Una_caricia_(Fangacio)
Reseñas

Matices de la peruanidad

Una caricia y castigo ■ Goran Tocilovac (Belgrado, 1955) ■ Paracaídas (2014) ■ 35 soles


Novela.Mi argumento es que hay un nuevo, radicalmente distinto tipo de novela peruana sobre París. El propio autor juega con la categoría de una peruanidad flotante en un correo que me envió hace un tiempo, pero no se atreve a asumirla del todo. Es cierto que él ha nacido en Belgrado. Pero es casado con una peruana y licenciado en San Marcos. Hay en Una caricia y castigo una peruanidad discreta, pero insistente. Lo nuevo aquí es que la obra, en un enfoque como el que propongo, no se define tanto por lo que contiene, sino por lo que no hay en ella.

Por lo pronto no hay aquí peruanos protagonizando París, como en novelas o cuentos de Sebastián Salazar Bondy, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce o Fernando Ampuero, todos homenajes a la ciudad magnética. Tampoco, salvo que se me haya pasado alguno en la lectura, hay uno de esos peruanos incidentales, que prácticamente piden disculpas por estar en París, como en algunos textos de Patrick Rosas. Aquí simplemente no hay peruanos, y sin embargo es posible –en mi caso, inevitable– leer la novela desde la peruanidad. O por lo menos desde los juegos de la peruanidad.

Juegos literarios de la peruanidad: la fantasía de un Perú parcialmente impostado/inventado en un espacio exterior, como en la novela El futuro de mi cuerpo, de Luis Hernán Castañeda, donde un extraño Perú profundo se reconstituye fantasmalmente en Colorado, o en los planteamientos del narrador Daniel Alarcón en el sentido de que el idioma elegido para narrar el Perú es poco importante. Hay un Perú virtual en la literatura que se propone como alternativa a las fronteras tradicionales.

Esto ya asomaba en la primera novela del autor, Extraña comedia, donde hay más peruanos que en Una caricia…, pero donde ya ellos se limitaban a ser incidentales. Comentándola entonces, dije que Tocilovac me movía a preguntarme si existía un tratamiento peruano de París. Opiné: «No tengo una respuesta, solo una gran familiaridad con el enfoque del autor». Desde entonces, la falta de respuesta se ha complicado. El propio Perú literariamente exportable ha cambiado mucho, pero a la vez el ámbito de lo peruano se ha ampliado, enrarecido.

En medio de estas reflexiones vagamente nativistas, la novela de Tocilovac es un planteamiento radical. Por lo pronto es una obra sobre el futuro, un tema casi no transitado en nuestra narrativa. La profecía poética de César Vallejo sobre su muerte en París es una excepción, y una profecía a corto plazo. Paris no es un escenario insólito para la ciencia ficción mundial, pero tampoco muy frecuente, y también en esto la novela de Tocilovac es desafiante.

No creo ser un crítico indiscreto si digo que el núcleo de la obra es la relación entre un juez francés entrado en años y una muy joven esclava amazónica (en ninguna parte asoma que sea, además, peruana), y que la pasión de él es pintarle encima escenas a ella. Ella está disconforme con la situación, él la llama al realismo. No voy a avanzar más porque este encuadre inicial es suficiente para entender que la novela es sobre la relación colonial mediada por la cultura, la cual funciona como neutralizadora de posibilidades más crudas que esta del lienzo humano.

Tocilovac construye una sociedad futura que mantiene un esclavismo hipócrita y rituales de justicia barrocos, por ponerlo de alguna manera. De allí la presencia y prominencia del juez. La relación entre los dos personajes principales está sumida en una normalidad que vista desde estos años es decadente. Después de algunas páginas empezamos a sentir que estamos realmente ante una obra de teatro, y esto es importante porque entonces podemos entender que el texto no es una acumulación, sino que busca, como define Franco Moretti el género teatral, un nudo que se resuelve en un momento de decisión. Ciertamente lo logra.

Tenemos, pues, una ciencia ficción soft, es decir sin alardes científicos o imaginativos, de crítica social de un futuro específico, con la real estructura de una obra de teatro. Pero a la vez la obra no es muy teatral, el ritmo es irritantemente lento y repetitivo, y solo se sostiene por la buena prosa, que es un alarde. Los pocos personajes son flojos: el juez dibujante es una imagen de la impotencia, la protesta de la esclava es feble, en la medida que se deja callar en exceso, y el ritual, solo entendible como una perversión, sigue su curso.

¿Hemos perdido al Perú a estas alturas de mi comentario? No necesariamente. Esta es una historia escrita por un extranjero familiaridísimo con París y a la vez víctima de un extrañamiento. Pero está claro que lo peruano está presente en la prosa del autor, y no en el contenido narrativo de la obra. Salvo el detalle de que la esclava reclama su condición de amazónica, aunque no se precisa de qué país. Ahora bien, no aparece el Perú, pero tampoco propiamente hablando París, que ha sido futurizado y se va encogiendo a medida que el clima se va calentando más. Como dice en un momento el juez, Paris «agoniza, pero existe», en un mundo de grandes ciudades destruidas.

La novela contiene una larga reflexión sobre la justicia convertida en un universo concentracionario. Esto no es nuevo, aunque está novedosamente expresado. Pero acaso su principal hilo conductor es una nueva versión de Pigmalión, en la cual el aprendizaje de la discípula amazónica va más allá del lenguaje y los modales que estructuran My Fair Lady. Por Mirko Lauer


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