Lecciones para Joe Cartwright

Por Miguel Ruiz Effio


Lucía me recibe con frialdad, a pesar de que han transcurrido veintitrés años desde la última vez que nos vimos. Cuando entré en su habitación, iluminada por una solitaria lámpara de noche, su mano tanteaba el aire, buscando un vaso que había dejado sobre el velador. Su historia médica informa que está casi ciega. Tardó unos segundos en asociar el sonido de mi voz a algún nombre familiar: su rostro acogió, sucesivamente, expresiones de sorpresa, duda, espanto y decepción.
Qué haces tú aquí, preguntó con un tono de fastidio en la voz.
Le respondí que me había enterado de su ingreso al hospital y que de inmediato había tratado de saber qué habitación ocupaba, para pasar a saludarla.
No te hubieras molestado, respondió, sin fingir cortesía.
Su habitación es amplia y cuenta con baño propio, así que pedírselo será mi única complicación si necesito orinar. Me acomodo en el sillón que se encuentra junto a la cama, cerca de la esfera de luz que produce la lámpara.
Se te ve bien, dice de pronto, tratando de fijar en mi rostro su mirada inexpresiva. Quizá supone que no me he dado el trabajo de estudiar la información de su historia.
No respondo que ella también se ve bien, porque no es cierto. Luce demacrada.
El silencio se expande entre nosotros y me permite acompañarla sin tener que inventar un diálogo que justifique mi presencia allí. Su figura pequeña y escuálida, extraviada dentro de un camisón que es demasiado grande para ella, me recuerda a la mujer de treinta y siete años que me dejó a principios de los noventa como consecuencia de mis continuas infidelidades. No me extrañaría su contextura si no fuera porque conozco fotografías de hace cinco años en las que aparece, junto a su esposo y su hija, con por lo menos quince kilos más. Y sonriente.
Quise venir a saludarte y ofrecerte mis deseos de pronta mejoría, miento, porque sé que la pérdida de peso y visión son los síntomas que indican que su salud empieza a resquebrajarse sin remedio.
Pues gracias, recita mecánicamente. Hace un lento movimiento para devolver el vaso al velador y tose. Debí traer el estetoscopio.

2

Ojalá que esa perra te haga feliz: hasta nunca, fue lo que estaba escrito en su nota de despedida. Alguien le contó que me había sorprendido con una mujer y Lucía se marchó sin esperar a preguntar por mi versión. Era la tercera vez que sucedía y ya estaba cansada de oír mis excusas y mentiras.
Tal vez recuerda aquello mientras me mira en silencio. Sin reproches. Sin complicidad. Le divertiría saber que la mujer por quien me dejó hizo lo mismo dos meses después. Lamenté demasiado tarde haber arruinado nuestros siete años de convivencia por una sucesión de aventuras que terminaron desengañándola de mí. Le sorprendería enterarse, además, de que mi próstata ha empezado a ocasionarme problemas y que los exámenes que me practicaron hace dos días muy probablemente arrojen cáncer.
Ojalá no te moleste que haya poca luz, dice Lucía para justificar su torpeza al coger, una vez más, el vaso del velador. Yo quisiera decirle que no importa y recordarle que si su mundo se nubla quedan aún los recursos que aprendimos en una vieja serie de televisión: caminar con el antebrazo a la altura del rostro para prevenir un choque, bajar las escaleras rozando los talones en la contrahuella de los peldaños y servirse líquidos colocando la yema del dedo índice en el borde de la taza para evitar que se rebalse. Era 1989: vivíamos las noches a oscuras, alumbrados por velas o por lamparines a querosene, y usar las técnicas de los ciegos era la única manera de encontrar los fósforos y las velas en el departamento donde vivíamos.
Recuerda, Lucía. Recuerda.

3

Tardé poco en encontrar la habitación de Lucía luego de que me contaron que estaba internada en la clínica donde trabajo. Hace dos días su hermana se cruzó conmigo en los pasillos y me pidió que velase para que nada le falte. Siempre le pedí que dejara de fumar, se lamentó. Ojalá hubiésemos insistido.
Muchas veces, además de la luz de las velas, nos alumbraba el fulgor de su cigarrillo.
¿Me amas?, preguntaba de pronto. Y yo respondía que sí, aunque a mi mente acudieran otros rostros.
La mujer que guarda silencio frente a mí sonríe levemente. Sus cabellos encanecidos lucen despeinados sobre su cabeza y enmarcan una mirada que me evita. Tal vez para que no estudie su expresión, empieza a mencionar algunos detalles de su vida familiar: el esposo que llegará dentro de dos horas, al concluir su cátedra en la universidad, y la hija que lo hará casi a las diez, luego de su trabajo en una cadena de comida rápida. Yo menciono a mi mujer y a mi hija: sus nombres, sus manías. Lucía, por supuesto, ensaya un gesto de incredulidad. Pero no dice nada.
Quizá cuando me den el alta, concede por fin, podamos organizar un almuerzo con tu familia y la mía. Sería buena idea conocernos.
Son casi las siete y la habitación ha terminado de oscurecerse. En mitad de la penumbra la lámpara solo hace brillar mi bata y sus sábanas.
Voy a dormir un poco, ¿te molestaría…?
Claro que no, discúlpame. Se ha hecho tarde.
Lucía mueve su cuerpecito y lo recuesta de espaldas a mí. Así puedo apreciar mejor la gruesa hilacha en que se ha convertido su cuerpo y los mechones de cabello sembrados sobre su nuca.
Apago la luz del velador y camino hacia las ventanas de la habitación para cerrar las cortinas. Luego recorro a tientas los seis metros que me separan de la puerta, con el antebrazo derecho delante del rostro. La respiración de Lucía es un murmullo que dentro de poco se hará ronquido. Al llegar a la puerta, muevo la perilla con cuidado, tratando de no producir sonido al cerrar. La levedad de su sueño podría hacerle confundir el golpe con un estallido.


Miguel Ruiz Effio (Lima, 1977). Ha publicado los libros de cuentos La habitación del suicida, Un nombre distinto e Y si el olvido un día nos. Sus relatos han aparecido en diversas antologías.