Poesía

Cinco poemas

Por Rafael Espinosa


El madrugador
Despertar es una escalera de sueños.

¿Sucede por merecimiento o para
ver a las dalias sufrir debido a su psicología individual?

Cuando los nombres no hallan todavía
su pigmento, el eco de encontrar
el propio convierte al cielo
en un cargamento amable y se hace
bueno retirarse a contemplarlo.

Aceptando de todos modos
que somos inhábiles para el acto de volar,
voy al mercado adonde los alimentos de guerra
y adquiero ropa de dormir con motivos celestes.

Duermo, duermo sin atender a las rosas violetas
que hablan de larga vida.
Sé que el cielo lo incluye como entusiasmo.

¿Si él fuera sometido
a un detector de mentiras,
no confesaría ser el anticristo de la ecuanimidad?

Cielo,
ahora que desperté
una privada imagen aceitosa
se desliza de repente
desde el lagrimal hasta la boca
y consigue aliar la luz de todos a un bien íntimo.

Cerca estuvieses,
y sería la ocasión de otro éxodo,
el zapato en el piso, pasajero de una inmensa perplejidad.


El chico de la casaca
Centro de cómputo blindado, ya que
conoces los grandes misterios
de la vida y la muerte, y sabes cuándo el exhalar
de un nadador propicia la disposición
espacial de una tragedia, harías bien en decirme qué
piensa ese chico parado
tan temprano en la esquina
que usa como audífonos los restos
de humedad de la noche, sus
colillas tiradas ya sin ensoñación de dedos.

¿Su canción es en verdad la de un amanecer
ahora que la primavera reanudó
la violencia solar de los apegos
junto al deseo de disparar escupitajos
ya que son excursiones?

Seguro no piensa en la muerte de Manuel,
ahora encerrado en un molusco,
ellos mismos eternos pero objetos muy menudos
para ser fuente de estima para la eternidad.

¿Solo yo recuerdo las piedrecillas del fondo del mar
en donde hay erizos que esperaron
una era para clavarse en la planta y
ser parte de nosotros, amarnos
al menos mediante una impertinencia?

El chico piensa en mí por cuanto a mí
no me interesa él y prefiero
dejarlo con el peso gravitacional de su canción.
La intemperie, por no decir nuestro cuerpo accionado
gracias al vapor de los laureles,
señala que la regla es así; no lo niegan las hojas
rejuvenecidas en donde algunos escribieron
obituarios, y otros muchos
súplicas de predadores.

Ya el chico camina y sin percibirlo, pisa
a Manuel. Yo el indagador de los muelles
digo que está bien. Hay destinos indicados
en los micros y capullos que se multiplican como
liendres. Alguien tiene que vivir.



El botánico
Pero si un asunto cualquiera —

hablar con nuestra madre por teléfono
o percibir que el afecto también cumple el ciclo del sueño,

contuviera tanto licopeno como
el que otorga a los tomates su intenso color rojo
—algo para arrodillarse y loar, si sintiéramos las rodillas,

entonces, y solo entonces, seríamos dignos de nuestro dolor;
podríamos obsequiarle al futuro que se ocupa de nosotros,
lleno de tiempo libre, un cántico emanado de nuestras lumbares,
cubriéndolo enteramente de rocío negro.

Calcáreas. Mientras tanto, en medio de una luz vaporosa de fiesta,
a la que hemos invitado a toda la humanidad, excepto
que no puede tocársele, bailamos valses en solitario;

y le reprochamos a cualquier ser deseado que sintamos próximo
no salir a apreciar la luna que hacer aullar a los lobos
en llanos de nieve igualmente desiertos
pero que aquí, siendo hermanos de los lobos en esperanza,

alumbra a nuestra vida bailable hacer la balada de la vida yerta.


El pescador aficionado
La florista que arma altares de rosas para bodas y defunciones no sabe.
El que piensa cuán costoso es oler tampoco sabe, aunque al cabo paga.
Pero todos los arqueros que descienden a las playas en otoño
para disparar ramos de anhelos a la niebla a la vez que capturan peces
de vertedero conocen que los cormoranes no cantan. Emiten
tan solo un graznido gastrointestinal, espeso, casi coprolálico,
lo más parecido a enrollar el horizonte de nubes y transformarlo en un carrete
de alambre para usos de gasfitería. De cualquier modo, hagámoslos
aquí hilar sonidos sublimes, como en tantos poemas con mar
en que son Niños Cantores de Viena. ¿No es que pescamos
con el fin de hacer tiempo, en espera de ser bonzos de alguna realidad?
Arranquémosles entonces también una pluma con la cual trazar una cisterna,
un granero para el pueblo y una cabaña diminuta. En fin, somos tan ligeros,
por virtud de tantas veces que nos han querido cazar los dioses capitalistas
del cielo, que podemos filtrarnos en ella y practicar jubilosos el baile
de los cosacos y practicar más tarde el más reposado amor. Lo
haremos así, afuera las rocas, nodrizas de algas, formulando
un elogio del refrenamiento. Y ya está. Qué fácil
es hacer cantar al cormorán y construir una casa con dos
ventanas. En una, cerramos las cortinas porque vivir es discreto.
En otra, se oye la asamblea de las olas, sobre ellas la vida del viento.



El basurero
Arrecife es la palabra que ahora menos me interesa.
Alude a meandros, es cierto, a laberintos
pero insinúa remotamente también el hallazgo posible de un círculo ideal.
No es lo que ocurre en la vida de los primates superiores,
entre los cuales nací, como todos,
con un lóbulo en el cuello.
La palabra que me complacería oír es “alopécico”.
De allí puedo extraer un deseo devenido en calvicie total
y a la vez acompañarlos por el parque mientras sus pensamientos del día
modulados por los senderos curvos terminan
por constituir un basural de objetos hermosos.

Pasan autos silenciosos. Pero llegado a este punto, preferiría
verdadero silencio y un basural me lo da.
Así es fácil ser un buen hermano y aceptar yacer entre la especie.
Basta con escoger al más ruin de todos, aunque no peor que nosotros,
con tal que lo mantenga. Los mirlos lo hacen,
paradójicamente a través de un canto armonioso
cuya esencia es ser percibido como la largueza de una evaporación.
Parece de tal modo que sonidos bien escogidos restauran la página en blanco.
Al elaborar con sus gorjeos un cuadro vacío, los mirlos hacen arte contemporáneo.

Quién no quisiera ser el atropellado que descansa para siempre dentro de él,
aunque nadie quiere morir. Allí repetir el pensamiento:
“el páramo satisfizo su íntima entonación”.

Lo propio del árbol es irse callando y lo de las historias ruidosas
acumular un basural, con destellos de minerales.
Frente a él me encuentro, con la sensación de que ayer es un anticuario.
Escarbo y descubro un yo vergonzante, un aforismo y hasta una nube muy blanca.
Está en mí alargarla sabiendo que todas las peticiones que corren todavía a lo largo
del subsuelo
no harían con ella una sábana tan grande. Hay algo cruel en extenderla, e inmaculado.
La fineza decidirá qué destino darle. Puede elegir enfundar a los suicidas,
puede elegir no distinguirla de la niebla.


Rafael Espinosa (Lima, 1962). Ha publicado los poemarios Geometría, Pica-Pica, Aves de la ciudad y alrededores, Hoyo 13. Novela barrial, entre otros.