Ventanas_(Fangacio)
Reseñas

Ventanas y habitaciones 1969-1972

Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) ■ Paracaídas (2014) ■ 140 páginas ■ 35 soles


Poesía. Consagrado, hace ya tiempo, como uno de los poetas peruanos vivos, y en plena actividad, más importantes de la época actual, Abelardo Sánchez León ha reeditado recientemente, con algunas variantes estilísticas, sus dos primeros libros: Poemas y ventanas cerradas (1969) y Habitaciones contiguas (1972).

Esta reedición es un acierto por varios motivos. En primer lugar, por los méritos estéticos de ambos libros, cuyos poemas, lejos de haber envejecido, fulguran mejor con el paso del tiempo: causan admiración, por ejemplo, su prodigioso control del ritmo poético –producto de una fina como precoz aplicación del encabalgamiento y la adopción de una dicción cercana, aunque nunca demasiado, a lo coloquial– y la insólita calidad de sus imágenes («Era una canción anónima,/ bella como las épocas de guerra en que se mata pensando/ en su tierra»). Dos poemarios de difícil acceso, necesarios para cualquier acercamiento a las metamorfosis de la lírica peruana contemporánea.

Por otro lado, ambos libros poseen cierta familiaridad. Existe en los dos un yo poético marcado por la frustración y el desencanto, profundamente pesimista («morimos igual viviendo distinto»), que se asienta en espacios cotidianos y, sobre todo, dentro de la ciudad: lugar de concierto y escalofrío, donde la intimidad surge espontánea, transmutada en amistad o amor, casi de forma clandestina, («Solo nos pertenece esta noche/ (…) Está amaneciendo y veo las barbas del tiempo sobre nuestras/ sombras»).

Los poemas de ambos libros exudan el sabor amargo de la derrota, de aquello que se aproxima de forma inexorable («Se lo dijimos nosotros una tarde que ya hemos olvidado,/ (…) cercándolo con botellas vacías, contagiándole la enfermedad,/ tratando de ensuciar su mirada lampiña rociando las plumas/ del costal que recibimos como herencia, sin querer, años atrás»). La rutina y, acaso, una marginalidad espiritual agobian a la voz de estos poemas. La vida, así, adquiere la forma de una condena, que es consecuencia también del sopor con que el yo poético afronta su realidad: «escribe poemas/ en el fondo nos detesta / en el fondo odia esta vida/ pero es un comodón».

Son muchas las razones que nos obligan a recibir la reedición de Poemas y ventanas cerradas y Habitaciones contiguas con suma alegría. Por Lisandro Gómez


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