noche

Manos de diamante

Por Andrés Felipe Solano


No es que haya olvidado su cara, es que su cara cambia a diario en mi cabeza. Es como lava de un volcán en constante erupción que no consigue una forma definitiva. Un día, una gruesa franja de pelo que se extiende por encima de sus ojos prevalece sobre los demás rasgos. Al siguiente, un hocico de babuino. Ayer me pareció que su cara era hermosa, fuerte y a la vez triste, como la de un actor olvidado hace largo tiempo.
Nos conocimos una noche hace siete años a bordo de un ferry que cubría la ruta entre Busan y Osaka y nunca volvimos a vernos. Aun así le debo todo lo que soy. Sin Park Bong todavía estaría tirado en la playa cerca del puerto, adonde van los marineros rusos a pasar sus tardes libres. Un parasol con varillas de metal oxidadas, una lata grande de cerveza y una caja de pollo frito, eso era yo en aquellos días que miraba a esos hombres, algunos panzones, otros con cuerpos llenos de cicatrices, la mayoría calvos. En mis recorridos por las cercanías del puerto había visto los restos de sus noches tirados al lado de las inmensas bodegas donde se almacenaba el pescado o amontonados frente al Billar Madonna o al Bar Lolita, los lugares con grandes avisos en cirílico en los que se refugiaban aquellos marineros después de la caída del sol. Park Bong debía deambular por los mismos sitios, las mismas calles, pero mi destino era conocerlo a bordo del Panstar Honey.

Mi esposa se había ganado un viaje a Osaka para dos en un sorteo de una compañía de teléfonos celulares. El premio no cubría el alojamiento ni la comida pero yo tenía un deseo imperioso conocer aquella ciudad. Por ese entonces no teníamos mucha plata en el banco, casi nada, así que no fue una decisión fácil de tomar. Le prometí que escribiría un artículo sobre la vida nocturna del distrito de Umeda para una revista de viajes y así recuperaríamos el dinero. Ella también quería ir a Japón, necesitaba unos días de descanso. Trabajaba en el Festival de Cine de Busan como asistente de una programadora mientras yo vagabundeaba durante el verano por la playa con la excusa de estar recolectando información para una novela. En los meses fríos me refugiaba en una biblioteca pública. Fue en aquel lugar donde las ganas de ir a Osaka se incubaron en mí como la malaria. Una de esas tardes encontré una antología de ensayos en inglés sobre literatura japonesa. La mayoría eran aburridos, salvo uno, que leí tres veces. Hablaba sobre la escuela de los Buraiha. «Un grupo de escritores que abrazaron el alcohol, las drogas, el sexo y una vida llena excesos como respuesta a la crisis de identidad que sufrió Japón durante y después de la Segunda Guerra Mundial», así los presentaba el autor al principio del ensayo. Los Buraiha eran los disolutos, los rufianes, los libertinos de la literatura japonesa. Una de las cabezas de esta «escuela de la decadencia» fue Sakunosuke Oda.

El viaje en ferry me permitiría conocer la ciudad donde nació Oda. Una vez en Osaka tenía un plan muy simple: me llenaría la panza de alcohol en memoria de los Buraiha y trataría de convencer a mi esposa de que hiciéramos un trío con una chica japonesa. Ese sería el homenaje más grande a la escuela de los decadentes y mi humilde tributo a la mejora de las relaciones entre Corea y Japón, siempre tan tensas como la cuerda de un arpa. Mis intenciones cambiaron tan pronto entré en contacto con Park Bong. Al final de la noche en que nos conocimos me convertí en un autor de novelas policiales. Hasta ahora he publicado un solo libro pero ha tenido gran éxito. Se llama Piel de cerdo y su protagonista es un detective con una cara fácil de olvidar. En otras palabras, un perfecto impostor.

Ayer, mientras me cortaba los pelos de la nariz frente al espejo después de pasar parte de la mañana leyendo un cuento, recordé una vez más el incidente que desencadenó mi encuentro con Park Bong. De no ser por el carácter olvidadizo de mi esposa quizás no habría hablado nunca con él. Mi mujer dejó nuestra cámara fotográfica en el asiento trasero del taxi que nos llevó al puerto, lo que desembocó en una agria pelea sin que el Panstar Honey siquiera hubiera zarpado. Yo veía fotos dignas de premios en todos lados, fotos que no tomaría. La cara roja, los ojos desorbitados y la chaqueta con amplias hombreras del trompetista que recibía a los pasajeros con una versión horrenda de «Here Comes The Sun» merecía sin duda un retrato, así como los barcos cargueros muertos como terneros gigantescos a las orillas del puerto y los faros rojos comidos por el salitre. Y qué decir de las camareras con sus piernas largas y sus pelos rubios recogidos en colas de caballo templadas con furia. La mitad de la tripulación era rusa.

Discutimos media hora hasta que decidí que lo mejor era separarnos por un rato o de lo contrario uno de los dos terminaría arrojado por la borda. Al despedirme de ella en la cubierta le dije que iba a meterme al sauna. El barco también contaba con un restaurante que servía de salón principal, un bar, una tienda de regalos y un supermercado pequeño, eso decía el folleto que nos habían entregado al registrarnos.
Me quité la ropa y la guardé en un casillero. Al entrar a la zona húmeda vi a un viejo que se estaba sacando los últimos restos de jabón. Al fondo, en una pequeña piscina con ventanas que daban al mar, había otro hombre con una toalla ocultándole la cara. Parecía dormido. Fui hasta la piscina y entré en el agua con cuidado, no quería despertarlo y recibir una mirada de reproche. El viejo terminó de bañarse, cerró la ducha y camino a los casilleros soltó un ruido asqueroso. Había escupido en un lavamanos como si fuera un tubercoloso y con ese solo gargajo quisiera sacar toda la porquería de su cuerpo moribundo. Me retorcí en el agua del asco.
—Odio ese sonido. Lo odio. Maldito hijo de puta —dijo el hombre a mi lado en un inglés perfecto.
—Yo también lo odio —respondí en voz baja, como para mí mismo.
El hombre se quitó la toalla de la cara, se sumergió en la piscina por dos segundos, salió de nuevo a la superficie y después de secarse me habló ceremonioso.
—No quisiera ser indiscreto pero, ¿le puedo preguntar de dónde es?
—Soy de Colombia —respondí sin ganas, pensando que el hombre no tendría ni la más remota idea de dónde quedaba el país donde nací.
—Ah, muy bien. Conozco a alguien que vive en Colombia. Tiene una academia de Taekwondo. Su apellido es Moon. El maestro Moon. Pero en realidad se dedica a otra cosa, se podría decir que a un oficio un poco pasado de moda.
No me dio tiempo de preguntarle en qué trabajaba su conocido. Cuando terminó la frase se acercó y me extendió la mano después de secarla muy bien con la toalla. Se presentó con su nombre completo. Tenía tres componentes pero solo recuerdo los dos primeros, Park Bong. Cuando se lo mencioné a mi esposa tiempo después me dijo que no tenía ningún sentido. En Corea nadie se llamaba Park Bong. Era totalmente absurdo.
A su vez él mal entendió mi nombre, ya que durante las ocasiones en que nos vimos a lo largo de esa noche insistió en llamarme Andrea en lugar de Andrés. Le conté que era escritor y que era la primera vez que iba a Japón. Tenía en mente escribir una novela corta y afilada al mejor estilo de los Buraiha. Mencioné a Oda y su relación con Osaka, su muerte a causa de una hemorragia, no sé muy bien por qué. Supongo que estaba un poco nervioso. Hacía un buen tiempo que no hablaba con nadie salvo mi esposa. Pensé que aquel hombre no tendría ni idea de los decadentes, los disolutos, los libertinos de la literatura japonesa, pero lo había subestimado de nuevo.
—Claro, sé quiénes son. Antes yo traía cosas de Japón por encargo. Libros, películas, mangas, videojuegos. Alguna vez un profesor de la Universidad Nacional de Seúl me pidió un par de libros de Oda. No sé si usted sepa pero hasta hace unos años traer todas esas cosas a Corea desde Japón era ilegal.
Aparte de contarme en pocas palabras que fue un contrabandista, durante nuestra primera charla Park Bong mencionó algunas otras cosas sobre su vida, entre ellas que se la había pasado entre Corea y Japón desde muy pequeño. De hecho aprendió inglés muy joven cerca de una base militar de Estados Unidos en Jinhae y lo perfeccionó en otra base norteamericana en Sasebo.
—Le puedo seguir hablando de mí pero antes tenemos que hacer un trato—dijo cuando el sol se empezó a ocultar.
Me quedé pensando, envuelto en el vapor, luego de que Park Bong me explicara brevemente su propuesta. Por la ventana se podía ver el mar color plomo. Uno de los adolescentes que hacía parte de una numerosa excursión de estudiantes a bordo se dio una ducha rápida y se dirigió a nuestra piscina. Supe que tenía que responder. Algo, lo que fuera. Park Bong no iba a seguir hablando frente a otra persona. Le dije que sí, que lo haría, que estaba de acuerdo. Park Bong asintió y salió del agua casi al mismo tiempo en que el joven se metía. Alcancé a detallar su cuerpo desnudo. Tenía una panza naciente pero sus brazos y piernas eran los de un luchador profesional. Desde ese entonces en mi cabeza sus múltiples caras siempre aparecen atadas a aquel cuerpo, al parecer incorruptible.

Durante la cena arreglé las cosas con mi esposa mientras tomábamos una sopa de pescado. Muy pronto se puso de buen humor a pesar de que yo no dije casi nada, estaba preso de la honda impresión que me había dejado Park Bong. Era como si el gran Toshiro Mifune hubiera salido de una pantalla de cine y me hubiera hablado. Sus cejas y su quijada eran las mismas. Había dejado un papelito en mi casillero del sauna en el que me citaba a las once de la noche en la barra del bar. Contaba los minutos para mi nuevo encuentro con él. En sus ojos yo había leído desencanto y muerte.

Al terminar la comida le dije a mi mujer que me dormiría temprano, no quería estar cansado durante nuestro primer día en Osaka. Ella estuvo de acuerdo. Nos despedimos con un corto beso en un pasillo. Estábamos en camarotes separados, el tiquete que nos habíamos ganado en el sorteo era clase B, lo que significaba compartir habitación con otros hombres y mujeres. La clase C consistía en un gran salón para cuarenta personas con futones para dormir sobre el suelo y la Clase A, a la que tratamos de cambiarnos cuando nos registramos, estaba compuesta por camarotes individuales o para parejas.
Park Bong llegó a nuestra cita con quince minutos de retraso. Me costó reconocerlo vestido, llevaba una chaqueta vinotinto de cuero. No se puso con rodeos, apenas se sentó me explicó que el hombre al que yo debía seguir lo conocía a él muy bien, por eso necesitaba de mi ayuda. Había pasado tres meses tras él pero nunca más de una hora ni a menos de veinte metros de distancia. Park Bong temía que lo descubriera a bordo del ferry.

—Estoy seguro de que podría reconocer mi olor. Trabajamos juntos, fuimos parte de la misma oficina por quince años. Nuestros escritorios estaban uno al lado del otro—, dijo mientras le pedía al barman dos cervezas.
Durante nuestra conversación en el sauna, Park Bong me dijo que había trabajado en una dependencia de la Agencia de Seguridad Nacional de Corea que se encargaba de la censura de películas. Había visto miles de largometrajes en los años setenta. Los tenía que calificar con puntos de uno a cinco de acuerdo a un cuadro establecido por sus jefes: propaganda comunista, desestabilización del gobierno, atentado a la moral, consumo de drogas y lenguaje inapropiado. Si una cinta coreana era clasificada con cinco puntos, Park Bong tenía que pegarse a la espalda del director de la película como una ventosa y escribir un reporte semanal. Mientras tomábamos unas Kirins heladas lo presioné con cautela para que me siguiera hablando de su pasado. Luego de trabajar en el servicio secreto y hacer carrera como contrabandista entre Corea y Japón, Park Bong había abierto una oficina de detectives cerca del puerto de Busan, pero lo verdaderamente extraordinario en su vida, según él, era la relación que lo amarraba a su secretaria.
Mi recompensa por seguir a su antiguo compañero hasta el supermercado del ferry, ver su mano derecha y contar el número de pétalos de la flor que llevaba tatuada en el dorso cuando fuera a pagar, era contarme todo sobre Yuri Kawahara y aquel vínculo que él mismo había calificado como un verdadero misterio de la naturaleza.
—No tiene nada que ver con un asunto amoroso, no se preocupe. Va mucho más allá de algo tan banal. Vale la pena que se lo cuente, no se arrepentirá.

Poco antes de la una de la mañana Park Bong pagó por las cervezas y me mostró el camarote del hombre. Pertenecía a la clase A. Tiene hábitos alimenticios muy extraños, es como si su estómago estuviera en otro uso horario, siempre almuerza a las cinco de la tarde y cena a las tres de la mañana, me contó. A esa hora el hombre saldría de su habitación e iría al supermercado a comprar unos fideos instantáneos. Yo ya sabía qué hacer. Nos vemos a las tres y media en la cubierta, cerca de las mesas de ping pong, dijo Park Bong y se fue con las manos dentro de su chaqueta de cuero.

Deambulé un rato por los pasillos del barco hasta que decidí asomarme al salón principal atraído por unos estruendosos gritos y aplausos. Los estudiantes que iban de excursión estaban extasiados con la danza de los siete velos que en ese momento realizaba una de las camareras que nos había saludado cuando entramos al barco. Por las fotos del cartel en la entrada del salón, me enteré de que cantaría otra de las camareras, llamada Irina. El espectáculo lo cerraría un mago que también hacía las veces de recepcionista. Todo fue largo e insoportable. Irina desafinó varias veces embutida en un vestido recubierto de canutillos azules y al mago le temblaron las manos. Parecía estar más nervioso que yo.
Al terminar el show casi todo el mundo se fue a dormir. Al lado de mi mesa una pareja de viejos estaban bastante borrachos. Uno de ellos pidió una segunda botella de whisky mientras yo veía por un gran ventanal las luces de algunas ciudades costeras. A esa hora ya nos habíamos alejado del todo la península coreana y empezábamos a transitar por el mar interior de Japón. Por la ventana desfilaron hoteles recubiertos de flores de neón como si fueran enormes tortas de pastillaje, una rueda de Chicago y el agua negra que lamía los costados del barco. Antes de pararme me quedé largo rato mirando un globo de helio que había usado el mago en su función. Estaba en una esquina del techo. Así se fue el tiempo hasta llegó la hora de cumplir con mi encargo.

El hombre salió de su camarote a las tres de la mañana pero no fue directamente al supermercado, como había predicho Park Bong. En cambio se dirigió a la cubierta. Lo seguí de lejos. Un torrente inusual de sangre invadió todas las cavidades de mi corazón. Sentí como si se expandiera dentro de mí hasta alcanzar dos veces su tamaño normal. Me camuflé entre algunos adolescentes que deambulaban como cardúmenes de peces con sus teléfonos móviles en la mano. El hombre se sentó en una de las bancas que estaba cerca de los motores. Yo me recosté sobre una barandilla, detrás suyo, al lado de una anciana que sacaba papas fritas de un paquete enorme y miraba al vacío, a la espesura de la noche. A los cinco minutos el hombre se paró y fue hasta Irina, que había regresado a su uniforme y fumaba en una esquina. Le pidió un encendedor. Ambos se quedaron frente a frente fumando por unos segundos sin decirse nada. En ese momento pensé que todos, la anciana, el hombre del tatuaje, la camarera-cantante, Park Bong, mi esposa, y yo, no éramos más que globos solitarios al final de una fiesta.

Me alejé ensombrecido. De todas maneras no podía estar cerca por tanto tiempo sin despertar sospechas, así que bajé hasta el salón principal. El hombre tendría que pasar por ahí rumbo al supermercado. Jugué mis cartas como si fuera un verdadero detective.

Si bien agregué muchas cosas a la vida de Park Bong cuando lo convertí en el protagonista de Piel de cerdo, como por ejemplo que se había tenido que esconder un año en un monasterio budista, también opté por transcribir exactamente como me las contó esa noche. Al poco tiempo de haberse publicado la novela, varios lectores me escribieron. Muchos de ellos mencionaban que lo que más les gustaba del libro era la sorprendente técnica que el detective y su secretaria usaban para resolver los casos más complicados. La técnica, si es que se le puede llamar de esa forma, fue una de las cosas que escribí tal y como me la relató Park Bong al final de esa noche en la cubierta del ferry.
Yuri Kawahara y Park Bong se conocieron un domingo en un partido de béisbol. Como siempre, el equipo de Busan perdía. Los insultos de los aficionados iban y venían pero los de Park Bong, que había ido solo al estadio, eran tan disparatados que hicieron reír un par de veces a Yuri y a la amiga con la que estaba. Desde el primer momento le había gustado la otra chica, así que al final del partido las invitó a comer pollo y cerveza. Las convenció diciéndoles que necesitaban sufrir la humillante actuación del equipo en compañía. Para tristeza de Park Bong, la amiga se fue después de la primera jarra de cerveza. Yuri decidió quedarse, en todo caso vivía con su madre muy cerca del estadio. La joven le contó que había acabado la universidad y estaba buscando trabajo. Por ahora atendía en un local donde vendían juegos matemáticos para niños. El detective le dijo que tenía una oficina y que a lo mejor necesitaba una asistente. Lo dijo borracho, con el fin de impresionarla. Al final de la noche Yuri tuvo que ayudar a Park Bong a tomar un taxi después de que lo encontró dormido sobre la mesa al regresar del baño. El lunes siguiente, a eso de las diez de la mañana, mientras Park Bong tomaba un botellita de Sunrise 808 para combatir la resaca y miraba descargar un barco de bandera vietnamita desde la ventana que daba al puerto, Yuri tocó a su puerta. No sabía cómo había encontrado la oficina que compartía con una agencia que reclutaba marineros. Estaba seguro de que no le había dado la dirección. Creo que puedo ser de ayuda en su trabajo, le dijo la joven orgullosa de haber dado con el detective. Park Bong supuso que había metido la mano en su billetera mientras estaba dormido y había sacado una de sus tarjetas de presentación. Nada mal. La contrató ese mismo día a pesar de que tenía pocos clientes por aquella época. Yuri era callada, metódica, quizás demasiado servicial para su gusto. Le tenía café negro y torticas de arroz en las mañanas o una sopa de pescado picante si aparecía por la tarde después de una larga borrachera. No solo pagaba los recibos de la oficina, también se encargaba de las cuentas del apartamento de Park Bong, incluso de tener al día los impuestos de su carro. A veces comían juntos el último día del mes en un restaurante de sashimi de atún, o lo acompañaba a visitar a un viejo amigo que tenía una tienda de discos usados. Lou, ese era su apodo, le había tomado aprecio a Yuri. La joven sabía mucho de música, especialmente de rock coreano y japonés de los años sesenta, algo muy poco común entre las mujeres de su edad. Una noche cualquiera Park Bong la invitó a comer a su restaurante favorito. Estaba ansioso porque no conseguía resolver un caso y necesitaba despejar la cabeza. Frente a una parrilla repleta de finas lonjas de piel de cerdo, Yuri le contó un poco de su familia, de su padre japonés y su madre coreana. El padre había sido un cantante que había tenido cierto éxito en Osaka. Su versión de «Bésame mucho» se había vendido bien en los años setenta y estaba en muchos karaokes de la ciudad. Murió de un ataque cardíaco sobre el escenario y Yuri regresó con su madre a Busan. Nunca se había sentido cómoda en ninguno de los dos países, le confesó. La noche terminó en un motel cerca del puerto. Para saber el desenlace de la historia tenía que cumplir con mi tarea.
El hombre del tatuaje entró al supermercado y sin vacilar agarró unos noodles picantes, de los que a veces yo comía en la playa de los rusos las tardes en que no tenía nada que hacer. Fue hacia la caja registradora y lo seguí con el primer artículo que encontré a mano. En medio de los dos iba una señora gorda a la que me le adelanté para ponerme detrás del hombre. Había llegado el momento decisivo. Mis piernas iban de aquí para allá como como edificios que se zarandeaban en un terremoto. El hombre sacó su mano derecha del bolsillo y extendió un billete nuevo. Vi un pedazo de la flor. Era roja, parecía una azalea. Me acerqué lo que más pude y estiré la mano hasta el mostrador para agarrar una chocolatina al lado de la caja registradora. Necesitaba un mejor ángulo mientras el tipo esperaba a que el cajero recibiera el billete. Por fin tuve la flor en mi campo de visión, descubierta por completo. Empecé a contar los pétalos, uno, dos, tres cuatro, cinco. En ese momento oí una voz a mi lado.
—¿Qué haces despierto? ¿Por qué tienes una hebilla para el pelo en la mano?
Era mi esposa. La miré un segundo sobresaltado pero muy rápido volví a la mano del hombre. Ya no estaba. Había regresado a su bolsillo y nunca volvería a verla. No me acuerdo qué le dije a mi esposa pero salió del lugar indignada. El hombre pasó en frente mío y me miró a los ojos. Sentí que mi cuerpo pasaba por una poderosa moledora que trituraba mi carne, mis tendones y hasta mis huesos. Estaba claro que era imposible seguirlo sin ser descubierto y en media hora tenía la última cita con Park Bong. No podía decirle que le había fallado pero sobre todo no podía quedarme sin saber el final de la historia entre él y su secretaria.
—¿Seguro? ¿Está completamente seguro de que la flor tenía seis pétalos?
—Si, la vi muy rápido pero estoy seguro. Conté seis.
—Hasta hace una semana tenía cinco. Qué extraño. Maldita sea, todo se ha complicado.
No había nadie en la cubierta. Pasamos debajo de un puente gigante y el frío de la madrugada nos envolvió. Park Bong sacó un cigarrillo y se quedó pensativo. Cuando terminó de fumar cumplió con lo prometido.
—Esa noche iba a despedirla. No tenía sentido que malgastara su vida en la oficina, todavía era joven, podía conseguir un mejor trabajo. Además estaba comprometida aunque nunca veía a su novio. Casi todo el tiempo estaba conmigo.
El caso en el que Park Bong había estado trabajando en esos meses tenía que ver con un estafador. Su cliente le había pagado un adelanto muy generoso y había estado muy cerca de resolver el misterio pero siempre le sobraba una pieza al final. Le contó todo a Yuri mientras tomaban soju y asaban trocitos de piel de cerdo. Era rara la vez le revelaba detalles de los casos. Yuri solo enteraba de ellos al archivar el expediente una vez estaban resueltos.

Park Bong no tenía pensado tener sexo con Yuri, me lo aseguró varias veces. La idea de ir a un motel había sido de ella. Supuso que estaba muy borracha y quería dormir. Su plan era quedarse en la tina hasta que Yuri cerrara los ojos y después tirarse en un sofá, pero al ver los pies de su secretaria su voluntad se quebró por completo. Eran preciosos, pequeños, como los de una estatua, llenos de eternidad, fueron las palabras que usó para describirlos. Tenía los dedos proporcionados y las uñas pintadas de rojo sangre. Supe que ese simple detalle sirvió para desencadenar toda una ola de deseo en Park Bong. Soy un podófilo, me confesó con una risa amarga y sacó otro cigarrillo. Amo los pies de las mujeres. Cuando iba una vez al mes a los burdeles de Texas Street en Busan o a los de Tobita Sinchi en Osaka, pedía que la prostituta le mostrara los pies antes de concretar algún arreglo. Los estudiaba como un botánico y solo si le gustaba el arco, el talón y las plantas pagaba por una noche a su lado. Era extraño que sucediera, contadas veces había dado con unos pies perfectos. Aunque Yuri tenía unos pies de ensueño eso no fue lo que los resultó uniendo. Lo que sucedió está más allá de mi propia comprensión, me dijo. Cuando llegó a este punto de la historia me miró con aquellos ojos de desesperanzados. Entendí que hasta ese momento no le había contado a nadie de su secreto. Algo en mí, algo que yo mismo desconozco, lo animó a contarme que en medio del orgasmo de esa primera noche Yuri gritó dos palabras totalmente inconexas sin darse cuenta. A la mañana siguiente todavía resonaban en la cabeza del detective. Las palabras habían sido: «Cangrejo azul». Gracias a ellas Park Bong cerró el caso. Cangrejo era el apodo del dueño de una tienda de té famoso por recibir apuestas. Fue él quien planeó la estafa al cliente de Park Bong. Azul era el color del cajón donde encontró las pruebas que lo implicaban.

Durante el tiempo que Yuri trabajó en la oficina tuvieron sexo nueve veces para tratar de resolver los casos más complicados. Sin embargo, su secretaria no siempre fue capaz de revelarle una frase o un número útiles. Solo podía hacerlo si Park Bong la llevaba a un éxtasis sexual supremo. Para eso tenía que emplearme a fondo y como podrá ver, ya no soy tan joven, me dijo. La última vez que tuvieron relaciones Yuri estaba casada.

Cuando acabó de contarme la historia, el detective se retiró a una esquina y mandó un mensaje de texto desde su celular.
—No he visto a Yuri en hace dos años. Ahora vive en Osaka con su marido. Le acabo de pedir que nos encontremos una vez más. Necesito resolver este caso. Si lo hago me podré retirar del todo. Estoy harto de la oficina—. Fue lo último que le oí decir.
Esa misma noche tuve todo el argumento de Piel de cerdo. Tomé notas en un cuaderno, alumbrado por la luz de la pantalla de mi celular. Exhausto, me prometí hablar con Park Bong una vez saliera el sol para decirle que no estaba seguro del número de pétalos que tenía la flor. Lo busqué por todos lados. No lo vi en el sauna, ni en el supermercado, ni en la cubierta. Golpeé en la cabina de mi esposa y le conté lo que había pasado esa noche. Le rogué que me ayudara a encontrarlo. Caminamos por el Panstar Honey de punta a punta pero no dimos con él por ninguna parte.

Cuando llegamos a Osaka fui a devolver la llave de mi camarote desconsolado por completo. Después de firmar un papel recibí una tarjetica de manos del mago de la noche anterior. «Nos vemos a la salida de inmigración. Solo hay una puerta. Le diré cómo llegar al Jijuken, el restaurante donde se reunía Oda con sus amigos». No la había firmado. En su lugar Park Bong dibujó un animal que en ese momento se me pareció a un lobo. Mi esposa dijo que era un zorro cuando se la mostré. Todavía estaba a tiempo de contarle la verdad.
Duré casi una hora en pasar por inmigración a causa de mi pasaporte. Los agentes aduaneros estaban convencidos de que venía cargado de droga. ¿Qué otra razón tenía un colombiano para viajar en ferry desde Busan a Osaka? Revisaron mi maleta varias veces. Sacaron mi champú y lo pusieron en una máquina de rayos X. Me mostraron algo parecido a un catálogo de compras pero en lugar de zapatos, joyas y perfumes había fotos de armas automáticas, bolsas con pastillas, un grueso fajo de dinero y una montañita de polvo blanco. Me preguntaron si llevaba conmigo alguna de esas cosas. Después me hicieron desvestir en un cuarto. Al final se disculparon. Los entendí. Si hubieran atrapado a alguien con un cargamento escondido los habrían condecorado. A la salida del terminal no había nadie. En un cenicero vi tres colillas de cigarrillos. Tomé una para ver la marca. Era la misma que fumaba aquel hombre, la misma que fuma el protagonista de Piel de cerdo.

A veces pienso que Park Bong no era un detective ni nada por el estilo. Quizás no tenía ni idea donde quedaba Colombia y tampoco quién carajos era Oda. Había leído mi vida en dos segundos, incluso antes de haberse quitado la toalla húmeda sabía quién era yo y qué necesitaba. A lo largo de esas horas a bordo del Panstar Honey puso migas de pan en su mano para que yo estuviera picoteando como un pajarito y no me fuera de su lado. Quizás me había contado todas esas historias para no aburrirse. Existía la posibilidad de que tomara el ferry una vez a la semana por negocios y que simplemente el hombre de la flor fuera su socio. Nunca los vi juntos. O tenía una segunda familia en Osaka. La verdad es que a los hombres coreanos les gustan las japonesas y a las mujeres japonesas les gustan los coreanos. A mí me gustan las mujeres de los dos países. Todavía no abandono mi viejo sueño de hacer un trío en honor a la reconciliación. Otras veces pienso en lo que tuvo que hacer Park Bong por mi culpa. En caso de que todo lo que me dijo fuera verdad, el detective había tenido que arrodillarse ante Yuri para que tuvieran sexo una vez más y así resolver el caso con el que se retiraría.

Mencioné que ayer me acordé de nuevo de Park Bong después de terminar de leer un cuento tirado sobre mi sofá de cuero, frente a un gran ventanal desde donde puedo ver el mar que separa a Corea de Japón. Al cerrar el libro sus rasgos volvieron a mí bajo la cara perfecta de un actor veterano o un santo, en todo caso alguien más allá del tiempo. Hoy su cara es una pizarra en blanco, un planeta vacío.
Mi esposa y yo no tenemos que preocuparnos tanto por el dinero. Las regalías de la novela siguen llegando a mi cuenta y un productor me contactó para una adaptación cinematográfica, pero de alguna manera estoy igual que al principio. Después de Piel de cerdo no he podido escribir nada. Desesperado he intentado, con poca suerte, llevar a mi esposa al éxtasis sexual supremo para que me revele el argumento de un nuevo libro en medio de su orgasmo. También he tomado el ferry de Busan a Osaka cuatro veces con la esperanza de encontrar a Park Bong.
La última línea del cuento que leí dice: «El zorro es el dios de la astucia y la traición. Si el espíritu del zorro penetra en un hombre, la raza de ese hombre está maldita. El zorro es el dios de los escritores».
A lo mejor Park Bong es un escritor y yo estoy en una de sus historias. A lo mejor también intenta recordar mi cara en vano. Sí, un escritor verdadero, el último de los Buraiha


Andrés Felipe Solano (Bogotá, 1977) es periodista y escritor, autor de las novelas Sálvame, Joe Louis y Los hermanos Cuervo, fue seleccionado por la revista Granta como uno de los más interesantes nuevos narradores en español. Ha publicado artículos en Gatopardo, La Tercera, Babelia, entre otras.