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Iván Thays: «La literatura del Perú y de cualquier parte es en general mala y tirando para abajo»

Una charla con Iván Thays

Por Jaime Cabrera Junco


¿Cómo hace Iván Thays para leer, postear tan seguido en su web Moleskine Literario, dictar talleres de escritura, viajar a encuentros literarios e incluso jugar PlayStation? Ese es un misterio difícil de resolver en una sola conversación. Lo que sí es innegable es que tiene programado el tiempo, y por ello esta entrevista se realizó horas antes de que viaje a Puerto Rico, donde participó en el Festival de la Palabra. Y es que, además de conocer sus opiniones sobre actualidad literaria, queríamos saber si está trabajando en alguna novela y si acaso este aparente silencio literario –no publica desde 2011 una «novela para adultos»– obedece a alguna poderosa razón. La respuesta es positiva, pero para llegar a ella debemos ir por partes.

¿Cómo ves la narrativa latinoamericana actual?
Si hay algo en común es la divergencia, la disparidad de temas, de intereses. Entonces para mí la literatura latinoamericana es una enorme distorsión y me fascina que sea así.

¿Qué autores consideras que son referenciales?
Para mí hay un gran escritor único en América Latina y ese es Mario Bellatin. Me parece que es el gran escritor latinoamericano e incluso más allá de América Latina. Es un escritor que tiene un mundo propio, y además es insobornable y absolutamente especial en lo que hace, en el modo de producir y entender la literatura. Y, obviamente, de esa misma generación, aunque un poco mayor, Roberto Bolaño me parece un enorme cierre de ciclo.

¿Qué papel cumplen en todo esto las editoriales? Por ejemplo, Alberto Fuguet habla de la «mafia amarilla» al referirse a Anagrama.
Bueno, los problemas de Fuguet con Anagrama ya son patológicos, pero creo que las editoriales hacen lo que tienen que hacer, que es producir autores y venderlos. No significa esto que uno escriba para que la editorial te publique o por encajar en temas, como ocurre con los autores súper ventas. Ahora, cada editorial tiene sus propios intereses y por ello es obvia la diferencia entre el catálogo de Anagrama, Seix Barral y Alfaguara. Pero creo que el problema que ha surgido en Europa, por la enorme crisis que están teniendo, va a darle mucha más fuerza a la industria editorial latinoamericana, sobre todo a las editoriales independientes. Ese es el futuro en el que muchos coinciden y que creo que las editoriales independientes van a sostener este mundo tan rico y diverso de la literatura latinoamericana.

Precisamente Juan Jesús Armas Marcelo declaró que Bolaño le parece un escritor «supravalorado». ¿Qué opinas?
No, para nada. Me parece que es el escritor que tiene exactamente lo que merece. No sé cuál es el criterio para decir que alguien está supravalorado. Independientemente del gusto literario, sí creo que Bolaño es un autor que merece mucho lo que tiene, porque no es un escritor de libros sino de obra. Es increíble cómo sus obras se relacionan unas con otras. Incluso esos dos monumentos que son Los detectives salvajes y 2666 ya estaban previstos en los libros anteriores.

Sin embargo, no siempre te gustó Bolaño: decías que Los detectives salvajes te parecía una «novela pésima», que apelaba al «chistecito». ¿Cómo así cambiaste de opinión?
Como te dije, estoy tratando de entender el fenómeno Bolaño por encima del gusto literario. Es cierto que Los detectives salvajes tiene en la última parte chistes que no entiendo, pero en realidad a mí me decepcionó mucho El gaucho insufrible, me pareció una obra inacabada. Fue a partir de la lectura de 2666 que tuve una reconciliación muy grande con Bolaño y allí entendí que era un autor de obra no de novelas ni de capítulos. Algo así me pasó con Onetti, por ejemplo; el hecho de que haya libros que me gusten menos, y otros más, es secundario. Se trata de mirar el bosque y no los árboles.

Pero quizás el «mito Bolaño» ha hecho que se le lea sin considerar todo esto que mencionas…
De hecho hay bastante de leyenda en Bolaño, pero quien dice que la leyenda empezó con su muerte se equivoca, pues Bolaño ya era antes una persona legendaria. Yo estuve en el famoso encuentro de Sevilla de 2003, que se realizó semanas antes de que muriera, y ya entonces era una leyenda para todos nosotros, y es que tenía una enorme personalidad, era un encantador de serpientes y era imposible que alguien así no se convirtiera en leyenda. Claro que su muerte hace que todo vuele más rápido, como por ejemplo su ingreso a Estados Unidos, que no sé si lo aceptaría ahora.

¿Qué opinas de la narrativa joven peruana?
Para mala suerte mía estoy muy desvinculado de la literatura peruana actual. Antes estaba muy al día porque tenía el programa Vano oficio y estaba obligado a leer porque no quería entrevistar a alguien sin haberlo leído. Entonces leía mucha literatura peruana y estaba al día y encontraba fenómenos, pero eso fue hace siete años. Los libros que se han publicado desde el 2007 son para mí una especie de nube blanca, no los tengo sitiados. Sé mucho de mis alumnos y varios de ellos son extraordinarios escritores y eso es algo que me enorgullece como profesor y como amigo, pero no te podría hablar en realidad de un panorama, ya no soy la persona que lee y esquematiza. Además, ya no hago reseñas.

¿Crees que la guerra interna sigue siendo un tema que ayuda a traspasar fronteras y conseguir la legitimación en España?
Todo lo que diga la gente, y me incluyo, hay que ponerlo entre comillas porque son ideas que en la práctica no funcionan. Por ejemplo, si es cierto que la guerra interna hace que te publiquen fuera, ¿entonces por qué hay tantos escritores que hablan sobre la guerra interna y no pueden hacerlo? ¿Por qué Miguel Gutiérrez no es un éxito enorme en España si es el escritor de la guerra interna? Si la fórmula fuera guerra interna igual éxito, en España Miguel Gutiérrez estaría viviendo de las regalías, ¿no? Y no es cierto. Creo que definitivamente es un tema que nos interesó a todos en un momento dado –me incluyo también allí–, porque son preguntas que uno se hace, sobre todo en la época en que la Comisión de la Verdad y la Reconciliación estaba en pleno auge. Era imposible no ser susceptible a lo que estaba pasando en el Perú. Pero a diferencia de lo que está pasando con el mundo del narcocorrido en México o del sicariato en Colombia, la guerra interna no se ha convertido en un tema peruano. Me parece que nos salvamos de eso y creo que más bien ha empezado a relajarse la cosa.

Alguna vez declaraste que la literatura peruana «tira para abajo, es más bien mala, pero tiene individualidades geniales». ¿Piensas lo mismo ahora?
Pienso lo mismo de todas las literaturas. Creo que esto es cierto y cuando uno se sumerge en la literatura va encontrar más malos que buenos escritores. No solo me refiero a la literatura peruana, veamos la inglesa o la norteamericana. Ya no hay siglos de oro, y entonces sostengo esta idea y la amplío a todo el mundo.

Abelardo Oquendo sostuvo en Buensalvaje que en el Perú «suele regalarse» el adjetivo «gran» para referirse a un escritor y que esto incluía, por ejemplo, a Julio Ramón Ribeyro. ¿Qué piensas tú?
Obviamente Abelardo Oquendo es un lector muy exigente, lo conozco desde la universidad y supe que él era así. Pero yo iría un poco más de puntillas con Ribeyro, quien sí me parece un gran escritor. Pero creo que cada uno ve todas las obras de autores, y al hacer las sumas va a sentir que la literatura, no solo del Perú sino de cualquier lado, es en general mala y tirando para abajo, como dije aquella vez.

¿Por qué en tu web Moleskine Literario das cuenta principalmente de las novedades editoriales de afuera y muy poco o casi nada de las nuevas publicaciones en el Perú?
Como te dije, he perdido contacto con la literatura peruana hace mucho tiempo. Cuando empezó Moleskine hablaba mucho del Perú, pero ya me he desconectado. Hay editoriales que me sorprenden y que son muy jóvenes. Ahora me he dado el lujo de interesarme por autores sobre todo nórdicos. Me fascina, por ejemplo, Peter Stamm, a quien le daría el Nobel, pero está también Cărtărescu, cuya lectura de Nostalgia fue para mí un descubrimiento hermoso.

¿Y estas publicaciones de tu página obedecen a una estrategia específica?
Quizá fue inconsciente, sin intención, pero de alguna manera fui decantándome porque no leo mucha literatura española, de la cual soy mucho más ignorante que de la peruana. Por ejemplo, recién el año pasado leí dos novelas de Javier Cercas: Soldados de Salamina y La velocidad de la luz. Para ser una persona que trata de estar muy enterada, no haber leído a Cercas hasta el 2013 es bastante grave, pero así estoy de desconectado de la literatura española y de la peruana, pues me interesa mucho más la nórdica. Me ha dejado de interesar la literatura inglesa y leo mucho más la francesa.

¿Qué destacas de tu experiencia dirigiendo talleres literarios?
Después de 26 años te puedo decir que mi idea sobre los talleres ha ido cambiando y lo que más rescato es la amistad. Pero ahora creo que dictar talleres es una especie de misión. Va a sonar a Paulo Coelho, pero no me importa. Siento que dictar talleres es una misión, siento que hago bien al mundo enseñando literatura, ayudando a que la gente escriba, a que crean en ellos como escritores, incluso a personas que a veces no tienen ninguna posibilidad de ser escritores y que terminan escribiendo con una profundidad y belleza que me conmueve mucho.

De estos talleres salieron escritores como Susanne Noltenius, Ulises Gutiérrez, Katya Adaui, entre otros. ¿Ves algo en común en ellos? ¿Qué destacarías de esta promoción de narradores peruanos?
Algo en común, no. Quizá en algún momento hay una gran influencia en las escritoras mujeres (por ejemplo, Lorrie Moore) de Alice Munro, y obviamente de Carver y Cheever. Son muy notables los casos de Susanne Noltenius, Patricia Miró Quesada, pero en general tienen mundos diferentes. Susanne, Katya y Ulises Gutiérrez son tres autores distintos.

LAS POLÉMICAS
Dice que no cerró su blog Vano oficio en la web de El País, sino que el diario español cambió de estrategia y dejó de lado los días temáticos que incluía a su bitácora. Sin embargo, colabora actualmente con el suplemento Babelia y sus artículos aparecen tanto en la edición impresa como en la digital. Pero Vano oficio no pasó desapercibido, sino que incluso tuvo un momento épico con el post sobre la gastronomía peruana que le generó una descomunal notoriedad. Hasta en un programa cómico lo imitaron –con ignorancia o recurso facilista– hablando con acento español y llamándolo «Talibán Thays». Él ahora se ríe de eso y cree que si alguna conclusión sacó es el hecho de haber puesto a prueba la tolerancia sobre un tema tan picante. Criticar a la comida peruana en un medio español era como hablar mal de tu mamá en casa de la vecina, dijeron algunos. Sin embargo, no todo fue sartenazos para Thays, pues recibió un mensaje de su admirado y enigmático escritor Luis Loayza. «Me felicitó por tener el valor de decir lo que había dicho porque a él también la comida peruana le parece indigesta», cuenta orgulloso. Pero, ¿la polémica persigue a Thays o Thays persigue a la polémica? El caso es que esta no ha sido la única confrontación que tiene en su haber. Allí está, por ejemplo, la disputa entre los denominados escritores andinos y criollos de 2005. Y en el primer grupo, la némesis de Thays es Miguel Gutiérrez.

Tu primer libro, Las fotografías de Frances Farmer, se lo mostraste a Miguel Gutiérrez, quien te aconsejó que te olvidaras de estos cuentos y que cambiaras de estética. ¿Te dolió lo que te dijo?
No me dolió porque supe perfectamente de dónde venía, pues sabía perfectamente quién era él. Además, le di el libro porque estábamos en un almuerzo con Oswaldo Reynoso, a quien conozco porque soy amigo de sus sobrinas. Entonces le di amablemente los cuentos y él amablemente me hizo esa crítica, pero más que dolerme me hizo entender lo difícil que era en ese entonces –estamos hablando de 1992– salirse del orden establecido. No me imagino hoy a Miguel Gutiérrez diciéndole eso a un joven que publique un libro parecido a Frances Farmer.

¿Gutiérrez es un mal escritor?
Me parece que es interesante como propuesta. Tiene buenos lectores que le encuentran cosas que no soy capaz de encontrarle. Pero lo que me molesta de Miguel Gutiérrez es el ruido de la mala escritura. Me parece que escribe mal. Quizá sea interesante lo que dice, pero como escribe mal, eso me afecta como si escuchara el scratch en una canción. Creo que él ha puesto por debajo la forma y por encima el contenido sin darse cuenta de que son la cara de una misma moneda.

¿Y Oswaldo Reynoso?
Me parece que es un escritor que tiene una obra extraordinaria como Los inocentes, pero después me parece un autor muy irregular. La crítica a Oswaldo, más que por sus libros, es por su actitud política, que me parece repugnante y eso es algo que no puedo pasar por alto.

UNA NUEVA IDENTIDAD
Thays bromea con el paso del tiempo. Un diario limeño publicó un comentario suyo sobre el Nobel francés Patrick Modiano y colocó una foto que le habían tomado en 2007. «Actualmente me parezco más al mofletudo señor Modiano que a ese joven imberbe que se creía Nick Cave», escribió en su web. Es cierto, ya no es más el joven de cabellera larga y cuya delgadez lo hacía parecer más alto. Ahora se le ve más reposado, con una parsimonia que no guarda relación con su agitada agenda, la de un hombre que lee en promedio tres libros a la semana, que dicta al menos tres talleres de escritura y que después de esta entrevista deberá terminar de empacar las camisas que acaba de comprar para tomar un avión hacia Puerto Rico. «El paso del tiempo te mete diez kilos, te quita el pelo, te mete canas, nunca te das cuenta», comenta sin ningún gesto nostálgico. Thays cuenta que aquella melena de rockero que lucía en los 90 no tenía que ver con alguna predilección musical, sino que fue una reacción rebelde a la imposición de usar el cabello muy corto durante su época escolar. También tuvo que ver su afición al fútbol y en especial la estrella de la selección de Argentina del Mundial de 1978: Mario Alberto Kempes. «Vi a Kempes levantar los brazos al celebrar su gol en la final. Aunque tenía 9 o 10 años, para mí allí se formó la idea del ganador. El ganador tiene pelo largo», dice esto y lanza una risa contenida.

¿De qué vives? ¿Cómo te mantienes económicamente?
Tengo un trabajo fijo a tiempo completo, donde estoy de 9 a 6:30 p.m. Y luego tengo talleres, dicto muchos talleres de literatura. Además están los artículos que escribo para los periódicos, como en Babelia, de El País. También corrijo textos a personas, a veces leo libros, doy una opinión o corrijo textos enteros.

¿Cuántos libros lees aproximadamente en un mes?
Tengo la suerte de ser un lector muy veloz desde joven. En promedio leo tres libros a la semana, pero todo depende de qué estoy leyendo y en qué momento. Tres libros a la semana harían más de 100 libros al año, y no creo llegar a esa cifra, pues a veces leo menos cuando estoy distraído o tengo más trabajo.

¿Y cuántos libros compras mensualmente?
Muchísimo. Demasiado. Y más de lo que debería (risas). Ahora debo tener en la lista de pendientes unos 100. Tengo la costumbre de coger el libro y revisarlo, siempre tengo un contacto con el libro, pero evidentemente compro mucho más de lo que leo. Voy a una librería y fluyo (risas). A veces salgo con un libro que ni sabía que existía y a veces lo compro porque me gustó la contratapa o porque leí una página y me interesó. Soy un lector muy compulsivo.

¿Te encuentras trabajando actualmente en algún proyecto narrativo?
Sí, estoy trabajando en una novela, pero lo que ocurre conmigo es que estoy en un proceso de cambio muy fuerte, un salto cuántico, digamos, y ahora me interesan mucho las cosas espirituales, la razón final, el amor como objetivo y misión de vida. Entonces ese salto hace que replantee no solamente mi función como escritor, sino también mi obra. No sé qué cosa quiero como escritor, qué imagen quiero proyectar, que definitivamente no es la imagen que proyecté con La disciplina de la vanidad. Lo bueno de la literatura es que tienes todo el tiempo del mundo –mientras vivas, claro (risas)– para cambiar de perspectiva.

Por eso da la sensación de que te encuentras perdido a nivel temático…
Claro, va por ese lado. Decreto ser feliz (nota: su libro de cuentos para niños) fue muy importante porque es un quiebre para mí. Creo que eso es lo que quiero. Con decirte que hace unas semanas decidí definitivamente aumentar el Daniel a mi nombre. No solo en mi Facebook, sino ya en mis próximas obras el crédito va a ser Iván Daniel Thays. Es una decisión que tiene mucho que ver con la idea de una nueva persona, de una nueva obra; es decir, de una nueva escritura.

Si te vieras envuelto en una situación fantástica como en el cuento Borges y yo, ¿de qué crees que conversaría el Thays de 20 años con el Thays de ahora?
Le diría que estuvo perfecto lo que hizo (risas), porque si no hubiera hecho eso, no vendría lo otro. Me parece que todas las etapas de la vida son aprendizajes y lo peor que puedes hacer es arrepentirte de lo que hiciste. Quizás hay cosas que no haría, peleas que no empezaría, probablemente cambiaría de modos, pero en el fondo me parece que el Iván Thays de 20 años era una persona que amaba profundamente la literatura como la ama el de 46, y que estaba profundamente convencido de que la literatura no era un juego sino un arte que había que dominarlo y trabajar mucho. No sé si sería un buen lector de los libros que escribí, pero sí me interesaría el autor. A él sí le tendría confianza.


Jaime Cabrera Junco (Lima, 1979). Periodista cultural y director de la web literaria «Lee por gusto». Es jefe del Equipo de Promoción Literaria de la Casa de la Literatura Peruana.