pedro

Palabras para Bruno

Por Julio Meza Díaz


 

A Renán

Todo el día estaré aquí, aunque esas nubes se decidan y llueva. ¡Mira! Allí va la iguana. Sus patas son rápidas y dejan marcas de barro. El otro día mamá las encontró en la alfombra y gritó. Si llueve ensuciaré con mis zapatos la casa, como la iguana. Pero no importa. Que llueva. La abuela siempre termina metiéndome en la ducha.

Me quedaré. Como los soldados valientes. Esperamos con los rifles listos. Sin miedo al enemigo. No interesa si son mil. Somos amigos en la misma trinchera. Somos, ¿no?…

Di algo, pues. Unas cuantas palabras. Por ejemplo que no tuve la culpa. Que vamos a seguir jugando. No me odies bajo tierra. Te he puesto en un lugar tranquilo. Las flores se demoran un día en aplaudir. El césped crece porque le gusta hacer cosquillas. El árbol de tu costado es bueno, como todos los árboles. Mira en silencio, ríe con ganas, nunca se cansa. Papá seguro era como un árbol.

Te explico. Verás que no te traicioné. En la noche nos conocimos en la cocina, ¿recuerdas? Estabas oculto entre las ollas y un ejército de hormigas entraba por tu oreja. Esas hormigas, dicen que trabajan pero en realidad solo fastidian. Van por aquí y por allá y nadie las ha llamado. Boté a las fastidiosas y nos presentamos. «Mi nombre es Oso Poing», dijiste. «El mío Bruno», me reí. Qué gracioso nombre.

Traje mi balde de juguetes. No me gusta prestar mis soldados, pero tú no los rompías y te invité a la guerra. Hubo muchas balas. Los tenedores son trincheras; los platos, naves voladoras. Gran idea la de hacer cerros con las servilletas, aunque debes recordar que los de uniforme azul siempre son los malos y pierden, y los de verde ganan.

Mamá gritó: «¡A dormir!». Quedamos en seguir jugando después. Pero al día siguiente mamá me despertó temprano y me llevó a casa de la abuela. Allí estaba Ramón, el gato. Antes no tenía esos pelos parados. Era cariñoso y alegre. Ahora camina como si fuera rey. No quiere a la abuela. Solo se le acerca para pedir comida. Le jalé la cola. Me arañó. Contraataqué. Lo perseguí hasta la azotea. ¿Por qué el Ramón será así?…

¿Qué dices? Bueno, te sigo contando. Almorcé y la abuela me trajo.

«¡Sorpresa!», gritaron. «¡Feliz cumpleaños!», me abrazaban mis compañeros del salón y me daban regalos. Los papás tomaban fotos. Al fondo la mesa tenía galletas y caramelos. Más allá estabas tú. Te habían colgado. No lo creí. Abrí grande los ojos y era cierto. ¡Qué maldad! Cayó la lluvia, una muy horrible, con el cielo aullando. No como ahora, que las nubes se alejan y parece que no lloverá. Pero no significa que mi espera sea menos o que no sea soldado. ¡Que vengan los enemigos y te lo demuestro!

Le dije a mamá, le reclamé y me botó con su palabra preferida: «luego, luego». Un payaso bailaba, decía tonterías. Lo empujé. Una niña, Lupita, me dijo: «qué fea tu fiesta». Lupita es la fea, porque a ella todo le parece feo o bonito. Le respondí: «entonces vete». La mamá de Lupita le dijo a mi abuela: «qué niño tan raro». Mi abuela dijo «sí». Sacaron un palo y te quisieron pegar. Wilfredo era el primero en la cola. Todos dicen que es el más inteligente y educado de la clase. Pero yo lo he visto robando de las loncheras de los demás. Tomé el palo y le pegué en su cabeza de huevo.

«¡Qué vergüenza!», chilló mamá. Las otras mamás la observaron por un rato. Decidí ser el mejor soldado. Además mi polo era verde. Ganaría de todas maneras.

Alguien te jaló de la pierna y le pegué con fuerza. Los gritos dieron comienzo a la guerra de comidas. El payaso bailaba. Las tortas y galletas volaban de un lado a otro. Pegué de nuevo y me devolvieron gelatina en la cara. Quise responder pero se me adelantaron: mi nariz dejó caer la sangre que sale cuando corro mucho.

Pegué, pegué, pegué.

El payaso seguía bailando. Me arañaron y un zapato se detuvo en mi oreja. Pegué y se me escapó el palo. Los gritos volvieron como una de esas olas gigantes del mar. Tropecé y volé de espaldas. Me pisaban. Estaba vestido de verde pero perdía; y sí, quizá tengas razón, a veces ganan los de azul. Varias manos lograron destrozarte.

La maldad existe. Todos se lanzaron sobre tus tripas como si fuesen caramelos.

En el piso encontré a la iguana. Pasó apurada, con sus patas llenas de barro. No lo había pensado, de seguro tiene que ir a su trabajo. Me miró un momento, con esos ojos que parecen estar lejos, muy lejos. Luego creo que me dormí…

Perdóname, ¿sí? Di algo…

¿Pero ves? Soy tu amigo. Hace un rato encontré tu cabeza en la mesa de la cocina, al lado de los bocaditos que sobraron. Las hormigas salían de tus ojos pero no fastidiaban. Parecían tristes, te acompañaban cantando. Su canción casi no se escuchaba. Es así porque son pequeñas. Me acerqué. Sí, cantaban. Tal vez ese sea el trabajo de las hormigas. No fastidian. Cantan cuando pasa algo triste.

Ya sé por qué entierran a los que mueren. Porque no pueden defenderse. Como papá.

Aquí nadie te hará daño. Las flores solo aplauden y el césped quiere que todos rían. Además a ratos sale el sol, como ahora. Pero si tienes miedo mira el árbol. Siempre dice cosas buenas y graciosas. Y ya no seas rencoroso. Háblame. No tuve la culpa…

–…

–Sí, en su cabeza de huevo.

–…

–Me gustaría que todos se enteraran de que es un ladrón.

–…

–¡Qué buena idea!

–¡Bruno! ¡A desayunar!

Disculpa. Ya debo irme. Mamá me llama. ¡Mira! La iguana de nuevo. ¿Por qué no podrá ir lento a su trabajo? ¿O no ir? Mejor sería que venga con nosotros. Se haría amigo del árbol, que es amigo de todos. Jugaría a la guerra. Conversaría también. Porque somos solos, aunque en la misma trinchera, ¿no?


Julio Meza Díaz (Lima, 1981). Ha publicado el libro de cuentos Tres giros mortales y la novela Solo un punto. Recibió el premio Universidad Cayetano Heredia por su poemario Matemáticas sentimental.