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Reseñas

Borro todo por fin

ADN ■ Michael Prado (Lima, 1988) ■ Taller la Crema (2014) ■ 70 páginas ■ 70 soles


Poesía. Los límites del papel tal vez excedan los límites de la palabra. No solo porque cualquier superficie antecede a lo escrito, sino al mismo tiempo porque la confronta con el poder de lo decible. Eielson lo resumió así: «Escribo con los ojos/ Con el corazón con la mano/…/ Solo mi pensamiento/ Es de papel». La división que se afirma en estos versos permite plantear la práctica literaria en dos términos: el pensamiento (papel) y la escritura (el poema). De esta oposición entre superficie y huella, Eielson puede deducir que el poema en tanto escritura es paralelo a la pérdida de pensamiento. Escribir no es recuperar ni expresar, sino la marca del acto de perder. La letra en el papel es la evidencia gráfica de este retiro. Si cada poema surge entonces como una cesión del pensamiento, pareciera que lo central es cuestionarse cómo se produce ese retiro, bajo qué condiciones se construye y en qué límite sucede. Responder a estas interrogantes es dejar aparecer las multiplicidades de estilos y usos poéticos; es decir, las formas de componer y desplazar esa renuncia hacia un orden nuevo. La denominada «poesía visual» ha asumido estas tensiones hasta convertirlas en modos identificables de intervención. Oquendo de Amat, Hidalgo, Moro, Eielson, Hernández, son parte de las cimas de una tradición que se ha mantenido en nuestro medio con intermitencia y originalidad pensando la relación entre el espacio y lo escrito (el investigador Luis Alvarado la retrotrae incluso al pliego de «Mercedes» o «Escala espiritual» de Santa Rosa de Lima). En este contexto, el acuerdo tácito que concibe al papel como un soporte mudo donde inscribir signos no resulta para estas poéticas un punto de partida, sino la clausura de líneas de creación. No todos los versos deben permanecer circunscriptos al contrato estable entre continente (papel) y contenido (letra). Aquí se busca replantear la distribución de fuerzas que pueblan el flujo poético con el objetivo de establecer otra jerarquía de la «superficie-papel». En eso reside la necesidad de la «poesía visual»: en problematizar la soberanía de la letra sobre el espacio.

Los libros de Michael Prado –no recomendables para líricos, conversacionales o cultores del integrismo poético– retoman las preguntas centrales fundadas en esta tradición. ADN, publicado este año, se origina y concluye en las tres letras del título. Todo es breve en este libro, incluso el tiraje: 16 ejemplares. El procedimiento parece ser el siguiente: desplegar en diversas posiciones de la hoja, la letra A, luego la D y la N. La idea es producir en las páginas una secuencia que se inicie en el sonido –A, AD– hasta alcanzar la posibilidad de una palabra: Nada, Adán, Dada. La estrategia que recorre el poeta va del pensamiento hacia la escritura para crear un símil del proceso de decodificación genética, utilizando un método de variaciones continuas con solo tres letras. Todo es matemático en este texto. Tal vez por eso, Prado se aproxime en la forma compositiva a ciertos principios lógicos del orden musical. El «serialismo poético» que respira ADN exige lectores que toleren la decepción de no hallar compensaciones de sentido y se encuentren con placer o desconcierto ante un segmento de trazos reducidos a índices sonoros. Si la lectura aspira a ser una experiencia de dislocación, la «poesía visual» de Michael Prado parece destinada a producir ese efecto, pero solo en aquellos que estén dispuestos a contemplar esos paisajes en su estricta materialidad. Por Emilio J. Lafferranderie


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