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Evelio Rosero: Líneas de fuerza

Entre la física y la lírica

Por Dante Trujillo


Alejándolo por unos instantes de lo que él llama «vértigo», algo que podríamos interpretar como pasión excluyente por la escritura, charlamos con el gran escritor colombiano Evelio Rosero, autor de historias tan bellas como poderosas en las que la realidad siempre es confrontada con valentía, nervio y poesía, lo que da como resultado un carácter literario único y persuasivo que nos invita a la duda y a mirar nuestro mundo y su realidad de otra manera.

Evelio Rosero –en nuestro país, aún casi un desconocido– es uno de los mejores escritores en actividad de nuestra lengua. Así de simple y rotundo, como su narrativa. Es, también, un ejemplo de compromiso con el oficio creativo, de consecuencia y amor por la literatura: Rosero solo escribe ficción. No crónicas, no reportajes, no críticas ni ensayos. No enseña en ninguna universidad, no dicta talleres. Ha publicado sí más de quince novelas, además de cuentos, algo de poesía y de eso que, según él por decisión de los editores, se considera literatura infantil. Luego de muchos años peleando a la contra y siempre al margen de las cámaras y las veleidades, aun cuando ya había merecido el Premio Nacional de Literatura de 2006, otorgado por el Ministerio de Cultura de su país «como reconocimiento a toda una vida dedicada a la escritura» (para entonces ya había entregado grandes libros como Juliana los mira, El incendiado y la notable En el lejero), dejó de encarnar el cliché de escritor de culto con la aparición de Los ejércitos, una historia hermosísima y terrible sobre la violencia, la desolación, la devastación que han maltratado su país durante décadas, y que le valió el Premio Tusquets de Novela de 2006, y posteriormente fue considerada por The Independent como la mejor obra traducida al inglés.

Desde entonces, Rosero (Bogotá, 1958) ha ido ganando lectores en todo el mundo, seducidos todos por su estilo personalísimo, capaz de combinar un delicado lirismo con una contundencia que desarma (aquí una digresión: el autor es un hombre parco, tímido, de pocas palabras habladas. Pero es también, fuera de las escasas entrevistas que da, un tipo entrañable y campechano. Uno no puede dejar de pensar en estos dos aspectos –la precisión y la calidez– como fuentes de su estilo). Con ese estilo enfrenta la guerra, el amor, el desamor, la soledad, las miserias del alma. Destaca también su habilidad para la creación de personajes, sea con un par de trazos que nos permiten verlos lo necesario, sea focalizando en ellos, permitiéndonos entrar en sus vidas. Aquí es acaso donde Rosero se luzca más, y donde se sienta más cómodo: narrando la épica de los secundarios y, sobre todo, de sus protagonistas, esos héroes tercos y conmovedores que enfrentan la derrota con fe, obsesión o delirio. Otra virtud remarcable es su descripción de los espacios y los paisajes. Rosero es un gran observador de lo interno y de lo externo, del ser y de su circunstancia. Piensa y aprehende los elementos que compondrán su relato, los imbrica y los dispone con elegancia. Es decir, es un gran narrador.

Como tal, no se acomoda y prueba. Así se aleja incluso de su país y de su tiempo para introducirse y develar la conspiración para acabar con el Papa Juan Pablo I en Plegaria para un Papa envenenado; o desmonta el gran mito del caudillo Bolívar (una vieja deuda del autor). Con este Rosero ha sido implacable en La carroza de Bolívar (Premio Nacional de Novela de Colombia 2014), una obra atrevida no solo en fondo sino también en forma, pues el autor ha desplegado el relato en un discurso de estructura experimental, dándole una nueva vida a lo que solemos llamar «novela histórica». Una novela que supera su ambición.

Tras conmovernos con las características de su estilo y sus personajes, sus historias y sus escenarios de la adversidad; así como su empleo de recursos narrativos audaces, Evelio Rosero logra un efecto muy interesante: sea que se originen en la cotidianidad o que se generen alrededor de momentos históricos concretos y reconocibles, le permite al lector mirar las cosas de otra manera, de una forma atípica, incluso transversal. Genera extrañamiento, dudas sobre lo que sabemos o creemos, sobre nuestras nociones y juicios de valor. Solo ello es muy de agradecer.

Al menos Los ejércitos, Plegaria para un Papa envenenado y La carroza de Bolívar, editadas por Tusquets, son hallables en nuestro país. A continuación, una breve charla con un hombre que «escribe para evitar el hundimiento».

Evelio, ¿dónde te criaste? Tras leerte, uno pensaría que tuviste una infancia rural.
Nací en Bogotá, y allí viví hasta los siete años. Luego fuimos a vivir a Pasto, que es otra ciudad, aunque pequeña, al sur de Colombia, de donde son mis ancestros. A los once años regresé a Bogotá. Nunca tuve, por desgracia, una «infancia rural». Eso sí, las vacaciones las pasábamos en el campo. Los pueblos del sur de Colombia, que visitábamos cuando era niño, son los que alimentan los escenarios de mis novelas.

¿Y es verdad que decidiste convertirte en escritor hacia los trece años… ¡luego de leer a Flaubert y los clásicos rusos?! ¿Desde entonces ya lo tenías claro?
Eso es ficción del periodismo. A los trece tuve la suerte de leer a Homero y Cervantes, porque me atraparon, y a los clásicos de la literatura juvenil: London, Poe, Conan Doyle, Stevenson, Defoe… Los clásicos rusos son de mi adolescencia, y sin duda me remecieron para siempre, como Flaubert y Kafka. Eso sí, tuve muy clara mi vocación desde niño; alguna tarde descubrí maravillado que yo también quería escribir libros como los que leía.

Luego, como muchos, te fuiste a «hacer la Europa». ¿Qué fue lo más valioso de esa época?
Era el ideal de mi generación, ir a París, a Barcelona, seguir la huella de los grandes, de García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, todo ese boom. Y estuve algunos años en Europa, solo para darme cuenta de que no era necesario ir allá para escribir. Hubiese escrito exactamente lo mismo si me quedaba en Colombia. Y fue una estancia difícil: en París tuve que tocar la flauta en el metro. En Barcelona, los novísimos escritores latinoamericanos encontrábamos trabajos curiosos: teníamos que «fusilar» una enciclopedia, un diccionario; es decir, repetir las mismas definiciones con distintas palabras para que el plagio no resultara evidente. Nos repartíamos las letras de la enciclopedia de marras. Nos pagaban a destajo. Así viví del 84 al 88, con diferentes oficios. Hice «encuestas», por ejemplo, para una firma comercial. Debía golpear puerta a puerta y lograr que los catalanes me respondieran en español a una cantidad de preguntas ociosas. Al final empecé a inventarme yo mismo las respuestas y los nombres de los encuestados: eso fue toda una ficción de la necesidad, hasta que me atraparon los de la firma y me despidieron.

Y decidiste volver.
Ahora, pudiendo viajar e instalarme en otro país, ya no me parece necesario salir. Bogotá es una ciudad bastante fea, y sórdida, pero me encanta. El aire es transparente, y me parece que aquí escribo mejor, entre los míos.

Has publicado cuentos para niños, novelas juveniles, piezas de teatro, poesía, novelas… ¿qué te falta probar?
Solo he escrito una única comedia en tres actos para niños: Ahí están pintados. Eso no se puede considerar «piezas de teatro». Un único libro de poesía, Las lunas de Chía, que es realmente un conjunto de lo que yo considero poemas contados, es decir poemas en prosa, poemas de narrador. Cada uno de esos poemas es como un cuento breve. No soy poeta. Y sí, tengo cuentos y novelas que los editores han bautizado como «obras para público infantil y juvenil». No es así: para mí esas obras son como cualquiera de mis novelas «para adultos». Yo descreo de esos encajonamientos.

¿Entonces no haces una distinción cuando un texto es «para chicos», y cuando está previsto para hablarle a los adultos?
Bueno, seguramente en mis trabajos bautizados «para chicos» me inclino únicamente por la imaginación. Pero la imaginación también se despliega en mis demás obras. Lo repito: no hago distinción. El coronel no tiene quien le escriba, lo aseguro, puede ser entendido y disfrutado por cualquier niño de ocho años.

¿Hay algo en la literatura que te sea ajeno?
Nada y todo.

¿Te sientes cómodo con otra forma de creación?
Me gusta la guitarra… a veces me da por componer una canción, solo para mí. No soy bueno como intérprete. Mi hermano, mis primos, que sí lo hacen bien, me decían que mejor me dedicara a «tocar la máquina de escribir».

Escribes muchísimo, publicas constantemente. ¿Cómo haces? ¿Cuánto escribes?
Muchísimo porque solo me dedico a escribir. No soy catedrático ni periodista. Desde joven entendí que la literatura era lo único que podía hacer, y que necesitaba de todo el día para hacerlo, y de toda la noche, de toda la vida. Eso no quiere decir que escriba con facilidad; es cada vez más difícil; y escribo con mucha lentitud, pero escribo los 365 días del año, aunque no me encuentre escribiendo «físicamente». Me la paso imaginando cosas, contándome a mí mismo lo que voy tarde o temprano a escribir. Alguien, un poeta argentino si no estoy mal, afirmó: «Cuando no ando en las nubes me siento como perdido».

¿Piensas en el lector a la hora de escribir?
Pienso en la amada, sobre todo. Siento que le susurro al oído cada palabra.

¿Y en la crítica? ¿Qué opinas de ella?
No pienso en la crítica. Leo crítica sobre autores clásicos, crítica seria, sólida, la que se hizo sobre la obra de autores que admiro. Pero al final discrepo siempre, como lector, de esa crítica. Prefiero leer desarmado; que el autor logre hacerme olvidar que soy escritor. Prefiero leer como cuando niño, volar, viajar. Desafortunadamente, no son muchos los autores contemporáneos que logran cautivarme de esa manera. Los busco siempre, cuando voy a las librerías. No los encuentro, y por eso releo los clásicos, empezando por los rusos del siglo diecinueve. Son mis maestros. Siempre me enseñan algo nuevo, y me avasallan como lector.

Un tema más o menos común en tus novelas es que a un héroe, usualmente un hombre sin demasiados atributos, el mundo se le vuelve patas arriba por un vendaval de violencia y destrucción. Pienso en Jeremías Andrade de En el lejero, Ismael Pasos de Los ejércitos o Justo Pastor Proceso de La carroza de Bolívar. ¿Es una necesidad escribir sobre la violencia? ¿Es nuestro destino?
Es, sencillamente, nuestra realidad.

Hablando de ello, ¿En el lejero y Los ejércitos fueron pensadas como un díptico?
Por supuesto. La primera novela es el antecedente de la segunda. Son diametralmente opuestas en su tratamiento, pero sin la primera no existiría la segunda. El secuestro en ambas es el epicentro, mi país. Pero las miradas, el tono, el ambiente, son distintos en cada una. La primera es una pesadilla, la segunda es la realidad, que es todavía peor que cualquier pesadilla.

Tus novelas son apasionadas, están escitas con nervio y también con belleza de estilo para narrar, por ejemplo, la furia, la rabia, la impotencia, el dolor, el asco. ¿Cómo tomas distancia para enfrentar tus historias y tratarlas como objetos artísticos?
Todavía no lo sé.

En La carroza de Bolívar se dice: «No hay Dios en la historia de Colombia, ni justicia, y muchas veces son los más nocivos y parásitos quienes se salen con la suya». Parece ser que es el sino de Latinoamérica, y una razón misma por la que ha merecido tantas novelas. Pero tú has ido a la raíz, apostaste por desmitificar la figura de Bolívar. ¿Se trataba de un tema pendiente?
Sí, desde niño. Escuchaba a mis mayores hablar de Simón Bolívar, y no era el mismo «libertador» que nos hacían estudiar en el colegio, no era el gran estratega, el héroe. Todo lo contrario. Eso me impresionó. Después, ya en la adolescencia, me dediqué a investigar sobre Bolívar. Y la obra del historiador nariñense José Rafael Sañudo, Estudios sobre la vida de Bolívar, fue el detonante de la novela. Sañudo es el historiador veraz, el más formidable que haya escrito sobre Bolívar. La carroza es, en cierto modo, un elogio a Sañudo, a su obra. Lo rodearon de silencio, lo estigmatizaron.

Percibo un renovado interés en probar otras formas narrativas, como la novela histórica, presente también en Plegaria por un Papa envenenado. ¿Qué te motivó a investigar tanto, a tratar un tema tan controversial y, asimismo, de alguna manera lejano?
Ese Papa (Albino Luciani, Juan Pablo I) fue escritor, y muy lector de dramas y novelas, de tragedias, de poesía. Sus Ilustrísimos, esa serie de cartas dirigidas a escritores, o a los grandes personajes de la literatura, nos muestran un espíritu sensible y reflexivo. Si bien su interpretación depende de su cristianismo, también apunta a la condición humana. Y tiene humor, además, ironía. Nunca volverá a nacer un Papa así. Ya he dicho que Francisco palidece si se le compara con Luciani. Pobre Luciani: los grandes cambios que se proponía, sustanciales, necesarios, en la Iglesia, fueron la causa de su muerte por envenenamiento. La curia romana y la mafia se confabularon para desaparecerlo.

¿Cómo y cuánto investigas para escribir estas novelas con fondo histórico? ¿Cómo es tu trabajo habitual de documentación?
Primero, lo más aburrido, la investigación. Fechas y datos, testimonios, todo lo que me pueda servir para apuntalar, después, lo que es mío: la ficción, la imaginación.

Hablemos de tu tradición. ¿De qué autores vienes? Pienso en García Márquez y en Rulfo, pero también, por ejemplo, en Guimarães Rosa.
Los tres son autores que admiro. Pero si hablo de «tradición» prefiero pensar en Kafka, Dostoievski y Tolstoi. Son autores a los que vuelvo con frecuencia. La crítica puede señalar que estoy equivocado, y eso es lo de menos.

Hoy, que parece una tendencia que los escritores se vuelvan un poco marketeros de sí mismos, sigues conservando un perfil bajo. Esa decisión de mantenerte al margen de «la cosa cultural» (¿es una decisión?) ¿es porque no te sientes cómodo? ¿Te da hartera?
Prefiero escribir, o leer, o charlar con los amigos. Aunque debo reconocer que esa imposición actual, para que los escritores promuevan sus libros y enfrenten al público, no la he podido evitar, y tiene también sus enseñanzas; es por eso una actividad necesaria, me parece, y cualquier situación le puede servir al escritor para alimentar su obra. Otra cosa son los cocteles, las fotografías, y responder a periodistas que no han leído una línea de nuestras obras, que se acercan por la importancia de un premio literario. Eso decepciona, y no contribuye a otra cosa que perder el tiempo.

Después de mucho bregar, recibes ya, por fin, el reconocimiento internacional que mereces. ¿Qué se siente? ¿Cómo se vive? ¿En qué te cambia?
No me ha cambiado para nada. Seguramente, si hubiese ocurrido a los veinte o treinta años, me hubiese enaltecido, y hasta encandilado. Ahora no. Hay algo de asombro, por ejemplo, cuando tengo una de mis obras en las manos y está en japonés. Y saber que esa misma obra, en su primera edición, no recibió un solo comentario en el país y pasó inadvertida, asombra más. Allí se constata otra gran ironía. En últimas, el compromiso es cada vez más alto, pero el oficio sigue igual. Vivo igual, escribo, me duermo, me despierto y vuelvo a escribir, y otra vez, y así será hasta que llegue la última noche.

¿Cuál es hoy el rol del escritor? ¿Tiene –o debe tener– compromisos?
El único compromiso del escritor tiene que ser la hoja en blanco.

¿Por qué has elegido vivir en Bogotá? ¿Qué es tu ciudad?
Bogotá es el resumen de Colombia. En las esquinas de Bogotá te encuentras con el país; es difícil hallar a un bogotano de pura cepa en Bogotá; la mayoría son de distintas regiones y ciudades de Colombia que han llegado a Bogotá «en busca de fortuna», como en las fábulas. Mi familia misma no es de raíz bogotana sino pastusa, del sur. Igual ocurre con todos mis amigos: son de de la costa atlántica, de Antioquia, de los Llanos Orientales, de Tunja. Viven en Bogotá, desde hace años, pero ninguno es de Bogotá. Mi fortuna literaria proviene, entonces, de dos ciudades y culturas muy opuestas: Pasto y Bogotá. En ambas he vivido instantes definitivos.

¿Qué sigue?
Otra novela, en la que estoy trabajando desde hace un año exacto; solo que ahora tengo que escribir en los hoteles.