La escritura dormida

¿Cuánto se ha escrito sobre el acto de dormir? Reivindicación y condena (en ese orden) de la literatura en la cama.

Por Juan Carlos Fangacio


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No es tedio lo que se siente. No es tristeza lo que se siente.
Ni siquiera es cansancio lo que se siente. Son unas ganas de dormir con otra personalidad, de olvidar con aumento de salario.
Fernando Pessoa
Libro del desasosiego

Se ha escrito muy poco sobre dormir. No sobre los sueños, entiéndase (de hecho, la literatura del sueño es copiosa). Hablo sobre el dormir a secas. El estado de reposo uniforme de nuestro cuerpo, esa especie de desconexión de la realidad. Incluso, es más fácil encontrar libros sobre el insomnio (el no-dormir). Y es que esa imposibilidad de conciliar el sueño tiene muchas veces el poder de poner a un escritor a trabajar. Un título interesante y perturbador al respecto es el ensayo Nothing de Blake Butler, en que el escritor narra sus vivencias extremas producto del insomnio. Porque, claro, desvelarse es un tema mucho más romántico que roncar y llenar la almohada de saliva.

En cambio, ¿qué puede hacer un escritor que cae dormido? Dormir lo anula todo, dormir nos acerca a la nada. Lo describe bien Mario Levrero –un maestro de la no acción– en su novela El lugar: «No tengo sueño pero quiero dormir. Quisiera dormir sin soñar, dormir mucho tiempo sin imágenes, liberar mi mente de todo pensamiento y mi cuerpo de toda sensación».

Otro al que no le quitaban el sueño ni el movimiento ni la actividad era Samuel Beckett, quien así abrazaba a Morfeo en uno de sus poemas: «dormir hasta la muerte/ nos cura siempre/ ven a aliviar/ esta vida este mal». Dormir y escribir a la vez se plantea como una imposibilidad, salvo en el caso de escritores sonámbulos, que no son muchos. De eso trata el microcuento «Nocturnidad» del español José de la Colina. De eso va también un nuevo fenómeno social en la era smartphone: el ‘sleep-texting’ o la tendencia a escribir mensajes de texto vergonzosos mientras se está dormido. Porque así es como el sonambulismo nos traiciona.

Cuestión distinta son los textos para dormir, asunto variable según la edad y la perspectiva. Por ejemplo, en la infancia se nos lee cuentos para quedarnos dormidos. ¿Cuántas niñas se habrán ido a la cama escuchando «La bella durmiente» y con la esperanza de que un príncipe las despierte? En todo caso, si el relato consigue su objetivo («duérmete niño, duérmete ya»), podríamos decir que estamos ante un libro de éxito. No ocurre lo mismo con los libros para adultos: escuchar que cierta novela está «para dormirse» o que «es mejor que un diazepam» no es precisamente halagador. Mejor pasar la página y ahorrarse el bostezo.

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Si escribir y dormir a la vez parece difícil, leer y dormir serían actos irreconciliables. Y desde una premisa elemental: así como nadie puede dormir con los ojos abiertos, nadie puede leer con los ojos cerrados. Pero aunque ambas cosas no se realicen a la par, de cierta forma están muy vinculadas. Por eso leer en la cama es costumbre tan extendida. Por eso tenemos «libros de cabecera».

Las camas, como la lectura, también son sinónimo de intimidad. Varios son los escritores que pasaron buena parte de su vida metidos en ellas: Mark Twain, por ejemplo, un amante de la escritura horizontal que casi no se despegaba de las sábanas; Groucho Marx, autor de Camas, quien aseguraba haber pasado los dieciséis años más felices de su vida sobre un colchón; o el uruguayo Juan Carlos Onetti, quien en muchas fotos posa echado, en pijama, y en una incluso apuntando una pistola a la cámara. La versión violenta del clásico «cinco minutos más».

Porque, hay que aceptarlo, dormir también es un placer. Combinemos dos ideas: si alguien dijo que dormir es «morir un poco» y los franceses aseguran que el orgasmo es «la petite mort» (la pequeña muerte), podemos entender los efectos orgásmicos del dormir. Simple deducción lógica.

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No solo en la literatura encontramos referencias (aunque pocas) al simple hecho de dormir. En la música, un ejemplo es el «I’m Only Sleeping» de los Beatles, un himno a la pereza más radical. En el cine, una película emblema sobre el tema es Sleep de Andy Warhol, en la que vemos a un hombre dormir en una única toma de cinco horas de duración (prohibido dormirse). Toulouse-Lautrec también plasmó en algunas pinturas la belleza del dormir. Véase en especial el hermoso cuadro La cama.

Volviendo a la literatura: en «Ganas de dormir» –título bastante elocuente–, Chéjov plantea una historia macabra que involucra a una niñera y a un bebé que no quiere acostarse, mientras que Ray Loriga dibuja a un personaje muy peculiar en su cuento «Buenas noches». «La fiesta era tan divertida que me quedé dormido», dice el jovencito protagonista, en el colmo de la narcolepsia. Franz Kafka también escribió al respecto, pero no desde la ficción, sino en sus diarios: «Dormir, despertar, dormir, despertar. Qué asco de vida», figura en una entrada correspondiente a 1910, cuando tenía 23 años. Además, el atormentado escritor le rehuía al dormir por temor a sus pesadillas.

Y cómo olvidar al francés George Perec con su novela Un hombre que duerme, la historia de un joven que un buen día decide no levantarse de la cama, no rendir los exámenes que tiene programados y perder contacto con el mundo. Un relato escrito en segunda persona, que parece alcanzarnos, adormecernos en la experiencia, que refuerza esa extraña pulsión de quedarse en la habitación, el deseo de no despertar, de no unirse al ritual social, al ponderado movimiento. «Al principio es solo una especie de lasitud, de fatiga (…) la impresión dulzona y sofocante de no tener músculos ni huesos, de ser un saco de yeso entre sacos de yeso. (…) Llega el día del examen y no te levantas. No es un gesto premeditado, no es un gesto siquiera, sino una ausencia de gesto, un gesto que no realizas, gestos que evitas realizar», escribe Perec, reivindicando a los somnolientos inocentes. ¿Qué culpa tiene el pobre camarón que se duerme?

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¿Cuántas son las horas que se recomienda dormir? Entre seis y ocho. ¿Cuánto tiempo podemos pasar sin dormir? Once días como máximo. En el arte de dormir, la ciencia habla de cifras exactas. Pero nadie puede decir con esa misma exactitud cuántas horas al día es saludable leer o cuánto tiempo se puede pasar uno sin un libro en la mano. Esos temas se conversan con la almohada.

Stephen King asegura que escribir y dormir se asemejan. En el 2000, el maestro del terror dejó por un momento sus «libros para no dormir» y publicó Mientras escribo, un estupendo ensayo en el que reflexiona sobre el oficio literario. Allí señala: «La sala de escritura debería ser igual de íntima que el dormitorio (…) Escribir y dormir se parecen en que aprendemos a estar físicamente quietos al mismo tiempo que animamos al cerebro a desconectar del pensamiento racional diurno, rutinario».

El símil que plantea King es acertado y hermoso, pero gana valía si entendemos la necesidad de disciplina en la literatura, la importancia de asumir el proceso de escritura como un trabajo que también implica responsabilidad y dedicación. Sí, dormir es un deleite, una atracción a veces irresistible. Pero hay que amputarla. En el mundo de un escritor, o se puede escribir o se puede dormir: nunca las dos cosas a la vez. Para quienes han experimentado el dilema, es un auténtico sufrimiento, pero hay que elegir.

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Si lo pensamos bien, dormir es aterrador: ¿qué garantía tenemos de que vamos a despertar cada vez que cerramos los ojos? Más allá de la boutade, hay un dato bastante cierto: la gente muere en la cama mucho más que en cualquier otra parte. Y el dormir inevitablemente mata al escritor. El sueño –en su acepción «ganas de dormir»– es una amenaza para la literatura.

A veces, la necesidad de mantenerse despierto deriva en una batalla cruenta. Philip K. Dick tomaba anfetaminas para dormir menos y poder escribir. Al autor de Ubik no le hacía efecto contar ovejas (eléctricas). Menos químico, pero casi tan riguroso, es Mario Vargas Llosa, quien no se duerme en sus laureles incluso después de ganar el Nobel. Él mantiene un disciplinado régimen que lo lleva a levantarse a las cinco de la mañana para escribir por varias horas («aprovechar el gran silencio del amanecer», ha dicho) y acompañar su trabajo con al menos una hora de caminata. Todo un ejemplo de actividad.

Los sueños, las pesadillas o el insomnio, con todos sus bemoles, permiten la creación y hasta la fomentan, son fuentes de inspiración. El dormir, no. Lo que ocurre con nuestra mente cuando dormimos sigue siendo, en buena parte, un enigma. Y por eso dormir es cautivador. Por eso sería fabuloso descubrir un mecanismo que nos permita desarrollar la escritura a partir de la inacción (¿cuántas páginas podríamos escribir durante aquel viaje misterioso?). Pero mientras ese procedimiento no esté a nuestro alcance, solo queda vencer la tentación. Así que ya sabe: active el despertador, duplique su dosis de café, triplique la de voluntad, y póngase a trabajar. Buenas noches.


Juan Carlos Fangacio (Lima, 1988). Periodista. Ha sido editor de la revista de cine Godard! y es subeditor de Buensalvaje.