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Berlín

Por Andrés Barba


Me impresionó enormemente algo que M. d´Estournelles, a quien encontré en casa de Lady Brooks, me dijo el otro día sobre la vida de P.B., en lo referido a su matrimonio y a sus perspectivas: aquello de que su seguridad –la única seguridad de ambos, tanto la de él como la de ella como ménage hereux– residía en mantenerse loin de France, en el extranjero, lejos de París. En el momento en el que regresara la pareja, la estabilidad se haría pedazos. Era triste, pero comme ça. París no toleraría la existencia de una pareja unida; inevitablemente, despiadadamente, la desintegraría. Con esta tragedia, el destino inevitable que la rige, probablemente se pueda hacer algo; la pareja joven que lo presiente, la mezcla de horror y fascinación que les produce.
Henry James. Cuadernos de notasmuerto.



Si se van a Berlín –piensa Natalia–, todo terminará allí. Lentamente tal vez, pero de manera implacable. Poco a poco Daniel irá cambiando hasta convertirse en alguien al que apenas reconocerá. Ella misma cambiará. Al principio estarán sencillamente cansados, luego habrá que organizar la nueva casa, los muebles que hayan podido trasladar, los cuadros –Daniel querrá llevar ese póster de Balthus que ella odia– y tal vez no sea posible transportar el piano. Eso la dejará triste a ella durante un par de días, los suficientes. Luego Daniel entrará en la vorágine propia de quien comienza un nuevo trabajo, en la espiral sustitutiva de los nuevos nombres, las nuevas anécdotas. Natalia imagina que se las contará cenando, y que ella sentirá casi con total seguridad una indiferencia absoluta, o hasta celos, si se da el caso de que Daniel hable recurrentemente de alguna de sus nuevas compañeras de trabajo. Ella, que nunca fue celosa, lo será entonces. Ayudará a ello la inseguridad de saberse en una ciudad nueva, de la que desconocerá los códigos y las costumbres casi por completo. Solo Daniel habla alemán. Ella tendrá que aprenderlo en alguna academia o con algún profesor particular, sentados los dos en la mesa de la sala de estar provisional, con todas sus cosas a medio desembalar. En Mitte. Porque vivirán en Mitte. No han dicho ni una palabra sobre el asunto y sin embargo los dos saben que es allí donde vivirán, si es que al final se deciden a aceptar la oferta.
Pasarán los días y ella no podrá pintar. No sabe por qué, pero está segura de ello. La convicción es algo previo al acontecimiento mismo, incluso cuando recuerda que durante los dos viajes que hicieron a Berlín ella se sintió entusiasmada y que no paró de hacer fotografías. Sabe que llegará allí, se sentará en el nuevo estudio que alquile (porque alquilará un estudio en Berlín Este, habrá dinero de sobra, no como aquí) y no sabrá qué hacer sin el ajetreo del que se queja de continuo –pero al que ha terminado por acostumbrarse– de su pequeño estudio compartido de ahora. Así transcurrirán las primeras semanas.

«La oferta es buenísima. Está hecho, y podríamos irnos cuando quisiéramos», acaba de decir Daniel. Lo ha dicho apresuradamente, con un apresuramiento que delata otra intención escondida. Se inclina hasta ella y la coge de la mano, sabe que a ella le gusta. Después se acuesta totalmente a su lado. Natalia siente como si algo se arrodillara ante ella, algo vago y neutro, como el miedo, como si sobre los dos hubiera ahora una cúpula cristalina.
«No sé».
«Berlín –insiste Daniel como un sátiro susurrante y dulzón– siempre nos ha encantado Berlín».
Y es cierto además: siempre les ha encantado Berlín. Es un banco alemán, y la oferta de trabajo está ahora sobre la cama, entre los dos, le ha llegado al email hoy mismo, y Daniel la ha impreso para enseñársela. No es ninguna sorpresa tampoco; ha estado persiguiendo ese trabajo desde hace seis meses, y en alguna ocasión ella recuerda hasta haberle alentado un poco tímidamente a que insistiera. De entre todos los recuerdos, uno concreto: una cena en la que hablaron mucho de trasladarse a Berlín, en la que se terminaron una botella de vino juntos, y dos copas de whisky, y en la que la euforia de los comentarios fue enfangándose con la borrachera, hasta dejarles un sabor triste. Ella pensó entonces que, si fueran a Berlín, todo terminaría allí. La relación acabaría allí. Y supo también que Daniel se dio cuenta.

Comenzó allí, en aquel punto exacto. Tal y como se relata en algunas historias que suceden las maldiciones, como si algo hubiera quebrado el aire, como si un rayo hubiese partido en dos una semilla enterrada a muchos metros bajo tierra. Daniel estaba sentado frente a ella y no quedaba nadie más en el restaurante. Luego caminaron a casa sin alegría. Tras aquella cena hablaron todavía una semana más del asunto, fantaseando cada vez más abiertamente y sin convicción. Cuanto más fantasiosas eran las expectativas más se esforzaban en adornarlas retóricamente. Hablaban de lo felices que serían allí, de los viajes que podrían hacer, ella comentaba que tal vez aquel traslado reanimaría sus ganas de trabajar, que tal vez probara cosas nuevas, sería más atrevida en sus cuadros, no tardaría en encontrar a un galerista en Berlín.

Comenzaron entonces a ser felices en Madrid. Felices como no lo habían sido desde que comenzaron a vivir juntos, hacía entonces tres años. Dejaron de hablar de Berlín, pero el tema siguió allí, como un veneno inoculado en un cuerpo que solo espera la presencia de otra sustancia para activarse. Natalia sentía de vez en cuando tentaciones de hablar del asunto, pero se retenía, y de pronto algo les entristecía a los dos, al tiempo que les fascinaba, aquel abismo blanco de Berlín, pulido como un acantilado de mármol, en el que dejarían de quererse.
«¿No era lo que queríamos?», pregunta de pronto Daniel.

Aquí está ahora Daniel, y aquí está la oferta. A Natalia le irrita ligeramente que no haya dicho nada a lo largo de estos seis meses. Porque este papel que está sobre la cama, esta hoja impresa con una oferta de trabajo de un banco alemán con un nombre que ni siquiera sabría pronunciar correctamente es la nada ingenua mentira de Daniel extendida a lo largo de seis meses, es la inquietud de las gestiones que han sido precisas para que esta hoja exista, y de cuya existencia no le había dicho nada hasta ahora. ¿Es esa mentira repetida y silenciosa la verdad, o tan solo el envés siniestro de esa felicidad que ahora resulta falsa, como los resortes de los juegos infantiles, como la bruja que parecía buena y terminaba por aguar los planes de los enamorados?

Tendrá un amante, piensa Natalia, si se van a Berlín, ella tendrá un amante. Desde casi las primeras semanas. Lo piensa con la seguridad de quien nunca lo ha tenido, de quien nunca ha sido infiel. Durante unos instantes recorren su memoria las proposiciones más claras que ha vivido a lo largo de estos tres años de convivencia con Daniel; aquel pintor con el que compartió estudio un año y medio, el profesor de canto de su mejor amiga con el que tonteó vagamente durante dos semanas sin pasar de un mal beso en un bar de copas a las cuatro de la mañana, un amigo de su primo que le estuvo mandando mensajes durante casi tres meses. En Berlín tendrá un amante. Está segura de ello. Ayudará la soledad, porque Daniel tendría que trabajar mucho al principio.

«Tendré que trabajar mucho al principio», dice Daniel.
«Ya lo sé», contesta.

Pero no será solo la soledad. Siente en ella también una disposición clara, como si algo se hubiera deslizado indolentemente, como si hubiese dado por fin pábulo a una ocurrencia que sabe que va a arruinarlo todo. Al principio no lo buscará siquiera. Irá a exposiciones, o a comer sola en algún parque. Luego su propia torpeza provocará en alguna situación que alguien se acerque para ayudarla –en algún mercado, en algún autobús, en la cola de la filmoteca–, ella le dirá su nombre, hablarán en inglés, le dirá que no conoce a nadie, y luego, como quien elude un obstáculo, el nombre de Daniel no será mencionado en la conversación. Ese será el primer paso. Luego llegarán otros y la primera vez que hagan el amor se sentirá mal, confesará que tiene novio y que vive con él en Mitte, que no les van muy bien las cosas últimamente. Sin grandes melodramas, asombrada de su propia indiferencia, volverá a casa caminando despacio, será de noche y tendrá un poco de miedo cuando el metro cruce el Tranën Palast.

«¿Qué dices? No dices nada».
«No sé si quiero ir. Estamos muy bien ahora», contesta.
«Sí, yo también lo he pensado».
«¿El qué?»
«Que estamos bien. Que para qué ir».
«Quedémonos aquí».
«Sí».

A veces hablan así, preguntando y contestando frases que ya saben que van a producirse. A veces esa es su forma de quererse. Y a veces, como ahora, ese entendimiento provoca una reacción física inmediata en la que casi no interviene la voluntad, como si quedaran cubiertos por la nieve, como si no fueran libres y lo supieran, pero vivieran en el interior de un recipiente grande y fabuloso, acomodado a su vida pequeña. Cuando le desabrocha la camisa le conmueve su barriga, como siempre, y pone sobre ella la palma abierta de la mano, y tiene ganas de hacer el amor. Él hace un gesto infantil. Luego bromea hinchando y deshinchando la tripa mientras dice:
«Antes. Después. Antes. Después. Antes. Después».

Hasta que ella comienza a reír a carcajadas. Le desabrocha el cinturón, le baja la cremallera y comienza a chupársela. Y lo que empieza dulcemente va violentándose poco a poco, a medida que crece la excitación de Daniel, hasta que siente una mano que la agarra un poco violentamente de la nuca, que le tira levemente del pelo, y a ella la invade una sensación de sumisión que la excita un instante e inmediatamente después la deja fría, varada en la repetición mecánica. Comienzan a hacer el amor y Daniel se corre casi enseguida. Ella ni siquiera tiene ganas de terminar. Luego se quedan callados y él la abraza, mientras ella se saca un pelo de la boca, un poco por molestarle, gesticulando. Y tras el silencio, mientras ella deja perdida la mirada sobre los dibujos de la colcha, vuelve a escucharse la voz de Daniel:

«Pero ¿por qué no? ¿Por qué no nos vamos?»
Ella no contesta.
«Natalia».
«Qué».

El amante será solo lo primero que ocurra. Tal vez llegarán otros después, tal vez mantendrá al mismo durante algún tiempo, sin enamorarse, con indiferencia. Ella, que nunca ha sido indiferente, lo será entonces. Indiferente como alguien que duerme. Luego la misma vida tomará la forma de un camino que se desvía, que se curva obedeciendo a una fuerza extraña, o a su propia ley quizá, siguiendo así una dirección que luego habrá que enderezar. Daniel será muy cariñoso al principio, como es cariñoso quien trata de compensar a alguien y se oculta detrás de las caricias, de las sorpresas. Un día llegará con algún pequeño regalo, algún libro de arte o algo de ropa comprada un poco apresuradamente, más grande o más pequeña de una talla que debería saber desde hace años, otra noche la llamará por teléfono y la citará en algún restaurante de lujo y ella tomará el taxi hacia allí un poco de mal humor, porque ya habrá preparado la cena de esa noche. Cuando llegue, él estará de excelente humor y ella de pésimo. A Daniel se le agriará la sorpresa enseguida y ella no podrá hacer nada por evitarlo. Llevarán dos meses, tal vez tres, en Berlín.

«Tú lo sabes, ¿verdad?».
«¿El qué?», pregunta Daniel.
«Lo que nos pasaría si fuéramos a Berlín».
«No, ¿qué pasaría?».
«Lo sabes».

Daniel no responde ahora, se incorpora un poco, se restriega la cara con las dos manos, como si acabara de despertar, luego vuelve abriendo mucho los ojos, un poco cansado. Es una falacia, piensa Natalia, una suplantación. Daniel está al borde de decir la verdad, pero enseguida finge que no, que no lo sabe, que de qué le está hablando. Natalia se queda muy atenta a ese gesto, como si fuera a saber muchas cosas gracias a él. Pero termina por no saber nada. El gesto surge y luego se encoge, adentrándose otra vez en Daniel, como un líquido. Y lo que sigue después es un diálogo elemental:

«Natalia».
«Qué».
«No se de qué me estás hablando».
«¿No?».
«No».

Daniel se acerca a ella. Sonríe. Va a comenzar el teatro. Es una sonrisa extraña. Daniel mantiene la sonrisa hasta que empieza a resultar fingida. Natalia percibe por primera vez que la parte izquierda del labio inferior de Daniel tiembla, pero no solo ve el temblor, sino que además lo entiende. Ve, casi como en una máquina de rayos, cómo se entrecruzan las fibras de cada músculo, cómo tiran de la pobre gelatina del labio de Daniel hacia la izquierda, cómo –una a una– se repliegan en las cavernas infrarrojas de su cuerpo, a través de las marañas nerviosas, todas ellas en alerta roja.

Luego, tras esa cena en el restaurante, comenzará la decadencia más absoluta. Las señales comenzarán a dejar de ser sutiles. Sabe que se enfadará por cualquier cosa, que nacerá en ella como la conciencia de una interrupción, de algo que ya se ha convertido en pasado y sin embargo persiste, y sentirá –en las discusiones que tengan– que ella puede anticipar cada uno de sus gestos, de sus reacciones, de sus palabras, eso le provocará un enorme cansancio. Luego, otro día, ella ni siquiera irá a dormir. Daniel llamará constantemente al teléfono móvil, enloquecerá de miedo de que le haya pasado algo. Saldrá él mismo a la calle. Y muy tarde, ella contestará a una de esas muchas llamadas y se reencontrarán. Será una noche normal de entresemana, una noche de martes, de miércoles. Volverán juntos a casa. Se besarán en la calle, y en el coche, en el portal. Harán el amor al llegar, como si se reconocieran de nuevo por un instante. Será hermoso y triste y ella sabrá con toda seguridad que todo habría terminado ya, que esa es la señal precisa.

«¿De verdad quieres ir a Berlín?»
Es una pregunta simple que requiere una respuesta simple.
«Sí», contesta Daniel.
«¿Mucho?».
«Sí».

Y ahora es Natalia la que sonríe, como si le hubiesen enganchado de la piel de la cara unos anzuelos y alguien hubiese tirado con violencia hacia arriba. Y todo es extraño, y nuevo


Andrés Barba (Madrid, 1975). Escritor, traductor y guionista. Su segunda novela, La hermana de Katia, fue finalista del Premio Herralde 2001. Tras ella ha publicado varios libros, entre ellos Versiones de Teresa, Las manos pequeñas y Agosto, octubre. Su obra ha sido traducida a cinco idiomas.