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Reseñas

No somos más sabios después del diluvio

Diego Molina (Arequipa, 1978) ■ Paracaídas (2014) ■ 58 páginas ■ 25 soles


Poesía. Una marca recurrente en la poética de Diego Molina es el uso de figuras propias de la historia –y la mitología– universal. Desde sus primeras entregas, Expresotranceuropeo (2003) y Homesick (2007), se hace alusión a personajes y fenómenos que en su momento moldearon la realidad y cuyas consecuencias, incluso hasta hoy, se continúan experimentando. Es así que Molina recorre la columna vertebral de la especie humana a lo largo de las eras, hurgando en la sensación de desamparo –individual o colectivo– que ha asaltado a los hombres desde que los dioses y sus manifestaciones comenzaron a extinguirse.

No somos más sabios después del diluvio, su producción más reciente, no es la excepción.En este libro se parte de la premisa de que hablar de un solo grupo es hablar de toda la humanidad. De allí que sus poemas no necesiten seguir una concepción lineal del tiempo, así como tampoco restringirse a un territorio o cultura en particular. El viaje, pero sobre todo el movimiento de un lugar a otro, es una constante del conjunto. No es casual que el epígrafe de Pound que abre el libro haga referencia a Ulises, el sagaz y desdichado héroe viajero.

A esto hay que agregarle el hecho de que desde la posición del poeta, quien se sabe parte de una comunidad mayor (la humanidad), todos los acontecimientos, tanto los ordinarios como los magníficos, vienen a ser siempre escenas de un mismo espectáculo: el poder del mundo, el poder del polvo. No somos más sabios después del diluvio viene a ser de este modo un libro cuyos poemas describen el enfrentamiento de los hombres con su condición de criaturas pasajeras: «un murmullo los acoge a todos (…) en el aliento del ángel de la historia/ para luego ser expulsados de la Torre/ y poblar el Mundo» (24).

Por eso es que la voz protagonista se empeña en mostrarnos una y otra vez que gran parte del sentido de la vida del ser humano se halla en la inacabable tarea de imaginar el pasado –de forma que así se conserva el presente–, como una manera de evitar sucumbir ante la voracidad de la naturaleza y la indiferencia de los astros: «no hay sacrificios más valiosos en la era prometeica:/ haz historia» (57). Por Paulo César Peña


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