carmen

Como un toro indomable

Sobre la obra de Carmen Ollé

Por Giovanna Pollarolo


Lo primero que hacemos todos los que hablamos de libros –críticos, reseñadores, comentadores, profesores, libreros, lectores– es clasificar, etiquetar: poesía acá, narrativa allá; teatro más allá; ensayos, crónicas, Y ya con la tranquilidad de la etiqueta de género (literario) bien puesta en cada libro, avanzamos hacia clasificaciones más precisas: pertenencia a tal o cual generación; a tal o cual corriente, a tal o cual género narrativo: novela, «nouvelle», cuento; otro género: policial, romántico, terror. Y si se trata de una autora se requiere también precisar su género (sexual).

El afán de clasificar obedece a la necesidad de ordenar y sistematizar por razones didácticas y metodológicas: las etiquetas guían nuestro análisis y nos permiten comunicarlo; son las señales que nos garantizan una ruta segura, el tránsito por caminos conocidos. Pero también, y es relevante decirlo, clasificar y poner etiquetas tiene un efecto tranquilizador. Sobre todo cuando estamos ante textos que las desafían; textos que no se dejan encasillar, que se resisten a la simplificación reduccionista de un nombre. Textos indómitos para los que inclusive ya se ha acuñado una etiqueta tranquilizadora: «textos fronterizos». Me quedo con indómitos, aunque no pertenezca a ninguna jerga clasificatoria.

Hablar de textos indómitos es hablar de Carmen Ollé. En ese sentido me permito afirmar que, desde el poemario Noches de adrenalina hasta su última publicación Tres piezas de teatro No, toda su obra puede leerse como un desafío a cuanta lectura intente fijarla, etiquetarla, colocarla en casilleros definidos de una vez y para siempre. Para mí, la obra de Carmen –tanto en sus contenidos, en la exploración del lenguaje, en esa incesante búsqueda que arriesga sus propios hallazgos y muchas veces los destruye– desafía, pone a prueba, nuestra ilusión de orden y sistematicidad. Es una alerta siempre en rojo, incesante, que incomoda e inquieta; que amenaza con destruir ese pequeño reducto tranquilizador que creamos, recurriendo a las etiquetas y clasificaciones, para protegernos de las tormentas en las que nos instala; para crearnos la ilusión de que encontramos un asidero que nos protege de los vientos, para tomar como verdad la mentira de un mundo estable, ordenado y previsible en el que todo funciona de acuerdo con reglas establecidas.
Cualquier intento de analizar, interpretar, juzgar la obra de Carmen Ollé con las categorías usuales de la crítica, supone «domesticarla» o, mejor, «bajarle la cabeza» como a los toros en la lidia. En un manual cualquiera sobre cómo ver una corrida de toros, leo:

El toro pasa la noche encerrado en un cajón oscuro. Quiere salir; tiene miedo, está desorientado. Antes de que salga, se le clava la divisa, un arpón de puntas aceradas con una tela de colores que marca la ganadería de la que procede.

La alegoría es obvia, pero sirve: la obra es el toro; el primer arpón que lo hiere es, puede ser, cual la marca de la ganadería, la editorial: corta, agrega, cambia, traiciona y destruye en muchos casos la obra antes de que salga al ruedo. Pero si la marca de la divisa no consigue restarle su bravura, su fuerza, su ímpetu, el toro sale y la faena, puede decirse, recién comienza. Sigo con el manual:

El dolor producido por la divisa y el encierro hacen que el toro salga al ruedo al galope, con la cabeza en alto, lo que se interpreta como una actitud desafiante que es preciso castigar.

En efecto, en el ruedo esperan, expectantes, el matador y los banderilleros quienes buscarán «fijarlo» haciendo una serie de pases con el capote. El matador se prepara para atacar observando el comportamiento, las embestidas y la bravura del toro. Tras unos cuantos pases para despejar la incertidumbre por la falta de conocimiento y familiaridad –el toro es un ser ajeno, extraño, diferente, «otro»–, aparecen los picadores quienes con la puya (una vara larga con una punta metálica) lo pican tres veces para «adecuar y mejorar su comportamiento quebrando su fortaleza y pujanza naturales. Así, lo obligan a humillar la testuz». Es decir, a bajar la cabeza para proteger al torero.
A veces, explica el manual, es tan fuerte la puya, que el toro se «aploma», pierde su bravura y solo quiere volver a su querencia; abandonar el ruedo, olvidar al público, los gritos, la música, la competencia. Para que eso no ocurra, vuelven los banderilleros y se inicia el «tercio de banderillas» destinado a recuperar la embestida del toro. Su casta le hace reaccionar al castigo con fiereza y a enfrentarse a la lidia, a dar la pelea.

Aplicando la analogía, toda la obra de Carmen Ollé es como un toro bravo y desafiante que de una manera u otra sus críticos y lectores hemos tratado de «domar» para que baje la cabeza y se deje «torear». Noches de adrenalina asombró y desconcertó a críticos y lectores, causó tal revuelo, sorpresa y polémica en el ambiente cultural limeño que nadie sabía muy bien qué hacer con esos poemas que hablaban del cuerpo, de la enfermedad, de Lima y de París desde un yo poético que construía una voz inédita de una mujer. Hasta que se encontraron etiquetas: «poesía erótica», «poesía impúdica», «poesía del cuerpo», «poesía femenina», que actuaron como tranquilizantes logrando colocar este poemario incómodo en un lugar donde no molestara bajo la consideración unánime, gustara o no, de que con talento y osadía la poeta había conseguido escribir «uno de los mejores poemarios de la década». Así, creo, «le bajaron la cabeza al toro» porque nadie quiso enfrentarse a la radicalidad de la propuesta de Noches de adrenalina y la osadía visceral del poemario devino en la etiqueta «un libro fundacional», cuya inclusión en todas las antologías mostraba que había sido asimilado y por lo tanto «domesticado».

Carmen Ollé, la autora y poeta, quedó aprisionada en la noche que anunciaba su libro, la etiqueta bien puesta. El toro toreado.

Pero contra lo esperado, ocurrió que el toro, Carmen y su escritura, volvió a embestir y ha seguido embistiendo hasta hoy; y estoy segura de que lo seguirá haciendo porque Carmen es indomable; su obra es inclasificable, sorprendente siempre y en ese sentido osada; y en ese sentido arriesgada, nunca complaciente, nunca escrita pensando en lo que los lectores desean; o en lo que los críticos predicen.

La primera demostración de esta resistencia a las etiquetas fue la publicación de su segundo poemario en 1988, Todo orgullo humea la noche. Habían sorprendido el vanguardismo y la experimentación de su propuesta poética y así ya clasificada se esperaba que continuara por estos caminos. Pero no. En el segundo libro, como dice Yolanda Westphalen, «traspasando angustias la autora se sumerge en un tibio recordar de sucesos, su voz ya no es flor de fuego que se consume en su propio ardor». Y ya no son Verlaine, Baudelaire, Bataille los citados. Catulo, Dante, Cavalcanti habitan sus páginas.

La tercera publicación rompe una vez más con lo previsible o lo esperado. Por qué hacen tanto ruido (1992) se resiste aún más a las etiquetas. Y fue Blanca Varela, quien lo prologó o presentó (lo cual también sorprende porque Blanca siempre se resistió a fungir de crítica o comentarista e incluso presentadora de poemarios) y escribió el comentario que, a mi juicio, da cuenta de una de las lecturas más acertadas que puede aplicarse a la obra de Carmen y empieza justamente con una pregunta (1): «¿Qué es este libro de Carmen Ollé? Me lo pregunto no para clasificarlo dentro de tal o cual género, sino para situarlo, para que sea más fácil (menos peligroso) aproximarme a su verdadera naturaleza». Blanca Varela no buscaba etiquetas y su reflexión es el mejor consejo para quien desee acercarse no solo a Por qué hacen tanto ruido sino a toda la producción de Ollé: «Debería decirme qué quiere Carmen Ollé; qué pretende hacer con este texto y con sus posibles lectores».

Blanca Varela percibe que esta suerte de autobiografía novelada que es Por qué hacen tanto ruido, este relato de la vida de una mujer escritora, es «una mezcla despiadada de poesía y realidad» que «no debería sorprenderme», dice, «después de haber leído Noches de adrenalina».

Que se pasó a la novela autobiográfica, que cambió de género, que no continúa explorando, en la superficie, la experimentación de Noches de adrenalina, no es relevante para Varela que termina el breve pero contundente prólogo celebrando este libro «donde la poesía hace tanto ruido». Y entiendo que cuando Blanca Varela dice «poesía» se refiere a una manera de ver, de escribir, de sentir, de organizar, de crear los mundos; esos que Carmen Ollé construye y destruye incesantemente. De allí esa sensación de desestabilización en la que nos instalan sus libros.

A Por qué hacen tanto ruido le siguió, en 1994, Las dos caras del deseo. Se presentaba como una novela «novela» en el sentido convencional: extensión, personajes, trama tal vez con más «peripecias». Tengo la sensación, tal vez me equivoque, de que Las dos caras del deseo fue leída con cierto pesar por los amantes de Noches de adrenalina tanto como por quienes ya habían aceptado que ese poemario irreverente, osado, impúdico, ocupaba un lugar importante en la historia de nuestra literatura. Una suerte de «la perdimos», «se volvió narradora», marcó la recepción de esta novela. Carmen no se arredró ante la más o menos tibia respuesta de sus críticos y lectores que querían más Noches de adrenalina. No solo no se arredró: publicó, desafiante, dos novelas policiales (entre comillas): Pista falsa (1999) y Halcones en el parque (2011).

Nuestra querida Pilar Dughi escribió sobre Pista falsa en marzo de 1999: «Quizás una de las características más relevantes de Ollé es que no sacrifica la búsqueda estética en aras de las convenciones literarias, complacientes y tradicionales. Esta vocación innovadora se expresa también en la novela Pista falsa.» Aludía a que la inscripción genérica de la novela, «policial», desobedecía las reglas del género. Una vez más Carmen Ollé salía al ruedo con una novela que desconcertaba a lectores y críticos convencionales.

Sobre Halcones en el parque yo escribí: «nos instala en un universo impredecible, incierto y amenazador. Un universo devastado por un poder ominoso que no castiga con la muerte sino con la desesperanza y la condena a un destino implacable que se repite una y otra vez. Con esta novela, Carmen Ollé explora con acierto alegorías y metáforas con las que construye, a su vez, una “realidad” habitada por personajes y escenarios tan vívidos que podemos ver, tocar, oler; como si existieran, como si fuera posible encontrarlos a la vuelta de la esquina». Un desarrollo como este ponía en cuestión la anunciada inscripción en el género policial.

Antes de Halcones…, en el 2002 había publicado Una muchacha bajos su paraguas, que se reedita en el 2008 con nuevos relatos. Una muchacha bajo su paraguas, fue escrita cuando regresó de París, en 1981, muy poco tiempo después de haber concluido el poemario Noches de adrenalina; y lo mantuvo guardado entre otros papeles durante más de veinte años. Siempre me había inquietado qué hubiera ocurrido de haberse publicado primero el relato y luego el poemario. Pero mientras releía estos relatos, e incluso sus Tres piezas de teatro No publicadas en 2013 –y lamentablemente también con muy poca recepción– notaba que en sus poemarios, en sus novelas, en toda su obra, los temas estaban y están: la infancia, la madre, el desarraigo, la enfermedad, la pobreza, la humillación. Una ciudad «horrible y entrañable», como la describe Blanca Varela en el prólogo ya citado, que poblada de olores, gritos, música y fantasmas se convierte en el escenario por el que transita o «deambula» Carmen, «persiguiendo paraísos e infiernos artificiales, leyendo constantemente sus actos y su carne; buscando también en las páginas ajenas, a la luz de una vela mítica y precaria, paradigmas que la ayuden a soportar el calvario de ser mujer y poeta al mismo tiempo».

Carmen, Ada, la mendiga, el «yo» de Noches de adrenalina, el «yo» de Por qué hacen tanto ruido están en todas las páginas deambulando, saltando de la novela al poema, de un género a otro desde la libertad de una escritora que escribe «lo que le sale de los forros», que no teme arriesgar, que sabe que puede ganar o perder pero el resultado no es importante. Importa la literatura que es la vida; la literatura como una piel pegada en el cuerpo imposible de separar.



(1) Varela, Blanca. “Presentación”. En Por qué hacen tanto ruido. Lima: Ediciones Flora Tristán, 1992, pp. 7 – 8


Giovanna Pollarolo (Tacna, 1952). Poeta, ensayista, narradora y guionista peruana. Ha publicado los poemarios Huerto de los olivos, Entre mujeres solas y La ceremonia del adiós. Además, ha escrito los guiones de numerosas películas.