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Bellow: el héroe de los antihéroes

A propósito de los cien años del nacimiento de uno de los escritores clave de la narrativa norteamericana del siglo XX.

Por Armando Bustamante Petit



«Si estoy loco, por mí está bien, pensó Moses Herzog». Así comienza la novela más famosa de Saul Bellow (1915-2005), Nobel de Literatura de 1976, quien habría cumplido 100 años en junio. Su obra constituye una piedra angular de la literatura de su país (o de sus países, porque era canadienses y estadounidense) y, en general, de las letras universales. Influyó especialmente en escritores de origen judío, como Malamud y Roth. Es conocida la frase de este último: «La columna vertebral de la literatura estadounidense del siglo XX fue proporcionada por dos escritores: Faulkner y Bellow. Juntos son lo que fueron Melville, Hawthorne y Twain». Así de importante, gracias a una significativa lista de personalidades que capturaron, con un estilo peculiarísimo, una época y muchos conflictos.Aquella frase de Herzog, quien escribía decenas de cartas (sin enviarlas nunca) a «todo bicho viviente», expresa el carácter de los protagonistas más emblemáticos de Bellow: reflexivos, tragicómicos, en busca de la redención. Y a través de ellos, vemos el tono general de su obra, con una «profunda comprensión humana y análisis de la cultura contemporánea», en palabras de la Academia Sueca.
Bellow consigue esa comprensión a través de la mirada del antihéroe. De personas insólitas, dañadas y descaradas que no encajan en lo que sus pares –o parejas– y la sociedad esperan –exigen– de ellas. Ahí están el joven judío de Chicago Augie March, el apasionado y excéntrico Henderson, el filosófico e intelectual Mr. Sammler o el poeta en decadencia Von Humboldt (o su joven amigo, Charlie Citrine). Todos ellos más que meros espejos del autor o de algún conocido suyo, sino sobre todo instrumentos para canalizar sus preocupaciones vitales, vinculadas a su tiempo. Seres humanos descarnados que, sin perder el humor, no renuncian a la búsqueda de encontrarse a sí mismos en un mundo que no terminan de reconocer y donde el dinero, el intelecto o los ideales no alcanzan para salvarlos si no están acompañados por una enérgica voluntad de autoconocimiento y el deseo de dejar un legado, no por lo que finalmente logren, sino por cómo lo hagan. Esto lo vemos en El legado de Humboldt (Pulitzer 1976), influenciado por la antroposofía de Steiner y sus llamados «legados intelectual y artístico».Desde una de sus primeras novelas, Las aventuras de Augie March, ganadora de su primer National Book Award en 1953 –ganaría dos más: en 1961 por Herzog y en 1971 por El planeta de Mr. Sammler–, Bellow, con un lenguaje que buscaba ser nuevo y callejero, abre las puertas al descontento, a enfrentar esa idea tan norteamericana del héroe que tiene todo para triunfar. Augie ve frustrados sus intentos, creyendo que merece algo mejor. Porque todos creemos que merecemos algo mejor. «Todo hombre siente desde el fondo de su corazón que tiene que llevar su vida hasta cierta profundidad. Tengo que seguir adelante porque todavía no he llegado», reflexiona Henderson, el rey de la lluvia, quien encontraría no en EE.UU., sino en una tribu africana su propósito, su profundidad. La capacidad humana para despertar de la somnolencia o al menos intentarlo. De reconocer y combatir un malestar espiritual.

Antihéroes, sí. Emigrantes y desadaptados. Luchadores individualistas. Supervivientes, críticos de la alienación de su sociedad, pero adoradores de las oportunidades que esta ofrece. Y con la sombra del fracaso sobre ellos, aunque nunca sin una mirada irónica. Con Augie, Bellow empieza a servirse del aprendizaje y del humor para superar las decepciones, aunque no termine por alcanzar. En Todo cuenta, su antología de artículos, admite: «Un escritor solo aprende de sus errores». Es algo que se puede decir de sus personajes, propensos al error y a sacarle provecho. Antihéroes, sí. Locos maravillosos que defienden la inestabilidad mental como condición de la genialidad. Lo dice Sammler: «No muchos intelectuales se han dado cuenta de que la locura es una forma superior de conocimiento. ¿Por qué no ha de lograr la gente poder y riqueza por ser loca? Lo uno y lo otro deberían ir juntos».

El planeta de Mr. Bellow
Bellow nació en Quebec, en una familia judía de origen ruso. A los nuev años se mudó a Chicago y ahí construyó su identidad de inmigrante. Participó en la Segunda Guerra Mundial con la Marina, experiencia que le sirvió para ambientar su primera novela, Un hombre en suspenso (1944), y, luego, para darle algunos toques a Henderson, el rey de la lluvia (1959). Ganó la beca Guggenheim, lo que lo llevó a Europa, para luego vivir en Nueva York, ciudad en la que nunca se sintió cómodo.

Sociólogo y antropólogo, fue catedrático de prestigiosas universidades, tocaba el violín y seguía varios deportes. Fue un perfeccionista, «una hormiga», según le confesó a su amigo, el escritor James Salter. Tanto, que su máximo boom, Herzog, fue reescrito varias veces, incluidas algunas posteriores al robo de su primera entrega. El resultado: 140 mil ejemplares vendidos en su primer año, casi un millón de ediciones de bolsillo y 42 semanas en la lista top del Times. Salter escribió: «Herzog es Bellow o está muy cerca. Fue capaz de estar furioso y hacer comedia al mismo tiempo». Comedia, pero con «una tristeza cómica y una gran fuerza vital».

Es esa fuerza la que hace que sus obras respiren una tenaz búsqueda de la verdad. Una verdad que duele, que se manifiesta incluso con golpes físicos, pero que cuando se revela, vence todo. «No se ama la verdad porque sea edificante o conduzca al progreso. La ansiamos con todo nuestro ser por sí misma», dice Bellow en su Entrevista conmigo mismo. Y esa verdad está ligada a la búsqueda de la identidad, a la autenticidad del yo. ¿Qué significa ser judío en Estados Unidos? Bellow enfrenta en cada libro el caos desorientador de su propia sociedad.

Esa búsqueda la lleva al propio acto de escribir, pues no concibe una cosa sin la otra. Sobre los escritores, menciona en su discurso del Nobel: «De la esencia de nuestra verdadera condición, su complejidad, su dolor, percibimos destellos, en lo que Proust y Tolstói consideraban “impresiones verdaderas”». Son esas impresiones, dice, las que llevan a creer al escritor –y al lector– que el bien al que nos aferramos, frente al mal, «no es una ilusión».

Otros temas que encontramos en su obra son la importancia de la mente y su potente efecto sobre el cuerpo, la trascendencia del intelecto y la educación (o su ausencia), el peso de la historia sobre las decisiones personales (o su ausencia), y alrededor de todo, amor y desamor, la decepción del matrimonio, el fracaso multiplicado.

El legado de Bellow
En Bellow todo es importante: las historias, cercanas hasta en lo más lejano; los personajes, brillantes, luminosos en su extremismo; los diálogos, cerebrales y burlescos; los escenarios, apartados como África, centrales como la mente. Y alrededor de todo, el estilo. La escritura y su reinvención, con un lenguaje culto pero callejero. «Una voz inmigrante, educada y jergal de Chicago», diría Salter.

El pesimismo de sus personajes salió a la luz luego del Nobel: «Este premio raramente es una buena cosa para los escritores. Lewis y Steinbeck estuvieron raramente sobrios después de haberlo recibido. Y Hemingway cesó de escribir». Sin embargo, sus personajes, como él, a pesar de ser ácidos, especialmente sobre el arte y su banalización, también tienen esperanza. Bellow también lo mencionó en Estocolmo: «Todavía somos capaces de pensar, de sentir, de distinguir. Las actividades más puras, sutiles y elevadas no han sucumbido ante la furia o la insensatez. Aún no. Se siguen leyendo y escribiendo libros». La turbulenta mentalidad del lector moderno, dijo, es un obstáculo por el que hay que abrirse camino, pero una vez alcanzada «esa zona de calma», los escritores «descubrimos que el lector está esperándonos con devoción». A 40 años de aquel discurso, esta fe en los amantes de los libros sigue vigente en sus lectores, en sus páginas, en sus entrañables personajes. Todavía.


Armando Bustamante Petit (Lima, 1980). Comunicador, periodista y corrector de estilo. Ha colaborado en diversos medios como columnista, reseñista y reportero. Maneja actualmente la marca literaria MarcaPágina.