Antologia_personal_(Fangacio)
Reseñas

Antología personal

Ricardo Piglia (Buenos Aires, 1941) ■ Fondo de Cultura Económica (2014) ■ 298 páginas


Miscelánea. Hace unos años, en Buenos Aires, me contaron una noticia que hoy recuerdo como anécdota. Me la contó un librero de viejo de Corrientes, un hombre muy mayor con un ojo de vidrio. Al hablarme sobre el encarecimiento de los libros importados, me dijo que, en parte, el problema se debía a varios lotes que se encontraban retenidos en la aduana. ¿La razón? El hallazgo de una elevada cantidad de plomo en la tinta, que podía resultar altamente dañina. Es decir, afectar la salud del lector que tocara sus páginas o que oliera entre las hojas. Parece una locura (o una broma), pero era información oficial: textos que podían matar, libros asesinos, como el Necronomicón de Lovecraft. La lectura fatal.

Este nuevo libro de Ricardo Piglia explora –a su manera– esa posibilidad. Con su habitual dispersión, el argentino recoge en este volumen una variedad de textos que incluye cuentos, ensayos, transcripciones de conferencias y páginas de su diario. Hay escritos publicados en varios de sus libros anteriores y también relatos inéditos. Pero lo verdaderamente importante es que, según sus propias palabras, el conjunto esconde «un oscuro rastro autobiográfico» y plantea la posibilidad de que el lector, «convertido en un pacífico detective policial», descubra el secreto tramado: el crimen no confesado de su autor.

La apuesta de Piglia por el crimen –lúdica, pero aun así inquietante– se encuentra presente en todos los textos de la antología. Y el cúmulo de referencias a la esfera delictiva es fascinante: la teoría de que Edgar Allan Poe cometió varios de los crímenes que relató, la figura del Che Guevara como el lector-guerrillero, o la tradición plagiaria (ambiguo delito) en la literatura argentina. Todo está signado por una posición al margen de la ley. La cita de la apología del crimen de Marx es esclarecedora: «El delincuente no produce solamente delitos: produce, además, el derecho penal y, con eso, al mismo tiempo, al profesor encargado de sustentar cursos sobre esta materia (…) lo cual contribuye a incrementar la riqueza nacional. (…) El delincuente produce una impresión, unas veces moral, otras veces trágica, según los casos, prestando con ello un “servicio” al movimiento de los sentimientos morales y estéticos del público». La interrogante última sería si al escritor-criminal hay que acusarlo o absolverlo. Me inclino por una simbólica condena. Por Juan Carlos Fangacio


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