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Reseñas

La verdad sobre el caso Harry Quebert

>La verdad del caso Harry Quebert ■ Joel Dicker (Ginebra, 1985) ■ Alfaguara (2013) ■ 672 páginas ■ 79 soles


Novela. Para acercarnos a La verdad del caso Harry Quebert lo primero que se tiene que hacer es desmontar el aparato publicitario que lo rodea. Se hace de una manera muy sencilla: coloque el lector un «no» delante de cada afirmación que preceda a la lectura. Esto es: «no» recuerda a Philip Roth, Jonathan Franzen y Woody Allen; y «no» es un cruce entre Larsson, Nabokov y –de nuevo– Roth. Es por lo menos curioso que una novela en la que el marketing es tan maltratado se sirva de este oficio para lograr fines que el protagonista considera, cuando no repugnantes, al menos subalternos.

Definido lo que no es La verdad sobre el caso Harry Quebert, habría que analizar qué es. Se trata de una novela de trama, entretenida, en la línea de Ludlum y Grisham, y escrita a la sombra del Millenium: Marcus Goldman debe averiguar quién mató a Nola Kellergan, una quinceañera con la que, hace 33 años, su mentor, el también escritor Harry Quebert, tuvo un amorío que le inspiró su gran obra, Los orígenes del mal. Goldman se ve obligado a iniciar una investigación detectivesca a la vez que interpretativa para encontrar elementos que permitan resolver el caso, so pena de muerte para su amigo y maestro.

Vista como un best seller para el gran público, es formidable: atrapa; la sucesión de pistas falsas y revelaciones está montada con precisión; y posee un gran ritmo que impide abandonar la lectura. Vista como producto estético, en cambio, es deficiente: el lenguaje es plano; la mayoría de personajes secundarios está construido a base de estereotipos (como el sargento Gahalowood o el tándem Tamara y Jenny Quinn); los decorados de Nueva Inglaterra están compuestos con un trazo tan grueso que uno siente cierta necesidad de volver a Irving; y su acabado es, por decir algo suave, convencional.

Pero La verdad sobre el caso Harry Quebert tiene una peculiaridad: es un libro hecho de dobleces y autorreferencias. Como si Dicker hubiese asumido en pleno su posmodernidad y el momento desde el cual enuncia, se cuida de cumplir por igual con dos check lists: el del palco y el de la tribuna. Para los primeros exhibe una superconciencia literaria plena de referencias cultas y gestos de nicho. Equipara a su ninfeta, Nola Kellergan, con Lolita, y se permite plantear una estructura de 31 capítulos-consejos en orden descendiente (que Goldman cumple en paralelo a él). Pero, a la vez, Dicker busca agradar al lector corriente, sirviéndole todas las facilidades que requiere una lectura despreocupada y ligera, como la activación de «subplots» cada tres páginas, oportunas recapitulaciones que le permiten al lector guiarse por la urdimbre de hallazgos, sospechas y vueltas de tuerca que inhiben el aburrimiento. (Digamos que el autor, suizo, no tiene problemas de relojería). Dicker sabe que la literatura es arte e industria, pues su novela dedica no pocas páginas a reflexionar acerca de esta dualidad. Él trata de zanjarla y conjuga así dos discursos por lo general excluyentes. Con uno triunfa pero con el otro yerra. La razón es que cierta ansiedad lo pone en evidencia, como si sus guiños a la «alta cultura» tuvieran un propósito compensatorio. Como si le diera vergüenza escribir una novela accesible y, por eso, tuviera que aplicarle un barniz de respetabilidad.

¿Qué es, entonces, lo que ha generado que esta novela sea un best seller, traducido a más de 30 lenguas y, a la vez, que haya obtenido el Premio de Novela de la Academia Francesa y los elogios de críticos respetables como Marc Fumaroli, Pierre Assouline y Bernard Pivot?

Es difícil responder. Quizá sea que su carácter de síntoma respecto a lo que ocurre con la tradición francesa o francófona. Un síntoma de renuncia, si es que eso tiene algo de atractivo. La verdad sobre el caso Harry Quebert se aleja de todo lo que ha significado prestigio en los últimos 50 años en Francia (de Oulipo al barroquismo lírico de Pierre Michon, de la novela ideológica de posguerra a los ejercicios de estilo de Jean Echenoz, del objetivismo de Heams-Ogus a la tensión entre realidad y ficción de Carrère) y se acerca sin pudor al commodity anglosajón. Dicker bebe de la serie B norteamericana, acepta la paternidad de Stephen King y sueña con las películas de Hitchcock (el final –spoiler alert– es un claro homenaje a ‘Psicosis’). Puede que este horizonte cultural, que para un latinoamericano es asfixiante por repetido, a un francés le pueda parecer refrescante. O al menos a la crítica.

Dicho esto, también es cierto que se suele menospreciar la arquitectura narrativa y los méritos técnicos de series como Cold Case o Law & Order, que son claros afluentes de esta novela, donde la trama está dosificada de tal forma que logra sincoparse con los capítulos, generando la adicción del lector/telespectador. (Sin ir muy lejos, hay muy pocos narradores peruanos de los que se pueda asegurar, sin sonrojo, que poseen técnica narrativa). Dicker sobresale en el uso de estos recursos: es hábil realizando saltos temporales y cambiando puntos de vista, aglutina géneros y temas con naturalidad, y no se pierde en el juego de espejos que ha creado. No es poco. La verdad sobre el caso Harry Quebert es una novela que trata sobre la composición de otra novela (El caso Harry Quebert) que versa sobre otra novela (Los orígenes del mal) que se compuso alrededor de una desaparición. Y no es cansino. El autor se las apaña para que sus límites creativos parezcan las consecuencias inevitables del ritmo que le imprime a la obra, digamos, defectos no de sus carencias artísticas, sino de su velocidad y ambición. Y, sin embargo, las taras están ahí: el pésimo nivel de los extractos de la supuesta «obra maestra» de Quebert son tan penosos que parecen una parodia; los consejos a los novelistas que inician cada capítulo se debaten entre la nadería y la verdad de Perogrullo; el fondo de las reflexiones literarias parecen tener como inspiración un manual de guión de blockbusters; y el final, ya se ha dicho, es por lo menos dudoso.

La gran ironía es que a pesar de todo ello la novela funciona. Dicker despliega una docena de cabos y los amarra todos. Hay que aplaudir. Las páginas se suceden, el misterio se acrecienta, los giros crean una vorágine y la verdad, la resolución, vuelve a cumplir su función catártica una vez expuestos los pormenores del crimen. Luego, queda la sensación de haber presenciado un problema de expectativa: se ha presentado como alta gastronomía lo que era solo fast food. Si eso ha beneficiado o perjudicado al libro es un problema editorial, no literario. Por Jerónimo Pimentel


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