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Reseñas

Íntimo y universal

La fiesta de la insignificancia ■ Milan Kundera (Brno, 1929) Tusquets (2014) ■ 144 páginas ■ 39 soles


Novela. Después de 14 años de ausencia literaria y con 85 a cuestas, Kundera reaparece con La fiesta de la insignificancia. Quizás no sea una de sus mejores novelas y sus lectores se llenen de muchas expectativas ante esta nueva publicación –repitiéndose la historia de cuando García Márquez después de mucho tiempo publicó Memorias de mis putas tristes–, pero es la excusa perfecta para que los jóvenes conozcan a este autor, considerado ya un clásico de la literatura y eterno candidato al premio Nobel, para que sus asiduos lectores vuelvan a reencontrarse con la crítica, el humor y la ironía que siempre han caracterizado la obra de Kundera, y, por qué no, retomar la lectura de sus anteriores novelas, como La identidad (2000), La lentitud (1994) o La insoportable levedad del ser (1984).

En esta obra, un grupo de amigos, Alain, Ramón, D’Ardelo, Charles y Calibán, aparecen a lo largo del relato discurriendo por temas banales que los llevarán a profundizar en cuestionar universales: vida, muerte, soledad, sexualidad y belleza. Todo en medio de largos paseos por parques parisinos o noches bajo los efectos del alcohol.

En el caso de Alain, su reflexión versa en el nuevo símbolo de seducción de la mujer: el ombligo, discurso que también le sirve para hablar sobre teología y el egocentrismo del mundo moderno: «Pero el ombligo no solo se rebela contra la repetición, ¡es una llamada a las repeticiones! De modo que en nuestro milenio viviremos bajo el signo del ombligo». Por otra parte, los planteamientos de Alain sirven para reforzar los esquemas machistas imperantes en una sociedad donde la mujer, a pesar del progreso y el movimiento feminista, sigue siendo vista como un objeto y se le cuestiona su libre elección de la maternidad. De ahí la necesidad del personaje por intentar exorcizar los demonios que lo acompañan desde su infancia, ante una madre que nunca deseó su existencia: «¿De qué te sientes culpable? ¿De no haber tenido la fuerza de impedir mi nacimiento? ¿O de no haberte reconciliado con mi vida que, por otra parte, tampoco está tan mal?».

Por su parte, Ramón intenta de forma fallida ver un cuadro de Chagall y fundamenta su teoría sobre el buen humor bajo los preceptos de Hegel; D’Ardelo descubre que una buena forma de alimentar su narcisismo es engañar a sus amigos con un supuesto cáncer terminal; Charles sueña con escribir una obra para el teatro de marionetas mientras su madre agoniza; y por último Calibán, un actor en paro, se gana la vida como camarero.

La figura femenina en La fiesta de la insignificancia, aparte de estar presente en la madre de Alain, es fugaz en los personajes de Julie, Mariana y Madeleine. Esta última es mencionada por los interlocutores masculinos para recordar contantemente al lector su poca inteligencia y su nivel cultural circunscrito a un eterno presente: «…nunca sabía si Madeleine deformaba los nombres de los célebres de antaño porque jamás había oído hablar de ellos o si los parodiaba adrede con el fin de hacer partícipe a los demás de que no sentía el menor interés por lo que hubiera ocurrido antes de su propia existencia». Aquí ninguna de estas mujeres recuerdan el protagonismo de Teresa y Sabina en La insoportable levedad del ser, que retrataban el conflicto de la mujer en el siglo XX, entre su liberación o seguir oprimidas bajo los cánones ortodoxos de la sociedad, en este caso de una sociedad comunista.

Bajo la mirada de estos personajes transcurre otro discurso en La fiesta de la insignificancia, a partir de la lectura que hace Charles de las memorias de Nikita Kruschev y de un episodio muy peculiar: las veinticuatro perdices que mató Stalin, ocasión que aprovecha el autor para realizar una crítica política a este personaje histórico que yace en el olvido y hasta ignorado por los personajes de su novela, a excepción de Rafael, cuyo abuelo formó parte del grupo que apoyó a Stalin: «…los muertos pasan a ser muertos viejos, de los que ya nadie se acuerda y que desaparecen de la nada; tan solo unos cuantos, muy, muy pocos, imprimen su nombre en la memoria de la gente, pero, ya sin testigos fehacientes, sin un solo recuerdo real pasan a ser marionetas».

Es así como Kundera se burla de lo que fue el gran asesino de la historia considerado en su tiempo el gran héroe del progreso, elemento que se profundiza al incluir dentro de la novela a Marc Chagall, pintor francés de origen bielorruso, quien criticó en su famoso cuadro «La crucifixión blanca» (1938) la persecución a los judíos y su situación en la Unión Soviética de Stalin. Sencillamente Kundera ironiza en torno al comunismo a medida que Charles sigue leyendo las memorias de Kruschev, aunque la lectura de La fiesta de la insignificancia en algunos países de Latinoamericana donde la izquierda, las nuevas revoluciones y el totalitarismo hacen estragos, refleja una realidad latente que no está muerta ni mucho menos en el recuerdo. También es bueno recordar que Kundera siempre introduce en sus novelas tópicos como los del comunismo, la Segunda Guerra Mundial o la figura de Stalin, como en la sexta parte de La insoportable levedad del ser («La Gran Marcha»), cuando toca la muerte de Iakok, hijo de Stalin, y la confrontación de Sabine con el arte socialista.

Si bien La fiesta de la insignificancia es una novela que se puede leer de un solo tirón y en apariencia fácil de digerir pues a nivel de la historia no ocurre aparentemente nada, priman algunos temas universales, además del humor y la ironía que ha caracterizado la escritura de Kundera. Es interesante recordar que en El arte de la novela, Kundera definió la ironía como un elemento que irrita al lector no precisamente por la burla o el ataque sino porque priva de certezas. Una cuestión que corrobora cuando, en una entrevista, le confesó a Philip Roth que aprendió a valorar la ironía y el humor en la época de terror de Stalin. De allí el continuo juego de palabras, en especial a la hora de titular sus obras. Queda en manos de los lectores construir sus propias interpretaciones sobre este grupo de personajes que pueden ser analizados desde la filosofía o la ética: «La insignificancia, amigo mío, es la esencia de la existencia. Está con nosotros en todas partes y en todo momento. Está presente incluso cuando no se la quiere ver: en el horror, en las luchas sangrientas, en las peores desgracias…Respira D´Ardelo amigo mío, respira está insignificancia que nos rodea, es la clave de la sabiduría, es la clave. Por Dulce María Ramos


Dulce María Ramos (Caracas, 1978) trabaja como periodista cultural y promotora de marketing cinematográfico.


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