Goo_(Fangacio)
Reseñas

Ansiedad y paranoia

Goo y el amor ■ Claudia Apablaza (Rancagua, 1978) ■ Sudaquia (2014)


Novela. Escribir sobre amor puede ser muy arriesgado, y mucho más si uno utiliza explícitamente la palabra múltiples veces a lo largo del texto e incluso en el título mismo, como es el caso de este libro de la chilena Claudia Apablaza, que ganó el Premio Latinoamericano de Novela ALBA en 2012, y este año ha sido reeditada en Nueva York por Sudaquia. Goo, la narradora y protagonista de esta historia, es una mujer que acaba de pasar los treinta años y, después de múltiples viajes y aventuras, se enfrenta a una especie de crisis remarcada con el signo que representa al vacío en la última letra de su nombre (como no sé cómo reproducir el símbolo, el lector puede imaginar la diagonal completando la segunda “O”). Además de los balances sobre el pasado y las conjeturas sobre el futuro típicos al cruzar la temida barrera de los treinta, Goo sufre un problema en apariencia insignificante: se cortó el pelo demasiado chico y desde entonces ningún hombre la queda mirando por la calle. Pero la banalidad de esta cuestión es solo aparente: en medio de una historia en que los cuerpos parecen mercancía en permanente huida, en que la experiencia resiste su inscripción y no queda más posibilidad que el contacto efímero, la apariencia física es el único mecanismo del que dispone toda persona para contactarse y evitar la soledad, que parece ser el elemento más indeseable, o acaso el único prohibido, en una época en que el placer ha dejado de ser tabú y se le exhibe abiertamente a través de redes sociales y otros medios de contacto virtual.

Los cuerpos y la comunicación: esos son los dos elementos, claramente vinculados, que condensan los problemas centrales que aborda esta novela. Por un lado, la búsqueda del amor como una especie de necesidad comunicativa: compartir la propia experiencia de manera des-sexualizada, como si la obsesiva división entre el sexo y los besos que presenta este libro, la mutua exclusión de ambos acercamientos corporales («besos sin sexo, sexo sin besos», dice repetidamente la narradora) fuera el intento de alcanzar una cercanía que no pase por el acto sexual. ¿Qué es el amor?, se pregunta Goo muchas veces a lo largo de un recorrido vital que la lleva de ciudad en ciudad y de cama en cama, en permanente búsqueda de algo que no encuentra, y la única respuesta que interpretamos entre las líneas de sus reflexiones sería: amor es lo que se mantiene fuera de la experiencia sexual. No hay posibilidad de unir sexo y amor. No es extraño que la conjunción resulte complicada, ya que el sexo es lo conocido: manoseo, penetración, orgasmo; experiencia física, medible, verificable. El sexo es algo que efectivamente ocurre, se le puede reconocer, mientras que el amor es esquivo, no verificable, imposible de identificar con certeza. Un elemento real y uno discursivo: la narradora se entrega a lo real buscando lo discursivo, se introduce en la sensación en busca de la idea, y en esa grieta se produce su fracaso. Por eso solo le queda aferrarse al discurso: producirlo ante la imposibilidad de la experiencia directa que pretende conseguir. Y por eso tiene sentido que la narradora escriba (a su madre, la única fuente de amor que parece garantizada), pero también que lea (las cartas manuscritas de A, antiguo amante, con quien no tuvo en realidad una relación, no al menos una relación más o menos formal, pero cuya fantasmal presencia comprueba que el presente solo puede ser capturado a través de la escritura, construido en el relato, y también reafirma que Goo está atrapada en esa producción discursiva de lectura y escritura que no le permite el paso a la experiencia plena). Acaso por eso queda la sensación de que este libro no es tanto sobre el amor en sí, sino sobre cómo este termina siendo un motivo (o un pretexto) que gatilla la verdadera búsqueda: conectarse y comunicar, dos palabras que los avances tecnológicos han vuelto mucho más cercanas de lo que eran previamente.

Y este es el segundo aspecto de importancia en la novela de Apablaza: las posibilidades de comunicación que ofrece la tecnología y su relación con una búsqueda personal que canaliza la ansiedad, signo típico de nuestro tiempo: irse a otro lado, moverse, conseguir algo más, que es exactamente lo que le ocurre a la protagonista. La obsesión con la tecnología y la búsqueda del amor son las maneras en que se producen y reproducen la paranoia y la ansiedad: Goo se inventa perfiles de Facebook para mirar fotos de antiguos amantes, y cuesta no reconocerse en su búsqueda desesperada y acaso desesperanzada: como si en esta época todos nos hubiéramos convertido en detectives que hurgan en busca de un secreto que ni siquiera sabemos si existe; Goo abre los historiales, revisa documentos en computadoras ajenas, escribe mensajes desesperados a sus amigos para que vayan a visitarla, y en este desvarío personal la novela nos regala sus mejores páginas; esos son los momentos en que oímos con nitidez la voz angustiada de una mujer perdida, realmente perdida en medio de nuevos mecanismos que reproducen ideas antiguas. En ese cruce entre lo contemporáneo (las nuevas tecnologías) y los esquemas mentales de épocas anteriores (el amor de pareja, la culpa por el sexo libre) es donde la protagonista se encuentra atrapada, en un limbo en el que acaso todos habitamos desde que la tecnología transformó en poco tiempo y de manera radical nuestra manera de presentarnos, comunicarnos y exhibirnos. Y por eso a Goo solo le queda seguir produciendo discurso, como las cartas que le escribe a la madre, y por eso en una de ellas pide que la lleven de regreso a Chile: como si lo que esta mujer en realidad necesitara fuese la vuelta al origen, a la tranquila simplicidad de la niñez o de la vida previa a la tecnología, ninguna de las cuales resulta ya posible. Ese es su drama, y ese es también el de sus lectores. Por Francisco Ángeles


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