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Coelho y el Ulises de Joyce

¿Qué (o quién) marca la diferencia ente «buena» y «mala» literatura?

Por Carlos Arturo Caballero


Hace dos años, Paulo Coelho declaró ante los medios que el Ulises de James Joyce hizo mucho daño a la literatura «porque nadie lo ha leído pero todo el mundo dice que lo ha leído». Las reacciones en las redes sociales fueron inmediatas. Críticos literarios, periodistas, personalidades de la política, cultura y el espectáculo, entre otros, salieron al encuentro del autor de El alquimista, unos para defenderlo y otros más bien para defender la «gran» literatura, cerrando filas contra la literatura light y los autores de best-sellers. A ello se sumaron noticias sobre las preferencias de los lectoresperuanos en el marco de la Feria Internacional del Libro de Lima, las cuales ubicaban en los primeros lugares a libros de autoayuda, memorias y autobiografías de personajes vinculados al espectáculo. Recuerdo que muchos comentaristas en las redes sociales lamentaban tales resultados y casi inmediatamente hallaron la explicación de por qué un escritor como Paulo Coelho goza de tanto reconocimiento: la crisis de la lectura influiría no solo en no leer o no comprender lo leído, sino en elegir «malas» lecturas. «Yo leí Cien años de soledad a los doce…», «¿Qué pasa con la juventud? ¡No lee!». Y en el caso que leyeran, no eran pocos los que subestimaban las elecciones literarias de los adolescentes: las sagas de Harry Potter, Crepúsculo, Millenium y Cincuenta sombras de Grey constituirían pruebas inequívocas de semejante crisis.

La utilización del arte y las letras como emblemas de estatus social no es reciente. El incremento de la población letrada en Europa y en las colonias de ultramar de las principales potencias imperiales a mediados del XIX creó la necesidad de disciplinar a ese vasto contingente social ávido de conocimiento. Las bellas artes y las bellas letras cumplieron eficientemente esta labor. Cada Estado eligió a sus propios comisarios culturales. F.R. Leavis –durante varias décadas, custodio de la apreciación literaria en el Reino Unido– puso en marcha un proyecto educativo por el cual las letras inglesas ocuparían progresivamente un lugar privilegiado en la formación humanística de la ciudadanía letrada británica. Los alcances de este plan iban más allá de dotar a los especialistas en literatura herramientas analíticas para la comprensión e interpretación de textos, pues la finalidad era formar la convicción que un amplio conjunto de textos literarios de carácter complejo requería, igualmente, complejos métodos de análisis, complejos estudios y, lo más importante, que tal complejidad sería intrínseca a una sociedad como la inglesa. En resumidas cuentas, el ascenso de las letras inglesas se justificó mediante su aparente superioridad frente a otras manifestaciones literarias, por ejemplo, las de sus colonias.
En este contexto, el dominio de los métodos de análisis literario implicaba que todos los sujetos formados dentro de ese paradigma fueran posteriormente eficientes reproductores del discurso que los formó. Así, Shakespeare, Samuel Johnson, Byron, Shelley, W.B. Yeats, Dickens, Thackeray, Joyce, T.S. Eliot y un largo etcétera, configuraron un corpus que merecía ser defendido a toda costa, pues lo que estaba en juego no era solo el prestigio literario de estos notables escritores –aunque así pareciera– como la superioridad cultural del Estado-imperio-nación que los albergaba bajo el manto de su nacionalidad, concepto susceptible de ensanchar sus límites como de reducirlos en tanto valga la pena adoptar o expulsar a tal o cual escritor. Wilde y Joyce eran irlandeses, pero ello no fue obstáculo para ubicarlos dentro de lo más renombrado de las letras inglesas. Sin embargo, recordemos que Ulises se publicó primero en París, no en Londres ni en Dublín. En el caso de Vallejo, cabría preguntarnos en qué momento se «autorizó» su ingreso al canon literario peruano. Definitivamente, no habría sido bajo el amparo de Clemente Palma.

Joyce no es culpable del esnobismo que hace presa fácil de cuanto lector por ahí haya oído que el Ulises es la novela del siglo XX ni de las reacciones provocadas por la foto de Marylin Monroe leyendo atentamente las últimas páginas de su novela o que muchos digan que la leyeron para lucir interesantes en una conversación. En esto se equivocó Coelho. No obstante, la polémica suscitada por sus afirmaciones sobre el Ulises no es estrictamente literaria sino, sobre todo, política y sociocultural, por cuanto ese libro ha sido utilizado como instrumento de distinción y, simultáneamente, de exclusión. Este es el saldo crítico que rescato de Coelho.

Resulta paradójico que los mismos que critican las jerarquías entre la alta cultura y la cultura popular sean los que con el mismo encono defienden el buen gusto en las artes y letras amenazado por la subliteratura. Estos cruzados de la alta literatura están convencidos de que todo tiempo pasado fue mejor. Consideran a los malos escritores y la baja literatura como mala hierba: algo que no quieren en su jardín de bellas letras; solo que no reparan en lo estéril que es discutir si un libro está bien o mal escrito ni se detienen a pensar en los criterios que los animan a tratar un libro como una mala hierba. Y uno de esos criterios es la veneración del pasado.

Sostener que solo en el pasado habita una esencia artística elevada, perdida o distorsionada en el presente, activa enérgicas reacciones en los guardianes de la tradición, quienes se esforzarán denodadamente por mantener inmutables los valores estéticos heredados, a fin de legar a las siguientes generaciones un antídoto sin fecha de vencimiento contra el ascenso de la cultura popular.

Indagar en cómo nuevos modos de lectura determinan las preferencias del lector no es prioridad para quienes asumen la «buena» literatura como una especie en extinción y no como un objeto cultural proclive a cambios históricos. Como resultado del culto por el pasado, el buen gusto en las artes y letras se convierte en medio y fin, o sea, en criterio de comparación y en objeto de veneración. Si examinamos solo una porción de los comentarios que atacan a Coelho, incluso los provenientes de especialistas en literatura, hallaremos que los articula el propósito de trazar fronteras impermeables entre la «buena» y la «mala» literatura.
La invocación al bien y el mal complementa la veneración del pasado, porque de ella se sigue que entre literatura y subliteratura media una distancia como la que separa el cielo del infierno. Escritores intimidados por la arremetida de la literatura light no dudan en descalificar el gusto de los lectores. El argumento es que leen «mala» literatura. Pues no existe tal cosa como «buena» o «mala» literatura, sino modos de lectura hegemónicos y marginales en pugna que se alternan o reparten el control de lo literariamente correcto. Dispensar bondades y maldades a diestra y siniestra no explica las diferentes recepciones de un texto a lo largo de la historia.

Del mismo modo que menospreciar una lengua supone extender tal menosprecio hacia la cultura y los hablantes de esa lengua, quien arremete contra la mala literatura lo hará contra sus lectores, y por qué no, apoyará un apartheid literario. Así no habrá diálogo posible con aquel a quien supuestamente se le quiere instruir para que cultive el buen gusto en la lectura. ¿Por qué dialogar con un «sublector» si es más sencillo enrostrarle su miseria como lector? Este es el modo por el cual se reafirma la superioridad de la buena literatura sobre la mala: denigrando al mal lector, instrumentalizando la creación literaria para la consecución de nobles propósitos y condicionando la agenda de escritores y lectores. Es decir, empoderando el gusto propio y subestimando el gusto ajeno.

Sin embargo, la crítica del buen gusto a lo sumo sirve para hacer un inventario de los criterios dominantes en la apreciación literaria. Y eso solo alcanza para un tweet. Pero nada más


Carlos Arturo Caballero (Arequipa, 1974). Magíster en literatura hispanoamericana. Ha publicado Imágenes de la literatura (2004) y La mirada virtual: cultura y política desde la blogósfera (2013). Edita la página de cultura El Náufrago del diario Noticias de Arequipa.