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Una foto con Rocky Balboa

Por Francisco Ángeles


Lo único que quiero, me dijo Rocky, lo único que espero de la vida, es que un periodista peruano venga a Filadelfia a hacerme un reportaje para la televisión. Quiero que en el Perú todos me vean vestido como Rocky Balboa, dijo, el sombrero de lado, la chaqueta ajustando los pectorales, mientras trepo los escalones del Museo de Arte y en las pantallas se escucha Gonna Fly Now, los violines y los tambores, trying hard now, it´s so hard now, alzaré los brazos al pisar la cumbre y me quedaré mirando la ciudad desde las alturas, dijo Rocky mientras tomábamos un par de cervezas en un rincón del decadente Pasqually´s Bar & Pizza.

Lo había conocido un rato antes, mientras miraba distraído un partido de béisbol que en realidad no me interesaba, como nunca me ha interesado nada remotamente vinculado a eso que llaman cultura norteamericana, ni siquiera emborracharme viendo televisión los domingos tristes como ese, clima templado, típico atardecer de mediados de abril, bebía mi segundo mojito en la barra, le habían puesto menos alcohol que al primero, estaba a punto de marcharme, tenía la cuenta en la mano pero demoraba cancelarla porque no sabría adónde ir después, mi única distracción era leer los periódicos para informarme sobre los asaltos a cafés del área, no habían capturado al delincuente, era un caso insólito y atractivo, le di un último sorbo al mojito, ahora sí estaba a punto de marcharme cuando un tipo disfrazado de Rocky entró al bar y de inmediato me descubrió como peruano, algo en mis rasgos o en mi postura me delató como tal. «¿Peruano?», me preguntó Rocky en español, coqueto y sonriente, señalándome con el índice mientras esperaba mi respuesta. Y yo contesté que sí moviendo levemente la cabeza, con desconfianza, como quien va a ser estafado, tal vez esa paranoia me delató como peruano, quién sabe, el asunto es que Rocky me guiñó un ojo, satisfecho por mi respuesta, y dijo que me invitaba una cerveza. Yo acepté con la condición de que me dejara pagar la siguiente ronda. Rocky volvió a sonreír, distendido, relajado, dueño de la situación, y agregó que fuéramos a sentarnos a una mesa para conversar con más tranquilidad. Se volvió hacia la chica de la barra, una rubia corpulenta que agitaba una coctelera con sus brazos llenos de tatuajes, le guiñó el ojo y le pidió que nos llevara dos Budweiser a una mesa del fondo. Y al instante estábamos uno frente al otro, yo un poco tenso a pesar de los dos mojitos que no conseguían colocarme en mi lugar, firme sobre mi eje, la única posición desde la cual me parece ejercer cierto control, aunque sé que en el fondo uno nunca ejerce control sobre nada, mucho menos yo, oscuro empleado de una peluquería para mascotas, inmigrante que ha renunciado a la ambición que en realidad nunca tuvo, inmigrante que no se largó de su país para que le vaya mejor sino para fracasar tranquilo lejos del Perú, sin que nadie lo joda. Al día siguiente debía levantarme temprano para gastar otra jornada acicalando animales con mejor destino que el mío, limpiándoles el hocico y cepillando su pelaje, una monotonía y una mediocridad que me aplastaban, mi venganza era mínima e inofensiva, ningún plan revolucionario, tan solo el sorpresivo pinchazo de una aguja en el lomo de un pug o un boston terrier mientras les afinaba el peinado o les refregaba la piel con una esponja, que se joda este perro de mierda, pensaba, riéndome de mi triste consuelo, que era definitivamente triste, ínfima respuesta ante un sistema del que era sin embargo eficiente servidor, creo que en eso pensaba al terminar de beber mi segundo mojito cuando asomó por la puerta este sujeto disfrazado de Rocky, quien no me hizo las preguntas clásicas de qué parte del Perú soy o desde cuándo estoy por aquí o a qué me dedico, como si fuera uno de los pocos en comprender la trivialidad de esas cuestiones, su absoluta nimiedad e irrelevancia, acaso su innegable sustrato de melancolía. Quizá por eso me cayó bien, ese necesario distanciamiento del país, una lejanía emocional que no implica que me vaya bien aquí, en realidad me va muy mal, me va hasta las huevas en Estados Unidos, no hay sueño americano y tampoco pesadilla, simplemente me va hasta el culo. Pero eso no significa que piense moverme de aquí, la gente en Perú no entiende, creen que si a uno no le va bien lo normal sería que tengas ganas de volver. Pero nada más lejano en mis planes, no regreso ni deportado, si me agarra la migra y me empujan a un avión me lanzaré al vacío en pleno vuelo, allá no me volverán a ver nunca, esa es una de las pocas cosas de las que estoy convencido, no pertenezco más a ese país, jamás regresaré, y me pareció que Rocky estaba en las mismas y que a partir de esa básica coincidencia podríamos efectivamente comunicarnos. Nada más justificaba el malsano placer de reunirme con otros peruanos, no para emborracharme y cantar el himno nacional, tampoco para sacudir el cuerpo con un festejo o un huayno, ni siquiera para mirar juntos los partidos de la selección, sino para reafirmar que no volveremos jamás, que aunque las cosas por aquí vayan hasta el culo no regresaremos nunca al país donde nos fue tan mal, igual que aquí, es cierto, pero allá debió ser diferente. Pensaba en todo eso, listo para disparar mi veneno antipatriótico, cuando Rocky comenzó a hablar de su sueño de aparecer en la televisión peruana. Un programa dominical, precisó, esos programas tienen mucha sintonía, así me verán mis amigos de Pueblo Libre, quienes hace años no saben nada de mí, desde que arranqué de Miami y me vine a Filadelfia persiguiendo a Shawna, una morena voluptuosa, neurótica y gritona con un culo tremendo que trabajaba como bailarina en el Pink Pussycat, cerca del aeropuerto, en la calle 36, al lado del puente Palmetto. Yo trabajaba entonces en el aeropuerto de manera medio clandestina, lavaba taxis con un uruguayo que aspiraba a convertirse en piloto y por eso iba diariamente a dar vueltas por el aeropuerto, convencido de que su simple presencia cerca de los counters o de las pistas de aterrizaje lo llevarían a terminar contratado por American o por United aunque jamás hubiera practicado ni siquiera en un simulador. Lavábamos taxis desde las once de la mañana hasta las cinco de la tarde, y para rematar la jornada nos íbamos a tomar una cerveza al Pink Pussycat, y ahí conocí a Shawna cuando todavía no se llamaba Shawna sino Destiny, mal nombre, debí haberlo previsto, conocerla me jodió la vida, aunque en realidad ya estaba jodida, lavar taxis en el aeropuerto de Miami a los veintiocho años no era precisamente la imagen del migrante peruano triunfador. En pocos días Shawna se acostumbró a mi pobreza y aceptó de buena gana verme aparecer por el local con la esperanza de que me fuese concedido un manoseo gratuito en las horas más bajas, cuando casi no había clientes, nos íbamos a un rincón y me dejaba tocarle las tetas y morderle los pezones, que parecían un par de guindones, negros y carnosos, me dejaba a veces tocarla abajo, meterle el dedo y sacudirlo treinta segundos que parecían una eternidad, gloriosos dedos que después aplastaba contra la nariz para que su olor me explotara en el cerebro y después los llevaba a la boca para lamerlos con furia, la lengua como látigo, los ojos cerrados, lamía como un desesperado, creo que nunca había estado tan orgulloso de una parte de mi cuerpo como lo estuve de mi índice y mi dedo medio cada vez que los extraía de las misteriosas profundidades de Destiny, y por eso ella no tardó en darse cuenta de que yo la admiraba, sus movimientos de pantera, sus muslos y sus nalgas, su forma de bailar, la admiraba como se admira a una cantante o una actriz de talento y fama, no a una bailarina del Pink Pussycat, y entonces cuando ella se cansó de Miami y decidió volver a su ciudad natal me vine siguiéndola y así terminé con ella en Filadelfia, viviendo en la calle 53 y Osage, a inicios de 2001. Rocky levantó su botella de Budweiser, se mandó un largo sorbo y después siguió hablando. Claro que ella nunca me tomó en serio, me aceptó en su departamento, pero en el fondo siempre me vio como un perdedor, no valía la pena hacer planes conmigo, no la puedo culpar, era un simple cliente que se había fanatizado con ella, no uno que le quiere masticar el clítoris o desgarrarle el culo, tampoco uno que cae enamorado y le propone matrimonio, sino un cliente que la admiraba, la idolatraba, la endiosaba, diosa de ébano y de petróleo, ídolo de brea y de carbón, agujero negro del universo con quien compartí la cama un par de gloriosas semanas en las que me abismé a la plenitud y conocí el último anillo del infierno y la majestuosa eternidad del reino de los cielos, hasta que un día Shawna se aburrió de mí y me echó de su departamento sin mayor dramatismo. Deprimido, sin dinero, sin un lugar dónde ir, me alquilé un miserable estudio en la calle 57, al norte de Market, zona brava, las balas zumbaban en la oscuridad, pero tampoco tenía nada que perder, si una de esas noches los traficantes me encajaban un tiro en la cabeza el final hubiera sido para mí glorioso, que en última instancia de eso se trata, ¿no? No una buena vida sino una final glorioso, dijo Rocky, la botella de Budweiser girando entre sus dedos. Y entonces un par de semanas después de que Shawna me largó de su casa, mientras daba vueltas por West Philly, cabizbajo, reflexivo, bajoneado, temiendo acabar como uno de esos mendigos que rematan el día jugando ajedrez en el parque Malcolm X, a la luz de las farolas, decidí que tenía que salir a flote. Recordé que de chico había visto Rocky en el mugroso cine Ídolo de Pueblo Libre, y de esa manera me explotó en el cerebro la revelación que necesitaba. Me fui a los baratillos del Clark Park a gastar mis últimas monedas en un buen sombrero y una chaqueta negra, sabía lo que estaba haciendo, un acto simbólico para terminar con mi fracaso, y una vez que me calcé mi nuevo vestuario me miré al espejo y me sentí muy Rocky Balboa, listo para dar puñetazos a la vida y dejarla en knock out, dijo Rocky mirándome de reojo, como calculando si la ridícula comparación había excedido el límite de la obviedad. Pero yo no hice ningún gesto, sorbía la horrorosa Budweiser sin mirarlo a los ojos, y entonces lo escuché decir que una tarde, enfundado en su nuevo traje, se fue caminando desde la calle 57 hasta el Museo de Arte, ese mismo en el que Rocky, el verdadero Rocky, había entrenado para su pelea con Apollo Creed. Era noviembre o diciembre, dijo Rocky, hacía frío, no nevaba como en la película pero hacía frío, avanzaba hacia el museo a buen ritmo mientras sentía que una transformación definitiva comenzaba a operar dentro de mí. Debía trepar los escalones del museo sin parar, eso no era difícil, Miami me había preparado para el trabajo físico, Shawna también, un acolchonado entrenamiento que terminó siendo mucho más intenso que las duras sesiones lavando taxis, empecé a subir los escalones escuchando en mi cabeza la canción, trying hard now, it´s so hard now, y entonces pisé la cúspide y alcé los brazos como Rocky, sintiéndome un tipo competente y triunfador, un tipo que sabe sobreponerse a las adversidades, y de pronto me di media vuelta, listo para lanzar sobre la ciudad una mirada retadora desde las alturas, tal como había hecho Rocky en la película, cuando me di cuenta de que un grupo de turistas japoneses me miraban, divertidos, y con unos gestos me indicaron que querían tomarse unas fotos conmigo. Y yo entendí en un segundo las señales del destino, capté de inmediato los caminos por donde se asomaba mi transformación, y entonces respondí con velocidad de boxeador y dije five dollars, sin dejar de saltar, calentando el cuerpo, sacudiendo los brazos, y después mi confianza se agigantó ante el dubitativo silencio de los orientales y agregué five dollars each, con cierto tono afectado que me pareció sonaba igual que el de Stallone. Los japoneses murmuraron entre ellos palabras indescifrables, temeroso ante una posible negativa los interrumpí y les dije Rocky is your friend. Ten dollars for all, y ellos de inmediato parecieron convencidos y sacaron sus grandes cámaras para fotografiarse conmigo. Levanté el brazo en señal de triunfo, mostré el bícep derecho, bien protegido por la chaqueta para que no se note su delgadez, y después me cuadré en posición de pelea, y en la última foto simulé que estampaba un jab en el pómulo de uno de los japoneses, que de buena gana se lo hubiera dado de verdad, debajo de su ojo rasgado, pero me contuve porque ya no corrían tiempos de resentimiento, lo peor había quedado atrás, empezaba mi nueva vida, dijo Rocky, le dio un par de sorbos a su Budweiser y dijo que esa nueva etapa le había dado las satisfacciones más grandes de su vida. Nada de lo que hice en Lima, ni en Miami ni en Filadelfia, ni los goles que anotaba de niño en el parque Candamo, ni siquiera los gloriosos polvos que hidalgamente batallé con Shawna, podrán jamás competir con esa sensación de inmortalidad que me animaba cada mañana al calzarme mi vestimenta de Rocky y salir trotando hacia el Museo de Arte a esperar que los turistas vinieran a tomarse fotos conmigo. Recién habían inaugurado la escultura de Rocky a la entrada al Museo, siguió, y cuando la figura de piedra empezó a reproducirse en las fotografías icónicas de la ciudad, junto a la escultura de LOVE y de la Campana de la Libertad, el flujo de turistas creció vertiginoso, y con él se fue extendiendo mi popularidad en los foros de viajes. En las secciones dedicadas a Filadelfia empezaron a reproducirse comentarios tipo don´t miss Rocky! o take a picture with Rocky Balboa!, y cuando mi foto era colgada por algún espontáneo me sentía realmente feliz y orgulloso, como si fuera yo quien hubiera accedido a la fama y la gloria, el chiquillo de Pueblo Libre que de pelotear en el parque Candamo consiguió celebridad mundial al borde de los treinta años y posaba para las fotos de los viajeros con los puños en alto, los muslos firmes trepando los escalones, la sonrisa triunfadora, y así me fui haciendo cada vez más conocido y empecé a ganar más dinero, cobraba cinco dólares por foto, me hacía fácil cien cocos al día, todo el mundo quería una foto con Rocky Balboa, si tenia suerte ciento cincuenta o hasta doscientos, algunos fanáticos estaban dispuestos a pagar un costo adicional con tal de sentir que Rocky les ofrecía un trato preferencial, una palmada al hombro, un abrazo sonoro, para las chicas un besito en el cachete, un tipo me ofreció quinientos dólares para que dejara que me la chupe a la espalda del museo, al costado del río Schuylkill, camuflados entre los árboles. Quinientos dólares no estaba mal, así que acepté con la condición de que fuera una mamada corta, el sujeto tenia cierto parecido a Rocky aunque no tanto como yo, un hijo de inmigrantes italianos que veía en Balboa lo que hubiera querido ser pero nunca fue, la misma historia de siempre, nada fuera de lo regular, un fanático que soñaba con chupársela a Rocky y nadie mejor que yo para cumplir su fantasía. Yo tenía apenas cuatro o cinco semanas trabajando en las afueras del museo, pensé que si empezaba con tapujos no iba a llegar a ningún lado, necesitaba más dinero, me estaba convirtiendo en una estrella, tenía que conseguir un buen coche y una docena de trajes de categoría para mis recorridos nocturnos, por eso acepté la oferta, y sin hacer mucha luz, uno después del otro, dejamos nuestra ubicación al lado de la estatua del ídolo y nos fuimos a la parte de atrás de museo, él desapareció primero, yo le di el alcance cinco minutos después, quinientos dólares, me decía, cierra los ojos un rato y piensa en otra cosa, recuerda por ejemplo la noche en que noqueaste al zambo Mr. T, le viste el sudor en la cabeza pelada y le clavaste tal combo que hasta ahora debe estar arrepentido de haberse cuadrado en tu contra, me bajé el pantalón, el tipo arrodillado frente a mí, la boca entreabierta, las manos frotándose una contra la otra, el agua del Schuylkill que corría en mis oídos, la imagen de Mr. T no terminaba de configurarse, desde el inicio hubo algo que no funcionó, seguramente ese italiano de mierda pensaba encontrarse con una dotación mucho más generosa de la que modestamente yo podía ofrecerle, no había previsto que sus expectativas iban a ser altas, pero el tipo no se rindió tan fácil ante la evidente desproporción entre fantasía y realidad, y empezó a chupármela con habilidad y cierto sentido de la urgencia, incluso de la desesperación, y producto de tan esmerada labor, para mi sorpresa y mi fastidio mi aguerrido miembro creció hasta su punto máximo, que no era del todo desdeñable pero tampoco el suficiente para cubrir las expectativas de mi goloso cliente, que me miraba rencoroso, triste, decepcionado, y entonces se sacó el miembro de la boca y me dijo fuck you, man!, me miró con rabia y gritó you aren´t Rocky! Fuck you!, repitió, al borde del llanto, señalándome la pinga con el mentón, como si los centímetros ausentes fueran la prueba contundente de mi falsedad. Me subí rápidamente el pantalón, la erección se mantenía y me dificultaba acomodármelo, y mientras trataba de encajar el pene erecto debajo de la tela le dije mis quinientos dólares, huevón, así, en español, convencido de que iba a entenderme, pero el pobre tipo no me miró, lagrimeaba con desazón, se le veían tan decepcionado que estuve a punto de sucumbir al paternalismo e incluso a la ternura, casi me acerco a abrazarlo, lo que hubiera sido extraño tomando en cuenta que aún la tenía parada, pero de pronto, al momento de levantar su humanidad desde la hierba, el rosquete de mierda sacó inesperadamente un puño demoledor que se estampó directo en mi mentón. Debí haber previsto que un verdadero fanático de Rocky tenía que manejar su boxeo, el puño me dejó noqueado sobre la hierba, con la pinga parada y soñando con mi niñez en Pueblo Libre, y así me quedé un buen rato hasta que la gallarda erección hubo definitivamente amainado y el pene me quedó más encogido que nunca. Pero esa pequeñez no me bajó la moral, sino que me fortaleció para seguir dando batalla. Puse los codos sobre la hierba con supremo esfuerzo, el correr de las aguas del Schuylkill imprimían una extraña sensación de irrealidad, avancé bajo las sombras de los árboles, mareado, magullado, humillado, pero siempre dando pelea, volví a mi puesto de trabajo a seguir tomándome fotos con los turistas, dijo Rocky, esa tarde en el Pasqually´s Bar & Pizza, y después se puso serio y bajó el volumen de su voz, que empezó a teñirse de cierta mal disimulada amargura. Las cosas aparentemente marchaban a la perfección, dijo, ganaba dinero y me sentía valorado, que finalmente es lo que todos queremos, ¿no es cierto?, preguntó sin esperar respuesta. Yo había conseguido ese reconocimiento, debía mantenerlo a cualquier precio, pero una mañana apareció otro tipo disfrazado de Rocky con la intención de competir conmigo en el negocio de fotografiarse con los turistas. Nunca podré describir la sensación que me golpeó al descubrir a mi enemigo, los brazos en alto, el sombrero ocultando las matas de pelo rubio, rodeado de un grupo de turistas que nunca sabrán la magnitud del desastre que, invisible, estaba ocurriendo delante de sus ojos. No podré jamás aproximarme a la descripción de derrumbe, de descalabro absoluto, que presentí en ese instante. No era simplemente un problema económico, no era ni siquiera una cuestión de lo que se suele llamar dignidad. No se trataba de pelear por mi puesto de trabajo ni de demostrar que tenía el temple suficiente para defender mi territorio a cuchilladas. Había algo más, dijo Rocky, la mandíbula temblorosa bajo la luz amarilla del Pasqually´s Bar & Pizza, algo mucho más profundo, que tiene que ver con una antigua sensación de ser invisible, espectral, cuerpo intercambiable, herramienta de trabajo y explotación, y cuando uno piensa que ha superado esa oscura etapa la realidad no tarda en demostrarle su error y lo coloca de vuelta en su punto de origen. Eso me ocurrió cuando me dejaron sin el uniforme de Rocky y volví a no ser nadie. Volví a ser, en todo caso, lo que nunca dejé de ser más que en apariencia, dijo, serio, sin mirarme, y después se quedó callado e inmóvil, ese estado que suele ser definido como un silencio profundo, casi podía escucharlo, oía el silencio aunque a nuestro alrededor otros borrachos reían a carcajadas y la televisión expulsaba la voz del locutor del partido de béisbol. Y entonces miré a Rocky, atento, cuidadoso, diligente, y mis ojos se encontraron con una inmensa cicatriz que le cruzaba la garganta de un lado a otro. Y él, que parecía esperar que yo descubriera la marca que llevaba inscrita en la piel, clavó sus ojos en los míos con una intensidad que me dio escalofríos, y sin mover un solo músculo del rostro, sin permitirse el menor gesto, levantó su índice derecho, lo llevó a un extremo de la garganta y fue deslizando la punta del dedo a lo largo de la cicatriz, lentamente, como si quisiera reafirmar su recorrido o volver a tallarlo en la superficie de su piel. Y cuando hubo concluido su breve itinerario, dibujó el mismo trayecto, pero esta vez mucho mas rápido, menos de un segundo de un lado a otro, como si quisiera recordar el salvaje ímpetu de degollarlo que alguien, tal vez él mismo, había alguna vez experimentado. Y después volvió a hablar, pero su voz sonó turbia y lúgubre, voz que oculta más de lo que descubre, o quizá eso me pareció porque no quería enterarme de los detalles de lo que él había llamado su catástrofe, la ruina, el final de una vida echada a perder, un tipo de Pueblo Libre que trabaja disfrazado de Rocky en la puerta del Museo de Arte de Filadelfia, por qué terminó allí, cuántas cosas ocurren para que una persona termine encerrado en un espacio al que jamás se planteó llegar, me pregunté, desorientado, la ominosa cicatriz reflejada en el centro de mis pupilas. Y Rocky siguió hablando, mi fugaz distracción no había mutilado la fluidez de su relato, dijo que seguía siendo el favorito de los turistas, tal vez porque reconocían mis fotos de las guías turísticas, y a pesar de que otros dos Rockys merodeaban la zona, cada uno respaldado por su propio equipo de trabajo, fotógrafos, vendedores de camisetas, llaveros, postales y otros souvenirs, los veía trabajar en equipo, espíritu corporativo y empresarial, tan diferente de lo mío, menos interesado en el dinero que en reafirmar que efectivamente era quien aparentaba, trabajaban los dos bandos en armonía, debían haber llegado a un acuerdo o acaso eran un solo grupo que simulaba ser dos para monopolizar el negocio con mayor eficiencia, la misma empresa que vende dos productos que fingen competir entre sí, esa posibilidad me daba pánico, dijo Rocky, era la confirmación de que todo estaba en mi contra, por eso comencé a sufrir de insomnio, el miedo no me dejaba dormir, no hay nada más terrible que el miedo cuando se le experimenta en estado puro, cuando se le siente dentro, impregnado a los tejidos de los órganos, una sensación paralizante, insoportable, no la consecuencia de un razonamiento, ningún proceso mental, sino la pura sensación de pánico, fueron los peores días de mi vida, la antesala de la catástrofe es muchas veces peor que la catástrofe misma, la imposibilidad de evitar lo que aún no ha ocurrido incrementa la angustia, sabía que algo iba a pasar, el tiempo sonaba en mis oídos, no podía hacer nada más que dejarlo transcurrir en espera de la destrucción, dijo Rocky, la cicatriz en la garganta, el olor a grasa saltando a chorros del horno donde recalentaban los pedazos de pizza, un ligero malestar que amenazaba ponerse grave, sentía náuseas, miedo, asco, pero Rocky siguió hablando y dijo que una noche decidió comprar una pistola por si las cosas, tal como temía, se ponían peores. Tuve que recurrir al mercado negro, dijo, los migrantes no tenemos derecho a portar armas, mucho menos los ilegales, el mercado negro como única alternativa, pensé que la frase tenía múltiples sentidos, un arma ilegal no para defenderme sino para precipitar un desenlace que de todos modos era inevitable. Un ataque sorpresivo, mataría a dos o tres, después me pegaría un tiro en el pecho, un solo disparo en el corazón, el uniforme de Rocky manchado de sangre, era un final extraordinario, no sé cómo no lo pensé antes, temblaba de emoción, una muerte digna, heroica, sería titular en las noticias, muerto en la piel de Rocky, ¿no te parece un final insuperable?, me preguntó sin esperar respuesta. Me dijeron que me reuniría con el vendedor un viernes, continuó, me iban a dar una dirección en Point Breeze, esperaba la confirmación de la hora exacta en que debía presentarme, pero el día anterior ocurrió algo muy extraño. No pudo ser coincidencia, esas cosas de ninguna manera son casualidad, dijo Rocky, serio, concentrado, como si estuviera todavía calculando la posibilidad de que el azar hubiera efectivamente intervenido. El día anterior, solo un día antes de adquirir la pistola, los otros dos Rockys y sus equipos de trabajo empezaron a abandonar sus emplazamientos antes de lo acostumbrado, mala señal, algo iba a ocurrir pero no quise evitarlo. En esa época del año yo trabajaba hasta las seis, hora en que finalmente prevalecía la oscuridad, pero esa tarde las últimas personas alrededor del museo se desvanecieron antes de la cinco. El corazón me estallaba en el pecho, sabía que mi única alternativa era desaparecer antes de que las sombras terminaran de fusionarse. Pero me mantuve en mi lugar, dijo Rocky, permanecí cerca de la entrada al museo a pesar de que el frío había espantado a los últimos clientes. Me puse a calentar el cuerpo, golpeaba el aire gélido como en una pelea, miraba la hora de rato en rato, cinco y treinta, frío y oscuridad, no me movería hasta las seis en punto, si daban las seis podía marcharme a casa y considerarme salvado, eso pensaba, puñetazos al aire para combatir el frío pero sobre todo el miedo, cinco y cuarenta, trepé los escalones, podía ser la última vez pero no sentí emoción alguna, me sorprendió el desapego con que afrontaba mi final, alcé los brazos en la cumbre, como había hecho miles de veces en los últimos años, pero no lograba conmoverme, cinco y cincuenta, empecé a bajar los escalones, lento, agitando los brazos para no perder el calor, cuando los vi venir a mi encuentro. Eran tres y empuñaban bates de béisbol, dijo Rocky, cruzaban la avenida con un aire de seriedad que me aterró. No parecían animados por una violencia especial, simplemente se acercaban a mí con los bates en las manos. Me darían el alcance en dos minutos, sentía las fracturas de los huesos por anticipado, el insoportable dolor de múltiples quebraduras al interior de mi cuerpo, me llevaron a empujones hacia la parte trasera del museo, creo que estaban sorprendidos por mi falta de respuesta, pisamos el bosquecillo, el Schuylkill se deslizaba susurrante en la oscuridad, me lanzaron contra la hierba y me sacaron la ropa a la fuerza. Me arrancaron mi chaqueta y mi sombrero y mis pantalones y me dejaron desnudo, dijo Rocky, la amargura resplandeciente en las pupilas. Y después destrozaron todo con las manos, mis prendas reducidas a jirones que desaparecían entre las plantas, un salvajismo que me dejó paralizado, soportaba la escena con dignidad y resignación, no había escapado, no era ningún cobarde, afronté cada golpe con entereza a pesar del dolor y de la infinita tristeza que me producía reconocer el sonido de mis propios huesos quebrándose ante la violencia de cada embestida. No me golpeaban el cráneo, se cuidaban de ejecutar la masacre sin prisa, apenas comenzaban, no había recibido más de seis o siete golpes pero ya sentía las costillas rotas, y entonces uno de ellos, no sé por qué, tal vez porque no soportó la crueldad del castigo al que me estaban sometiendo, dejó caer el bate sobre la maleza, de su chaqueta extrajo una navaja y me la acercó a la garganta. Una muestra de humanidad, así lo entendí, ser degollado en esas circunstancias era un síntoma de infinita piedad. Pero de inmediato uno de sus cómplices, al darse cuenta de los movimientos imprevistos de su compañero, le dio un golpe seco justo cuando mi garganta empezaba a sufrir las perforaciones de la navaja. Pensé que ese golpe me había salvado, el dolor no me permitió advertir la magnitud del tajo en la garganta, todo sucedía muy de prisa, el frio intenso colándose entre las hendiduras de los huesos rotos, no me percaté de que la sangre me chorreaba a borbotones sobre el pecho desnudo, escuché un balazo, retumbó el disparo en la oscuridad y se desató el caos, sonaban los patrulleros y después las ambulancias, la realidad se desdibujaba, perdí la consciencia antes de que me tendieran en la camilla, desperté en el hospital, los doctores estaban sorprendidos de que hubiese podido sobrevivir, varios huesos fracturados, la garganta envuelta en gasas, debía protegerla para evitar una infección, sabía que la marca me quedaría para siempre, pero no me importaba, no me importaba la marca en sí misma sino lo que estaba escrito en ella. Me importaba su significado, dijo Rocky, podía leerlo aunque no tuviera palabras, yo era un impostor y esa era la manera en que mi falsedad quedaba certificada, repitió, tomando Budweiser con gesto concentrado, esos días de abril en que empezaron a asaltar los cafés del área. Tres asaltos en menos de diez días y no conseguían capturar al delincuente aunque operaba dentro del área universitaria, custodiada las veinticuatro horas por la policía para que miles de estudiantes ricos pudieran disfrutar la fantasía de la invulnerabilidad. El asaltante utilizaba siempre la misma modalidad, se aparecía poco antes del cierre, se acercaba a la cajera a paso lento, tranquilo, sereno, como si fuera a pedirse un capuccino o un latte, movía las manos en la casaca y sacaba una pistola, recibía los billetes, los guardaba en el bolsillo del pantalón, daba media vuelta y salía caminando lento, sin prisa, como flotando sobre sus pies, decían los testigos, y al pisar la calle arrancaba a toda marcha y rápidamente se perdía en la oscuridad. Ni un rastro a pesar de la multitud de policías en los alrededores, no tenía sentido, debía ser una provocación o un mensaje secreto, a la salida del trabajo me ponía a dar vueltas por el barrio y me quedaba mirando a los agentes de seguridad, gordos de dos metros parados en las esquinas, el chaleco verde, el arma en el cintillo, concentrados, furiosos, vigilantes, caminaba por los alrededores pensando qué decisiones tomaría si yo fuese el criminal enfrentado a las fuerzas represivas. Pero ninguna alternativa parecía viable, no había ninguna posibilidad de éxito, ninguna en absoluto, los policías estaban por todos lados, seguramente el asaltante daba vueltas igual que yo, observando, calculando, quizá me lo había cruzado durante mis paseos, iba a ser difícil reconocerlo, no era un lunático ni un drogadicto sino un tipo extremadamente lúcido que procesaba de manera insuperable el continuo flujo de información, invisible para la mayoría, que ofrecen las calles, pensé una tarde, en una de mis caminatas, cuando de pronto me crucé con Rocky en la esquina de Walnut y la 38. Caminaba con su sombrero, su chaqueta negra, vestido con el mismo atuendo de siempre, me saludó con naturalidad pero no se detuvo, no me preguntó cómo estaba ni agregó que ya nos encontraríamos para tomarnos un par de Budweiser, sino que me saludó y siguió de largo, liviano, veloz, ligero, y entonces al girar la cabeza y verlo desaparecer como una serpiente calle abajo, abriéndose paso entre la multitud con insólita agilidad, estalló en mi cabeza la idea de que estaba observando al culpable de los asaltos. Pensé que su vestimenta era el disfraz perfecto para no levantar sospechas, no un asaltante que se oculta para cometer sus crímenes sino que se descubre, se muestra tal cual es, para no ser reconocido. Y entonces, cuando ocurrió el cuarto asalto, una noche en que Rocky no pasó por el bar, pensé cómo hacerle saber que yo conocía su secreto y que lo iba a guardar no tanto por lealtad sino por admiración, no cualquiera puede cometer crímenes en esa zona, sentirme su cómplice me ayudaría a sobrellevar la monotonía de mi trabajo en la peluquería de mascotas. Imaginaba la historia en la prensa nacional, dos peruanos poniendo en jaque la zona de estudiantes ricos en una ciudad norteamericana, trasladar la pesadilla nacional, llevarla en el vientre y depositarla en un territorio lejano, la idea me empezaba a seducir, pero no tuve tiempo de confesarle que había descubierto sus actividades clandestinas y mucho menos de proponerle alguna forma de participación porque el desenlace se precipitó antes de lo previsto.

Ocurrió una mañana en apariencia cotidiana. Yo estaba sentado detrás del mostrador de la peluquería, el periódico abierto, cuando apareció una chica alta y delgada, lentes de sol, porte distinguido, faldita azul, breve, generosa, que llevaba un bulldog blanco de una correa, respiración agitada, mandíbula grande y babosa. La chica me saludó muy sonriente, como si mi presencia le resultara especialmente agradable, incluso sexualmente agradable, pero no me hice ilusiones, sé que la gente de dinero tiene la habilidad de hacerle sentir a todo el mundo que es especial, tengo clarísimo que esa chica ni siquiera me estaba hablando a mí cuando me explicó cómo quería que acicalen a su animal, ni siquiera reparó en mi presencia a pesar de que estaba hablando conmigo, soy una simple lavadora de mascotas, no un ser humano sino una función específica, y por eso resolví desquitarme con unos cuantos agujazos en el lomo del blanco bulldog apenas la refinada clienta se marchara y yo me pusiera a restregarle el pelaje a su obesa mascota. La chica cruzó la puerta y se dejó envolver por la luz del mediodía, yo me quedé mirándola a través del ventanal, su faldita azul se movió al viento, pero no tanto como me hubiese gustado, todo siguió su curso normal, solo una extraña sensación de peligro mientras tiré de la correa y conduje al bulldog al fondo del local, el pobre infeliz me seguía muy manso, avanzaba lento, torpe, obediente, sin imaginar lo que estaba por ocurrirle, cuando escuché zumbar la alarma de mensajes de mi celular. El teléfono repicaba cerca del mostrador, me apresuré en encadenar al animal, fui a buscar el aparato y me encontré con un mensaje de la policía local, era lo previsible, nadie me escribe mensajes ni me llama por teléfono, pero últimamente los recibía de la policía, había anotado mi número en el sistema de alertas para seguir las novedades de los asaltos, si a diez cuadras le arrancaban la cartera a una viejita de inmediato un mensaje de texto me informaba del delito. Sin embargo, esta vez la noticia no iba a ser de ninguna manera irrelevante, la leí atento y nervioso, el corazón me golpeaba el pecho con energía, mi intuición pareció confirmarse al leer que otro café del área había sido asaltado, a plena luz del día, y que el sospechoso cayó abatido por los tiros de la policía mientras intentaba escapar. Metí al bulldog a una jaula, cerré el local y salí caminando a toda marcha, el café estaba a pocas cuadras, tenía que darme prisa aunque fuera demasiado tarde, quizá hubiera podido evitar su muerte, debí advertirle a Rocky que iba a delatarlo si no paraba. Pero no me hubiera escuchado, estoy seguro de eso, Rocky se precipitaba conscientemente hacia su propio final, lo buscaba con cierta desesperación, no hay forma de salvar a alguien cuando lo único que anhela es destruirse, aprieto el paso, creo que he empezado a correr, doy vuelta a la esquina y me acerco al local donde ocurrió el asesinato, está rodeado por cintas amarillas y coches de policía, intento abrirme paso entre la multitud y decir que soy amigo del fallecido. Pero nadie me hace caso, los policías no me escuchan, el cuerpo está tendido en la vereda, a seis metros de mi ubicación, quiero acercarme a mirarlo pero no me lo permiten, está parcialmente cubierto por una manta, alcanzo sin embargo a descubrir un sombrero negro, un pantalón que parece el de Rocky, la evidencia me confunde, quizá fue un error, no tiene sentido que haya utilizado su vestimenta de Rocky esta vez, no tiene sentido a menos que se haya dejado asesinar para aparecer como Balboa en sus últimas fotografías. Intento empujar a los policías que me impiden el paso, los insulto en español pero no me hacen caso, ni siquiera parecen interesados en escucharme. Soy peruano como él, grito en voz alta, varias veces, peruano como él, los puños cerrados, pero nadie me hace caso, y entonces todo pierde coherencia y en mi cabeza empiezo a escuchar su voz, el día en que lo conocí, cuando me contó que iba a salir en el reportaje de la televisión peruana. Miraré fijamente a la cámara, dijo Rocky aquella tarde en el Pasqually´s Bar & Pizza, su voz me retumbaba en el cerebro mientras pugnaba inútilmente por avanzar entre los policías, miraré fijamente a la cámara como si a través de ella fuera posible comunicarme con el Perú, como si el país fuera una persona con la que debo reconciliarme o cuya aprobación me resulta todavía necesaria. Y voy a mirarlo a los ojos, dijo Rocky con énfasis, miraré al Perú de frente y le contaré que desde que me fui del país mi vida ha sido un simulacro, eco, imitación, no solo porque me he pasado los años fingiendo ser quien en realidad nunca fui, sino porque marcharme me empujó a una especie de doble vida, ninguna de las cuales estuvo realmente completa. Como si hubiera existido aquí como una débil proyección de lo que pude haber sido de quedarme en el Perú. Por eso, frente a las cámaras, voy a quitarme el sombrero y la chaqueta y abandonaré la entonación ronca y arrastrada de Rocky y diré una vez más, como para que no quede ninguna duda, que desde que me largué del país no he sido más que una caricatura porque nunca dejé de sentir que nada tenía sentido si allá no llegaban noticias de mis éxitos y de mis fracasos. Eso voy a decirle al Perú, esa será mi despedida antes de hacer adiós con la mano para cerrar el reportaje. Esa será mi despedida final, dijo Rocky, porque ni siquiera tengo interés en que trasladen mi cadáver para que sea enterrado en el Perú. Simplemente necesito despedirme, ¿me entiendes?, me preguntó la tarde en que lo conocí en el Pasqually´s Bar & Pizza. Necesito despedirme. No sé por qué, pero lo necesito, repitió, la voz a punto de quebrarse, la tarde en que lo conocí, y en ese momento escuché mi propia voz suplicando que me dejaran pasar a ver a mi amigo muerto. Soy peruano como él, dije un vez más, estúpidamente, sin entender yo mismo el sentido de la frase, cuando sentí que una mano se posaba sobre mi hombro. Me volví a mirar quién me estaba tocando, pero tardé un instante en reconocerlo. Era Rocky, mi amigo Rocky, sin su sombrero y sin la actitud impostada con que lo conocía. Era mi amigo Rocky quien me sonreía y me miraba con ternura, como si conociera las razones que explicaban mi presencia en ese lugar. Y entonces, súbitamente emocionado, me acerqué a él para darle un abrazo. No sé por qué pero necesitaba realmente darle un abrazo, como si al fin me fuera posible acercarme a él, al verdadero peruano exiliado, y a través de él a una parte de mí mismo que ahora comprendía yo también había perdido. Pero Rocky tiró el cuerpo hacia atrás para evitar el contacto. Y después, suelto, relajado, sin mostrar ningún sentimentalismo, estiró el dedo índice, se lo llevó a la garganta y lo pasó a lo largo de la cicatriz, de un lado a otro, tal como había hecho el día en que lo conocí. Y sin decir una palabra más, sin despedirse ni agregar un solo gesto que me ayudara a despertar de mi conmoción, se dio media vuelta y desapareció para siempre en medio del gentío. Y en ese momento, quizá por primera vez desde que me fui, me puse a pensar en el Perú con infinita tristeza


Francisco Ángeles (Lima, 1977) Escritor. Administró los blogs de literatura Porta9 y El Hablador. Ha publicado las novelas La línea en medio del cielo y Austin, Texas 1979.