Evelio Rosero en breve

«Soy un novelista nato, pero guardo cariño por el cuento».

Aquí, tres muestras de ese cariño


Crónica de un viaje por Chile
En ese viaje por Chile tuve la ocurrencia de tocar la dulzaina. Íbamos tres en el camión, sentados sobre costales. Atardecía. Me oían Antonio y Ramiro, que bebían vino de una cantimplora. Nos conocimos en Cuzco, y decidimos continuar el viaje a la Argentina. En la cabina del camión conducía un hombre viejo, pero recio, en compañía de su mujer y su hijo. Nos detuvimos en un pueblo fantasma, en la mitad de las arenas, para buscar agua. Un corrillo de hombres y mujeres aguardaba. «¿Alguno de ustedes tiene una dulzaina?», preguntaron. Después de un silencio estupefacto, Antonio les dijo que no con la cabeza. Ramiro, sin embargo, no tuvo inconveniente en señalarme: «Este lleva una dulzaina». Habló uno de los hombres. «Mire, compadre –explicó–, mi hija se muere, y se le ha ocurrido que quiere escuchar una dulzaina mientras muere. Le hemos cantado con guitarras, y ella es terca, ha dicho que quiere morir oyendo sonar una dulzaina. Aquí no tenemos dulzainas. Muchos compadres no saben qué bendita cosa es una dulzaina. Si usted quiere acompañarnos… usted toca la dulzaina, y ella escucha, y se muere, y usted sigue su viaje». Yo lo escuchaba atónito. Apenas pude entender de qué se trataba. Fuimos a casa de la agonizante. En vano intenté buscar una canción en la memoria. ¿Qué tocaría? Entramos por fin a una casa fría, vacía de muebles. Fue como si de pronto anocheciera.

Y vi a la hija. Una muchacha.

La descubrí acostada entre luces de cirios, olor de leña quemada, como si ya estuviera muerta. Pero sus ojos alumbraban, grandes, claros, místicos. Era la muchacha más bella de la vida, en mi camino, muriéndose. Era una gran sombra amarilla. Me resquebrajé por ella cuando lloró. En mi mano la dulzaina tembló. Sus labios parecieron alentarme con una ancha sonrisa. Yo dudaba en soplar la dulzaina. Yo dudaba. ¿Qué canción? Comprendí de pronto que para tocar una dulzaina hace falta aspirar y expirar.

«Un día soñé con usted», me dijo la muerta. Sí, la muerta, con voz de muerta. Alguien me ofreció una copa de aguardiente. Bebí con sed, y después el aguardiente mojó la dulzaina. Elegí, entre aquella perdida pampa chilena, y sin saber por qué, una canción de los Beatles. Y sonó bien, porque ella sonrió, agradecida. Amante complacida. Sus ojos seguían absortos, contemplándome. No podía mirarla, de modo que cerré los míos, y seguí tocando, hasta que alguien puso una mano en mi hombro. Entonces vi que ella había cerrado los ojos. Me dijeron que ya no era necesario que tocara, la muerta había muerto, y solo ella quería oír una dulzaina. Solo ella.


Ella y los perros
Los perros con ella quieren comunicarse: olfatean que hay algo idéntico: la sinceridad de los ojos. Todas las noches ella va tras de los perros, aunque no lo sabe. Es una sonámbula. Para ella viven solamente los perros, arquetipos de sus sueños, de todo su amor. Cuando duerme, mientras sueña, los acaricia, les ladra, y ellos la siguen para olfatearla, y se pelan crudos y sangrientos, y queda el más grande, el más feroz, el demoníaco, iridiscente, de pelos de cobre y rabo de azufre, y la posee, y la poseen los demás perros, uno por uno, y ella los deja hacer, complaciente. Ella los huele. Ella ruge. Ella los muerde; ruega a dentelladas que no la dejen, que siga el sueño para siempre. Pero el sueño desaparece. Por eso cada mañana suya es pavorosa: ahí está su cuerpo, su carne abandonada que perece. Sigue esperando que el ansia de este amor tan imposible desaparezca con ella. Se lamenta: esta es la trampa más horrible, la peor de las ocurrencias de la vida, disparate de Dios, enfermedad, alucinación, despilfarro del sol que se me entrega al nacer. Eso dice, cuando va a dormir. Ella trata de entenderse con lástima: si tuviera un rabo de perro sería feliz. Batiría su cola ante el espejo. Creería en Dios, lloraría en paz, moriría con fe.


Encierros
No nos permitían entrar a saludarlo. Comía a escondidas. Mariela daba unos discretos golpecitos a la puerta y entonces él abría. No alcanzábamos a verlo. Sus manos largas y velludas recibían temblorosamente cada plato, después empujaban la puerta. La única vez que pudimos verlo por entero fue cuando Mariela confirmó que no acudía a recibir los platos. Muy tranquila buscó la llave de la puerta y acompañada por los vecinos del edificio entró a la habitación. Minutos más tarde lo retiraron, acostado, sostenido entre sus propias sábanas. Nosotros comprendimos que se estaba muriendo, su rostro tenía el color y la textura de la cera cuando se derrite, sus ojos entreabiertos no mostraban mucha luz; daba jadeos breves y angustiantes. Sin embargo, pareció buscarme con la mirada. Yo sentí que me buscaba, y era cierto: me guiñó un ojo antes de desaparecer con los vecinos. Esa misma tarde Mariela hizo la limpieza en aquel cuarto, nosotros la acompañamos. Oímos sonar diez veces el desagüe en el wáter diminuto, como de juguete, con Mariela inclinada sobre él, cubriéndose las narices. Nos atormentaba el olor a alcohol, reconcentrado, que se desprendía de las paredes húmedas. Cuando terminamos Mariela puso sus brazos en jarra y nos estuvo mirando mucho tiempo. Finalmente me dijo, como la cosa más simple: «Ahora tú dormirás en esta habitación».

Tuve que trastear mi catre y mi pupitre. Desde entonces Mariela golpea mi puerta y yo me asomo a recibir los platos. Sé muy bien que a los demás no les permite hablarme, y eso es algo que yo lamento porque este encierro es desolado. El tiempo en el reloj de la pared es tan lento como un suave parpadeo. Desde la ventana pequeñísima puedo ver las tardes, casi siempre anaranjadas, donde el viento persiste entre las calles. Por el cielo, más allá de los altos edificios, pasan las palomas, y yo he escrito: Son un aire blanco, desapareciendo. Debo estar agonizando, escribo, y la ventana devuelve mi rostro en el cristal, consumiéndose. Algún día no abriré la puerta, no podré hacerlo, y Mariela vendrá con los vecinos a sacarme entre las sábanas. Yo, entonces, miraré a cualquiera de ellos, y haré un guiño, un suave guiño, cómplice, feliz


«Crónica de un viaje por Chile» y «Encierros» fueros extraídos del libro Cuento para matar a un perro (y otros cuentos); «Ella y los perros», de 34 cuentos cortos y un gatopájaro.