Muerte_subita_(Fangacio)
Reseñas

Muerte súbita

Álvaro Enrigue (México, 1969) ■ Anagrama (2013) ■ 264 páginas ■ 77 soles


Novela. Balzac, con su excesivo sociologismo, decía que la novela era la historia privada de las naciones. No sería exagerado afirmar que Álvaro Enrigue ha ampliado esa propuesta. En Muerte súbita, su última novela, un trabajo que desborda talento y osadía, nos enfrenta eficazmente con la génesis secreta de lo que sería la integración del mundo. Amparado en la ficción, ha tenido la astucia de acometer su empresa, digamos, por defecto: la narración de una partida de pallacorda, el ilustre antepasado del tenis, es el motivo que lo lleva a recorrer la Contrarreforma, la conquista de América y el nacimiento del arte moderno.

Roma, 4 de octubre de 1599. Caravaggio y Quevedo son dos duelistas que reemplazan espadas por raquetas. El poeta defiende su honor; el pintor, su irreverencia. Al primero lo apadrina el duque de Osuna; al segundo, un flemático Galileo. Todo ocurre en tres largos parciales, cada vez más inciertos e inquietantes. El desarrollo del juego gana en intensidad por el paso intercalado de una serie de espectros: la hermosa Ana Bolena, cuyos difuntos cabellos forman las pelotas más buscadas de Europa; el papa Pío IV, que, en un incendio simbólico, se convierte en el temible fundador del Barroco; Hernán Cortés, un capitán indeciso que se ve excedido por su propio destino; Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán, que funda la Utopía de Moro en la Nueva España; y el menos conocido y acaso más notable don Diego de Alvarado Huanintzin, nahua noble, cuya maestría en el arte amateca transforma para siempre el concepto de color. El origen de una época reducido a una jornada. El resultado: una apoteosis histórica.

Dice el narrador de Muerte súbita: «No sé de qué trata este libro. Sé que lo escribí muy enojado porque los malos siempre ganan. Tal vez todos los libros se escriben solo porque los malos juegan con ventaja y eso es insoportable». La novela carga con ese rencor, alimenta su ritmo trepidante con su propio escepticismo y desencanto. Es, a su manera, una venganza, la suprema venganza que ofrece la ficción. Pero su clave es irónica. Y es que Enrigue se planta ante un momento de la Historia y, en vez de ceder a su tono trascendente, opta por una impostura: tomar una raqueta y ponerse a jugar. Por Danilo Raá


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