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Comerse la vida a mordiscos

Una conversación con Rosa Montero

Por Jennifer Thorndike


Siempre es difícil entrevistar a escritores de larga trayectoria. El reto es incluso mayor cuando han ejercido el periodismo y han redactado infinidad de artículos, crónicas y entrevistas. Mientras preparaba esta conversación con Rosa Montero (Madrid, 1951), pensaba en preguntas que pudieran sorprenderla, preguntas que yo quisiera realmente hacerle y nunca hubiera respondido antes. Difícil. Conozco su obra, también su trayectoria. ¿Cómo se hacen atractivas las palabras para alguien que ha compartido conversaciones con periodistas y artistas de todas partes del mundo? «El tipo de entrevistas que yo hacía se parecía mucho a una sesión de psicoanálisis. No estás para juzgar, estás para entender, para intentar saber cómo ve el mundo esa persona. Es lo que más me ha interesado: meterme un ratito en su cabeza. Sin rehuir las preguntas jodidas, claro», declaró ella en una entrevista para La Opinión, diario de la Coruña. ¿Cómo se mete uno en la cabeza de Rosa Montero?, me preguntaba. ¿Será fácil hablar con ella? ¿Le gustará la entrevista? Y así fui redactando pregunta tras pregunta con vehemencia y con la intención de estar a su altura.

He tenido la suerte de conocer escritores por quienes tengo mucho respeto y siempre han sido experiencias muy gratas. Montero no ha sido la excepción. Escritora, ensayista y periodista con más de cuarenta años en el oficio, es sin duda una de la voces más potentes que nos llegan desde el Viejo Continente. Siempre dispuesta a hablar claro y fuerte, sus palabras son testimonio no solo de su lucha dentro de un medio periodístico y literario machista, sino también de su visión sobre España durante periodos tan duros como la dictadura y la Transición. Montero es un claro ejemplo del escritor que se ha dedicado con pasión al oficio, que ha destacado en diferentes géneros con igual talento y que se ha ganado el cariño y la preferencia de los lectores. Y a pesar de haber alcanzado el éxito, Montero no se deja seducir por la fama ni por la idea de trascendencia, sino que declara que su mayor ambición en la vida siempre ha sido ser feliz y vivir con intensidad. Y lo ha conseguido.
Montero y yo nos comunicamos por correo electrónico varias veces, incluso los días en que iba de avión en avión, saltando de una feria a otra con su nueva novela bajo el brazo: El peso del corazón (Seix Barral, 2105). Me contó que tenía el iPad malogrado, que estaría en tres países diferentes en solo cuatro días y que escribiría las respuestas durante las esperas en los aeropuertos o cuando estuviera en el aire, volando entre ciudades. Incasable, risueña, amable y cariñosa, Montero me devolvió la entrevista al día siguiente de que yo se la enviara; y yo la seguí molestando con repreguntas, a las que ella también respondió rapidísimo, tan rápido que parecía estar conversando con ella frente a frente. Conocerla y conversar con ella –al menos a través del mail– ha sido un gusto enorme. E imagino que el gusto será también para cualquiera, al tener a una escritora tan interesante, carismática y con tanto que decir. Aquí sus palabras.

Usted comenzó en el medio bastante joven. Publicó su primera novela a los 28 años, pero ejercía el periodismo desde mucho antes. En esa época, ¿pensaba que iba a conseguir tantos lectores?
Empecé a publicar como periodista a los 19 años mientras estudiaba la carrera. Nunca pensé que iba a conseguir tantos lectores. Aunque sí sabía que antes o después publicaría una novela porque, como la mayoría de los narradores, comencé a escribir ficción desde la niñez –en mi caso, desde los cinco años–, nunca pensé que me convertiría en una novelista muy conocida. A decir verdad, no pensaba en nada de eso. No pensaba en el futuro, nunca supedité mi vida al logro de una carrera ni me imaginé de mayor. Por temperamento y por generación, siempre fui una persona muy de vivir el momento. Quería ser lo más feliz que se pudiera. Mi ambición siempre fue comerme la vida a mordiscos.

Y después de haberlo conseguido, ¿su idea del éxito ha cambiado?
No, la idea del éxito no ha cambiado ni un ápice en todos estos años. Como mucho se ha reafirmado porque siempre he pensado que el éxito no es algo que tú puedas poseer ni es un lugar al que se llega. El éxito es una propiedad de la mirada de los otros que, de repente, deciden mirarte y enfocar sobre ti los reflectores; pero tan pronto como te lo dan, te lo quitan. Me hice famosa muy pronto como periodista, a los 27 años, arrastrada por el éxito del diario El País, en el que trabajaba. Creo que eso me hizo desmitificar el éxito enseguida.

¿Cómo fue vivir el periodo de Transición después de la muerte de Franco?
Fue fascinante, agitado, convulso. Teníamos la sensación de que estábamos siendo los actores de la historia y de hecho era así, era verdad. Haber vivido la Transición en mi juventud y además como periodista fue un regalo de la vida. Pero un regalo con muchas espinas, porque pasamos mucho miedo. Fue también un tiempo angustioso.

¿Tuvo relación con los movimientos artísticos de la época?
Yo estuve haciendo teatro independiente en los últimos años del franquismo con los grupos más vanguardistas de entonces. Después, durante la Transición, formé parte de lo que se llamó Nueva Narrativa Española. Pero si por esta pregunta te refieres a la tan traída y llevada Movida, pues no. Para mi está mitificada muy por encima de lo que realmente fue. Conocí a Pedro Almodóvar y a más gente de la época y nos movíamos en los mismos ambientes, pero no formé parte de ese grupo.

Hablemos de su obra y de su carrera de escritora. Aunque trata de evitar lo autobiográfico al escribir, ¿alguno de sus libros le ha demandado un trabajo especialmente desgastante desde el punto de vista emocional?
Todos los libros que escribes son muy íntimos, todas mis novelas lo son, aunque en apariencia no tengan nada que ver con mi vida. Por ejemplo, mi última novela, El peso del corazón, está protagonizada por una especie de clon llamada Bruna Husky. Ella fue un androide de combate y ahora es detective en Madrid en el año 2109. Aparentemente es un mundo lejano para mí; sin embargo, es una novela que yo siento especialmente íntima y personal, un libro que me emocionó mucho escribir. Las novelas nacen del mismo lugar del inconsciente de donde nacen los sueños. Tú no escoges las historias que cuentas, sino que las historias te escogen a ti y, al igual que los sueños que tienes por la noche, sin duda representan algo muy profundo aunque ni tú misma seas capaz de entenderlo.

¿Está de acuerdo con que el escritor debería luchar para librarse de los prejuicios propios e ir, sobre todo, en contra de las ideas heredadas?
El compromiso del escritor es escribir el libro que necesita escribir y hacerlo cada vez más libremente. Y para ello necesitas ir borrando tu yo, ir ahondando cada vez más en tu inconsciente porque muy dentro de cada uno de nosotros estamos todos. De modo que al abordar, vas alcanzando la universalidad. Se debe dejar que la historia te atraviese, que fluya sin trabas. Pero ser cada vez más libre no es fácil.

¿Contra qué prejuicios cree usted que ha luchado en sus obras?
Te pongo un ejemplo: desde pequeña he sido una persona con una parte muy racional y lógica, pero también con otra parte muy imaginativa y loca. Cuando empecé a trabajar a los 19 años como periodista durante el último periodo del franquismo, la sociedad era tremendamente machista. De manera que para ser aceptada por el entorno de hombres, potencié mi parte lógica y supuestamente «masculina», y oculté mi parte fantástica. Y la reprimí de tal manera que mis primeras cuatro novelas son totalmente realistas, y tuve que esperar hasta mi cuarta novela, Temblor, publicada cuando yo tenía 39 años, para liberar esa parte fantástica. ¡Y ni me había dado cuenta de que lo estaba reprimiendo!

Hace unos años declaró que había perdido el placer por la escritura que tenía cuando era adolescente. ¿Ha logrado recuperarlo?
(Risas) No me reconozco exactamente en esa frase. Lo que seguramente quise decir es que con la primera novela de Bruna Husky, Lágrimas en la lluvia, quise recuperar el placer puro de la escritura de la adolescencia; es decir, antes de que entraran otros factores como la publicación, el mercado o la crítica. Pero jamás he perdido el placer por la escritura; si lo hubiera perdido, no escribiría. Lo que pasa es que no es un placer perfecto y constante, en la larga escritura de una novela hay muchos amargos en los que te sientes picando piedras. Debo decir, de todas formas, que desde hace seis o siete años me siento en la plenitud de mi escritura. Todo fluye mucho mejor y en general el placer es mayor o, al menos, más continuo.

Usted habla mucho de la muerte. ¿Por qué siempre la ha sentido como una presencia cercana?
Quién sabe. Para contestar eso tendríamos que hacer unas cuantas sesiones de diván psicoanalítico. Lo cierto es que desde los diez años me recuerdo consciente de la muerte y del paso del tiempo. Lo cual por otra parte te da también una mayor consciencia de la vida, un deseo de comerte los días a bocados, como te dije en una respuesta anterior. Además, tengo la teoría de que los novelistas quizá seamos personas que estamos más obsesionados con la muerte y con el paso del tiempo que el resto de los humanos.

Así como la muerte está presente en sus libros, el sexo es otro tema recurrente. ¿Qué relación se puede establecer entre los impulsos sexuales y la pulsión de muerte?
Esa es una relación tan vieja como el mundo. Eros y Tánatos. Al enamorarte pasionalmente y mientras haces el amor, eres eterno, la muerte no existe. Mientras escribes una novela también eres eterna.

¿Por qué cuando se escribe una novela se es eterno? ¿Tiene que ver con la trascendencia después de la publicación o con cierta ruptura con la realidad mientras escribe?
No, la transcendencia no existe. Que te sigan leyendo después de tu muerte es algo más raro que el hecho de que te toque el premio gordo de la lotería. Hay cientos de escritores buenísimos totalmente olvidados. No, la muerte no existe mientras escribes porque cuando lo estás haciendo estás fuera de ti misma. Y al salir de ti, sales también de tu propia muerte, que te espera enroscada en la barriga.

Más allá de los años que lleva como escritora, ¿cuáles son las principales diferencias que usted encuentra entre la autora de 25 años y la de 60? ¿Qué cambia al abordar un nuevo proyecto literario?
¡Todo! Lo que más me enorgullece de mi carrera es que sé que ahora escribo mucho mejor. Y con el tiempo vas aprendiendo el oficio: antes, la novela que ardía en mi cabeza y que en mi imaginación era maravillosa, perdía muchísimo al ser traducida a lo real. Ahora en cambio, en esta etapa de madurez o de vejez (risas), la diferencia entre la novela que se enciende en mi cabeza y la que luego sale de mis manos es muchísimo menor.

Y en cuanto a la crítica, después de tanto tiempo de carrera, ¿cómo ha cambiado su relación con ella? ¿Le da alguna importancia?
(Risas) ¡No la leo! Procuro no leerla porque a menudo hiere. Hasta la crítica de alguien que consideras un imbécil te puede herir. Así que es mejor no leer nada, ni las criticas buenas ni a los buenos críticos. Y siempre me ha pasado así. Aunque tampoco le doy mucha importancia. En España, al menos, ni las buenas ni las malas críticas parecen afectar mucho el recorrido del libro.

Me imagino que tiene muchos admiradores de su obra que habrán intentado acercarse a usted. ¿Cómo es la relación con ellos? ¿Le gusta o hay un punto en que comienza a incomodarle?
No me incomodan nada, nunca. Me siento enormemente agradecida a cada uno de ellos. De hecho, me siento siempre en deuda con ellos. Clara Obligado, una autora argentina que vive en España, escribió un ensayo sobre la literatura en el que hacia este simple cálculo: si una persona lee un libro por semana desde los ocho años hasta los ochenta, solo podrá leer tres mil libros en su vida. ¡Es poquísimo! Y que siendo tan pocos los libros que se pueden leer, que haya gente que siga escogiendo acercarse a uno mío me parece maravilloso y asombroso (risas). Me hacen feliz. Sin lectores la escritura es imposible.

Cambiando un poco de tema, me interesa su visión de la literatura. Por ejemplo, usted no cree que exista una literatura que, por el hecho de estar escrita por mujeres, tenga características distintivas. Estoy totalmente de acuerdo con eso. ¿Piensa lo mismo sobre otros elementos de identidad como raza, nacionalidad, tendencia sexual, etc.?
Las novelas son todo lo que el escritor es: sus sueños, sus miedos, sus lecturas, su condición física –porque, por ejemplo, es muy distinta la relación que tiene con el mundo un cojo o un atleta, un feo o un guapo–, su clase social, sus enfermedades y su salud, sus accidentes, su género sexual, sus apetencias sexuales, su educación, sus empleos, sus viajes, sus lecturas, su lengua, su edad o el hecho de haber nacido y crecido en el campo o en la ciudad, en el mar o en la montaña. Las novelas son el producto de un millón de circunstancias y, en efecto, en el mundo occidental ser hombre o ser mujer no es una causa objetiva lo suficientemente determinante como para crear una clase de novelas. Otra cosa sería escribir siendo mujer dentro del régimen de los talibanes. Seguro que ahí el hecho de ser mujer es definitivo en el momento de mirar el mundo actual. Como haber sido de raza negra en el apartheid de Sudáfrica.

¿Cree en la identidad?
Es una construcción en gran parte artificial, porque se basa en la memoria que también es un cuento. La identidad es múltiple, resbaladiza y cambiante.

Usted considera que ha habido exclusión de las mujeres en la historia literaria, lo cual es innegable. ¿Cree que su éxito representa de alguna manera un triunfo para la literatura escrita por mujeres o solo es un logro individual?
Ha habido una exclusión absoluta durante siglos y ahora, aunque parece muy normalizada la cosa, en realidad no es así porque seguimos ocupando muchos menos espacios en los suplementos literarios. También se nos sigue criticando y no estamos representadas suficientemente en los premios, en las academias o en las enciclopedias. Yo creo que formo parte de un montón de mujeres, no solo escritoras, que por fortuna están cambiando el mundo. Con la ayuda también de muchos hombres, por cierto.

Para terminar, hablemos un poco de la relación entre España y Perú. Mario Vargas Llosa es una presencia muy grande tanto en la cultura española como la peruana, por eso entiendo que haya sido una influencia para usted. Sin embargo, también ha sido lectora de Julio Ramón Ribeyro. ¿Cómo así llegó a sus libros? ¿Qué le llamó la atención de ellos?
Pues no sé, creo que lo primero que leí de Ribeyro fue una recopilación de sus diarios bajo el nombre de La tentación del fracaso. ¡Me fascinó! Lo que más me gusta de él es esa vertiente de diarista, aunque tiene algunos cuentos geniales. Pero he leído y leo a muchos peruanos. Además del gran Vargas Llosa están Vallejo, Arguedas, Bryce, Alonso Cueto. También Roncagliolo y Gabriela Wiener. No sé, muchos.

¿Cree que la literatura peruana en España tiene una especial representación por encima de la literatura de otros países latinoamericanos?
Pues no, la verdad, creo que no. Aparte de Vargas Llosa, claro, que es una presencia monumental. Pero en el resto no. Se conocen también mucho a otros escritores latinoamericanos: a mexicanos, colombianos, argentinos, en fin, de todo. Perú está en la media del conocimiento diría yo.

Finalmente, ¿cómo cree que la crisis española ha afectado a la literatura, tanto a la industria como a los temas que se están escribiendo en este momento?
Para los temas tendremos que esperar un poco. La narrativa, al contrario del periodismo, necesita distancia. Pero la crisis económica está afectando mucho a la literatura, y no solo la crisis española, sino la crisis mundial. Porque en el caso de la literatura además se une una crisis del modelo de mercado y la aparición de las nuevas tecnologías. En España la piratería digital está hundiendo a las editoriales. Hace cuatro años, cuando saqué Lagrimas en la lluvia, la primera novela de Bruna Husky, a los tres meses de su publicación y en un solo portal pirata, habían descargado cuatro mil ochocientas copias ilegales de mi libro. Y en estos cuatro últimos años la cosa ha empeorado. Las editoriales se hunden, los libros no se venden. Hay autores que no encuentran editor para su tercera novela, por ejemplo. Yo espero que esto se arregle, que estemos en mitad del la travesía del desierto y que antes o después lleguemos a un acuerdo social y de mercado que sea bueno para todos. Porque de seguir así mucho tiempo, sería una catástrofe.


Jennifer Thorndike (Lima, 1983) Publicó su primer libro, el conjunto de cuentos Cromosoma Z, en 2007. Ha sido incluida en diversas antologías y traducida al portugués y francés. En el 2012 publicó su primera novela, (Ella).