano y lo sorprendente, cómo era tan conmovedora esta mirada, entre la locura y la revelación, siempre haciendo equilibrio en el asombro, siempre auténtica, jalando los umbrales, tensionando los límites. Una poesía que es una casa en la que nos perdemos, de la que ya no queremos salir, sus vigas son líneas de todos los grosores, con todas las capas sobrepuestas: la dulzura, el amor, la soledad, la tristeza, la alegría, la ironía. Un lenguaje siempre rearmándose, invocando sus abismos, arrojándose a ellos. Una palabra equilibrista. Una gota de agua.

Tuve la suerte de conversar con Rossella Di Paolo sobre su obra, sobre su relación con la poesía, sobre sus temas recurrentes, sobre sus proyectos y, como verán en esta entrevista, cada respuesta es una poética, es una pregunta por la palabra, que nos apunta hacia distintos lugares para mirar, para ver pasar de repente la poesía, para tocarle las costuras, para intuir su engranaje. Esta palabra que se sabe ambivalente, terca, que así como nos recibe nos manda a freír espárragos y por eso dan ganas de quedarse, de subir las escaleras, de bajarlas, de explorar. Cada poema crea un universo, una lógica distinta, una nueva casa. Cada poema inventa su forma de escribirse. Y estas respuestas, como los poemas de Rossella, van trazando sus líneas, haciendo equilibro, rearmándose, invitando al lector a que también las empuje hacia su lado. Cuando hicimos la entrevista ella andaba buscándole los tonos a un poemario que, en ese momento, estaba en proceso. Ahora está listo. Es un homenaje a Melville y va a publicarse este año con el título La silla en el mar. Qué bueno que ya pronto los lectores podremos entrar a esa casa, atravesar los pasillos, recostarnos en las paredes, ver los recovecos, asomarnos a las ventanas y saltar: detallar de cerca lo que Bartleby nos señalaba desde antes, desde la puerta entreabierta.

¿Cómo empezaste a escribir poesía? ¿Cómo te encontraste con ella?
Cuando tenía 14 años leí un poema de Martín Adán («El Sol») en un póster que estaba en un corredor de mi colegio. Sentí una especie de mareo, y me dije: Aquí sí se puede estar. Semanas después, en la clase de literatura, analizamos el poema «Árbol», de Javier Sologuren… y también fue deslumbrante. Y entonces una noche tomé un cuaderno y un lapicero y escribí un poema sobre un caminante que se pierde en el camino hacia la ciudad y termina sus días en lo alto de una montaña….

Si no me equivoco, la locura es muy importante en tu poesía: es un lugar desde donde enuncia la voz, como construyendo una especie de poética del delirio, como si la locura fuera un ángulo de visión privilegiado. La locura, además, aparece inseparable del discurso amoroso ¿Quisieras contarme un poco sobre tu imaginario de la locura?
No lo había pensado antes, pero tienes razón. Hay mucha alusión a la locura, ¿no?
(Quizá por ello me casé con un psicólogo…). Tal vez la locura está implícita en la poesía, que se asoma al mundo con una mirada fuera de quicio, descentrada y descentradora. Creo que la metáfora es la forma más bella de locura.

Alguna vez en una entrevista dijiste algo que me gustó mucho a propósito de la poesía: «La narrativa implica otra respiración, un movimiento hacia adelante; la poesía da vueltas, va en círculos». ¿Cómo percibes esta respiración circular de la poesía? ¿Cuáles podrían ser algunos rasgos determinantes de tu visión de la poesía?
El poeta no tiene la «tarea» de crear personajes más o menos consistentes que tiren de una historia más o menos verosímil. La poesía es irresponsable, díscola en lo que se refiere a fundar, construir, alzar relatos. Las obsesiones, los espasmos, los tics, las pausas, los pedacitos que se les caen a los grandes discursos, encuentran la manera de nuclearse, de sintetizarse en poemas cuya tremenda tensión interna es la que confiere belleza y sentido a tanto caos… como ocurre con una gota de agua. Cuánta fuerza y rigor interno para que no se desparrame.

«Vivo en la casa de la poesía» dice el primer verso de «Sal si puedes II». Me llama muchísimo la atención tu imaginario de la casa (que atraviesa, además de la pregunta por la poética, la construcción del amor). ¿La poesía podría ser una casa en la que se es a la vez familiar y extranjero, habitante y visitante? ¿Querrías contarme un poco sobre tus imágenes de la casa y de lo cotidiano?
Tengo un sueño que se repite muchísimas noches y en el que me veo regresando a la casa donde pasé mi infancia, reconociendo (o tratando de reconocer, con extrañeza) espacios en los que fui feliz leyendo, jugando, descubriendo: el jardín, mi cuarto, la terraza. Amo esa casa, tal vez por eso aparece cuando hablo de poesía, que es un espacio también propio, lúdico, afectivo, curioso, desconcertante…

También veo recurrente en tu poesía la imagen de la línea, del mundo como un renglón sobre el que escribimos. Se hace difuso el límite entre la escritura y la vida. La escritura se vuelve una presencia material, la palabra se dibuja sobre las franjas del tigre, sobre las cebras, sobre los cables de la luz. ¿De dónde viene esta imagen de la línea? ¿Querrías hablarme sobre ella?
Ante una pintura me gusta descubrir esas líneas imaginarias que conforman un triángulo, un círculo, un rectángulo en su función de estructurar cuerpos o paisajes. Me gusta nadar en piscinas de competición, donde mi cuerpo pueda deslizarse sobre la línea negra de cada pista. Quizá necesito de esas estructuras para no desparramarme (como la gota de agua). Escribir es seguir una línea. Leer también. Quizá por eso cuando era más pequeña me era más fácil estudiar con libros de texto, que con métodos audiovisuales. La realidad parece asaltarnos desde demasiados lados, y hacerla venir por una línea es mi manera de entender y protegerme. No es una línea cómoda, es una línea tendida sobre el precipicio, como un cable bajo los pies locos y sensatos del equilibrista.

La tuya parece una voz que se permite ironizar sobre sus temas y sobre sí misma ¿Qué papel le atribuyes a la ironía en tu poética? E, incluso, incorporas el humor, tan difícil de lograr en la poesía. ¿Cómo hacerle lugar al humor?
La solemnidad me asusta, me hace pensar en pesadas cortinas de terciopelo rojo tras las que empieza a asomar una mano excesivamente pálida. El humor es una manera de tirar abajo esas cortinas y descubrir que la mano es la de un actor de reparto que está señalándole a la chica del coro dónde está la mesa con los refrescos.

Una de las particularidades de tu poesía es la mezcla de registros, la alternancia en un mismo poema del diálogo con la tradición poética, o el lenguaje bíblico con el tono más cotidiano, coloquial, doméstico, íntimo e incluso imprecatorio. ¿Cómo reconciliar distintos registros en la poesía?
Mi estado de ánimo es muy fluctuante, y quizá el poema capta todas esas fluctuaciones en el momento que estoy escribiéndolo. Es como un sismógrafo y cada movimiento es un lenguaje o una asociación distinta. Lo que puede ser ideal para el poema, me agota en la vida diaria, con otras personas. Por eso tiendo a aislarme.

Todos tus poemarios son conjuntos estructurados, divididos en partes y atravesados por ciertos temas y tonos recurrentes ¿Al escribir poemas buscas esta unidad, planeas un conjunto? ¿O aparece después, la llaman los textos ya terminados?
Primero han sido los poemas, escritos a lo largo de los años, sin idea de hacia dónde iban, hasta que llegaba la sensación de que podían reconocerse marcas de tribu entre unos y otros, marcas que empujaban hacia un título y de allí a las secciones. Sin embargo, algo distinto me está ocurriendo esta vez: los poemas van saliendo y organizándose desde un ¿monotema?, ¿fijación?, ¿obsesión?

Tus poemas piden ser leídos en voz alta, tienen una musicalidad que envuelve, crean unos ritmos y unas cadencias que hacen que las imágenes le lleguen al lector con mucha fuerza. ¿Cada imagen trae su ritmo? ¿Lees los textos en voz alta? ¿Qué papel le atribuyes a la musicalidad en la poesía?
Quizá por influencia de la poesía española o italiana, para mí es importante la musicalidad. Sí leo los poemas en voz alta, sí tomo en cuenta la respiración en cada verso. Esa respiración no tiene que ser armónica. Muchas veces es un resuello.

En varios poemas, sobre todo en los de Continuidad de los cuadros, estableces un diálogo con la pintura y con la fotografía. ¿Crees que estos lenguajes han transformado de alguna manera tu poesía?
Me gusta mucho la pintura, incluso una época he pintado. Quizá por eso tiendo a expresar emociones o ideas a través de imágenes visuales, donde hay color, formas, dimensiones. Cuando viajo, paso la mayor cantidad del tiempo viendo cuadros en los museos. Es como si frente a una pintura yo estuviese frente a un libro. Libros o cuadros tienen, digámoslo así, un poco en broma, un aire de familia rectangular (¿una ventana?, ¿una cisterna?) dentro de cuyos limpios límites puedo pensar, asociar, interpretar. Me tranquilizan y a la vez me estimulan.

Aunque el diálogo con la tradición está presente en toda tu obra, en Piel alzada se manifiesta de manera mucho más evidente, con guiños explícitos a San Juan, a Manrique y a El libro del buen amor entre muchos otros referentes. Sin embargo, miras esta tradición bajo un lente irónico, que se permite el humor y la parodia. ¿Cómo aproximarse a la tradición?
Son autores que leo y releo y me permito esas confianzas porque los siento como amigos muy queridos, como hermanos, padres, abuelos. No están en una plataforma lejana de mi vida, forman parte de mí. Los recuerdo en muchos momentos del día. Además, como soy profesora de literatura, los llevo en mi mochila mental y en mi mochila de clases.

Como se deja ver en el título de Prueba de galera y en tus poemas posteriores, la poesía aparece como una especie de ensayo, como algo que está siempre haciéndose, siempre en proceso, en conflicto; siempre escribiéndose y reconociendo sus límites, siempre mostrando su engranaje. ¿Te identificarías con la idea de una poética en constante construcción?
Cada poema es un misterio, viene como le da la gana. No hay un molde y por eso siempre está la sensación de prueba, de riesgo, de vértigo, de terror. Durante muchos años creí que había perdido la capacidad de escribir, porque nada llegaba a nada. Pero de pronto un poema que escribí sin darme cuenta me abrió una puerta, un poema que venía –podría decirse– bajo el brazo de un personaje de Herman Melville. No sé por qué Bartleby (ese es el personaje) me trajo ese pan y esa llave. El libro que estoy escribiendo es una forma de averiguarlo. Ese es ahora mi monotema.


María Gómez Lara (Bogotá, 1989). Ha publicado Después del horizonte (2012) y Contratono (2015), libro con el que mereció el XXVII Premio Loewe a la Creación Joven, publicado por la editorial Visor. Actualmente cursa un doctorado en Literatura en la Universidad de Harvard.