conversa

Dos libreros conversan

Sergio Galarza y Jorge Chávez Amaya comparten su pasión por la literatura y su oficio: ambos son libreros de raza. Uno de Madrid y el otro en Lima, comparten una correspondencia llena de anécdotas y revelaciones.


Estimado Jorge: ¿hay resaca después del Día de las Librerías? Vi que una librería del Centro de Lima remataba todo su stock. Me imagino y espero que haya barrido con las ventas.
Aquí en Madrid también hubo una celebración pero me parece que fue mínima, y la publicidad que vi en Facebook, una invitación funeraria. Resulta inevitable ponerse tan negativo después de ser testigo de los errores del gremio. ¿Tiene sentido un descuento del cinco por ciento? ¡Ridículo! Y más ridículo creo que es celebrar el Black Friday, como sucedió en la librería donde trabajo hace seis años, en vez de sumarnos al Día de las Librerías y dar un ejemplo con descuentos brutales. Me daba vergüenza cuando los clientes me preguntaban de cuánto era el descuentazo. Una chica se quería llevar una enciclopedia de animales que lleva acumulando polvo desde que llegué a la tienda, así que se la dejé casi a mitad de precio. A otros debí cobrarles el doble, sobre todo a los seguidores de Enric Corbera, el gurú de la biodescodificación. Supongo que ya tendrá una ola de fans en Perú. Un día me puse a revisar uno de sus libros. Dice cosas tan absurdas como que si tienes una lesión en la rodilla, la causa puede ser el trauma transmitido por tu abuelo que se cayó de un burro y se partió la pierna. Mi ejemplo no es literal, pero en sus libros encontrarás cosas peores. En mi próximo correo te pasaré el ejemplo que da para curarse de la calvicie, aunque veo que a ti no te hace falta como a mí. Un abrazo. –Sergio

Hola Sergio. Tu correo me llegó en plena mudanza, por eso la demora en responderte. A la pregunta sobre si hay resaca, lo primero que me preguntaría es si hay fiesta y la respuesta es que no. Aquí no se celebró el Día de las Librerías y en la que trabajo ni por enterados (te diré de paso que tampoco se enteran de los libros que tenemos). Aquí lo que se estila es más individual por parte de las librerías. Por ejemplo, una hace «La noche de los libros»: atienden hasta las cuatro de la mañana con descuentos de los mejores, acompañando el evento con música y tragos. Conocen su oficio. Otra hace descuentos para su «club de lectores» o para los lectores de un diario, que en su momento fue el Decano. Es decir, todas «celebran» de manera individual, no hay un cosa unificada, algo que se realice como gremio; pero es atendible si se considera que nuestro consumo comercial es mínimo, risible si se lo compara aquí en la región (ya no digo España porque sería humillante) y eso se encadena no solo con los lectores, sino también con los autores. Para ponerte un ejemplo: un autor que venda mil ejemplares por nuestros lares ya se siente un Paul Auster. Patético. En cuanto a la ola de fans de Enric Corbera, aquí también tiene su legión. Es más, la línea de libros de autoayuda es la que más vende en la cadena en la que trabajo. Es una cosa increíble. Llevo años en este oficio y jamás he visto a un cliente que haya tenido «éxito» siguiendo los consejos de un Og Mandino, un Kiyosaki; y, sin embargo, siguen teniendo ventas brutales. Ahí sí te doy toda la razón: deberíamos cobrarles el triple. Con ellos, duro, cero descuentos, tome su libro y lárguese, no vuelva. Pero vuelven, con el tiempo se te hacen tus amigos. A algunos les pregunto si ya son millonarios o si ya se curaron con la orinoterapia o lograron el cien por ciento de su capacidad cerebral con el método Silva del control mental. Me dicen que ya lo van a lograr, que están a punto, y terminan preguntándome si llegó alguna novedad sobre el tema. Son incurables como la calvicie que a mí también me afecta y lo único que puede pararlo, como dicen los chinos, es el suelo. Saludos. –Jorge

Jorge: Espero que la mudanza no haya sido tan terrible, pero imagino que lo duro habrá sido embalar libros y, si vives en un cuarto piso sin ascensor, como yo vivía antes de mudarme con mi mujer (vivimos ahora en un tercero sin ascensor), te compadezco. Lo que me he propuesto es quedarme solo con los libros que me hayan marcado de verdad. Los otros los venderé a través de una web de segunda mano. Una lástima que el gremio de libreros no demuestre unión en su día y que los autores nacionales sigan vendiendo tan poco, salvo Jeremías Gamboa. Hay que tener en cuenta su caso porque demuestra que una buena estrategia de marketing puede ayudar a un buen autor. Claro, no sé si funcionaría con Miguel Gutiérrez, por ejemplo. Aquí se ha puesto de moda que los presentadores de televisión de pronto se descubran como escritores. Me refiero a los que presentan los noticieros. ¡Imagínate la nueva novela de Mávila Huertas! ¿O ya ha publicado alguna?

A mí me ponen enfermo los místicos que vienen buscando libros de religiones orientales y actúan de forma prepotente. Hay un hombre mayor del que huyo porque siempre la lía cada vez que viene. Hace pedidos de libros que tenemos en el almacén y nunca viene dentro del plazo para recogerlo, entonces ese libro hay que reetiquetarlo y como solo una persona se encarga de los reetiquetados, que apenas es una parte de su trabajo, a veces ese libro pasa una semana entera medio perdido. Entonces el hombre mayor se enfada y te obliga a buscar su pedido no recogido a tiempo hasta en el baño. Encima nunca da las gracias. Me jode la gente desagradecida.
Y hablando de lo que me jode, este año no tendremos cesta de Navidad en la librería, la quitaron cuando empezó la crisis. La cesta traía botellas de vino, whisky, ron, jamón ibérico de bellota, queso curado, dulces y otras tonterías tipo gourmet que disfrutaba con los amigos. Todo son recortes.

Y aquí lo dejo, que aprovechando el festivo no he hecho nada más que escribir este mail, ni siquiera he leído, quizás decepcionado por la lectura de Everyman de Philip Roth, que espero olvidar releyendo Billy Budd, marinero, de Melville. Un abrazo. –Sergio

Sergio: La verdad, toda mudanza es terrible. Aunque en el caso de los libros lo disfruté: los libros desaparecidos volvieron a la vida, comencé a releer algunos mucho tiempo después, encontré las notas que escribí en viejos volúmenes… en fin, fue todo un placer. También, claro, están los libros que envejecieron tremendamente, libros que en su momento fueron buenos pero hoy son inaceptables. Esos, supongo, los regalaré o los pondré en la web también.

En el caso de Jeremías hay que decir que están presentes las dos cosas: una bien pensada estrategia de marketing y un libro bien escrito, no hay que restarle méritos a esto último. Ahora, hay autores como Gutiérrez que, por más campaña que le hagas, no va a llegar a los niveles de venta altos y me parece que ello tiene que ver con un tema de sensibilidad y feeling de la época. Sencillamente no va, sin desmerecer el altísimo nivel de escritura que tiene. Por ejemplo, su último libro, Kymper, lo ha publicado Alfaguara. Va en torno a la época de Sendero Luminoso (tema que ya es un tópico recurrente). Si tú le ofreces eso a un posible comprador, simplemente te corta con un «No, gracias». De frente, sin anestesia.

Sobre los clientes de librerías, pues son todo un mundo. De algunos aprendes mil cosas; de otros las desaprendes, llegas a la ira en fracción de segundos. Yo he tenido más de los primeros, he podido cultivar amistades duraderas, basadas en el aprecio y sobre todo en la admiración. He visto cómo algunos de ellos han ido labrando y consolidando sus obras. A los otros ni los miro. A mí más bien los clientes locos me llaman la atención. Dicho sea de paso, librería que no sea visitada por locos no es librería.

Por lo que me cuentas sobre las fiestas de este mes, veo que la crisis está fuerte. Por ahí el hecho de ser peruano y haber conocido la crisis de los ochenta y noventa, hace que tu resiliencia sea mejor que la de ellos. Espero que no suene muy cojudo, pero hay que verlo de la mejor manera. Yo estoy que me río a montón con los relatos de fútbol de Fontanarrosa. Un capo el maestro, la conoce. Si te gusta el fútbol y de paso quieres distenderte un poco, esta es la mejor opción. ¡Abrazo! –Jorge

Coincido contigo, Jorge: toda mudanza es a su vez un inventario de lecturas, un repaso autobiográfico y a veces una edición de nuestra vida cuando nos deshacemos de esos libros incómodos, porque nos recuerdan a un yo que se ha vuelto un desconocido. Ah, la mayoría de títulos que he jubilado de mi biblioteca han sido regalos de otros autores. Esto me lleva a preguntarme si los grandes escritores son los únicos que no regalan sus libros.

Tu comentario sobre el último libro de Gutiérrez me confirma algo que ya sospechaba: los peruanos no queremos leer nuestra historia. ¿Qué será lo siguiente? ¿Borrar los años de la Conquista de los textos escolares? En algunas discusiones sobre el terrorismo no ha faltado quien me haya dicho que me callara porque no vivo en el Perú. Además, hay quienes ahora son expertos en el tema y se atreven a afirmar que ellos sí sufrieron esa época, cuando en mi recuerdo eran personas más bien ajenas al fenómeno. A diferencia de España, donde el tema de la Guerra Civil ha generado tantos libros (no todos de valor), creo que en nuestro país la bibliografía no es abundante. Si no me equivoco, quizás se deba a que no me llegan noticias de obras publicadas en provincias, o porque ninguna me ha marcado. Un escritor llamado a escribir esa gran novela podría ser Óscar Colchado. La literatura exige el desarrollo de un drama, porque nos gustan los heroísmos. Y antes de que me olvide, te menciono a Lurgio Gavilán y su Memorias de un soldado desconocido, un libro que retrata desde dentro la violencia terrorista y militar. El libro flaquea a nivel de escritura pero es un gran testimonio. ¿Qué querrá leer la gente ahora? ¿Libros sobre chefs exitosos que empiezan lavando platos? Me temo que el discurso del éxito se impone y que un sector amplio de compradores de libros buscan una historia de la Marca Perú para acompañar su pan con chicharrón. Si la gente no quiere leer o ver cosas feas, entonces exijo la cancelación del torneo del fútbol peruano profesional.
Jorge, veo que has usado la palabra resiliencia. ¿No te estarás pasando al lado oscuro de la autoayuda? Un abrazo. –Sergio

PD: ¿Ya hiciste tu lista de lo mejor del año?

Hola Sergio, te escribo desde el país del agotamiento. Hace exactamente diez días que empecé la «campaña navideña». En promedio son catorce horas diarias, sumándole el par de horas de ida y vuelta al trabajo. No te queda nada que se parezca a la vida. Aunque en el trabajo soy feliz porque estoy en «mi elemento». Cuando salgo de él, la molicie llega feroz y es inclemente.

Sobre lo que me comentas, tus sospechas están en lo cierto: los peruanos no queremos ver cosas feas y leerlas mucho menos. Hay que tragar rico y beber en exceso porque eso es sinónimo de estar bien. No pienses, no cuestiones, se ve mal, malogras el cuadro de la prosperidad que hay que proyectar. Y en ese sentido, volviendo a lo nuestro, tienes que sintonizar con ese estado de cosas, no puedes poner libros feos ni cosas socialistas, ya hasta Cuba cayó, deja de poner eso. Por eso tienes que exhibir a todos los Kiyosaki y compañía, eso vende. Cuando buscan literatura, te preguntan: ¿y el libro de Mónica Cabrejos o de Beto Ortiz? Es por eso que hoy creo más que nunca en la poesía como el único reducto contra la estupidez. Claro, poesía de los buenos poetas, que son pocos, pero son.
Sobre la cancelación de nuestro torneo de futbol, difiero: no es feo, es surrealista, solo para entendidos. Por último, no quisiera recordar el sonido de la palabra resiliencia, pero fue lo que puse a continuación: suena a cojudo. ¡Tenemos que morir de pie compañero! Saludos y un fuerte abrazo. –Jorge (PD: La lista te la envío en el siguiente correo.)

Jorge: anoche tuve una pesadilla que ocurría en la librería. ¡Nos habíamos convertido en una librería de saldos! En vez de mesas teníamos unas cajas de cartón para mostrar los libros, todo era opaco y las cinco plantas se habían reducido a una sola pues nos habíamos mudado. Sin embargo, nos reíamos de la desgracia. Eso es lo último que debe perder un librero. Me desperté asustado esta mañana, pensando en lo lejos que hemos quedado del presupuesto algunos días. Por suerte, hoy el asunto mejoró y tuvimos trabajo fuerte a todas horas.

La librería de mi pesadilla me recordó a esas galerías que se fueron quedando vacías durante la época de Alan. Además, había algo que me molestaba mucho de ese cambio, y era que el nuevo local quedaba lejos. Yo leo mucho en el metro, bajo las escaleras leyendo, subo al vagón leyendo y salgo leyendo a veces caminando así hasta llegar a la puerta, porque tardo unos quince minutos desde mi casa. Demorar más de eso sería una pesadilla. Podría leer el doble o el triple, pero me he acostumbrado tanto a tener casi todos mis lugares a tiro de piedra, que sufro al pensar cómo sería mi vida sin metro y con el tráfico limeño. En el vagón suelo fijarme en lo que lee la gente y soy capaz de reconocer a algunos clientes de la librería.
Por cierto, mi libro favorito de este año ha sido Una novela rusa, de Carrére. Y tienes razón, ¡hay que morir de pie! Aunque al final del día lo único que quiero es tumbarme en el sofá pues es agotador estar de pie todo el rato. Aquí tenemos prohibido sentarnos. Un abrazo. –Sergio

Hola Sergio. Me quedé en blanco. Estuve en el país de la ceguera. Tal vez tenga que ver con la pesadilla del librero, que en mi caso es precisamente eso: quedarse en blanco, sin memoria, sin autores, títulos. Las muchas vidas que uno «vive» en los libros desaparecidas ipso facto. Quedarse nulo. Eso es para mí la pesadilla. Si estuviera en una librería de saldo, coincido contigo, creo que nos reiríamos mucho y la sacaríamos adelante. Sin embargo, para mí lo más recurrente son los sueños. Y en mi caso, como librero, mi sueño sería tener una librería con un burdel decimonónico en la trastienda, rodeado de la más selecta literatura erótica. Solo para los más finos sibaritas bibliográficos. Una librería que no cierra nunca, que tiene vida las 24 horas. Ese es mi sueño.

Sobre lo mejor que he leído en el año, definitivamente ha sido el libro de William Styron, Una mañana en la costa: tres historias de juventud, de carácter evocativo, intenso y todo escrito con cierto halo poético que deja huella. Otro ha sido Austin, Texas 1979 de Francisco Ángeles, de buen ritmo, bien escrito, donde retrata esta crisis de los treinta que pasamos de alguna manera todos. Finalmente, el poemario de Jerónimo Pimentel, Al norte de los ríos del futuro: ciencia ficción en clave poética, donde cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia: «Este es mi país, un territorio sin voluntad donde la intuición rige sobre las cosas».

En mi trabajo son más finos. No nos prohíben sentarnos, simplemente no hay sillas. Aunque sentarse en el piso, en un rincón estratégico y rodeado de todas las estanterías de libros, no tiene precio. Un fuerte abrazo. –Jorge

Jorge, han pasado las fiestas y no te he enviado ni un chancay ya que el panetón aquí está caro. He extrañado mucho la cesta de navidad que nos daban antes en la librería, todo ese vino, jamón y queso que me duraba un par de semanas para mis lecturas más exquisitas. ¡Qué huachafo puedo ser a veces! Son los recortes de la crisis. Antes la empresa organizaba una fiesta para los empleados de toda la cadena alquilando un local y nos daban tickets para chupar gratis unas cuantas copas. Si querías acabar en el suelo sin un zapato, los últimos tragos tenías que pagarlos tú. Esta vez la empresa mandó un comunicado indicando que la celebración se realizaría en un local más pobre que un chifa de mala muerte y cada uno tendría que pagar sus consumos. Apenas fueron los jefes de las plantas y algunos ingenuos que no sumaban más de diez personas de un total de sesenta y cuatro empleados que somos en la tienda principal.

Quisiera comparar esta fiesta tan miserable con el pasaje de una novela, pero no se me viene a la cabeza ninguna sobre juergas de empleados, salvo el cuento de Ribeyro, «Espumante en el sótano». Libros sobre librerías sí que hay, pero la que sueñas aún no ha sido escrita. Si algún día llegas a montarla, contrátame. ¡Qué paja sería tener una librería abierta las veinticuatro horas! La mía la montaré si llego a jubilarme porque a este paso en España desparecerán las pensiones. Siendo positivos, quisiera que se pareciera a Antígona, una librería de Zaragoza que tienes que visitar si vienes un día por aquí. El orden es el que dictan los dueños. Pepito y Julia son una pareja entrañable, grandes lectores que se complementan a la perfección. Tienen hasta una sección de revistas, pequeña, pero que en esta época es un lujo.

Si este negocio se hunde no será por culpa de los empleados. Esta campaña navideña y los días previos a Reyes vendimos muy bien. Me da gusto ver las estanterías de Filosofía con huecos enormes. Esta tarde estuve ordenando dicha sección, contento, pensando en leer lo más accesible de Wittgenstein, algo de Todorov, unos ensayos de Steiner que me llaman hace tiempo. También ordené Religión y me entraba la risa al leer varios de los títulos. ¿Sabías que un autor de apellido Semen escribió La sexualidad según Juan Pablo II?

Ahora vienen meses de calma, ahuyentados los locos de las fiestas. Un cliente llegó a mandarme a la mierda, era un enajenado. En mi librería se exigiría máxima educación y buen humor. Habría una máquina dispensadora de chelas y un patio interior para los que quisieran relajarse. Además invitaría a mi gran amigo Antonio para que tocara la guitarra algunos días sin atender a nadie, como si fuera un monje poseído. Y vendería mi propia biblioteca a un precio muy alto, porque cada ejemplar está tan bien cuidado que valen más del doble ahora mismo.
Recibe un fuerte abrazo, ¡camarada! –Sergio

Hola Sergio, ¿quién organizaba esa fiesta de fin de año? Aconséjale al dueño, que así se hunda el barco, jamás hay que perder el estilo y en una librería menos. Nobleza obliga. Trabajamos con los libros, que en sí, tienen como historia por lo menos cinco mil años y son el pilar de nuestra civilización. Y nos hemos enfrentado a miles de crisis y persecuciones. Esta solo es una más y, por historia, debemos salir airosos. Por ahí hay algunos cuántos tarados que pregonan la muerte del libro, tantas veces anunciada. Pobres infelices, qué podemos hacer por ellos. Quizá alcanzarles libros a ver si recuperan la sensatez, o mejor, como diría Boris Vian, «que se mueran los feos». Releía 84, Charing Cross Road y veía cómo se manejaban las librerías londinenses tras la Segunda Guerra Mundial, con la ciudad destruida. A ver si le alcanzas el libro al dueño de la librería para que se desasne un poco. Y ánimos compañero, recuerde que el estilo jamás se pierde, así uno esté en el piso. Vaya y enséñeles. Un abrazo. –Jorge