fiestadelhumo

La fiesta del humo

Adelanto de la nueva novela de Luis Hernán Castañeda


La madrugada del 16 de febrero de 2014, el cadáver de Julián Santos (74 años de edad, abogado), vecino de la urbanización La Encantada de Villa, fue hallado junto al de su hijo mayor, Antonio Santos (45 años de edad, economista), al interior de una camioneta en el pantano aledaño a ese barrio residencial. El doctor Santos, que iba manejando, tenía un agujero de bala en la sien derecha; a Antonio, su copiloto, el proyectil le ingresó por la boca y le salió por la nuca. Se especula que, mientras conducían por la calle Hernando de Lavalle hacia la avenida Defensores del Morro, Antonio disparó sobre su padre, causando su muerte inmediata, la pérdida de control del vehículo y su caída a una laguna poco profunda. Segundos después, el hijo se quitó la vida con la misma arma. Cuando los encontró la policía, no parecían dos muertos, sino una pareja de gemelos sumergidos en sombrías meditaciones. Sus muertes pusieron fin al prolongado juicio en el que ambos se veían envueltos, y que guardaba relación con ciertos hechos acontecidos en la ciudad de Lima durante los años noventa del siglo pasado. Aunque se intentó ubicar a Teresa Ibáñez, ex esposa de Julián y madre de Antonio, fue imposible dar con su paradero. Se cree que la señora Ibáñez y el hijo menor del matrimonio, cuya búsqueda también fue infructuosa, viven en el extranjero desde hace muchos años.

***

Mill Street es una calle peculiar. Su brevedad, su hondura y su inconsecuencia la convierten, en comparación con las demás calles del pueblo, en una vía de lo más inútil. Descolgarse por ella desde el centro es una proeza, especialmente si la cubren la nieve o el hielo, porque Mills Street se deja caer al vacío como un tobogán zigzagueante, cuya meta resulta invisible desde lo alto: sus curvas cerradas, bordeadas por escasos comercios de espíritu intrépido, ocultan la visión del río, pero amplifican su rumor como el estómago de un gigantesco instrumento musical. Parece mentira que a corta distancia del pequeño cine, el café y el restaurante indio, signos indiscutibles del progreso local, se hunda el fondo de Mill Street, donde el asfalto naufraga en matorrales, piedras redondas, espuma amarillenta y estruendo, pero solo por un trecho, porque luego la calle remonta, serpentea y asciende por una colina sembrada de pinos. En la cumbre se eriza un embrollo de antenas y en algún recodo del bosque, según los vecinos fantasiosos, está oxidándose el caparazón de un helicóptero abandonado.

El número 7 de Mill Street queda en la zona profunda y tiene vista al río. Es una casona de tres pisos estilo Beaux Arts que, en el siglo XIX, le perteneció a un descendiente de Justin Morgan, famoso criador de caballos que le da su nombre a la raza más antigua del país. Décadas atrás, cuando el pueblo ni siquiera contaba con una taberna, el edificio fue dividido en oficinas minúsculas con la intención de atraer a los pequeños mercaderes de la comarca, pero la extraña ubicación del inmueble ha terminado conspirando contra su futuro comercial. Aunque no llega a quedarse desierto, siempre es un puñado de inquilinos el que se extravía en sus largos pasillos, sus crujientes escaleras y sus salas de elevado techo. Esta leve atención humana suspende a la casona en el borde justo de la ruina y el horror. Milagrosamente, ningún incendio ha prendido en su sólida estructura de madera, y, por algún azar del terreno, las inundaciones veraniegas suelen perdonarla año tras año. Hoy en día apenas tres negocios la mantienen viva: en el primer piso, una tienda de computadoras llamada The Laptop Shack, cuyas reliquias han sido descontinuadas hace años; en el segundo, la librería de viejo The Mill Street Book Worm, que tiene colgado, junto a su puerta, el afiche de un Kindle tachado por dos aspas rojas; y por fin, en el tercero, el consultorio de Rebecca Grinder, psicoterapeuta y psicoanalista licenciada.
Para llegar al consultorio de Rebecca Grinder, hay que subir por una escalera de madera que se aferra al edificio como un espigado tumor. En verano, es agradable detenerse a medio camino y divisar, por encima de la orilla verde, las sombras y reflejos del río. Se trata, apenas, de un angosto canal sin renombre, que algunas millas más allá se diluye en el lago Champlain. No obstante, cuando viene la crecida de mayo, sus aguas pardas, su discurrir parsimonioso y su capricho por invadir el pueblo engordan sus humos fluviales, hasta permitirle alcanzar cierta majestad efímera. En las demás estaciones, es preferible olvidar el río y concentrarse en los peldaños congelados. La puerta del consultorio está siempre abierta; una campanilla informa de las visitas, que no son muchas, porque, a decir de sus mismos habitantes, el pueblo goza de una salud mental de hierro. En la salita de recibo, decorada con reproducciones de Monet y algunas plantas, el paciente puede quitarse los guantes y el gorro, colgar su chaqueta en el perchero y espiar la puerta del consultorio: si está junta, es que Becca ha salido a fumar un cigarrillo y volverá en pocos minutos; si está cerrada, el misterio de los otros pacientes, implacables enemigos, palpita un instante y se esfuma. No hay que quedarse a la entrada, sin embargo, sino seguir de frente, donde hay un baño por si uno experimenta súbitas ansias de limpiarse las botas, y una sala de espera en la que Monet cede el paso a los surrealistas. Allí es preciso aguardar entre cinco y diez minutos, dependiendo de la prisa que se haya traído. En el librero de la derecha, espera una nutrida colección de la revista Poetry. Por lo general, basta ojear los versos, pues no hay tiempo ni calma para un poema completo. A la hora en punto, una puerta se abre, se oyen pasos y aparece Becca, lista para el rescate.

«Pasa, por favor», le dice, y el paciente obedece sin mirarla a los ojos.
El consultorio tiene un piso de nogal cubierto por una alfombra persa, y las paredes están pintadas de amarillo pálido. A través de la ventana, cuya persiana suele estar bajada para crear una atmósfera de recogimiento, debe poder verse el agua. En la semipenumbra del espacio cerrado, una lámpara de pie revela que no hay casi cuadros: solo un dibujo a carboncillo de una mujer afroamericana de ojos cerrados, cuyos gestos configuran una emoción secreta; y el óleo de un campo vacío, bañado por una luz dorada. En el centro de la habitación, está el diván de cuero café, su cabecera vigilada por un sofá del mismo color. Si uno se acuesta en el diván, cosa que de corriente se hace al instante, descubre a su disposición un aliado esencial. Encima de una mesita, al alcance de la mano, está la caja con pañuelos de papel, justo al lado del pequeño reloj de dígitos rojos. Hay quienes piensan que no los usarán, que no extenderán la mano ni buscarán con la mirada, pero se sienten reconfortados de tenerlos. Después de acostarse, ante uno se abre otra perspectiva, que no pierde su interés a pesar de los años: sobre la pared de enfrente cuelga un tapiz cuyo diseño llama la atención. Un fondo verde claro presenta una tribu de seres extraños, con aspecto de diablitos azules y amarillos, que parecen capturados en mitad de un baile. Algunos tienen la mano izquierda hacia abajo y la derecha hacia arriba, y otros las intercambian, pero todos miran a su contemplador con fijeza alucinada. Sus largos cabellos flotan como serpientes bailando en el aire.
«Es extraño», dijo él al final de la primera sesión. «Me recuerda a mi país».
«¿En serio?», preguntó ella. «Me gustaría saber más».
«No es una historia fácil. Necesitaremos muchas sesiones».
«Cuantas sean necesarias. Aquí el tiempo se detiene. No hay resultados, tampoco progreso. Solo una curiosidad infinita».
«Me gusta esa idea».
«En esta habitación, todo nos resulta interesante, por más pequeño que sea: los sueños, las ideas, los sentimientos. Las observaciones casuales, los vuelos repentinos. La mente siempre está activa. Hay una corriente incesante, aunque a veces la ignoremos. Nuestra misión es darle su lugar».
«Entiendo. Ahora, precisamente, estaba pensando en asuntos prácticos. Me gustaría pagarle un año por adelantado. ¿Es posible?»
«No es común. Los pacientes prefieren hacerlo mes a mes, utilizando algún tipo de seguro médico».
«En mi caso no será necesario. Puedo traerle un cheque personal la próxima sesión, si le parece. ¿A su nombre está bien?».

***

La primera historia que le contó, pues era la que lo había llevado hasta allí, fue la de los ruidos de la parte de atrás. Se la contó porque la consideraba importante, pero también porque estaban en la primera sesión, y a él, intimidado como se sentía, poco le costaba lanzarse a hablar, como si estuviera quejándose con una amiga, sobre esos ruidos salvajes que lo arrancaban del sueño a las cinco de la mañana, con puntualidad sádica, al menos dos días a la semana.

De verdad era gracioso, vista la hilera de malas noches que era su existencia, pensar que, cuando recién había llegado al pueblo y tomado posesión de su vivienda, la virtud más noble de aquella unidad independiente, adosada a una casona blanca de inicios de siglo veinte, le había parecido su silencio. Apartada del centro, en un barrio que se deslizaba hacia el campo, la unidad, su dulce unidad propia, daba a un jardín donde una mesita pintada de verde, un huerto de tomates y un girasol cabezudo aparecían rodeados por una floresta de arces: el sueño campestre, la vida retirada, el huerto cerrado, de una vez por todas. Su casero, un saludable pelirrojo de sesenta años y estatura imponente que pasaba los domingos cazando en el monte, le aseguró que se trataba de un vecindario tranquilo, perfecto para un hombre solo que gustara de la lectura y tuviera un mundo social razonable. Como llegó en verano, el follaje le impidió ver lo que había detrás del jardín y que fue revelándose, a medida que el otoño iba decapitando el bosquecito, como una desolada extensión de asfalto. Era, qué duda podía caber, el estacionamiento de la cooperativa del pueblo, un negocio llamado Natural Foods, al que los habitantes de aquella aldea de diez mil almas acudían como si se tratara de un templo. Antes de que Becca atara cabos, él se precipitó a confirmar su sospecha. Era cierto, el mismo lugar donde había empezado a trabajar como voluntario a la semana de haber llegado, y que aún hoy seguía empleando sus servicios, quedaba detrás de su casa, a tiro de piedra, lo cual solo podía interpretarse, desde el punto de vista del recién venido, como una bendición del azar. Tal vez aquí, en el más inesperado de los sitios, las cosas cambiarían para él.

Cambiaron, por supuesto; pero de otra manera, como siempre ocurre. Los problemas empezaron pronto, apenas se dio cuenta de que, para llegar a la cooperativa cada mañana, no podría cruzar la muralla de arces como le habría gustado, sino que debería tomar por la calle, como hacían los seres humanos, y dar un rodeo de cinco minutos, caminata forzada que, bien mirado el asunto, le reportaba algún ejercicio matinal, aunque de todos modos fuera un fastidio; uno menor, sin duda, que los ruidos del estacionamiento a las cinco de la mañana. Podía suceder un lunes y un martes, o un miércoles y un viernes, o bien un lunes y un sábado; la pareja de días era inconstante y juguetona, le gustaba variar la rutina, pero, echada a andar en su aplastante lógica, se comportaba siempre igual. Lo que allí pasaba, detrás de los arces, podía ser descrito como una fiesta de máquinas pesadas que, rugiendo y bufando, se arrastraban de aquí para allá durante quince minutos de suplicio, hasta que el silencio volvía a instalarse. Luego, sin previo aviso, una tonelada de ladrillos caía sobre el asfalto, haciéndolo saltar en la cama. No le costó descubrir que, pese a sus exageraciones, las mismas que, a fin de cuentas, lo tenían postrado en este diván, se trataba de un solo camión de basura el que pasaba por los desperdicios de su centro de trabajo. ¿Tenía que hacerlo precisamente a esa hora, cuando los vecinos del barrio procuraban exprimirle a la noche sus últimas gotas? No había caso, le hizo saber Josh, otro de los cajeros de Natural Foods: los basureros eran despóticos con sus horarios. Tendría que acostumbrarse, aceptar la rutina de acostarse y levantarse como los granjeros, o peor aún, como los zorros que bajaban del cerro protector del pueblo, y dejar correr el tiempo hasta que, poco a poco, fuera volviéndose inmune al bullicio. Le ocurriría como con las campanadas de la iglesia, ¿verdad que ni siquiera las oía?

Pues bien, los años habían pasado. Llevaba cinco viviendo como un eremita de Nueva Inglaterra, y, aunque había visto algunas temporadas mejores que otras, y ciertos meses le prometían el milagro del fin de los ruidos, desde hacía por lo menos seis semanas, o quizás fueran siete, al final daba lo mismo, no cesaba de despertarse religiosamente al dar las cinco, hubiera o no recojo de basura aquel día, sudoroso, angustiado y manso, listo para el concierto matutino que le estaba arruinando la vida a los treinta años recién cumplidos.
Sí, en cierta forma los ruidos lo habían traído hasta su primera sesión de terapia, pero solo en cierta forma. A fin de cuentas, los había sobrevivido durante un largo tiempo. Claro que había más, y Becca, que debía estar habituada a estas historias, se quedaba callada, como si no le importara la sonoridad de los ruidos y quisiera escuchar detrás, postularle un otro lado al estrépito. Ganado por el silencio, avergonzado de un relato que de golpe le pareció banal, él se perdió en el óleo del campo dorado, notando con placer que, en la distancia del detalle, se vislumbraba un río velado por la niebla. En el tapiz de los diablitos, sin embargo, no quería volver a perderse, porque sospechaba que le traía malos recuerdos. Ella, al cabo de un tiempo excesivo, ofreció una obviedad que lo enfadó: dijo que los ruidos parecían perturbarlo, que al parecer los ruidos eran una molestia. El comentario, aunque no agregaba nada, era verdadero y revelaba alguna empatía, así que, además de enfadarlo, lo animó a seguir, le exigió abundar en pruebas, le susurró cierto deseo de impresionarla con la exposición de su dolencia. Sí, por supuesto que lo perturbaba; sí, claro que era una molestia. De hecho, podía contarle más, podía hablarle del sueño que había tenido el otro día, ¿o sería más exacto llamarlo «visión»?

Sus ojos se despegaron como siempre, a la espera del hachazo, y al instante los ruidos empezaron. Esta vez, la máquina amaneció poseída de una furia especial, como si el camión, solitario empedernido pero aún no resignado, estuviera realizando una danza de cortejo que incluyera, además de rugidos, perentorios bocinazos. Fue la indignación, está seguro, la que se le metió dentro del sueño para sacarlo de allí, o tal vez para remolcarlo, todavía extraviado en el pozo, hasta las escaleras, que descendió al borde del accidente, y luego al jardín congelado. Una vez sobre la grama, el rodeo usual se reveló inútil, diurno, acobardado, de manera que cortó a través de los arces, manchándose las pantuflas en los metros de lodo y ramas que lo separaban del estacionamiento. Abrazado a sí mismo, aterido en el aire de enero, pudo contemplar al mítico animal realizando sus labores. El procedimiento, bastante sencillo, se repitió tres veces: el lomo del camión bajaba, se acoplaba a la caja de basura, la alzaba en vilo, y se arrojaba una lluvia de bolsas negras al estómago. Tras una pausa que interpretó como digestiva, la bestia retrocedió, trazando un semicírculo, y se dirigió a la salida, camino a su madriguera. Estaría de regreso en pocos días, tal vez mañana. Antes, por supuesto, se tomaría una buena siesta.

Acabado el espectáculo, era tiempo de regresar. Le dolían las manos, tenía congeladas las orejas, debía volver a la cama y tratar de dormir un poco más, aunque sería imposible. En ese momento, se vio invadido por la curiosidad, quizás por una anticipada certeza, y se acercó a una de las cajas vacías, escudilla abandonada por su enemigo. Fue entonces, al contacto de aquella visión, cuando se decidió a buscar ayuda, cuando se resignó a escribirle ese correo a Becca. Desde el fondo de las fauces metálicas, acurrucado sobre un lecho de cáscaras de fruta, levantó la cara y se devolvió a sí mismo la mirada: sus ojos inyectados en sangre parecían emerger de una larga noche. Sus ropas, hechas trizas, dejaban ver un agujero en el pecho, en cuya cueva anidaba un perdigón.

***

El Otro Papá Noel viene a la ciudad. Nos lo anuncia mamá, su mirada lo dice todo, ni siquiera ha colgado el teléfono y ya sus ojos inmensos, su cabeza que gira trazando un «no» lentísimo, nos comunican la tragedia. Tragedia para ella, que no sabe disfrutar de los motores y las máquinas, lo cual demuestra la existencia de distintas opiniones, comprensibles pero no aceptables, en lo que a este legendario sujeto respecta. ¿Por qué le pusimos así, ese nombre peculiar? Supongo, aunque tal vez sea parte del sueño, que mi hermano y yo desnudamos la mentira del primero, del original, cuando vemos a papá sacando una bicicleta de la maletera, y que en ese momento fatal, como para atenuar la decepción, nos asalta el extraordinario parecido entre esa imagen que se diluye, entre esa farsa que se acaba, y aquel tío lejano que parece su gemelo diabólico y que nos visita cada año, sellando para siempre la asociación navideña. El Otro Papá Noel viene a la ciudad, sus fechas no son fijas ni sus horarios predecibles, pero bastan una llamada y el terror de mi madre para que la excitación nos embargue, una excitación sucia y peligrosa, a nosotros tres, los hombres de la casa, los únicos capacitados para vivirla, papá, mi hermano y yo, unidos por la misma corriente de locura. Entonces subimos juntos, cuando se hace de noche, al techo de la casa, y ovillados como un trío de gavilanes, recibiendo la garúa hasta que el cielo clarea, recorremos sin cesar nuestra escala de emociones, yendo y viniendo entre la felicidad y la angustia. La vista se pierde en los cerros, lejanas moles pardas estalladas de lucecitas, pues sabemos que allá en la cumbre, donde el oro se refugia en el hielo, tiene su mina el Otro Papá Noel, y desde el socavón bajará a visitarnos. Por eso, nos instruye papá, hay que estar atentos la noche entera, que nadie se atreva a pegar un ojo, vigilando los caminos más escarpados, los desfiladeros habitados por fantasmas, ya que nuestro visitante desprecia todo riesgo y nunca se sabe, esta vez, en qué vehículo va a desafiarlo, pues los tiene todos, su colección de carros no acaba. El Otro Papá Noel no conduce la misma camioneta dos veces, pero podemos estar seguros de que será una 4×4, y esa certeza, la única seguridad posible, alimenta nuestra fe cada noche, las semanas que dure la espera, hasta que ocurra la llegada, hasta la tarde en que, sin que nadie se lo huela, el mito de nuestra infancia toca la bocina, un gran motor ruge como una bestia poseída, y lo que baja de esa cuatrimoto verde, cuyas llantas erizadas de púas nos duelen con sólo mirarlas, es el hombre más feo que habremos de conocer en la vida. Los mocasines respingones y empolvados, el polo color palo de rosa, y los lentes de sol con montura dorada, no pueden ocultar, con su pretendida elegancia, la gruesa cicatriz que viborea en su mejilla, convirtiendo la cuenca del ojo en un cráter sanguinolento que viene asustando a los niños desde que, él mismo nos lo ha contado, un camión lo traicionó en una carretera nocturna. A pesar de su apariencia monstruosa, nos fascinan sus historias, así que salimos con cautela al jardín, gozando los cirros naranjas que viajan hacia el mar, y pronto cada uno ocupa una de sus rodillas, durísimo trono al que no puedo acostumbrarme. Desde aquel mirador, orgullosos de nuestra flamante dignidad, observamos a nuestra madre rezagada, haciéndonos adiós con una tristeza definitiva. Mi hermano intenta despedirse, pero un sacudón criminal lo descoyunta y obliga a aferrarse pues ya la máquina brama, dos túneles de fuego perforan la noche y el Otro Papá Noel, el auriga de la muerte, lanza un grito de guerra, atroz ronquido que retumba y se prolonga, perdiéndose en la soledad de su enorme corazón serrano. Es el fin: cerramos los ojos y apretamos los dientes. Mamá empieza a correr, se echa a trotar con una torpeza y una desesperación tan suyas, y de un salto se abraza a la espalda anchísima, apretándose contra ella como un molusco a su peña. Protestas de mi hermano, un insulto vibra en mis labios, pero el Otro Papá Noel no se inmuta, la deja estar y, de hecho, avanza. Observo a mi hermano, en quien hallo mi sorpresa copiada: esto sí que es extraño, nunca una mujer había venido. Si él no dice nada, pese a los llantos y quejas de mamá, nadie somos para pronunciarnos. En silencio, nos deslizamos entre escoltas de palmeras, por un túnel de luces que se alargan en la neblina. Las calles están vacías, una brisa suave nos acaricia, y nos acurrucamos en nuestro nicho de roca humana, llevados sin prisa hacia el rumor lejano. Sí, porque es allá donde necesita ir, no tiene que decirlo para que entendamos su obsesión: es el mar, sus corrientes que lo atraen, la razón del largo viaje. En la sierra, el mar es menos que un deseo, ni siquiera una fantasía, apenas una huella en mitad de un pecho árido, y son pocos los que sienten su llamado. Nos miramos, mi hermano y yo, y sabemos que esta suavidad, esta dulzura de la arena que nos transporta sin dolor, es lo más cerca que llegaremos al sueño de volar. Y ya viene el mar, nos lo dicen la oscuridad, el beso de la sal, el susurro de la espuma y el estruendo de su origen, ese gruñido encantador. Aquí nos detenemos, anhelando el placer que la casa nos niega: dunas que se escapan, olas que nos cubren, medusas que nos visten, horas que no pasan. Dormir, cruzar el último límite, es abrazarse al terror de la noche. Dejarse ir, avasallarse, sometidos a la terrible amistad del océano. Estamos listos, para qué esperar; él obedece, su gran mano gira y la nave se encamina, rendida, hacia la muralla de agua. El Otro Papá Noel viene a la ciudad, hermano, y tú no puedes dejar de reír.


Luis Hernán Castañeda (Lima, 1982). Ha publicado los libros Casa de Islandia, Hotel Europa, Fotografías de sala, El chamán y la sacerdotisa y El futuro de mi cuerpo. Además, sus relatos han aparecido en diversas antologías.