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Philip Roth, levantador de piedras

Por Juan Gracia Armendáriz


En un capítulo de Los Simpson alguien cuelga una pancarta en la entrada de un congreso de litera¬tura: “¡Cuidado! Philip Roth puede estar de mal humor.” Roth es ese compañero de excursión que en lugar de admirar el paisaje se detiene en cada piedra y la levanta para mostrar la gusanera que esconde debajo. Le colocas una boina, lo pones a dar vueltas a la plaza de una capital de provincias y no llamaría la atención. En sus rasgos hay algo familiarmente agropecuario. No encontraremos en su obra la enjundia de DeLillo –con quien comparte la pasión por el béisbol–, la ironía dislocada de Thomas Pynchon; la ele-gancia de Richard Ford o el cromatismo salvaje de Cormac McCarthy. A pesar de ser un judío norteamericano, cuyas raíces centroeuropeas se encuentran en la zarandeada Galitzia, parece un jubilado de Logroño. Ha sido acusado de misógino, pornógrafo, antisemita, antiamericano, comunista, reaccionario… Su disolvente escritura deshace la palabrería: al fin y al cabo, todo gran cascarrabias esconde un moralista. Como Günter Grass, es un pájaro que ensucia su propio nido, y de paso el del lector, al que mortifica en cada página, fiel a una de las consignas sobre las que se sustenta su poética: “A ver si puedes aguantar esto…” En cierta ocasión, le preguntaron a John Boorman por qué sus películas eran tan violentas. Respondió: “Puedo filmar a una niña sobre un campo de flores y la imagen resultaría muy lírica, pero esa misma niña está aplastando flores muy hermosas. Yo elijo filmar ese plano.” Roth escoge el encuadre donde se retuercen las pulsiones de la condición humana, fiel a otra de sus célebres con¬signas: “Mucho cuidado con las buenas intenciones.” El desenmascaramiento de las múltiples formas de autoengaño personales y colectivas es su objetivo. En sus treinta obras, como en muchas películas de Roman Polanski –otro judío perturbador–, lo logra con creces. El sexo es una gozosa venganza contra la muerte, pero al mismo tiempo la espoleta que puede desencadenar el desastre. Desde El profesor del deseo a Sale el espectro, los tabúes, la enfermedad y la decadencia física se muestran levantando las piedras del pudor moral. Mojigaterías, las justas. En Lecturas de mí mismo revela algunos de sus procedimientos narrativos. Escribe cien páginas hasta encontrar el inicio de la novela, y una vez hallado dispara: directo y al hígado. Agarra al lector por el cuello y lo sume en una apnea verbal de la que no se sale indemne. El animal moribundo, elegía, humillación o indignación cambian la mirada del lector. La descripción de su padre en Patrimonio, un anciano canceroso y rodeado de excrecencias, desconoce la compasión. Roth se aplica esta ausencia de límites en su incompleta autobiografía Los hechos, donde afirma que toda autobiografía posee un contratexto –el anverso de lo enunciado–, esto es, aquello que el autor no muestra. A fin de ser consecuente con su premisa, deja que su alter ego Nathan Zuckerman, a quien va dirigido el texto en forma carta, le replique en la segunda parte y señale sin piedad la autocomplacencia, el tono exculpatorio y los “olvidos” que acusa su autobiografía. Este ejercicio de desdoblamiento forma parte de la construcción de la identidad, una de las marcas rothianas por excelencia: “No eres un biógrafo, eres un personificador. Mi impresión es que has escrito metamorfosis de ti mismo tantas veces, que ya no tienes ni idea de qué eres o has sido alguna vez. Ahora no eres más que un texto andante.” Sus héroes terminan destruidos por sus buenas intenciones, incapaces de torcer un destino en el que se cruzan la culposa cultura judeocristiana y la hybris griega. Pero no nos engañemos, Roth solo reza a la buena suerte. La “trilogía americana”, formada por Pastoral americana, Me casé con un comunista y La mancha humana son tres ejemplos del ascenso y caída de otros tantos modelos de bienintencionados perseguidores de sueños: un deportista y empresario de éxito, un idealista político en plena caza de brujas y un sabio humanista consumido por la corrección política y la obsesión erótica. En 1933, Newark (Nueva Yersey) era un suburbio donde los inmigrantes judíos vivían en constante tensión con los italianos e irlandeses. Después de la comunidad negra, eran el lumpen de una sociedad antisemita. Quiso ser un WASP a fin de ligar con menos dificultades, pero una vez que su carrera literaria adquirió forma retomó la identidad judía para escarnecerla con la voz histérica y mordaz del narrador de El lamento de Portnoy, adelantándose a Todo lo que quiso saber del sexo y no se atrevió a preguntar, de Woody Allen. Le llovieron piedras. Siguió su indagación literaria con El teatro del sabbath, Operación Shylock o La conjura contra América. Saul Bellow fue su amigo y principal referente literario; introdujo a Milan Kundera en Estados Unidos, reivindicó a Bernard Malamud, Isaac Singer o Primo Levi. Enemigo de las clasificaciones, tan caras a la comunidad docente de los campus norteamericanos –“literatura gay afroamericana”, “literatura femenina arapahoe”, “literatura judía neoyorkina”–, quiso escapar de lo que consideró un nuevo gueto. Su análisis de lo judío norteamericano responde menos a una identificación que a la autopsia de un desarraigo cuyos resultados exhibe con humor vitriólico. No cae en la melancolía de sus orígenes. “Tenga cuidado si va a Newark –le advierte a un periodista–, Los Soprano son un cuento para niños pequeños comparado con lo que hay allí.” Se enmarca en una tradición que se mueve entre los escritores “rostros pálidos” y los “pieles rojas”, división que estableció el crítico de Partisan Review, Philip Rev. Los primeros, descendientes de Henry James o T.S. Eliot, partidarios de cierta atmósfera moral y preciosismo expresivo, habrían sido sustituidos por los segundos; combativos, torrenciales, provocadores, verían en Walt Whitman y Mark Twain a los jefes de su tribu. Roth se define como “rostro rojo”, un escritor tan obstinado en alcanzar la perfección de la voz narra¬tiva como en aguar la fiesta. A partir del conflicto que atenaza a sus personajes conocemos las circunstancias sociopolíticas en que se mueven. Si juntáramos toda su obra obtendríamos un gran fresco de Estados Unidos –pintado desde una perspectiva nada conservadora–, desde la Guerra de Corea a Bill Clinton. Leídas hoy, sus declaraciones públicas contra George Bush resultan premonitorias. Es el autor más galardonado de Estados Unidos. En 2006 el New Yorker solicitó a 200 críticos, escritores y académicos una lista de las novelas más importantes de la literatura norteamericana actual. De las veinte obras más votadas, seis eran suyas. Tras publicar Némesis en 2012, anunció que abandonaba la escritura. “La vejez no es una etapa de la vida, es una matanza”, dijo con su habitual optimismo. Ahora supervisa su biografía mientras el Premio Nobel se hace el sueco. Estará debajo de alguna piedra.”


Juan Gracia Armendáriz (Pamplona, 1965) es escritor y periodista. Es autor, entre otras obras, de Cuentos del jíbaro, La línea Plimsoll, Diario del hombre pálido y Pielroja.