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Abuelo Andrés

Por Roberto Reátegui


Sé que fue una tarde cuando me llevaron donde él. Supongo que serían las cuatro y que a esa hora él recién se había despertado después de la larga siesta de todo el pueblo. Hasta puedo sentir la humedad que empezaba a envolver la casa y a empozarse en su cuarto lleno de olores y presencias. Imagino a mi madre inclinándose para hablarle fuerte al oído, a él reinventando su sonrisa. Siento los huesos fríos de sus manos en mis costillas y en mis nalgas, su aliento viejo haciéndose uno con mi respiración agitada. Sé que esa escena se repitió muchas veces. Seguramente eran también las cuatro de la tarde cuando le llevaron a mi padre, o cuando mi bisabuela le dejó a mi abuelo para que él lo cargara recién nacido, o cuando mi tatarabuela depositó en sus manos a mi bisabuelo para que él lo conociera con un beso y murmurara probablemente las mismas palabras con que me bendijo antes de que mi madre me llevara de vuelta al mundo de fuera, para que empezara a descubrirlo una vez cumplido el viejo rito familiar del saludo al abuelo Andrés.

Así, abuelo Andrés, lo llamó la familia desde años de los que ya nadie tiene memoria ni aun conocimiento. Recuerdo haber escuchado historias que contaba mi bisabuelo –que como todo primogénito de cada generación de la familia también se llamaba así– en las que el abuelo Andrés peleaba en la guerra de la Independencia. Pero, claro, en la escuela luego yo aprendería que eso fue en el mil ochocientos y entonces vendrían, inevitables, las preguntas sobre ese hombre al que nunca había visto, ¿quién era en realidad el abuelo Andrés?, ¿qué edad tenía el abuelo Andrés?, y otras que me aconsejaba una infancia en que las mujeres de la casa cuidaban el secreto de ese desconocido y legendario abuelo, mientras el cementerio del pueblo crecía con gente que se moría de vieja o de olvido nomás.

Como aquellos, había otros misterios en la casa. Por ejemplo unos ruidos que venían del cuarto prohibido del tercer piso, donde según mi madre vivía el abuelo Andrés.

Yo tenía diez años cuando lo conocí. Una noche sin murmullos me escabullí por la escalera que tantas veces había visto subir a mi madre y a mi abuela y a mi bisa. Forcé el cerrojo de la puerta y empujé. No lo vi pero supe que estaba allí. Me lo decían el olor a cosas guardadas y a orines, el silencio apenas cortado por una respiración profunda, los ruidos de voces que venían de algún lugar en la oscuridad. Maravillado, avancé o retrocedí, no lo sé, buscándolo con las manos. Mis dedos tocaron una tela arrugada; adiviné que era su rostro. De un pliegue brotó algo parecido al lenguaje. Acerqué mi perfil y descifré su pregunta. Me llamo Andrés, abuelo Andrés, le dije temblando de emoción.

Dos semanas después mi madre y mi abuela me hicieron tomar una cucharada de kerosene diluido en agua para que me quemara la mudez. Mi grito de asco las dejó felices. Quizá por eso solo me interrogaron un par de veces sobre qué demonio me había quitado el habla, y yo, feliz de que no lo imaginaran, seguí visitando en secreto al abuelo Andrés.

Él y las voces que vivían con él me contaron historias de la guerra, me hablaron del nacimiento de su único hijo una semana después de que él partiera hacia la batalla de la que volvió ciego de los dos ojos y también del entendimiento. Él mismo me dijo esto último, y sonriendo agregó que en realidad no era tanto como decían los otros señores, si no no podría darse cuenta de cómo había crecido su hijo desde esa tarde en que él regresó y su mujer se lo puso en los brazos para que lo bendijera con un beso. Yo había aprendido a entender su idioma de murmullos y silencios, a reconocer cada una de las voces con que hablaban sus recuerdos. Pero no necesité oír más para comprender que, dirigiéndose a las presencias que vivían en él y con él, me exhibía con orgullo: yo era su hijo concebido entre un robo y una batalla, ahora casi un muchacho, pronto un hombre, un general que echaría a los invasores si algún día se atrevían a volver.

Durante muchas noches asistí a sus diálogos con las sombras y los muebles. De ellas me quedaron esas imágenes como trozos de espejos que me permitieron asomar a su historia de longevidad. También, acaso de tanto oírlo nombrarme su hijo ante los amigos de alguna manera presentes allí, disfruté una indefinida sensación de proximidad que iba más allá del parentesco y la distancia de las generaciones.

Ni mi madre ni mi abuela, tampoco después mi mujer, supieron nunca de esa relación prohibida. Por eso no pude decir nada para impedir que mi esposa –recién iniciada en la antigua tradición de la familia– subiera los curvados peldaños que llevaban hacia el tercer piso una semana después del nacimiento de nuestro hijo. Trato de imaginar lo que pasó. Ella habrá empujado la puerta, se habrá abierto paso en medio de la humedad de miles de tardes, habrá rozado la vieja tela de las manos del abuelo, se habrá inclinado para decirle fuerte y al oído las palabras secretas, habrá dejado al niño en sus brazos por un instante, el tiempo preciso para la vencida resistencia de esos huesos, los segundos justos para que él lo conociera con un beso, para que le musitara algo con el aliento, para que sintiera la piel de su hijo recién nacido, concebido entre un robo y una batalla. Todo una vez más.

No necesito conjeturar que el abuelo Andrés empezó desde ese momento a sospechar que la ceguera le había impedido ver también las horas y los años, el tránsito de niños y mujeres en una interminable tarde que solo comenzó a transcurrir desde que inicié mis visitas secretas. Puedo adivinar su confusión al percibir ese embrollo del tiempo.
Nada pude hacer para salvarlo


Roberto Reátegui (Lima, 1959) es periodista y autor de las novelas Siete pelícanos, Retro, A fin de cuentas, Diva, y de la reciente El fantasma del Amazonas.