serendipia

Un señor flaquísimo, en una esquina

Texto de Raúl Tola, Pintura de José Tola


Conocí a Julio Ramón Ribeyro una tarde de invierno de 1993. Por entonces era un lector aplicado de sus relatos, ensayos y diarios, y andaba a la caza de cualquier noticia que lo mencionara, pero no sabía que estaba en Lima, en la que parecía ser su vuelta definitiva de París. Yo acababa de ingresar a la Universidad Católica y vivía deslumbrado y agradecido por las historias de este escritor de eterno perfil bajo, capaces de traducir con una fidelidad fotográfica las frustraciones, dolores y fracasos de las personas comunes. Todavía recuerdo las largas horas que pasaba retrepado en los omnibuses cochambrosos que me llevaban a la Católica, leyendo hipnotizado los cuentos de La palabra del mudo, escritos con una prosa transparente e intimista, con sus personajes mediocres y resignados, y cuyos finales solían causarme al mismo tiempo desconcierto, exaltación y zozobra.

Era un día bastante corriente en el Parque Kennedy de Miraflores. El aire cargaba una mezcla de olores: a humedad y café, fritura y berrinche. En la esquina de Schell iba y venía el viejo orate que todas las tardes llegaba puntual al lugar donde había muerto atropellada su novia de juventud, mientras él la veía cruzar la pista. A lo lejos los turistas ocupaban las mesas de la terraza del Café de la Paz y los niños que salían del colegio entraban con sus padres al D’Onofrio de Diez Canseco. Prestando atención uno podía escuchar el alegre trajín de la Calle de las Pizzas, asordinado por el revuelo de motores y bocinas de los autos y omnibuses. Estaba allí para encontrarme en un bar de Porta con un grupo de amigos, para despedir a una compañera de Letras que se marchaba a vivir a México.

Cuando descubrí la estampa filiforme y un poco encorvada de aquel hombre que subía fumando por Diagonal, acompañado por una muchacha rubia y muy guapa, me detuve muy sorprendido. Tenía un parecido imposible con el Julio Ramón Ribeyro que había visto tantas veces en fotos y reportajes de televisión, con aquella frente ancha, esos ojillos achinados y serenos, esas mejillas hundidas y cadavéricas, y esa nariz un poco torcida y aguileña, pero llevaba un bigotazo negro y muy poblado que no le conocía y que me confundió. ¿Era o no era?

Tuvieron que pasar unos segundos hasta que reaccioné y fui tras él. Primero me detuve en un puestecito ambulante, y con la única moneda que guardaba para mi pasaje de vuelta me compré un cuadernillo espiral y un lapicero. Cuando volví a seguirlo descubrí alarmado que acaba de despedirse de la muchacha rubia y estaba a punto de tomar un taxi. No había manera de alcanzarlo, pero igual corrí, quizá esperando un milagro que al final ocurrió: el taxi siguió de largo. Cuando llegué a su lado, estaba tan sofocado por la carrera y la emoción, que solo acerté a hacerle la pregunta más evidente:

–Perdone señor, ¿de casualidad usted es Julio Ramón Ribeyro?

Ribeyro sonrió y asintió: Claro, quién si no. Recibió de buena gana el cuadernillo y el lapicero que le extendí, y para firmarme un autógrafo me preguntó mi nombre. Se lo dije, y sonrió todavía más:

–¿Tola? Mire qué casualidad. Yo soy buen amigo de Fernando Tola, el notable orientalista…

Había leído Prosas apátridas hacía menos de un mes y recordaba bien la referencia dedicada a mi pariente: «Miré por el balcón y vi en la Place Falguière al eminente orientalista doctor Fernando Tola, pero evidentemente se trata de cualquier huevón francés con anteojos y aire intelectual»:

–Claro, usted lo menciona en la Prosa 151.

Ribeyro levantó la vista del papel que aún no había autografiado y me miró con intriga:

–Veo que está bien informado, joven.

Conversamos un poco más y finalmente estampó unas frases afectuosas y su firma en el cuadernillo que le había entregado. Hubiera querido proponerle que nos tomáramos algo, pero mi timidez fue más fuerte. Siempre he querido creer que habría aceptado con gusto, porque le caí bien.

Las últimas noticias importantes que leí sobre Julio Ramón Ribeyro ocurrieron a finales de 1994. La primera fue la merecida entrega del Premio Juan Rulfo por el conjunto de su obra, y la siguiente, apenas unos días después, la de su muerte el 4 de diciembre, luego de la larga y dolorosa agonía de un cáncer ocasionado por los Gauloises que fumaba como un carretero y que hacían de la literatura un mero placer complementario. Hubiese querido llegar al final del día para leer y releer el autógrafo que Ribeyro me había firmado más de un año atrás, pero no pude. Lo había perdido ni bien había vuelto a casa cuando lo conocí, y luego tuve tantas mudanzas que nunca lo pude encontrar.

Atesoro muchísimo el recuerdo de aquella tarde en el Parque Kennedy, cuando por casualidad descubrí a uno de mis escritores fundamentales convertido en uno más de sus personajes, con ese paso cansino, ese oscuro sobretodo que llevaba puesto y ese humo color malva que parecía envolverlo cada vez que daba una pitada a su cigarrillo. Porque nunca se me perderá, a diferencia del autógrafo, y podré volver a él las veces que quiera, como ahora. Para preguntarle de nuevo a Julio Ramón Ribeyro si de veras era él quien estaba ahí, flaquísimo y en una esquina.


José Tola (Lima, 1943). Pintor peruano. Graduado de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (España). Tiene una trayectoria de más de 40 años, con diversas exposiciones y reconocimientos.
Raúl Tola (Lima, 1974) Periodista y escritor. Ha trabajado en diversos medios escritos y televisivos. Además, ha publicado cuatro libros, entre ellos las novelas Noche de cuervos y Flores amarillas..