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Un hombre flaco

Por Daniel Titinger


Sobre Ribeyro ya se ha dicho y escrito mucho, aunque quizá nunca lo suficiente. Prueba de ello es Un hombre flaco, el extenso perfil sobre el autor de La palabra del mudo que Daniel Titinger publicará con Ediciones Universidad Diego Portales, de Chile. De ese libro, presentamos un adelanto de tres capítulos que nos permiten redescubrir imágenes inéditas del querido escritor.

3

La fotografía es de mediados de 1994. Julio Ramón Ribeyro está de pie, en la terraza de su departamento de un sexto piso en el distrito de Barranco, en Lima. Parece una estaca con las manos en los bolsillos y mirando el mar. Se lo ve tan delgado que cualquier brisa lo podría alzar como un pañuelo. Sonríe o hace una mueca tímida con la boca, escondiendo los dientes amarillos por el tabaco, bajo esa nariz afilada como un anzuelo, bajo ese tupido bigote que se ha dejado en los últimos meses, sin razón aparente. «Cada escritor tiene la cara de su obra», escribió. Su frente es amplia. En la fotografía lleva una camisa que parece apta para un cuerpo más robusto, en la que podría entrar otro Ribeyro, y un pantalón marrón aferrado a la cintura por una correa exhausta. Quizá sospeche que pronto va a morir, pero parece absorto en un recuerdo afortunado, y tal vez por eso las arrugas en su rostro no muestran a un hombre viejo y, en cambio, congelan un instante feliz: un hombre mirando el mar, un escritor de cara a la eternidad.

–Se lo veía flaquísimo –me dijo un día Herman Schwarz, autor de la foto–, pero siempre había sido así.

Como el personaje de la novela La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, Ribeyro era un hombre tan flaco que parecía siempre de perfil. En febrero de 1961, cuando tenía 31 años, escribió en su diario personal: «Los espejos de mi cuarto, testigos de mi vertiginoso adelgazamiento. Me da casi vergüenza desnudarme, vergüenza ante mí mismo». En la fotografía, Ribeyro ocupa el lado izquierdo de la imagen y cubre parte del Morro Solar, un conjunto de cerros del distrito de Chorrillos. El resto de la foto es mar, un trozo de balcón, una palmera. El escritor Guillermo Niño de Guzmán, uno de sus amigos más íntimos en esos años, lo recordó así en la revista mexicana Letras Libres, en 2003: «Al llegar a su casa […] lo encontraba, invariablemente, con su cigarrillo humeante y una copa de vino tinto, mirando el mar cubierto por la neblina pertinaz de Barranco. En su rostro aleteaba la impaciencia de alguien que ha estado encerrado varios días y que por fin ha decidido reanudar su vínculo con el mundo».

La foto de Schwarz fue tomada en 1994. Cinco años antes, con la idea de abandonar París, donde había vivido desde 1960, Ribeyro había comprado ese departamento y empezado una mudanza progresiva hasta que se instaló definitivamente en Lima en 1992. Dejó en París a su esposa, Alida, que desde allí viajaba a Japón, a Israel, a Suiza, vendiendo cuadros y retornando siempre a su departamento del Parc Monceau, 260 metros cuadrados, tres dormitorios, dos baños, un living y un comedor enormes, justo enfrente de donde hoy vive. Desde que regresó a Lima, Ribeyro dejó de escribir otra cosa que no fuera su diario personal, que había empezado en 1950 apenas como un ejercicio de escritura en papeles sueltos, cuadernos y libretas, a mano o a máquina, una serie de apuntes o esbozos de cuentos. «Yo pensaba que era un trabajo paralelo a mi obra de ficción –le dijo Ribeyro a su amigo, el poeta Antonio Cisneros–. Era una especie de ayuda, de stock, de informaciones para los textos de ficción, no les atribuía ningún valor literario». Pero nunca dejó de escribir esos papeles, y hasta fue perfeccionándolos en su estilo, convirtiéndolos conscientemente en literatura luego de leer los diarios de Kafka, de Amiel, de Saint-Simon, de Chateaubriand, de Casanova, los diarios de guerra de Ernst Jünger, y empezó a archivarlos en unas carpetas ordenadas cronológicamente, hasta que decidió publicarlos –«por qué dejar esas miles de páginas acumuladas a la suerte»– el mismo año de su mudanza definitiva a Lima. Los llamó La tentación del fracaso, y empezaron con un primer tomo de la editorial Jaime Campodónico, con apuntes de 1950 a 1960, un Ribeyro jovencísimo, escéptico, tímido y decepcionado de la vida a los veinte años, que se ponía peor conforme pasaba el tiempo.

Cada escritor tiene la cara de su obra, y el Ribeyro de los diarios, tres tomos en total que solo llegan hasta 1978 –porque, dicen, Alida no quiere publicar lo demás–, contrastaba con ese hombre que había regresado a Lima, luego de treinta y dos años de autoexilio, y posaba para la fotografía de Herman Schwarz. En la foto se lo ve feliz, distendido. Pero a sus amigos más cercanos les decía que estaba cansado de escribir, que ya había cumplido con la literatura: cinco libros de cuentos, tres novelas, un libro de ensayos, dos de teatro y otro par de textos breves o aforismos, además de prólogos, traducciones y ese diario personal que empezaba a publicarse. En Francia había sido un respetable funcionario de la Unesco, un escritor latinoamericano sin boom, un ermitaño. De ese pasado, solo le quedaban el cuerpo enclenque, la salud menguada y una timidez que rayaba en la fobia. En el Perú, sin embargo, se lo consideraba un escritor célebre, una leyenda que había sobrevivido a una enfermedad fatal, «el mejor cuentista de todos los tiempos», decía la prensa. Pero era 1994 y él se sentía un ex escritor. Y estaba feliz de serlo.

«Ha llegado un tiempo en mi vida en que lo único que yo quisiera es no tener que hacer absolutamente nada –le dijo un día a Guillermo Niño de Guzmán–, ese es mi placer». «Escribo cuando me provoca», dijo en agosto 1994, en una de las entrevistas que concedió cuando se supo que había ganado el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.

Niño de Guzmán está sentado en un café de Miraflores, en Lima, una tarde gris, una camisa azul bajo el chaleco plomo, la barba crecida y el recuerdo de su amigo, veinticinco años mayor que él.

–Estoy cansado de escribir, me dijo, me están pidiendo cuentos y yo ya no quiero escribir, no quiero tener ninguna imposición.

–¿Y qué hacía?

–Bueno, él era un hombre de collera, de amigos.

–¿Salía con ustedes?

–Sí, o se quedaba en su casa, ¿no? Tenía su juego de ajedrez, eso le gustaba. Ya cumplí, me decía. Ya cumplí.


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17


A Alfredo Bryce Echenique le duele la muela. Dice que pronto irá al dentista, pero es difícil porque está recluido, leyendo mucho, escribiendo una novela, alejado de todo y todos, en una casita blanca con sala, dos habitaciones, un baño y una cocina a más de ochenta kilómetros al sur de Lima. Es un jueves de enero de 2013 y Totoritas es un balneario tranquilo, con parques y calles anchas que dan al mar, con casas con piscina –no la de él, que es alquilada y muy pequeña– y bicicletas último modelo y camionetas último modelo y gente contenta, despreocupada y suntuosa, y un escritor que puede darse lujos extraordinarios: escribir sin que lo molesten. No te preocupes, me dice, es para hablar del Flaco.

Entonces se sienta frente a su laptop, en cuya pantalla puede verse la bandeja de entrada de su correo, con sus anteojos redondos, tan Bryce, y unas sandalias azules, un short azul, una camiseta con un delfín. Se agarra la muela con un dedo. Está un poco subido de peso y no entiende por qué, dice, porque come sano y además sale a caminar todos los días por la playa. Cruza las piernas. Lo bueno de estar alejado de Lima es este silencio. Lo malo, que no tiene al dentista cerca. Pero hay cosas peores.

–Justo me acaba de escribir al correo una amiga salvadoreña a la que Alida le pidió hace años algo muy sucio, que le consiguiera una licencia de conducir de El Salvador, quién sabe para qué.

Yo no le pedí que me hablara de Alida, pero es lo primero que hace Bryce al recordar a su amigo.

–Es una mujer de ambición desmedida, eh, siempre pidiendo trampas –dice–. Allá se hace llamar Madame de Ribeyro, y no porque sea la señora de Ribeyro, sino porque le da algo de aristocracia. En fin, yo decidí hace muchos años que muerto Ribeyro, se acabó también esa señora.

Al lado de su laptop hay tres libros sobre Miguel Grau, un héroe peruano que murió peleando contra Chile en la Guerra del Pacífico, y que a Bryce le sirven, dice, como contexto histórico de la novela que está escribiendo.

–Para mí era el gran Julio Ramón, el gran escritor que admiraba desde que yo era estudiante en Lima. Pero yo ya vivía en París, en un lindo penthouse de dos habitaciones, y un día estaba ahí cuando de repente suena el timbre y era Julio Ramón Ribeyro, a quien yo nunca había visto en mi vida, con el más ribeyriano de los pretextos. Su mujer iba a dar a luz y venía a pedirme una cámara para fotografiar al bebe. Es tal cual te lo estoy contando, eh.

«Bryce cuenta muchas cosas que no son ciertas», dirá Alida de Ribeyro, meses después, en París. Quien más ha hablado sobre Julio Ramón Ribeyro es Alfredo Bryce Echenique, y Alfredo Bryce Echenique habla tal y como escribe, con esa fascinación por exagerarlo todo. Ha dado decenas de entrevistas acerca de Ribeyro. Ha escrito artículos. Ribeyro ha sido personaje de tres de sus novelas, Tantas veces Pedro, La vida exagerada de Martín Romaña y El hombre que hablaba de Octavia de Cadiz. «Si mis libros no perduran –dijo una vez Ribeyro–, pues yo lo haré en los libros de Alfredo Bryce». Un amigo de ambos, el escritor Fernando Ampuero, me dijo un día que a Ribeyro también le ocurrían cosas muy «bryceanas», y que es imposible saber dónde termina una historia de Julio Ramón y dónde empieza una de Bryce. Fueron íntimos, y eso es verdad. Y se quisieron mucho. Tanto que, en 1973, sospechando su muerte, Ribeyro grabó ese casete que envió a su hermano Juan Antonio, a Lima. «No vayas a pensar que muero solo en París –se escucha ahí–, muero con otro hermano, que es Alfredo Bryce». Lucy Ipenza, la viuda de Juan Antonio, conserva esa grabación.

Es cierto que Bryce lo acompañó «en la sala de los muertos» del hospital Saint-Louis, durante esa, su primera muerte. Es cierto, también, que mientras Bryce vivió en París, hasta 1980, iba casi todos los domingos a almorzar a la casa de Ribeyro, y era Alida quien cocinaba. Alida cocina muy bien, y su especialidad es la papa a la huancaína, un plato típico peruano que ella mezcla con quesos franceses. Es cierto que en esos almuerzos Bryce le leía a Ribeyro pasajes de Un Mundo para Julius, que se publicó en 1970, e incluso le dejaba páginas para que se las corrigiera. Y es cierto, además, que dos años antes de Julius fue Ribeyro quien le puso título al primer libro de cuentos de Bryce: Huerto cerrado. Es cierto que en abril de 1974 Bryce había terminado su matrimonio con Maggie, y que Alida estaba en Egipto, vendiendo obras de arte, y entonces Ribeyro alojó a su amigo, y «dos escritores en una misma casa podría ser nefasto –escribió Ribeyro en su diario–, pero Alfredo es tan comedido, ordenado, discreto, que prácticamente puedo seguir llevando mi vida de solitario, sin casi sentir su presencia». Y es cierto que en enero de 1977 Ribeyro leyó el manuscrito de la novela Tantas veces Pedro, y escribió sobre Bryce, al que quería tanto: «Confirmo que es el más grande narrador humorístico peruano y al respecto no existe en nuestra literatura términos de comparación». Puede ser cierto, incluso, que en el otoño parisino de 1966 Ribeyro fuera hasta su edificio y le tocara un día la puerta, sin conocerlo, para pedirle una cámara fotográfica.

–Yo no tenía una cámara de fotos, pero sí una botella de pisco. Recuerdo que me pidió que le leyera algo y mientras yo le leía él escuchaba y bebimos esa botella de pisco y yo nunca más en mi vida he vuelto a beber pisco. A propósito, ¿quieres tomar una copita? Tengo vodka.

Bryce se levanta y va hacia la cocina, lentamente, y saca de la refrigeradora una cubeta de hielo y agua tónica. Cuando vuelve, el hielo y el agua tónica en la mano, dice:

–Luego bajamos a un restaurante al que iba a dormir la siesta Atahualpa Yupanqui y la pasamos tan bien conversando y tomando vino que fuimos a seguirla a un bar de la Place de la Contrescarpe, al lado de donde vivía Hemingway, y fueron apareciendo todos los amigos de Julio Ramón, y era como si nos hubiéramos dado cita ahí, te juro, yo no me cansaba de conocer gente, y creo que todos los peruanos que conocí en París los conocí ese día, empezando por Ribeyro. La pasamos estupendamente bien, pero Julio llegó a su casa dos días después, y el hijo ya había nacido, sin foto y sin nada.
Es cierto que Julio Ramón Ribeyro era un hombre despistado. Una tarde, cuando su hijo Julito tenía apenas tres años, Ribeyro lo llevó a un parque cercano a la Place Falguière, donde vivían entonces, «un lugar feo», escribió él, «un barrio sin alma». El niño llevó sus baldes para jugar en la arena. El padre llevó el diario Le Monde. Pasó un rato y volvió a su casa. Cuando abrió la puerta de su departamento, Alida le preguntó por su hijo. «Me lo olvidé en el parque», le dijo a su esposa. Alida lo recuerda hasta hoy: «Julio Ramón tenía cualidades extraordinarias y defectos extraordinarios».

–Era un despistado impresionante –me dice Alfredo Bryce Echenique, con un vaso de vodka en la mano, las piernas cruzadas–, un fumador compulsivo, un bebedor de vino que jamás estuvo ebrio, un hombre de una gran compostura y una timidez sobrenatural, realmente.

Es cierto que Julio Ramón Ribeyro era un hombre tímido. Uno de sus amigos de los años ochenta, en París, fue el psicoanalista Jorge Bruce. Bruce recuerda que, cuando lo conoció, Ribeyro no solo le dio la impresión de ser huraño, sino que le pareció descortés.

–Entonces me di cuenta de que era una timidez fóbica, ¿no? Una fobia social –me dijo un día Jorge Bruce, en su consultorio de Miraflores–. Por eso él andaba siempre con dos o tres copas de vino de retraso, digamos. Porque con vino se emparejaba y se soltaba más.

Es cierto que Ribeyro tenía una técnica para beber vino, quien sabe si para no perder la compostura o para atenuar esa timidez sin acabar en el suelo: llenaba la copa con un buen tinto de burdeos, de preferencia un Saint-Emilion, y la dejaba reposar sobre una mesa. Le daba un sorbo, se levantaba y la ponía en alguna otra parte; encima de una chimenea, por ejemplo. Era una manía rarísima, se olvidaba de la copa un rato, incluso no sabía dónde la había dejado. Luego la encontraba, le daba otro sorbo, y buscaba un nuevo lugar para perderla de vista.

–Era tímido, pero audaz –recuerda Alfredo Bryce–, y siempre terminaba en fracasos rotundos, eh. Un día hubo una fiesta en la Embajada del Perú, y Julio llegó como llegaba siempre, por la puerta falsa. Las puertas principales estaban hechas para que llegara Vargas Llosa, pero el otro llegaba y nadie lo había visto. Yo me acerqué a él, empezamos a conversar y Julio me dice: ¿Sabes a quién he visto y está sola en el comedor? ¡A Mary Ann Sarmiento!, se emocionó, que fue Miss Perú en tal año. Mary Ann Sarmiento, me dijo, una de las mujeres más bellas del Perú, ¡allá voy!, me dijo, ¡la he esperado toda mi vida, carajo! Se metió al comedor y le dijo: Mary Ann, hace cuarenta años… y la otra, que ya estaba luchando con los años, ni lo dejó terminar: Cojudo, hace cuarenta años yo no había nacido.

Otro amigo suyo de París, el pintor Alberto Quintanilla, recuerda cuando Julio Ramón Ribeyro era soltero, a inicios de los años sesenta, y él trataba de buscarle mujeres. No entendía cómo un hombre tan solitario y tímido podía haberse enamorado de C., una peruana que menciona así, solo con esa inicial, en sus diarios de los años cincuenta. Cathy Herrera, se llamaba ella.

–Una vez le presenté a una amiga de mi mujer –me contó Alberto Quintanilla– y él se puso a temblar, y a mí no me gustan los hombres que tiemblan, dijo ella. Julio Ramón era un fracaso, caricho. A este flaco van a tener que violarlo, decía mi mujer.

–Siempre fue un tipo bueno, pero callado –dirá luego su amigo del colegio Champagnat, Luis Garland Llosa, recordando la niñez y adolescencia del escritor.

–Si no hubiera sido escritor, nadie del colegio se hubiera acordado de él –me dirá Tomás Unger, también de esa promoción del Champagnat.

–Era discreto, pero muy inteligente –dirá otro compañero del mismo colegio, Carlos Pestana.

«Yo era hermético, un poco retraído –recordó el mismo Ribeyro en una entrevista a la periodista Elsa Arana Freire, en 1981–. Por otra parte, no era un alumno brillante, ni un buen deportista, de modo que frente a mis compañeros me sentía un poco disminuido. Y para afirmarme, para oponerle a ellos algo que pudiera hacer bien y que supiera hacer, me puse a escribir». Los compañeros del colegio ya están viejos, quedan pocos, «y usted nos está agarrando en una edad en la que la mitad de los recuerdos ya se fueron», dicen, pero hay una anécdota que varios repiten: Ribeyro dibujaba bien y un día, en su pupitre de madera –«Julio se sentaba atrás, con los tranquilos»–, dibujó al profesor de inglés, un cura delgado de cabeza pequeña, pelirrojo, y lo hizo idéntico, pero pagó esa osadía cuando lo obligaron a borrar el dibujo con una lija durante varios recreos. Julián Carrillo también era de esa promoción del Champagnat, y recordará que él nunca sintió que Ribeyro fuese amigo de nadie.

–Hablaba poco. Era como si estuviera pensando, como si se riera internamente. Era raro.

Es cierto que Julio Ramón era un hombre raro. Extravagante, según algunos.

Tenía una técnica para fumar y otra para beber. Tenía una técnica para todo. Decía que mediante una técnica había logrado descifrar los misterios de la ruleta, y que se haría millonario jugando en los casinos de Montecarlo. Su viuda lo recuerda haciendo cálculos con una ruleta de juguete que compró junto a un amigo. También sostenía que había descubierto una técnica para ganar la lotería, y que quería publicarla en un libro. Alfredo Bryce Echenique lo hizo entrar en razón: «Si tú nunca has ganado ni una apuesta, Julio, ¿qué vas a poner en el libro?». Otro día se le ocurrió que podía irrigar la costa norte peruana, árida y desértica, trasladando un iceberg gigantesco desde el Polo Norte hasta el Perú. Era un hombre tímido, pero disparatado, y si bien era un escritor realista, tenía una faceta fantástica: entendía que su vida era una prórroga, y algún misterio debía encerrar esa resistencia suya ante la muerte. «Era un hombre esotérico», me han dicho. Un día vio caminar a Wanda Llosa, prima de Mario Vargas Llosa, por el bulevar Saint-Michel, y entonces le comentó a un amigo: «Está muerta». Poco después, Wanda Llosa se subió a un avión de Air France que se estrelló. El poeta Abelardo Sánchez León me contó que viviendo en París le tocó el timbre una tarde a Ribeyro; él abrió la puerta y le dijo: «Te estaba esperando. Siéntate ahí». Ribeyro le contó que un amigo suyo que estaba de paso en París, en un viaje que hacía desde Alemania a España, le había traído la colección completa de «Los Caballos Rojos», el suplemento del diario Marca, pero no quiso sentarse donde él le pidió. «Siéntate ahí», le dijo a Sánchez León, y le advirtió que era mejor que le hiciera caso porque ese amigo suyo que no había querido sentarse donde él le pedía, murió al poco tiempo, en el mismo avión en que el que viajaba el poeta y editor peruano Manuel Scorza.

Ribeyro quería viajar en un ovni. Se lo dijo a un amigo suyo, el pintor Herman Braun-Vega.

–Un día vino a pie hasta mi casa con dos libros de mierda de tapa roja con letras doradas –recuerda Bryce, en la sala ardiente, calentada por el sol, de su casita blanca de playa–, unos libros horribles que yo jamás en mi vida hubiera comprado, y me imagino que eran de Alida porque tenían forro rojo y letras doradas y adornadas, no sé el origen de esos libros infames, y me dijo que me los vendía por veinte francos. Todavía estaba en la France Press, seguro, no tenía dónde caerse muerto y vivía con su esposa y su hijo en un lugar horrible en la Place Falguière. Julio, le dije, no los quiero, no necesito esos libros, pero tú sí necesitas los veinte francos, o sea que yo te los presto. Entonces le di los veinte francos y lo acompañé abajo y vi cómo se subía a un taxi. ¡A un taxi! Eso no le costó menos que trece o catorce francos. Seguro el resto se lo gastó en una baguette y cigarrillos. Así era de extravagante, el Flaco.

Alfredo Bryce se levanta, lentamente. Va hacia la cocina.

–Ese apodo, el Flaco, se lo puso uno de sus grandes amigos, el pintor Emilio Rodríguez Larraín. ¿Otra copita?


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39

Es un viernes de mayo de 2013 y Julio Ramón Ribeyro ha regresado a Barranco, a su departamento con vista al mar –el acantilado, las palmeras gigantes–, luego de filmar una película de zombis en París. Está visiblemente agotado, la filmación duró ocho semanas y él debía perseguir zombis apuntándoles con una cámara muy pesada, de siete de la noche a cinco de la mañana. Bosteza, se frota los ojos, rojísimos. Ha perdido sus anteojos. No ve bien. Me da la mano, se deja caer en un sofá cubierto por una sábana de colores y dice:

–La vida en París es difícil.

Por eso, porque es difícil la vida en París, porque él no soporta el frío de París y el invierno que pasó filmando zombis fue el más crudo desde 1949, y los zombis jugaban fútbol y siempre era de madrugada y el estadio de Courbevoie, en las afueras de la ciudad –«un lugar feísimo y peligroso»–, parecía una enorme congeladora y él debía usar tres abrigos, dos pares de medias, «y a mí me cambia mucho la moral levantarme con cero grados y lluvia»; por todo eso es que

Julio Ramón Ribeyro viene a Lima una vez al año, de vacaciones, y se instala en el departamento donde antes vivió su padre.

Julio Ramón Ribeyro, único hijo de Julio Ramón Ribeyro, es director de fotografía. Tiene 46 años, astigmatismo y presbicia avanzados, la calvicie incipiente, la sonrisa fácil, la camiseta azul afuera del jean y está algo subido de peso. Es soltero. No tiene hijos. A su edad, su padre ya había sido operado dos veces y adelgazaba cada día, con evidente riesgo de desaparecer. Escribía sobre su trabajo: «Me sorprende a veces que pueda sobrellevar esta vida sin caer en la depresión o sin pegarme un tiro». Escribía sobre su hijo: «Duérmete, por favor, me voy a volver loco, tengo que trabajar».

Julio Ramón Ribeyro me dice que está agotado pero feliz: es invierno en Lima, aunque hoy ha salido el sol y él ha dejado abierta la puerta de vidrio que da a la terraza –la famosa terraza desde donde Ribeyro miraba el mar, le digo–, y entra una brisa fresca, el ruido potente de una grúa construyendo un nuevo edificio. La modernidad, bosteza. No se parece en nada a su padre, y para diferenciarlo todos lo llaman, hasta hoy, Julito.

–Con ese nombre, no hay manera de que pases desapercibido.

–No estoy muy seguro de eso –dice–, la gente mayor o de mi generación sí se da cuenta, pero la gente joven cada vez menos. Me sorprende mucho, hace dos años mostraba mi DNI y no había manera de que no me hicieran la observación, la pregunta, pero ahora no, y eso me preocupa no por mí sino por la obra. Lo importante es que la obra perdure.

–¿Y qué pasa con la obra que no ha sido publicada? –le pregunto.

Además de los diarios escritos luego de 1978, dos amigos de Ribeyro me han dicho que él tenía listo un nuevo libro de cuentos, que iba a firmar con el seudónimo de Luder, ese personaje mordaz e irreverente que el escritor inventó para decir cosas que él jamás hubiese dicho. En 1989, Jaime Campodónico publicó Dichos de Luder, también bajo la Colección del Sol Blanco, y es la única aparición de ese personaje inventado en toda la ficción de Ribeyro. Luder dijo, por ejemplo: «Quizá solo en el instante de morir recibamos la llave del cofre donde está guardado el libro que contiene el secreto de la verdad. Pero ya no podremos transmitir ni la llave, ni el libro, ni el secreto, ni la verdad». Me han contado que antes de morir, en este mismo departamento de Barranco, Ribeyro le entregó a uno de sus editores el manuscrito de un libro que él quería llamar Cuentos de Luder. ¿Qué pasó con los diarios? ¿Y con las cartas a Juan Antonio? ¿Y qué pasó con esos cuentos de Luder? Julio Ramón Ribeyro, el hijo, se fastidia. Frunce los labios, se acaricia la cabeza. Detrás de él cuelgan dos cuadros de Miró que pertenecieron a su padre. En uno hay un perro sacando la lengua mientras salta una cerca o algo así; en el otro hay un gato. O un búho. Ambos están algo maltratados, con un poco de moho en el paspartú.

–Mira –me dice Julio Ramón Ribeyro–, lo quiero decir claramente y de una vez por todas: no hay más obra. Es una fantasía.

Del departamento donde vivió su padre conserva esos cuadros de Miró y algunas mesas. También hay una gigantografía de cartón y de tamaño natural de Humphrey Bogart, con gabardina, sombrero y un cigarrillo en la mano, interpretando a un detective privado en El halcón maltés. Su padre la había conseguido quién sabe dónde en 1994 y hacía posar a sus amigos, abrazando al Humphrey Bogart de cartón. El hijo ha colocado esa gigantografía al lado de la puerta de entrada, y podría ser una suerte de bienvenida al pasado, salvo que a Julito no le interesa mucho ese pasado. Quizá Humphrey Bogart está aquí solo porque sobrevivió a la humedad.

–He cambiado casi todo, pero el espíritu es el mismo –dice–. Y en cuanto a lo de los libros, no hay más libros, todo es una leyenda.

Muy pocas cosas han sobrevivido del departamento original. El hijo de Ribeyro ha cambiado el piso, ha puesto mayólicas en la terraza «porque esto estuvo deshabitado muchos años y cuando llegué todo estaba hecho una porquería», dice.

–Esa historia de los cuentos de Luder la he oído –dice–, y con mi madre hemos buscado en todos lados, incluso en un ordenador que mi padre tenía, pero no hay nada. Hay cosas que sí hemos encontrado y publicado, pero que realmente no tenían mucho valor.

El sol le fastidia, hace días que no ve bien, ha pedido que le envíen unos anteojos de París.

–Podría existir otro tomo de los diarios, pero tendría que haber alguien que se involucre en releer, corregir, editar, porque es lo que mi padre ha hecho siempre, nunca publicó las cosas por publicar, y eso tiene un precio.

–¿Muchas editoriales han preguntado por los diarios?

–No sé cómo decirlo porque no quiero decepcionar a nadie, pero algún día se publicará esto y verán que la parte más interesante es la primera, cuando él está solo y no tiene éxito, ¿sabes? Cuando es joven y se va de ciudad en ciudad con su máquina de escribir, es la parte más romántica. Luego se casa, empieza a trabajar en embajadas y mira, las pocas cosas que he leído de esa parte, pues a mí, en todo caso, me parecen menos interesantes.

–Pero tu padre había planeado sacar doce volúmenes de sus diarios, y solo se publicaron tres.

–Sí, pero no creo que haya tanto para eso. Habrá para un tomo más a lo mucho. Mira, La tentación del fracaso es un libro para intelectuales.

Hablamos, entonces, de intelectuales. De cuando él era niño y frecuentaba a los hijos de Mario Vargas Llosa, de cuando era joven y visitaba en España a su tío Alfredo Bryce Echenique; hablamos de zombis, de fútbol, de su padre, que era hincha del Universitario de Deportes y la selección francesa –«es una pena que él no haya podido ver a Francia ganar la copa del mundo». Me cuenta, también, que practicó full contact, que ha ido al Festival de Cannes, que estudió inglés en Oxford y Dirección de Fotografía en Los Ángeles. Y después de un rato regresamos al mismo tema.

–¿Sabes que tu padre quería publicar un libro con sus novelas incompletas?

–Qué valor puede tener eso, tienes que tener mucho cuidado porque él era muy corrector de sus cosas.

–¿Eres lector?

–No como mi padre, no tanto.

–¿Has leído todo lo de tu padre?

–No, no he leído Cambio de guardia y seguro no he leído todos sus cuentos. ¿Tú has leído todo?

Hablamos de los departamentos parisinos en los que vivió su padre. Del más famoso de todos, el de la Place Falguière, que recuerda como «muy chico», donde escribió la mayor parte de diarios que se conocen. Escribió, por ejemplo: «Estos sábados interminables, cuando me quedo solo en casa con Julito y mientras él juega en el corredor, poblando su soledad con cientos de personajes que hablan y actúan, yo pongo un disco en el aparato y papeleo, es decir, vivo entre mis papeles, para inventar un verbo».

–¿Has buscado en el disco duro de la computadora que él tenía aquí en el departamento?

–Sí, y tampoco hay nada. O sea, nada, ahí no están esos famosos cuentos.

–Qué mala noticia. Tú deberías seguir manteniendo la leyenda.
Julio Ramón Ribeyro se ríe, se frota los ojos.

–Es verdad –dice–, no hay que andar por ahí diciendo que no hay nada.


*Fotografías pertenientes a la exposición «El eterno forastero» de la Casa de la Literatura Peruana.

Daniel Titinger (Lima, 1977). Es periodista. Ha dirigido la revista Etiqueta Negra y el diario deportivo Depor. Sus crónicas han aparecido en diversas antologías, y en los conjuntos Dios es peruano y Cholos contra el mundo.