Poesía

Seis poemas

Por Eduardo Chirinos



No es la musa quien habla

Según Charles Simic hay tres tipos de poetas:
«los que escriben sin pensar, los que piensan
mientras escriben y los que piensan antes
de escribir». Al leer esa frase caí en la cuenta
de que, uno: nunca escribo sin pensar, dos:
rara vez pienso antes de escribir. Por descarte
soy de los que piensan mientras escriben.
Debo ser más preciso: soy de los que piensan
al ritmo de la mano que escribe. Tal vez por
eso todo lo pensado se desvanece en el aire.
De nada sirve planificar el azar, cortejar el
silencio. Basta el más leve contacto con las
teclas (o la pluma, eso depende) para que
empiece la danza. Por lo general las palabras
evitan el pensamiento, pero no lo excluyen:
lo mantienen disponible y a distancia. Es
la música quien ordena, ella quien decide,
y las palabras obedecen. Tú aquí, tú allá,
resta una sílaba, no me gusta el amarillo,
cambia todo a pretérito, ¿te parece mejor en
femenino? No es la musa quien habla, pero
podemos darle ese nombre. El pensamiento
llega después. A veces se aburre de esperar.

Clase de álgebra nocturna

Lanzar una piedra al espejo y esperar
¿qué? un poco de nieve, corrientes de
aire, círculos concéntricos. La piedra
atraviesa el espejo, pero no lo rompe:
es piedra de agua. Sus astillas son gotas,
fragmentos de una ecuación trascendente,
de un binomio perfecto. ¿Qué busca la
piedra? no busca perturbar, no busca
componer, no busca equilibrar. Busca
nuestra propia cara. Lanzar una piedra
a nuestra propia cara y esperar ¿qué?
un poco de misterio, sus horas perdidas,
su incógnita belleza. La piedra atraviesa
la cara, pero no la rompe: es piedra de
agua. Sus gotas son astillas diminutas,
fragmentos de una historia que es mejor
olvidar (un gato mordido por los celos,
un jazmín envenenado, la clase de álgebra
nocturna). ¿Qué lección extraer de todo
esto? Que el misterio no es la piedra, no
es la cara, tampoco el espejo. El misterio
es que no hay ningún misterio.


En el pozo del lenguaje

Lentitud es escándalo. Bocina que hiere
parachoques y ventanas traseras. Relojes
enardecidos, embotellamiento de trenes.
Lentitud es prudencia. Contempla en
silencio las estrías del árbol, saluda cada
hoja por su nombre, cuenta raíces sin
olvidar las ramas. Las palabras bucean
en el pozo del lenguaje, buscan hogueras
para calmar el fuego. Rapidez es escándalo.
Rueda que gira sin importarle distancias,
cruza semáforos verde rojo ámbar se lanza
de cabeza al acontecimiento. Rapidez es
audacia. Cuenta las estrías del árbol pero
detesta los números, saluda las hojas pero
ignora sus nombres. Jamás se hunde en
las raíces. Las palabras nadan risueñas
en el pozo del lenguaje, hacen acrobacias,
bailan junto al fuego. Lentitud añora ser
rápida, rapidez sueña ser lenta. De noche
descansan. Se escriben cartas de amor.

Para Antonio Deltoro


El árbol y el desorden

Cada mañana el desorden se aparece a la
puerta de mi casa. A veces lo veo, oculto
entre el periódico y la botella de leche, con
cara de pocos amigos. Si me descuido entra
sin saludar. Jamás se quita el sombrero, no
sabe para qué sirve el felpudo. Desde muy
temprano organiza su programa: la cocina
y los baños primero, la sala y el dormitorio
después. Cuando llega al estudio confunde
los libros, entrevera papeles, acaricia y de-
senchufa el ordenador. Por aquí y por allá
aparecen vasos de cerveza, tazas vacías de
café, mapas del mundo con países revueltos
(Jamaica en el Extremo Oriente, Perú al norte
de Sudán, Islandia al sur de las Molucas).
Las palabras se alborotan y se ríen. Mi oreja
es cómplice y también se ríe. El ojo se enfada.
«Esto no puede seguir así», dice. Y la oreja
asiente. Tanta algarabía la perturba y es hora
de sentarse a trabajar. “Hagamos un árbol,
mira que es otoño”. El desorden sonríe, deja
caer del techo hojas almidonadas y soberbias.

Para Federico Díaz-Granados


Stalin y la poesía

¿De qué hablamos cuando hablamos de pureza?
Hablamos de tachar, borrar, eliminar palabras
incómodas, palabras intrusas. Hablamos de
repudiar lo que alguna vez fue nuestro, de lo
que debemos ocultar como a un hijo deforme,
un muñón ciego. La violencia es necesaria, la
delación incluso. Se trata de vigilar palabras,
de exigirles obediencia, un pasado limpio,
generaciones de gloria y nadita de manchas.
Atravesando los Urales, más allá del Cáucaso,
de las aguas infectadas y azules del Danubio
habita la impureza. ¿De qué hablamos cuando
hablamos de impureza? Hablamos de acoger,
hablamos de aceptar palabras incómodas y
sucias. Hablamos de recobrar lo que alguna
vez fue nuestro, de heridas que no quieren
transformarse en cicatrices. La piedad es ne-
cesaria, la caridad incluso. Hay poetas impuros
y por lo tanto democráticos: Walt Whitman
por ejemplo, Neruda por ejemplo. Hay poetas
puros y por lo tanto estalinistas: Jiménez, por
ejemplo, Valéry por ejemplo. Sus simpatías
políticas no cuentan, sus opciones partidarias
poco importan. En lo que a mí respecta, hay
días en que amanezco democrático. Noches
en que madrugo estalinista.


El enamorado y la muerte

A pesar de todo la muerte hace su trabajo,
mide escrupulosamente cada arista, usa la
regla usa la plomada, rellena huecos con un
poco de sombra. Incansable lija cada imper-
fección, deja caer gotas de asombro en cada
arruga. A pesar del fruto la muerte arrasa
con el árbol, maquilla con fervor la calavera
le pregunta ¿podría darte un beso? La cala-
vera se pone colorada y mueve su esqueleto
sin que nos demos cuenta. Sin que nos demos
cuenta esparce sílabas, invade cesuras, tuerce
la rima, nos hace decir lo que no queremos
decir. Con un cuchillo corta el verso donde
menos lo esperamos, sin piedad corta pala-
bras. Su sangre ensucia la página, no deja
seguir adelante. Pero nosotros insistimos.
Al fin y al cabo la sangre embellece, la sangre
canta como una pluma seca, nos advierte
del peligro. ¿Qué ganaría yo escuchándola?


Eduardo Chirinos (Lima, 1960). Es autor de más de diez libros de poesía, entre ellos Breve historia de la música, por el que recibió el Premio Casa de América de Poesía en el 2001. Reside en EE.UU., donde trabaja como docente.


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