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Altaír

Por Pedro José Llosa


Altaír, hasta entonces, había sido para mí la estrella más brillante de la constelación Aquila o el planeta desolado que refiere una novela de Stephen King. Fue después, durante una entrevista de trabajo, que descubrí que ese nombre también correspondía a una adolescente excepcional.El exclusivo colegio para el que trabajaba se jactaba de incluir a jóvenes con discapacidades físicas o psíquicas en su proceso de aprendizaje, siempre que sus familias pudieran pagar los muchos dólares de su mensualidad. Me proponían implantar el curso de economía en quinto de secundaria y en la entrevista me explicaron que tendría algunos estudiantes con déficit de atención, además de un muchacho en silla de ruedas y una alumna invidente.

Siempre he pensado que un verdadero profesor debe ser capaz de llegar a esos niños «especiales», sea lo que fuera que signifique esa palabra. Es el alumno complicado, el inquieto o el indiferente, el que forja y confirma a un maestro de verdad. Aun en el último año de secundaria, donde aparentemente las virtudes y los vicios ya están cuajados. Todo se presentaba como un reto alcanzable excepto la niña ciega: ¿cómo podría enseñarle un curso que está básicamente centrado en curvas y gráficos? Como si me hubiera leído el pensamiento, la directora añadió que Altaír, invidente de nacimiento, era una alumna sobresaliente.

Aquella noche después de la entrevista, mientras leía, sin saber por qué, que la estrella Altaír tiene una velocidad de rotación de 286 kilómetros por segundo, pensé que si me consideraba un profesor de verdad, no era Altaír quien debía buscar la forma de entender mi curso de economía introductoria, sino yo quien debía ingeniármelas para enseñárselo. Así que acepté el trabajo.

Llegué temprano a mi primera clase y recibí a los alumnos uno por uno. Altaír llegó con paso lento y un lazarillo bastante excepcional, pues era ella la que empujaba la silla de ruedas donde iba Vicente –su uña y carne de esos tiempos– quien le murmuraba pequeñas e insignificantes directivas cartográficas para que no chocara con los filos de las puertas o con los estudiantes que se cruzaban sin orden. Por lo demás, ella conocía de memoria las distancias y dimensiones de sus espacios cotidianos y daba la impresión de que conocía el camino mejor que Vicente.

Las primeras semanas fueron introductorias pero pronto tuve que recaer en el análisis gráfico. Le propuse a Altaír que se quedara al final del día para representar de forma tangible aquellas cosas que explicaba en la pizarra. Improvisé pabilos encolados en cartulina para mostrar las líneas de oferta y demanda, hilo de pescar y soguilla de embalaje para las curvas de costos medios y marginales. Pronto empecé a usar plastilina. Sentía que cada vez tenía que improvisar más texturas pero pronto descubriría que aún sin toda esa logística, Altaír entendía las clases mejor que nadie.
Cuando venía en las tardes traía a Vicente, quien complementaba mi explicación con precisiones tan oportunas que a veces me hacían creer que él tenía algún tipo de acceso al mundo imaginario de Altaír. El trío que formábamos esas tardes se volvió ameno, necesario y suficiente. Ambos eran capaces de resolver pruebas escritas de un modo que pocos –ni mis mejores estudiantes sin discapacidades– habían logrado resolver.

Me he pasado la vida enseñando que la economía es una disciplina abstracta con representaciones intangibles de la razón y que lo visual es apenas el cascarón. Pensamos en tres dimensiones pero hablamos de muchas más. La academia ha convertido al universo en un juego de líneas que se desplazan de un lado a otro pero esa dinámica solo la podamos representar con figuras estáticas. Si en la imaginación de Altaír ella puede plasmar mejor esas abstracciones, ¿no será precisamente porque esta no está contaminada por la representación simplista de la imagen bidimensional?
Un día nos quedamos conversando y Altaír y Vicente me contaron que eran novios pero que nadie lo sabía. Si hoy por hoy sus padres se aseguraban de que nunca estuvieran solos, menos aún lo irían a permitir si descubrían su romance. Acaso y lo peor de sus discapacidades no era la limitación específica en sí, sino la pérdida de libertad e independencia que provenía del equivocado derecho de los otros de usurpar sus espacios contiguos y conminarlos al acompañamiento perpetuo.

La estrella Altaír se encuentra a 16.7 años luz de la tierra y a pesar de eso es una de las estrellas más visibles sin el uso de telescopio gracias a su brillantez y a las ondas Sine. El nombre Altaír tiene orígenes medievales y proviene de la abreviación árabe النسرالطائر, (an-nasr aṭ-ṭā’ir). Los chinos la conocen con el nombre de QiānNiúXīng, en honor al Qi xi o Festival de los Sietes.
Altaír apareció en mi clase una tarde en que Vicente no había asistido al colegio. Estaba con el rostro descolocado. Me dijo que su padre quería llevarla a Estados Unidos al finalizar el colegio, en diciembre de ese año. Que allí podría iniciar una carrera seria, que allí tendría las facilidades que aquí no. Me dijo, acto seguido, que pensaba fugarse con Vicente. «Él será mis ojos y yo sus piernas», fue la frase que utilizó, algo que ya venía sucediendo. Que entendiera que hoy ni siquiera podían estar juntos porque su padre, fuera del colegio, le tenía asignada una enfermera de forma permanente. «Sí, ya sé lo que me dirá, que no llegaremos muy lejos», se adelantó. «Ya lo sé, pero al menos disfrutaremos mientras dure». A ambos los recogían una hora después de finalizado el colegio porque sus padres sabían que estaban conmigo en sesiones extras. Venía a pedirme que el día en que ninguno apareciera por la tarde, no reportara su inasistencia hasta el final de la hora. Usarían ese tiempo para salir camuflados en la multitud del final del día escolar y llegar tan lejos como se los permitiera esa empresa que habían imaginado juntos.

Cuenta la mitología China que las estrellas Altaír y Vega, quienes representan a un arriero y a una tejedora, fueron separadas por el Emperador del Cielo, el padre de Altaír, por considerar a Vega un simple mortal. Así, ambos quedaron separados por la Vía Láctea, y, solo una vez al año, durante el Festival de Qi Xi, el séptimo día del séptimo mes lunar del calendario chino, todas las urracas del mundo se unen para formar un puente que permitirá a los amantes pasar esa sola noche juntos.

 


Pedro José Llosa (Lima, 1975). Escritor y docente. Ha publicado los libros de cuentos Viento en popa y Protocolo Rorschach y ha participado en una serie de antologías narrativas.