La_ola_(Fangacio)
Reseñas

Romper la cuerda

La ola ■ Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981) ■ Montacerdos (2014) ■ 122 páginas


Relatos. Introducirse en los siete cuentos que componen La ola, de la escritora boliviana Liliana Colanzi, implica sumergirse en lo más íntimo de nosotros mismos con la intención de desentrañar la complejidad de los elementos que nos componen. Al examinar la realidad en la cual se encuentran atrapados, los personajes de este libro descubren que su pasado es una carga incómoda que, si no es eliminada, terminará ahogándolos. Colanzi descifra a toda una generación latinoamericana que creció con la desesperanza arraigada en el cuerpo y con la incertidumbre de pertenecer a un lugar que, como ellos, se hundía en el pesimismo. Jóvenes que intuían un futuro sombrío y que heredaron de sus padres la tarea de resolver problemas que ellos no habían creado y que tampoco deseaban. El libro se abre con el cuento «Alfredito», que contiene una imagen poderosa y sugestiva: «El chancho aullaba –¿o gruñía? ¿o bramaba?– y corría atado por el cuello al carambolo y la soga solo le permitía dar vueltas frenéticas y cada vez más cortas alrededor del árbol» (11). Tal como ocurre con este animal, los personajes de Colanzi se encuentran ferozmente atados, y en su afán de liberarse corren el riesgo de seguir enredándose en aquello que los detiene. Y aunque no pueden alejarse de sus ataduras, tampoco dejan de intentar romper con los que los esquemas que se les han impuesto. El paso a la adultez los obliga a decidir si desean cambiar o simplemente aceptar estructuras que parecen inquebrantables. Estos personajes no tienen mucho que perder porque es poco lo que han conseguido; sin embargo, el riesgo de terminar más lastimado que al principio sigue existiendo.

¿A qué están atados los personajes de Colanzi? Principalmente a la familia, a la que siempre están condenados a regresar: en «El ojo», la mirada materna está siempre vigilante; en «Retrato de familia», la tortura materna sigue quemando las entrañas; en «La ola», el padre exige que la hija sea testigo de su muerte, lo que evoca en ella recuerdos que la han contaminado; en «Vacaciones permanentes», el hijo es prematuramente eliminado para que no sufra el mismo destino; en «Banbury Road», se desea huir de la pareja que ofrece una estabilidad que, como es desconocida, produce miedo. En los cuentos de La ola no solo duelen las presencias que se pueden ver y tocar, sino también las ausencias, esas apariciones fantasmales que acaban con una inocencia que es también arrasada por la ola, esa fuerza extraña que todo lo cubre y todo lo destruye. Sin embargo, los personajes de este libro no se resignan a asumir este tráfico destino, sino que luchan por terminar con la vida a la que han sido condenados desde su nacimiento. El autoexilio, el acercamiento a otras realidades –donde se vislumbra una Bolivia precolombina que llega a través de costumbres olvidadas, predicciones en las que no se cree o el simple sabor de una fruta–, el rechazo a formar parte de un retrato familiar con el cual ya no se identifican, son algunos de los mecanismos que se utilizan para escapar de sus poco satisfactorias vidas. De igual manera, el deseo constante de huir de la tristeza los vuelve adictos a las pastillas y a la desolación generalizada que les fue transmitida. Con este libro, Colanzi demuestra que su voz es una de las más destacadas de la nueva narrativa latinoamericana. La ola nos obliga a cuestionar las estructuras que hemos heredado y por eso nos tienta a romper la vieja cuerda que nos hace correr en círculos. Por Jennifer Thorndike


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