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Spaghetti Western (un relato andino)

Por Fernando Ampuero


El sendero era angosto, cubierto con una nieve limpia y blanda, y las bestias echaban vapor por los belfos. Lentos y cautelosos, en columna serpenteante, los jinetes sentían que sus muslos rozaban la quebrada del monte, mientras por la otra orilla, donde se abría un precipicio en picada, los cascos de sus caballos desmoronaban pedruscos. El primer jinete, gacha la cabeza y medio tendido sobre la agitada crin de su bestia, era quien más resistía los embates del viento, que a veces le doblaba el ala del sombrero contra el rostro.Con las luces del ocaso la nieve empezó a cegarlos con un tono rosado. Algunos, en ese aturdimiento, pensaron que faltaría media hora para salvar el malpaso, pero a la vuelta de pocos minutos un derrumbe modificó el cálculo. Aquella media hora se convertiría en vaga expectativa. El primer jinete detuvo a su bestia y se volvió hacia la columna.
–¡Las lampas! –gritó, aunque casi al instante sintió que sus palabras no se imponían al fragor del viento.
Así que, alzándose el ala del sombrero, dejó entonces que los más cercanos de sus nueve hombres, incluida una mujeruca gorda, pudieran ver sus irritados ojos azules.
–¡Las lampas, carajo! –gritó esta vez a todo pulmón.La orden llegó a destino y, desde la retaguardia, por lo alto, fueron pasándose de mano en mano picos y lampas. Pronto, tres hombres bajaron y se encaminaron hacia el derrumbe, pegados a las bestias o sujetándose de ellas. Dispuesto a esperar, el primer jinete se acomodó en su montura y retiró las botas de los pesados estribos. Debajo del poncho, apretaba un rifle. El rumor del esfuerzo y las injurias en quechua escoltaban ya las negruras del anochecer, en tanto que el primer jinete, viendo cómo limpiaban el camino, y viendo también cómo iban pasando los minutos, sentía que se acercaba el día que tanto ansiara, luego de años de andar huyendo y de saberse salvajemente perseguido, condenado a vivir a salto de mata, con forajidos y ladrones de ganado.

Dos horas de tinieblas, de palear nieve y rocas, de presentir las secretas guaridas de los cóndores. El primer jinete, con la piel tirante por el frío, dio la voz de mando y la columna, despacio, cruzó sobre los restos del escollo despejado, y, en ese tren, prosiguieron la marcha, apenas sosteniendo las bridas. Más que llevados por la voluntad, los guiaba el instinto de las bestias. Nadie quería pensar durante el trayecto; ni siquiera hablaban: temían distraerse y perder contacto con los riscos de la quebrada, que les dejaban los muslos enrojecidos, innumerablemente arañados por las rocas salientes. Ese contacto les garantizaba la vida.

El primer jinete, sin embargo, sí pensaba. Recordaba sus años de correrías, de cuando lo había cogido la leva, que lo encerró en un cuartel del ejército; o de cuando desertó y volvió a la hacienda y, en represalia por la negligencia de haberse dejado reclutar, le dieron brega de animal.
Esos años lo marcaron. De nada le valió protestar ni dar explicaciones, no solo al capataz, que lo odiaba, sino al mismo patrón. Aquella vez, él osó pedir un poco de agua para su tierra a cambio de sus servicios, como la tuviera antes. Le dijeron que sí, con un chistido, pero sería un engaño. Incluso el mismo patrón le dijo que aceptaba el trato y, haciéndole creer que le desviarían agua, lo llevaron hacia el dique de la acequia grande, donde lo ataron de pies y manos a las compuertas. Permaneció un día completo golpeado por un permanente chorro de agua, que se desperdiciaría en escarmentarlo. Un duro recuerdo.

La firmeza de la nieve fue señal de que se aproximaban a la meseta. Y así ocurrió. El primer jinete distinguió una fogata, un chispazo anaranjado en medio de esa oscuridad, hecha de ciegos paisajes blancos. Sonrió e hizo un ademán, alentando a sus hombres. El fuego de la meseta se alzaba en la entrada de una choza. Era el campamento de un llamero, al que rodeaba una veintena de llamas calentándose entre sí, echadas en tierra todas juntas. «Un lugar seguro», pensó el primer jinete, sin duda porque sabía que entre la indiada los llameros eran lo último de la escala social: pastores pobres ajenos a deberes u obligaciones; ni leales ni delatores.

La columna desmontó y desensilló, mientras el primer jinete y la mujeruca gorda entraron a la choza para hacer noche. El llamero, que les hizo un espacio, se había sorprendido con su llegada, especialmente porque venían del malpaso, aunque mantuvo la boca cerrada. Era más fácil tomar la otra ladera, por donde él solía subir con su recua de llamas. Justo por esa ladera, al alba, la columna dejaría las nieves y bajaría al valle, pero cuidando de no ser vistos.

A eso de las diez de la mañana, se detuvieron detrás de unas rocas altas. En aquel paraje, recordó el primer jinete, habían capturado a unos compañeros suyos, dos campesinos que fomentaban ideas sindicales y que por tal motivo fueron enviados al Sepa, una colonia penal en la selva. Por un rato, y al acecho, vieron alambradas, verdes pastizales y cabezas de ganado, todo resguardado por la brutal gente del patrón.

La mujeruca y el primer jinete se acuclillaron frente a sus hombres, que los miraban con tranquilo desasosiego; todos abultaban sus mejillas con bolas de coca. A esas alturas, ya lo sabían, las cosas tendrían que suceder. Era el primer día de carnavales y los paisanos de la hacienda, que organizaban comparsas de danzantes, fiestas de puqllay y corridas de toros, se divertirían durante la tarde y la noche. Esto, en el campo, suponía cambio de guardia y menor vigilancia. A lo sumo, quedarían entre cuatro o cinco guardianes para todo el ganado, número fácil de reducir.

El primer jinete evocó que había toreado una vez para el patrón, lanzándose con una manta al ruedo, pero ebrio hasta las cachas y haciéndole eses al toro. Increíblemente salió ileso del aprieto, a diferencia de otros chiflados que acabaron en la enfermería. En aquellas corridas morían empitonados entre dos o tres campesinos, como si buscaran en su alegre arrojo un pretexto para despedirse valientemente de la vida.

La mujeruca gorda arrancó unas flores de retama y se adornó las greñas con seriedad, y de improviso sintió que se le abría el apetito. A orillas de un puquio, se sentó a comer: carne seca y papas cocidas, que llevaban en las alforjas. El resto de la columna la imitó. El agua del puquio la bebían cerrando los dientes, para que no se pasaran los renacuajos.

Bien comidos y bebidos, el primer jinete habló a media voz: dijo que atardecía y que debían levantarse. Ya era el momento. Montados en sus caballos, blanqueados por el polvo, alargadas sus sombras, la columna reanudó la marcha y se dividió, saliendo por extremos opuestos del roquedal, en tanto que los guardianes, sentados en piedras, bebiendo chicha, distraídos o quizá achispados, asaban una taruca y charlaban animadamente. No vieron cuando a lo lejos cortaban la alambrada ni cuando los jinetes arremetieron en su contra; tan solo los envolvió un caos de polvo, brasas, cenizas y carne chamuscada. Ni siquiera hubo disparos, pero sí cuchilladas, culatazos y mucha sangre sobre la tierra.
Acto seguido, se abrió un silencio de alucinada espera y el primer jinete volvió a montar y espoleó a su caballo.

–Ahora llevemos el ganado –dijo.
La columna lo siguió y se desplegó en tenaza, arreando y orientando a las reses en dirección a una cueva, a menos de un kilómetro, en la margen derecha del pastizal. La faena les tomó cuatro horas de arduo empeño, pero consiguieron que todo el ganado se adentrara en el interior de la cueva, antes de devolverlo al pastizal. Después, arreglaron la alambrada y emprendieron la retirada, retornando a la meseta. A esa hora, no serían más de las once, el viento había barrido las nubes y la nieve que caía fulguraba a la luz de las estrellas.

El primer jinete esperó con ansiedad los sucesos de los días siguientes. Parapetándose en el roquedal, aguardó con la mirada fija y el ánimo atento. Hasta que, al promediar la mañana del cuarto día, apareció por fin un grupo de altivos jinetes a galope tendido; entre ellos, el patrón, un hombre robusto, de bigotes canosos y con una guerrera de botonadura dorada, a quien el líder de la columna supo distinguir por su potro de pelaje retinto. Además, ya en su imaginación, recreaba lo que ese hombre veía: los cadáveres de los guardianes, picados por buitres, y el ganado tumbado en tierra, con el vientre inflado y vomitando espumajos por el hocico. Y pensó: «Todavía, claro, conserva ganado en otros fundos, pero los de este, el grueso que se infectó en estos pastizales, ya está liquidado». El patrón no ignoraba que en la cueva, a la que había echado petróleo y fuego varias veces, revoloteaban cientos de ratones alados que inoculaban la rabia, una plaga difícil de exterminar.
La advertencia estaba sentada.

–No dirá que no le avisamos –dijo el primer jinete, de vuelta en la choza del llamero y repantigado sobre unos peludos pellejos–. ¡Que se cuide el viejo!
La mujeruca levantó una mano y le tocó la mejilla ardiente y reseca. Aquella noche el primer jinete y la mujeruca se amaron cuatro veces. Sabían que en los inciertos días venideros no sobraría tiempo para las ternuras.

El primer jinete había prometido a sus hombres el dinero de unos arcones, un dinero real y no las burdas monedas de hierro que tenían acuñadas el rostro del patrón, y con las que este pagaba a sus campesinos, a fin de que solo pudieran comprar en las tiendas de su fundo. El hierro de tales monedas, debidamente refundido, les había servido para fabricar las municiones que cargaban sus armas.
Los hombres de la columna sabían que debían asaltar la casa hacienda, un objetivo con muy pocas probabilidades de éxito. Sin embargo, confiaban en su jefe; confiaban en su preparación militar; confiaban en su ferocidad y su cautela; y confiaban, sobre todo, en su astucia. Él, además, les había enseñado a manejar sus rifles, a calzar botas de jebe como los mineros, a saquear las iglesias de los curas glotones.

En cambio, la mujeruca gorda confiaba en el primer jinete por la frialdad metálica del color de sus ojos.

–¡Ese patrón ni sabrá de este enemigo! –comentó uno de los hombres de la columna.
–¡Hartos tendrá, pues! –dijo otro, con una brizna de hierba entre los labios–. ¡Tantos bastardos regados por el mundo y todos olvidados!
A la noche siguiente descendieron por una pendiente escarpada, aunque menos peligrosa que el malpaso. El primer jinete conocía bien el terreno y, para evitar mostrarse al descubierto, o caer en emboscadas, guió a su gente por el lecho de un río seco, casi a trote ligero. Presumía que los hombres del patrón llevaban buscándolos toda la noche, en un histérico arrasar de caseríos, urgidos de culpables o delatores, torturando campesinos, pisoteando huertos, fondeando en los ríos a sus niños recién nacidos.

Si lograban bordear la montaña y eludir la guardia, quizá menor a causa de la búsqueda, alcanzarían la alta cerca blanca de la casa hacienda en menos de dos días. Lograron su propósito, pero el primer jinete no la tuvo fácil. Unos diez hombres –el doble de lo que preveía– protegían al patrón por fuera y por dentro; todos estaban separados, a excepción de un trío acantonado tras las barandas del porche. Esa circunstancia demandó cambios en el plan de ataque: el primer jinete formó cuatro parejas para un asalto escalonado y, en una atalaya, instaló a la mujeruca como campana. Ella sabía cantar como el búho, y eso les daría la voz de alarma.

La pareja que integraba el primer jinete avanzó sigilosa entre las sombras y, sin hacer ruido, acogotó y tapó la boca de uno de los custodios, para enseguida degollarlo, como si estuviera dando una lección de curso. Las otras parejas siguieron sus pasos, conforme les convenía, ora asestando puñaladas, ora abriendo cráneos a fuerza de culatazos. Pero lo cierto es que, sin mayor prisa, la guardia del patrón empezó a desvanecerse en la oscuridad. Y en cuanto a los tres guardias de la entrada, considerado el problema mayor, no lo sería tanto. Repentinamente la noche se cuarteó de relámpagos y al cabo retumbaron los truenos y rompió a llover copiosamente. Contribuirían también a la eficiencia de la incursión, la sangre fría del primer jinete, la hora tardía, el factor sorpresa y la regular distancia entre los guardias.

De cualquier modo, hubo necesidad de utilizar los rifles. La columna evaluó el escenario final, juzgado como demasiado abierto, y en algún momento, aprovechando el estrépito de los truenos, supo correr en pleno hacia el porche y abrir fuego a discreción. En cosa de segundos liquidaron a los últimos guardias de la entrada y tumbaron la puerta a balazos y patadas. Adentro, el patrón, don Glicerio Boswell, palideció luego ante varios cañones que lo apuntaban.

Sentado al resplandor de una chimenea de piedra, Boswell había estado leyendo y fumando. Y, cuando oyó los disparos, se incorporó, corrió hacia el vestíbulo y, dejando caer el cigarro que sostenía entre los dedos, pudo ver a cinco intrusos ingresando violentamente a su casa. Eran unos cholos rudos, con rifles viejos y trazas de renegados. Los enfrentó con una mirada turbia, entre ansiosa y pasmada, pero de inmediato los músculos de su rostro se tensaron. Acababa de reconocer al más alto de los intrusos, aquel cuyos ojos, de un azul desvaído, lo miraban fijamente.

El primer jinete, quieto y despectivo, lo reconoció a su vez, con esmero y lentitud. Aunque el patrón era ya un individuo entrado en años y ligeramente cargado de hombros, mantenía su fría arrogancia y reciedumbre.

No obstante, permanecer así, mirándolo y prodigándole su desprecio, era una peligrosa pérdida de tiempo. Y por eso mismo, vehemente, el primer jinete ordenó a dos de sus secuaces que subieran a la segunda planta y tomasen todo lo de valor que encontraran a su paso. Y luego, tal como lo había planeado, indicó a los otros dos que trasladaran a Boswell al salón contiguo, el escritorio y la gran biblioteca.

Allí, mientras el primer jinete examinaba (y recordaba) el macizo escritorio de roble, Boswell oyó un tropel de pisadas en la segunda planta, justo donde estaban sus arcones; allí, igualmente, oyó que bajaban de prisa las escaleras y dejaban su casa; allí, con el corazón en sombra, oyó que la lluvia arreciaba entre relinchos de caballos.
Luego, alguien abrió una de las ventanas y Boswell, al mirar mecánicamente hacia afuera, vio cómo se llevaban el dinero en sacos de yute, e incluso vio que una muchacha, jovencísima, vestida con camisa de dormir, era subida a la fuerza sobre las grupas del potro de una mujeruca gorda.
La voz del primer jinete estalló seca y perentoria:
–¡Calato, don Glicerio! ¡Sáquese la ropa!
Sin entender qué se proponían, Boswell obedeció. Se despojó primero de su camisa de fina franela, siguió con las botas altas, el pantalón de montar y los calcetines, y quedó en calzoncillos, sintiéndose quizá por primera vez indefenso y trémulo. El primer jinete negó con la cabeza y apuntó a la cintura. Glicerio Boswell dejó caer los calzoncillos.
Un estremecimiento de frío hizo que las viejas y fofas carnes del patrón lucieran más desnudas y vulnerables.

Entonces los hombres del primer jinete tomaron a Boswell de los brazos y lo condujeron hacia el escritorio, lo pusieron frente al abierto cajón central y, alzándolo en vilo, lo forzaron a que pusiera sus testículos dentro del cajón. En ese trámite, naturalmente, Boswell opuso resistencia, escupió y profirió vanos insultos, forcejeó con desesperación, pero nada pudo hacer para evitarlo. El primer jinete, viéndolo adolorido y humillado y con los muslos apretados a la madera, se dio el gusto de cerrar el cajón, dejándolo ahí, apresado por los testículos a su escritorio. Luego echó una doble vuelta de llave y arrojó la llave por la ventana.

Ya, para Boswell, una sucia bruma de pesadilla nublaba su mirada. Pero pese a ella, y pese a unos mareos y al penoso trance que lo encorvaba y doblegaba, podía mirarlo todo: vio al primer jinete sacar de su cinto un reluciente cuchillo y probar su filo en un gobelino, y vio luego, con un gesto que parecía una sonrisa, que este colocaba aquel cuchillo sobre el vidrio del escritorio, al alcance de su mano. Boswell no entendió. Tampoco entendió el hecho de que los intrusos abandonaran su casa, y menos aún que lo dejaran con vida. Ni siquiera entendió su propia y desconsolada sensación de soledad. Entendió, sí, y entendió con el aliento entrecortado, cuando vio el corcoveo de los caballos del primer jinete y su gente que se alistaban a partir, pero que, antes de hacerlo, estaban echando fuego a la casa


Fernando Ampuero (Lima, 1949). Periodista, editor y escritor. Como cuentista, destacan sus conjuntos Bicho raro y Malos modales. En 2011 publicó El peruano imperfecto y en 2014 su más reciente novela, Loreto.