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Los caminos de Laura Riesco

Los 20 años de la publicación de su novela Ximena de dos caminos es el punto de partida de esta indagación sobre la biografía y obra de una escritora que hizo de la discreción un estilo de vida literario.

Por Jaime Cabrera Junco


Más de 6,200 kilómetros separan Lima de Ogunquit (Maine, Estados Unidos). Ir de un punto a otro toma nueve horas en avión sin contar el traslado en automóvil desde los respectivos aeropuertos. Lima tiene casi 10 millones de habitantes; Ogunquit, apenas 1,226. Dos mundos distintos y distantes entre los cuales transitaba la vida de una escritora peruana de quien poco se ha hablado tras su repentina muerte en 2008. «No soy una escritora, simplemente soy una mujer que escribe», se definía a sí misma Laura Berenice Riesco Malpartida (La Oroya, 1940-Maine, 2008), autora de una obra breve pero sólida, que empezó a abrirse paso gracias a su elogiada novela Ximena de dos caminos, publicada hace exactamente 20 años. La escritura –solía decir ella– fue un mecanismo para recuperar la lengua materna, aquella de la que se alejaría al irse del Perú a los 18 años.

Los primeros pasos
Sergina Caller es una activa y entusiasta mujer de 74 años, quien conoció a Laura Riesco en el colegio María Alvarado de Lima. La amistad entre ambas se mantuvo hasta los últimos días de vida de la narradora, a quien le enviaba casetes de música criolla, recortes periodísticos y libros de autores peruanos. Sergina fue, sin proponérselo, su gran conexión con el Perú e involuntariamente ejerció como su agente literaria.

«Bere fue una gran mujer y una gran escritora. Adoraba al Perú, nunca quiso irse», afirma esta amiga de la narradora. Bere. Así llamaban cariñosamente a Riesco sus amigas del colegio. En sus intermitentes regresos al país no dejaría de visitar a este grupo. Luego de la presentación de Ximena de dos caminos, a fines de 1994, prefirió celebrar con ellas que ir al coctel organizado por la editorial.

Hija de un inmigrante vasco y de una peruana de origen croata por vía materna, Laura Riesco nació en la ciudad de La Oroya el 25 de febrero de 1940. Su padre trabajaba para la compañía Cerro de Pasco Copper Corporation, y aquella localidad donde vivió hasta los seis años sería el escenario de Ximena de dos caminos, obra que a lo largo de sus siete capítulos nos muestra a una niña que descubre el mundo y va forjando su identidad a través de dos vertientes: la cultura occidental y la andina. Esta etapa fue clave en la vida de Laura porque a nivel literario siempre volvería a ella. En una entrevista diría: «Estoy anclada en la niñez. Cuando trato de escribir de otra cosa, tengo que esforzarme».

A los siete años se trasladó con sus padres a Lima y en el colegio María Alvarado comenzaría a dar sus primeros pasos en la escritura como poeta y cuentista.

«A veces casi ni escuchaba la clase y escribía poemas. Ella los escribía en papeles y los iba dejando sobre la mesa. Yo los guardaba» –dice su amiga Sergina Caller–. «En uno de sus regresos a Lima se sorprendió cuando le entregué un cuaderno con todos sus poemas», agrega.

Otra de sus amigas cercanas fue Lili Cantor, una espigada niña de ascendencia judía que destacaba en los deportes y a quien Laura le «soplaba» en los exámenes. Ellas estudiaron juntas desde la primaria.

«La recuerdo como una chica apasionada en todo lo que hacía. Era muy sociable y encontraba interesantes a personas de toda condición social. Podía contarnos la vida y milagros de los empleados domésticos de sus padres y los de sus parientes. Devoraba libros de grandes autores, siempre estaba leyendo alguno y aprovechaba cualquier momento libre para hacerlo», responde Lili vía correo electrónico desde Israel.

Sería en la escuela también donde la precoz escritora enfrentaría su primera crítica literaria. En la secundaria, una maestra de gramática dejó como trabajo escribir un cuento. Laura presentó una extensa historia sobre un caballo. La directora la citó en su oficina para castigarla por supuestamente haber copiado la historia de algún libro. «Bere estaba furiosa porque no le creían. Su mamá tuvo que ir al colegio para decirle a la directora que ella escribía cuentos así», cuenta su amiga Lili.

Cuando ya se había adaptado a Lima y al grupo de amigas del colegio, Laura emprendería otro viaje, esta vez a Estados Unidos, donde estudiaba Nora, su hermana mayor. Tenía aún 18 años y, en palabras de ella misma, las razones de su travesía tuvieron «rasgos de telenovela».

«Ella tenía un enamorado llamado Óscar, era un chico un poco ‘vagoneta’ (holgazán)», recuerda su amiga Sergina, quien agrega que muchos de los poemas que Laura escribió en la adolescencia estaban dedicados a este amor de juventud. La preocupación del señor Riesco por el futuro de su hija lo llevó a enviarla al país donde consolidaría su formación como escritora y donde finalmente se establecería y formaría su familia. Allí comenzaría otra etapa.

La escritora
Si en La Oroya vivió su primer choque cultural, en los Estados Unidos la experiencia fue sobre todo interior. Aunque vivió casi 50 años de su vida en ese país, nunca terminó de acostumbrarse. Así lo diría ella misma en una entrevista de 1995 a la revista Debate: «Todavía, luego de tantísimo tiempo, me sigue pareciendo que estoy aquí de paso y que el famoso año en el que inicialmente me iba a quedar aún no se ha cumplido. Nunca me he adaptado del todo, nunca he dejado de ser una extranjera».

Ese año, afectivamente, se prolongó indefinidamente, y la joven Laura se inscribió en la Universidad de Wayne State, en Detroit, donde obtendría el bachillerato en Lenguas Modernas. Fue precisamente allí donde conocería a su esposo, Robert Luszczynsky, su profesor de francés, quien aprendió español para leer los poemas que ella le había escrito. Luego de casarse se mudaron a Lexington (Kentucky), donde Laura obtuvo una maestría con una tesis titulada El existencialismo en las obras de André Malraux. Finalmente se establecerían en Maine, donde ambos enseñarían en la universidad: él literatura francesa; y ella, teoría literaria y semiótica.

«Roberto era un tipo guapo, parecía un galán de cine. Él decía que era polaco de nacimiento, francés de crianza y cholo de corazón», recuerda Sergina Caller.

La pareja tuvo tres hijas: Halina, Aída Amparo y Anna María. Las tres serían la preocupación constante de Laura y así lo haría notar en las cartas que enviaba a su amiga Sergina.

El debut literario formal de Laura Riesco se produciría en 1978. En uno de sus viajes a Lima le entregó al editor Carlos Milla Batres el manuscrito de una novela experimental, un tour de force por casi todas las técnicas narrativas del momento. La obra se titulaba El truco de los ojos, y en palabras del crítico Manuel Baquerizo era una novela sobre la formación de una artista y del proceso de creación de la ficción literaria. La protagonista es Marcela, una niña delicada y enfermiza que se distingue por su capacidad de observación y su rica vida interior.

«Cuando leí esa novela vi que había una escritora con mucho potencial. Aunque era un típico libro de un autor que está mostrando su talento y todavía no ha madurado, ya se veía un mundo propio», sostiene el crítico literario Ricardo González Vigil, quien la conoció desde entonces.

Ese interés por la niñez continuaría en Ximena de dos caminos, su obra más difundida. Sin embargo, su gran proyecto literario sería una novela que quiso terminar de escribir antes de morir y a la que había llamado La tentación de Miroslava Cupranovich. El libro estaba inspirado en la vida de su abuela croata.

En una carta dirigida a su amiga Sergina, el 20 de abril de 1988, Riesco cuenta que estaba contenta porque había terminado de escribir un relato de infancia «sobre una tal Jimena (sic)». De la escritura de estos cuentos surgió, sin proponérselo, su segunda novela. Por insistencia de Sergina y de su esposo, le enviaría el manuscrito al editor de Peisa, Germán Coronado.

«Me cayó macanudamente bien» –recuerda Coronado–. «Me pareció una mujer de una vitalidad grande, de una voz cantarina y con un gran entusiasmo. Me dejó el manuscrito, lo leímos, le hicimos algunos comentarios y le sugerimos hacerle unos retoques que ella consideró pertinentes».

En 1993, el escritor Edgardo Rivera Martínez había publicado con Peisa País de Jauja, y el editor, al percatarse de la similitud de temática con la novela de Riesco, los puso a ambos en contacto. Fue el escritor jaujino quien hizo las sugerencias finales y luego de un intercambio de cartas la novela estuvo lista para ser publicada.

¿Pero cuál es el valor literario de Ximena de dos caminos? ¿Por qué a pesar del perfil bajo de su autora esta novela sigue imprimiéndose y leyéndose?

«De alguna manera, Laura exorcizó lo que ella había vivido y nos devolvió esta mirada sobre lo que seguimos siendo: un país diverso, de todas las sangres, como decía Arguedas. Laura, a su manera, lo resolvió», sostiene Diana Miloslavich, investigadora feminista en literatura de mujeres.

«Ximena de dos caminos es la primera ficción del mundo andino narrada desde la maravillosa minuciosidad de una niña» –afirma la poeta y amiga de Laura, Doris Moromisato–. «Es el primer intento de retirar el tono épico y colectivo de este paisaje humano, tan marcado por los grandes discursos y las grandes pretensiones».

El crítico González Vigil es aun más tajante: «Con esta novela, Laura Riesco encarna la maduración artística alcanzada por la novelística femenina hispanoamericana después del Boom de los años 60. Con Ximena de dos caminos, por fin la novelística femenina peruana cuenta con una obra de extraordinaria factura artística y esto se remonta a Clorinda Matto, Mercedes Cabello y Rosa Arciniega».

A pesar de la gran recepción de su novela, Laura no se obnubiló por las críticas favorables y mantuvo su discreción. En sus retornos a Lima, en lugar de buscar reunirse con editores y otros escritores únicamente quería estar con sus amigas y familia.

«Te prohíbo que me busques más entrevistas, me decía», recuerda su amiga Sergina.

Eso quizás contribuyó también a su escasa difusión entre los lectores no académicos. Laura era una «antiescritora». En una entrevista de 1995 con el periodista Guillermo Giacosa dijo: «No tengo la motivación que tienen los escritores. No me muero si no escribo. Me gusta escribir, pero no es una cosa que sienta que debo hacer».

Laura prefería cuidar de sus hijas y esposo. Tenía una huerta en su casa de Maine, donde cultivaba muña, huacatay, papas y tomate. Le atraía más la vida cotidiana. Evitaba hablar de literatura con sus amigas de Lima cuando iban a visitarla.

Los dos caminos de Laura, ciertamente, estaban entre la escritura y la vida común. Entre la literatura y la familia. Y hasta el final preferiría a esta última.

Los últimos días
Su casa de Ogunquit, pueblo próximo a Canadá, estaba ubicada en un bosque y cerca al mar. Realizaba caminatas todas las mañanas junto a Roberto, su esposo. Hay una fotografía de los dos en la que ella aparece abrazándolo por la espalda y sonriendo a la cámara. De fondo se observa un conjunto de peñascos y el mar agitado.

«Mi madre nos cuidaba mucho, sobre todo a mi padre, quien tuvo la enfermedad de Alzheimer. Ella lo cuidó hasta su muerte, en 2005», recuerda a su madre Aída Amparo, la segunda hija de este matrimonio. Con estudios en Filosofía, actualmente trabaja como profesora de inglés en un kindergarten estatal de Boston. Ella también escribe, pero aún no publica sus historias. Recuerda que a su madre le gustaba cocinar y que les preparaba cebiche y papa a la huancaína.

Al año siguiente de la muerte de Roberto, a Laura le diagnosticaron cáncer de ovario. En el momento que le detectaron el mal, este ya estaba en fase terminal. Su primera preocupación fueron sus hijas y luego la escritura de su tercera novela.

Halina Gray es la hija mayor de Laura Riesco. Es una prestigiosa psiquiatra de 51 años y vive actualmente en Dallas, Texas. Ella buscó un tratamiento alternativo para su madre pero no dio resultado.

«Una semana antes de su muerte» –escribe Halina vía correo electrónico– «tuvo una milagrosa recuperación. Había recobrado su energía y agudeza intelectual. Eso duró un día o día y medio. Recordó las anécdotas divertidas de nuestra infancia y quiso comer todo aunque tenía una dieta restringida. Le dimos gusto, pues creyó que se había curado y nosotras también. Finalmente la muerte prevaleció y fue una bendición ante el sufrimiento que le generó una enfermedad tan brutal. Ella no estaba hecha para la morfina. Quería estar en el mundo, no escapar de él».

Finalmente, falleció el 14 de noviembre de 2008 y la noticia se supo horas después en Lima.

La tarea pendiente
Salvo las notas obituarias, muy poco se ha escrito sobre Laura Riesco. Hay una deuda literaria con esta autora que ha dejado casi una decena de cuentos y cuyos poemas se han publicado en algunas antologías y revistas.

Sergina Caller, principal fuente en esta indagación, tiene un par de relatos inéditos que la propia Riesco le envió. Ella, además, le entregó el manuscrito original de Ximena de dos caminos con anotaciones de su puño y letra. Guarda también sus poemas de juventud, así como decenas de cartas que ella le mandó entre 1973 y 2001. Y, cómo no, colecciona todo material periodístico que se haya publicado sobre su querida Bere. ¿Qué ha pensado hacer con todo ese material valioso? «Quizás lo done a alguna universidad seria. Aún no lo sé», nos responde en una de varias charlas en su casa de Surquillo.

Otra interrogante que surge es sobre la situación de esa tercera novela, aparentemente inconclusa. Su hija Aída Amparo, quien fue nuestro nexo con sus otras dos hermanas, cuenta que el libro tendría aproximadamente 800 páginas de Word y que su madre estaba trabajando en la corrección del mismo cuando murió.

«Mis hermanas y yo» –afirma Aída– «decidimos que sea Anna, la menor, quien investigue la posibilidad de publicación de esta novela ya que ella trabaja como profesora universitaria».

Anna María Luszczynska dicta el curso de Literatura Comparada en la Universidad Internacional de Miami. La contactamos a través del correo electrónico para conocer más sobre La tentación de Miroslava Cupranovich, novela que habría quedado trunca. «La novela está inspirada en la vida de la abuela de mi madre, quien nació y vivió en la antigua Yugoslavia y luego emigró a Perú. Se trata de un relato de ficción de este viaje. Nos gustaría verla publicada, pero aún estamos indagando sobre cuál editorial sería la más conveniente», afirma.

Anna María confiesa que no ha leído completa la novela debido a su escaso dominio del español. En el Perú, nadie ha podido hacerlo tampoco, pues Riesco seguía trabajando en esta obra semanas antes de morir.

«Si uno juzga lo publicado» –afirma el crítico González Vigil– «ella es la mejor narradora peruana. Yo pondría muy cerca de ella a Pilar Dughi. No se necesita exigir que el escritor tenga muchos libros. Por ejemplo en México, ¿quién es su mejor narrador? Es Rulfo. Y bastó con una novela y un libro de cuentos».

Reunir su obra y estudiarla es aún una tarea pendiente. Material existe y calidad literaria también. Por fortuna, la obra sobrevive a los escritores, aun en casos como en los de Laura, quien prefería la vida apacible en Maine que la figuración y el reconocimiento público.


Jaime Cabrera Junco (Lima, 1979). Periodista cultural y director de la bitácora literaria «Lee por gusto» (www.leeporgusto.com). Es jefe del Equipo de Promoción Literaria de la Casa de la Literatura Peruana.