El profe en cuatro estaciones

Por Orlando Mazeyra


A Nicole, que me debe un libro.

1. MI VECINA Y PAOLO GUERRERO

—¿Va a estar presente alguien de tu familia? —me preguntó por teléfono Oswaldo, un par de horas antes del evento. Noté en el tono de su voz una viva curiosidad que, de pronto, me resultó agradable, tonificante: había logrado mi cometido, esa inquietud de mi Profe era una prueba terminante.
—No —le dije sin dudarlo—. Mi familia nunca va a las presentaciones de mis libros.
—Entiendo perfectamente —contestó dando por zanjado el asunto—. ¿Y quién me acompaña como presentador?
—Guillermo.
De aquel día, aparte del temblor que espantó a casi todos los asistentes a la Feria del Libro de Lima, recuerdo con nitidez la fuerte y contagiosa risa de Guillermo Giacosa, un periodista —paisano de Lionel Messi— al que le guardo mucho cariño porque la tarde en que lo conocí terminamos llorando por nuestras madres (también por Micaela, el amor de mi vida, aunque él nunca la hubiera conocido) y tomando mate en la sala de su casa de Santiago de Surco.
—Yo nunca quise ser escritor sino delantero del Melgar —confesé al final de la presentación y estando en plena fiebre mundialista—, pero fracasé en el intento… como fracasa nuestra selección cada vez que intenta volver a un mundial de fútbol. A propósito de esto, aprovecharé para contarles lo que Sergio, un viejo amigo que odia el fútbol, me dijo una vez en Arequipa: tú no sabes qué es lo único valioso que tiene la selección. ¿Qué cosa?, le pregunté y su respuesta fue categórica: el Lamborghini de Paolo Guerrero.
—Che —me dijo palmoteándome la espalda el rosarino—, me tienes que presentar a ese amigo tuyo. ¡Qué tremenda verdad: el Lamborghini de Guerrero!
Todos tenemos una verdad que pasamos por alto o que arrinconamos. Quisiéramos aplastarla. Matarla. Es imposible: el mensaje (de texto) es rotundo: «¡Eres un hijo de puta, qué bueno que Micaela te dejó!». Nos gustan los bozales: no me digas quién soy porque no me importa, mejor vamos a tomar un café al San Antonio y dime quién es tu favorito para ganar el mundial. «He pedido que me paguen mis vacaciones: no las necesito». ¿Por qué? «Porque cuando no ocupo mi tiempo me acuerdo de mi novia y de mi hija, de por qué me dejaron… y vuelvo a sentirme solo». ¿Trabajas entonces para no recordar? «Trabajo para olvidar». ¿Otras mujeres? «No estoy listo», me dice, «solo escorts: pagando no involucro sentimientos y, de alguna manera, siento que no la traiciono».
—¿Cómo podrías traicionarla si ella ya no está contigo?
—Ella sigue conmigo. Está acá —y se señala el corazón.
Quisiera escribir sobre él: Javier. Nos parecemos tanto que ni cuenta nos damos. O sí, aunque lo callamos. El buen Javier que luego tiene cara para acusarme de cursi. Es un amigo que no supera el haberse divorciado. Se casó con la chica más simpática de su trabajo y, después, ella se terminó yendo con su mejor amigo: un compañero de su trabajo (para variar). Después de eso yo recibí una (¿grata?) noticia: ahora tú eres mi mejor amigo.
Creo que me lo dijo porque ya no le queda nadie. Eso no habla bien de mí. Tampoco habla nada bien de él.
Solo le pude decir que esas cosas —los mejores amigos— no se dan de buenas a primeras. Que yo, por ejemplo, conservo a mis mejores amigos desde la primaria y que siempre he sabido que, cuando se trata de mujeres, no se puede confiar en nadie: «Ni en tu hermano, Javier».
—¿Ni en mi propio hermano?
—Ni siquiera en él. Yo sé lo que te digo: evita que la traición traiga faldas.
—Eres demasiado paranoico. ¡No sé cómo hizo Micaela para soportarte durante tantos años!
—No me soportaba: me amaba —le digo molesto—. Algo que nunca hizo tu mujer contigo.
Los ojos se le inyectan. Cualquiera diría que un líquido raro e incandescente circula ahora por su sangre. Una venita se empieza a dibujar en una de sus sienes. Quizá quiere estallar. Mandarme a la mierda o decirme algo ofensivo. Una frase que me haga sentir mal. Venganza. Quiero descubrir esa primera palabra que expulsamos cuando estamos llenos de ira.
Pero no. Javier es muy pasivo. Traga un poco de saliva y luego se pone de pie. No se despide. No hay palabras.
No me dio tiempo para hablarle de mi sueño de anoche. Quizá no encontré las palabras adecuadas para transmitir eso que sentí. Era algo que bien podía resumir mi vida: paranoia…
¿En dónde estaba? No lograba reconocer esa avenida. Los colores de la noche se habían alimentado con mis desvaríos. Alcancé la puerta de una farmacia y pedí un tranquilizante. Me armé de valor y proseguí mi marcha viéndome asediado de gente que me reconocía. Algún día encontraría la fachada del maldito teatro. El teatro de mi vida. Donde perdí la cordura poco a poco…, mientras las boleterías se iban quedando vacías.
Desperté: no había teatro, solo un televisor en «mute».
«Teatro barato» sería un magnífico título para mi sueño. Todo es puesta en escena, actuamos y no nos cansamos de hacerlo. Quiero un poco de sosiego. Mi bandeja se llena de correos: deja en paz a tu padre, resentido. Cuando dices que ese mocoso que te metió la mano era de un colegio «angloamericano» demuestras que eres un acomplejado. No eres el perro que vuelve a su vómito sino el que muerde la mano que le da de comer. Todo esto sazonado, cómo no, con groserías de alto octanaje.
La referencia a las boleterías vacías: mi miedo a quedarme solo, a que nadie me preste atención. Escribir es compartir, darse cuenta de que, si las palabras son adecuadas, entonces podemos entablar una —ojalá no tan fugaz — comunicación con el otro. Que te insulten o agravien también es conectar. Lo peor es la indiferencia. Yo no quiero que me quieran porque escribo «bonito». La vida es muy triste como para escribir «bonito». Prefiero plasmar mi ansiedad y, darle cuerda a mis neurosis, romper a patadas la puerta del teatro, subir a las tablas y, poco a poco, hacerme cargo de mí.
Vacíos. Esa es la palabra. La marquesina debería decir: vacíos. Estamos vacíos y, cada cual, elige cómo llenar ese envase: con YouTube, con cien pares de zapatillas, vodka, con viajes a Punta Cana, con la malcriada del diario Trome, un gramito de coca, Fútbol en América, éxtasis con agua Cielo… o la última reflexión de Humberto Ortiz Pajuelo (un atento lector de César Vallejo, que también sabe cuál es el valor de su verdad).
Mi vecina se llama Nicole, está en quinto de media, y se ha enterado que soy escritor. Me dice que le han dejado una recensión de un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez.
—No lo he leído.
—Yo sí, pero no me gusta.
—Eso quizá habla muy bien de ti…
—¿Me puedes ayudar?
—No creo.
—¿Y sobre qué escribes tú?
—Sobre la culpa, pero no lo hago tan bien como otros… ¿Quieres leer una historia sobre la culpa?
—Claro.
Arranca una hoja de su cuaderno y me da su correo electrónico. Sé que el texto elegido debe ser breve.
«Una tarde, después de jugar con mis amigos del barrio, nos sentamos en la batiente de la puerta de mi casa a descansar. Frisábamos los trece años de edad. En ese entonces, solo los niños usaban pantalón corto. Dos caballeros, con terno elegante y corbata, un poco bebidos, se detuvieron frente a nosotros. El más obeso nos revolvió los cabellos y luego nos acarició las piernas. Nosotros, como todo Arequipa, lo conocíamos. Era un ilustre abogado muy vinculado a las fuerzas del orden y su homosexualidad era soportada por la alta sociedad arequipeña. No, qué va. No es un cholo maricón, sino un caballero con cierto defectito, murmuraban a sus espaldas. Lo miré y tuve miedo. Llorando entré a la casa y le conté a mi papá lo que había sucedido. Mi padre salió a la carrera. Lo alcanzó y le dio un golpe que lo mandó al suelo. Su compañero lo levantó y se fueron rápido. Al rato, llegaron dos policías y se llevaron a mi papá a la comisaría. Yo, asustado, me escondí detrás de la higuera. Mi mamá y mis hermanos no sabían qué hacer. Ya en la noche, volvió papá con mi hermano mayor. Contó que ese abogado lo había denunciado por agresión y además lo acusaba de ser espía chileno. Mis hermanos mayores hablaron con amistades de influencia y lograron su liberación. Las autoridades no querían un escándalo en el que estuviera involucrado ese notable y ejemplar ciudadano. Mi hermano mayor me llevó a rastras hasta el fondo de la huerta. Se quitó la correa y me azotó sin compasión. Mi mamá lo detuvo y le dijo que Oswaldito no tenía la culpa de nada. Y sólo las caricias de mi mamá lograron aplacar mi llanto, pero no mi culpa. ¿Culpa de qué? No sé».
—¿Por qué le pegaron a Oswaldito? —me dice Nicole al día siguiente dibujando un puchero—. Dime quién es Oswaldito, porfis, lo quiero conocer.
—Es él —y le entrego un libro—. Léelo, cuando lo termines me lo devuelves.
Nunca más volví a ver aquel libro: su padre la descubrió leyéndolo y se lo quitó. Le dijo que no era una lectura adecuada para ella: «si las monjas se enteran de que andas leyendo estas cochinadas te echarán del colegio».
Me reí y le conté la anécdota a Oswaldo. También le dije que busco las palabras precisas. Algo así como «metió las manos a los bolsillos y fue más hombre que nunca». Pero estoy lejos. Muy lejos. Cuando yo meto las manos a los bolsillos encuentro un solo boleto, el de un teatro que no existe, el de una vida que nunca fue. No hay palabra para poder expresarlo.
Alguna vez yo también fui un inocente pero nunca encontré un corazón a la altura de mis miserias.

2. NARANJAS HUANDO
Acabo de leer el «comentario» de un escriba en La Republiqueta sobre tu libro. Lo único que puedo decirte es que no le hagas caso a imbéciles. El pobre se dedica a informar con mala leche el argumento de algunos de tus cuentos y, al final, como si fuera un dios, se atreve a comentar. Ese «comentario» lo puede muy bien escribir un alumno de cuarto de secundaria que odió sus clases de comprensión lectora. El poeta Alejandro Romualdo Valle decía que los llamados críticos oficiales eran como las naranjas Huando: sin pepa. También decía que «esos» son como los maridos engañados: los últimos en enterarse. Muchos de esos comentaristas reciben órdenes de sus patrones para alabar libros mediocres o para encontrar con lupa algunos errores en buenos libros. Cuando yo publiqué mis primeros libros, «esos oficiales» se lanzaron con furia no solo contra mi obra sino contra mi vida privada. Recuerdo que les dije que aún no había nacido nadie que tuviera el poder suficiente de impedir o socavar mi alegría, mi placer de crear.
Tu amigo Oswaldo.

***
Estimado Oswaldo,
Solo quiero recordarte cómo llamaba Jack London, en alguna de sus novelas, a los críticos: otros fracasados. «En literatura, cada una de las puertas del éxito está guardada por esos perros de presa, que fracasaron como literatos. Los directores, los subdirectores, los redactores jefes y los asesores que leen los originales para las revistas y las editoriales, en su mayoría, por no decir todos, son gente que quiso escribir y que fracasó. Y, sin embargo, ellos, las peor preparadas de todas las criaturas que hay bajo el sol, son quienes deciden lo que debe o no debe imprimirse, ellos, que han demostrado no ser originales, que han demostrado carecer del fuego divino, establecen juicios sobre la originalidad y el genio. Luego, vienen los críticos, otros fracasados».
«Todos sabemos —concluía Jack London o, diré mejor, uno de sus personajes— que los críticos soñaron el gran sueño y que intentaron escribir poesía o novela, porque lo han intentado. Las críticas resultan más nauseabundas que el aceite de hígado de bacalao: pero ya sabes mi opinión acerca de los críticos. Existen grandes críticos, pero son tan raros como los cometas».
Tu párcero Orlando.

3. ANGLOAMERICANO
El coronel Jerónimo Castillo hizo buenas migas con mi padre. Era su superior, piloto de caza, dos años mayor que él y, por si fuera poco, su paisano. Conocía como pocos el temperamento —la «especial» forma de ser— de papá. Y, en consecuencia, sabía bien de qué pie cojeaba. Lo comprendía (o intentaba hacerlo). Su hijo menor, Jaime, fue mi mejor amigo de la infancia. Él estudiaba en un colegio angloamericano —el William H. Prescott—, donde todos salían hablando excelentemente el inglés. Era, valgan verdades, demasiado engreído y sus padres jamás le habían metido la mano, a pesar de que Jaime era relajado en los estudios.
Cierta vez, Jaime se quedó espantado cuando mamá irrumpió en mi habitación para agarrarme, delante de él —lívido y al borde del llanto—, a correazos por estar jugando en vez de terminar mis ejercicios de química.
—¿Por qué te pega así? —me preguntó, días después, sin reponerse de la impresión.
—Porque me porto mal… o porque no estudio o no hago las tareas. Ella es muy exigente: le apena que yo no sea el número uno de mi clase…
—Pero es tu mamá…
—Ella es mucho mejor que mi papá…
—Sí, mi viejo dice que tu viejo tiene un carácter difícil.
Yo no le daba la razón ni lo desmentía. No tenía el coraje suficiente como para hacerlo. Era bastante complicado el soltar prenda alguna sobre lo que yo sentía acerca de la relación que llevaba con papá.
Mi madre utilizaba la violencia física de vez en cuando; no obstante, yo no tenía la menor duda de que me amaba. Y yo la amaba. Aún la amo. Invariablemente.
Con papá el asunto era —aún hasta hoy es— muy distinto. A lo mucho llegábamos, en muy raras ocasiones, a tener una fría cordialidad, a aceptarnos… sin aceptarnos.
¿Alguna vez me dijo que me amaba? No. ¿Que me quería? Sí, pero solamente estando borracho. Me hacía sentarme a su lado en la sala. Me daba un abrazo luego de una larga perorata —recalcando lo mucho que le costaba educarme en un colegio privado y las penurias que él había vivido, las cosas que no tuvo pero que yo sí tenía, etcétera— y me decía que me quería. Yo lo escuchaba. Papá siempre quería que lo escucharan. Y que le dieran la razón sin chistar. Si no lo contradecías en nada, entonces podías liberarte de él sin mayores sobresaltos.
Todos los fines de año merodeaba la ilusión por la casa: el mayor que quería ser comandante y, algunos años después, el comandante que quería ser coronel. Jerónimo Castillo era directo, hasta se diría que glacial en las formas (a pesar de que mi padre lo consideraba su mejor amigo):
—Mazeyra, no has ascendido —espetaba olvidando que había un sueño roto de por medio, una ilusión que se hacía añicos abruptamente; y luego se retiraba de la oficina de mi padre como si no hubiera pasado gran cosa. El mundo no se había acabado.
Recuerdo mucho aquella vez cuando papá estuvo durante casi varios días con una gran ansiedad que lo hacía trajinar por la cocina, de un lado a otro: «el general Cavagnaro me ha dicho que esté tranquilo. Eso me ha dicho: tienes que estar tranquilo nomás porque este año te toca de todas formas».
—¿Y entonces por qué no te calmas? —le preguntaba mi madre.
—¡No te metas en mi vida! —le reprochaba él—. Si yo no te jodo entonces tú no me jodas. Déjame hablarme solo, ¿o acaso estoy hablando con tu hocico?
Estar tranquilo. Eso es algo que nunca ha podido hacer papá. Para calmarse estaba siempre a su servicio el alcohol. O el clonazepam.
La vida me ha enseñado que los genes no son decisivos en nuestros destinos personales, pero allí siempre están, silentes y pertinaces, para recordarnos de dónde venimos (hechura de quién somos): el clonazepam es mejor que el licor porque no deja mal aliento y, sobre todo, porque tampoco deja resaca.
Mi madre me contó que recién descubrió que mi padre tenía problemas psiquiátricos —tomaba ansiolíticos y antidepresivos— cuando estaba casada.
—Ya estaba embarcada y tu hermana mayor tenía más de un año de nacida —me comentó en alguna ocasión.
—¿Cuál fue la primera señal de ese temperamento anómalo?
—Cuando se perdía alguna cosa. Sí, cuando se empezaron a perder cosas. Por ejemplo, cuando nació María Teresa, él le compraba rompecabezas o cubos. Si se perdía alguna pieza del rompecabezas o alguno de sus juguetes, ¡los benditos cubos de Lego!, entonces nos hacía buscar, a la empleada y a mí, hasta bien entrada la noche. Vociferaba insultos y nos hacía temblar…
—¿Qué les decía?
—Lo mismo que les decía a ustedes cuando le cogían algo. ¡Lo mismo!
—Esta noche no duerme nadie en esta casa si no aparece el desarmador que han cogido de mi caja de herramientas.
Un sábado, mi abuela María nos visitó. Fue toda una sorpresa. Yo me encontraba buscando uno de los alicates de mi padre. Después de buscar por todas las habitaciones, nos hacía salir al jardín a proseguir con la angustiante pesquisa. Llegaba el momento en el que me ponía a llorar y le decía que se había perdido, que le pediría a mi mamá que le comprara una herramienta nueva: «no te vas a mover de la casa hasta que lo encuentres». Mi abuela se compadeció de mí y le dijo que me iba a llevar a vivir a su casa si él me seguía tratando así. Fue solo una advertencia que mi padre no tomó en serio. Él era el dueño de nosotros y sabía cómo «ponernos en vereda».
Papá bebía solo. Yo, desde un principio, asocié esto a su falta de amistades. No tenía amigos (o si los tenía, eran amigos del trabajo… el trabajo era la Fuerza Aérea, por supuesto).
Cuando nació mi hermano menor, mi padre le informó a mamá que el padrino del bautismo de Augusto sería el coronel Jerónimo Castillo.
—¿Por qué?
—Porque me he dado cuenta de que es mi mejor amigo.
—¿Tu mejor amigo?
—No. La verdad es que es mi único amigo.
—No lo sabía…
—Es muy duro conmigo. A veces me da las noticias de una manera muy seca, tosca, pero me estima, quiere lo mejor para mí.
¿O sea que papá sí tuvo un mejor amigo?
—En realidad no —le comentó mi madre a una de mis hermanas—. Castillo era, en el fondo, una basura, un asqueroso…
¿Qué había pasado entre el coronel Jerónimo Castillo y mi madre? Ella nunca me habló de este suceso. Sin embargo, sí lo comentó con mis hermanas para darles una señera lección de cómo los hombres son, casi siempre, lobos con piel de corderos.
Mi padre hizo una fiesta para celebrar el bautizo de mi hermano y terminó embriagándose en la sala de la casa con el padrino, es decir, Jerónimo Castillo. El exceso de licor hizo que papá se quedara dormido. Eso invitó a Castillo dar el primer paso (¿de algo maquinado por mucho tiempo?):
—Sara, ¿cuándo nos damos una escapada? —le dijo con tono sugerente y guiñándole el ojo.
Mi mamá se hizo la sorda y trató de despertar a papá. Lo logró apenas y Castillo tuvo que irse de la casa. El «plan» no le había resultado.
Ella pensó que quizá tanto pisco lo había cruzado: «a veces les da diablos azules y no se dan cuenta de lo que dicen», reflexiona ella.
Craso error. Castillo empezó a llamarla por teléfono y, sin mayores preámbulos, le soltaba propuestas indecorosas. Le decía que una mujer atractiva como ella debía irse con alguien más presentable a la cama, que no entendía qué hacía casada con mi padre.
—Quiero perderme contigo, Sarita, nadie se va a enterar.
Mi madre se indignó mucho. No obstante, jamás se lo mencionó a mi padre.
—¿Por qué nunca se lo contaste?
—Porque tu papá siempre pensó que Castillo era su único amigo del trabajo. ¿Cómo reaccionaría al saber que su supuesto mejor amigo quería acostarse con su mujer?
—Mamá, pero era la única forma de poner a Castillo en su lugar. ¿No crees?
—No, hijo. Yo conozco a tu padre mejor que tú. Y le conté esto a tus hermanas para que sepan que los hombres, cuando hay una falda de por medio, se cagan en la amistad.
—Yo creo que Castillo nunca fue amigo de mi papá.
—Castillo es como todos los hombres nomás —concluyó mi mamá.
Todos los 31 de diciembre (día del nacimiento de mi hermano menor) se aparecía Jerónimo Castillo con un juguete nuevo. Mi madre de lo más normal, aunque, en el fondo, quería verlo muerto.
Su hijo Jaime quizá también se parecía a su padre. Yo siempre lo vi como mi mejor amigo. Le tenía «la más alta estima», como dicen los militares. Además era más adelantado que yo, más pilas en el ámbito sexual. Él estudiaba en un colegio mixto y yo, lástima, con puro varón. En su misma clase estaba su prima, la simpática Elenita:
—La he visto calata y nos hemos besado, huevón.
—¿Te has besado con tu prima?
—Sí, ¿qué te parece, Orlando?
—¿Eso no está prohibido? —le pregunté asustado.
—¿Y quién chucha lo ha prohibido? —inquirió altanero.
—¡La ley de Dios!
—Verás que yo me cago en la ley de Dios —me dijo casi orgulloso de sus palabras—. No seas lorna. Es más: cuando me pajeo siempre pienso en ella. ¿Tú no te la corres?
—No —le dije la verdad, tenía trece años y estaba comenzando la secundaria—. Nunca lo he hecho.
Estábamos en su cuarto. Solos. Jugando en su moderno computador (yo todavía no tenía uno y, si hacía con prontitud mis tareas, podía pasar harto tiempo en su casa).
—Yo te enseño, ¿quieres?
Lo miré, aturdido, sin comprender. Él insistió sin darme un respiro:
—Por algo somos patas, ¿o no? ¿Quién es tu yunta?
—Tú, pues, Jaime. ¡Eres mi mejor amigo!
—Entonces, pues —y alargó su mano derecha para posarla sobre mi sexo, por encima del pantalón—. Quítate al toque la ropa… que yo te enseño.
Un sudor frío se apoderó de mí. No me atreví a quitarme la ropa, pero Jaime insistió. Me bajó la bragueta e introdujo su mano, despacio. Empezó a frotar mi sexo con sus tibios dedos. Sentí un mareo, una mezcla de ansiedad y placer. Creo que estuve a punto de eyacular.
Me fui, con la bragueta abierta, corriendo a casa.
Mi madre me abrió la puerta y apenas si pude subirme el cierre del pantalón. De inmediato, se percató de que yo estaba pálido. Me notó tan angustiado como papá cuando llegaba el fin de año (la época de los ascensos militares).
—¿Qué te pasa, hijo?
—Nada, nada —le mentí con el rostro encendido de vergüenza.
—Dime nomás, dile a tu madre lo que te pasa.
—No ha pasado nada, estoy bien.
—A mí no me engañas.
Quería decirle que me sentía traicionado. Burlado. Literalmente, manoseado. Que mi mejor amigo me había estado masturbando y que me sentía sucio, poco viril, ultrajado. Quería decirle: mamá, ya nada será como antes; y la culpa no fue mía, te lo juro.
¿Qué debía hacer?
Me costó mucho contárselo —durante un recreo que recuerdo con especial nitidez— al Flaco Briceño, un compañero de La Salle que se había ganado el afecto de toda la promoción. Sin duda, era el mejor confidente del gigantesco clan.
—Tengo una palta, Briceño… Pero es una palta bien pendeja.
—Ladra nomás…
—Hay un huevón del colegio Prescott que se hacía pasar por mi amigo… pero de amigo nada… me la ha agarrado…
—Habla claro, Mazeyra, ¿qué es lo que te ha agarrado?
No sabía cómo explicárselo. Se me hacía un nudo en la garganta.
Al final, me señalé el pene: «Esto es lo que me ha agarrado ese conchesumadre».
—Pero, ¿por qué?
—Porque me quiso ensañar a corrérmela.
—¿Y te la corrió él?
—Sí.
—¿Con las manos o con la boca?
—No te pases de pendejo, Briceño. ¿Puedes ayudarme o no?
Me miró como midiéndome con severidad. Se tomó su tiempo mientras me escudriñaba con una mezcla de estupor e intriga.
—Antes que nada dime una cosa, pero no mientas porque te jodes conmigo —me advirtió—. ¿Te ha gustado lo que te hizo?
—No —le dije sin dudarlo.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Muy bien, eres de los míos, carajo. ¡Bien machito! —y me dio una palmada en el hombro—. Entonces sólo te queda una salida…
—¿Cuál?
—Sácale la mierda. Aclárale el panorama de una vela, rómpele el hocico.
Así fue como cité al hijo del coronel Jerónimo Castillo en el parque de mi barrio y le dije que se había equivocado conmigo, que nadie podía mancillar mi honor, que lo iba a moler a trompadas.
Iba a decirle varias cosas más (como en las largas y soporíferas peroratas de papá en la sala) para «aclararle el panorama», tal como me lo había recomendado Briceño. Pero no pude. Castillo embistió contra mí, me tiró sobre el césped del parque y me dejó sin aire con sendos puñetazos en la boca del estómago.
Se puso de pie y me dijo algo que me dolió en el alma:
—Eres un triste huevón como tu papá.
Yo sabía que había escuchado esa frase de la boca de su progenitor (de eso no me cabía la menor duda) y me alarmó haber caído tan bajo. Me habían comparado con mi padre.
De pronto, había dejado de ser niño. Tenía una única tarea que cumplir en la vida: no parecerme a él. La incumplí, por supuesto, como incumplo o aborto cualquier plan vital o proyecto que emprendo. Y sé que si el Flaco Briceño llega a leer esto va a estar muy decepcionado de mí:
—¡Si quieres ser de La Salle muy macho tienes que ser! —le encantaba canturrear durante los recreos—. ¡Muy macho: de pecho y de corazón!
[Muchos años después supe que Oswaldo, es decir, el Profe, también había estudiado parte de su primaria en La Normal de los Hermanos de La Salle y solo pude enfrentar esta historia de los Castillo luego de leer el borrador de su libro Arequipa lámpara incandescente. Aquella tarde, en su casa de Jesús María, acabábamos de comer unas pastas preparadas por él mismo y la ventana abierta nos dejaba ver a un grupo de niños jugando en el parque Rafael Alberti. Hablamos mucho de la culpa. Ese sentimiento de mierda. ¿Después de escribir este libro sientes que la culpa por fin se fue?, le pregunté. Sí, me dijo con voz entrecortada: la culpa ya se fue. Él me estaba mintiendo, por supuesto. El Profe se sentía más culpable que nunca. Y no por mentirme, obviamente, sino por otras cosas que quizá todavía no había escrito y que de seguro nunca escribirá. Se puso de pie y se alejó de la mesa. Luego volvió con un viejo álbum de fotos que puso en mis manos. Avanza despacio, me ordenó, y empecé a pasar varias imágenes en blanco y negro hasta que me pidió que me detuviera. Un cúmulo de muchachos fotografiados junto a su maestro. Oswaldo señaló al penúltimo de la segunda fila y me dijo: Él es Cara de Ángel. En ese instante quise alzar mi teléfono celular para fotografiar la primicia, pero no lo hice. Llevado por el morbo me atreví a preguntar: ¿pero cómo se llama, Oswaldo? Eso no te lo puedo decir. ¿Por qué? Es una persona pública. ¿Acaso me mentía? No sé. No sé. No sé. Sólo estaba seguro de algo: la culpa, su culpa, mi culpa.]

4. EL ROSQUITA
Se me hace necesaria una confesión que vendría a ser una suerte de torpe homenaje. Cada vez que me invade la depresión, y siento que —como ahora— el acto creativo carece de sentido, vuelvo al Rosquita y, como la primera vez, me emociono; y, en algunas ocasiones, disculpen la endeblez, hasta lloro. Yo leo a Reynoso para recordarme cómo quisiera estimular al lector, apoderarme de sus emociones: cómo quisiera llegar a escribir algún día:
Pero tú quieres ser bueno: lo sé. Si en algo has fallado ha sido por tu familia, pobre y destruida; por tu quinta, bulliciosa y perdida; por tu barrio, que es todo un infierno y por tu Lima. Porque en todo Lima está la tentación que te devora: billares, cine, carreras, cantinas. Y el dinero. Sobre todo el dinero, que hay que conseguirlo como sea. Pero sé que eres bueno y que algún día encontrarás un corazón a la altura de tu inocencia.


Orlando Mazeyra (Arequipa, 1980). Ha publicado tres libros de relatos, el último de ellos Mi familia y otras miserias (2013). Es editor de la Universidad La Salle de Arequipa y colabora con el semanario Hildebrandt en sus trece. También ha colaborado con la revista El Malpensante (Bogotá).