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La luz tras la memoria

Sebastián Salazar Bondy nuevamente ente nosotros

Por Alejandro Susti


A casi cincuenta años de su muerte, la voz de Sebastián Salazar Bondy (1924-1965) vuelve a resonar entre las páginas de La luz tras la memoria, una nueva publicación de Lápix Editores, sello de presencia cada vez más significativa en nuestro medio. El libro reúne una parte inédita de la producción periodística del autor a través de una recopilación, en dos tomos (se espera el segundo para fines de setiembre), de un conjunto de artículos sobre cultura y literatura que ayudan a entender el papel de promotor cultural que cumplió a través de poco más de dos décadas.

A lo largo de su breve pero fructífero paso por nuestras letras, Salazar Bondy encarnó al escritor en todas sus facetas con una energía y una vocación que aún nos deja perplejos; versátil y certera, su pluma discurrió por los cauces de todos los géneros literarios y temas afines a la difusión de la cultura: ya fuese como poeta, dramaturgo, ensayista, narrador, periodista, antologador, editor, crítico de arte o promotor cultural, logró reunir una suma de poemarios, piezas teatrales, ensayos, narraciones, críticas de arte, antologías, crónicas, artículos y reseñas que aún nos asombran por su diversidad y calidad. Por si esto fuera poco –como lo testimoniaron muchos de sus compañeros de generación y contemporáneos– supo apoyar, orientar y difundir el talento de los nuevos escritores, entregarse con devoción a la discusión acerca del papel del escritor y el intelectual en nuestro país, promover la difusión de la lectura entre las nuevas generaciones y dedicarse a muchas otras tareas urgentes e impostergables que reclamaban su participación en el mundo cambiante, contradictorio y pujante que fue el Perú de mediados del siglo pasado. Lejos de apartarse de los problemas sociales y políticos de su época, Salazar Bondy decidió involucrarse en ese mundo –a menudo indiferente y reacio a reconocer el papel del escritor y el intelectual dentro de él– e intentar transformarlo aun a pesar de los riesgos que todo ello podía implicar para un hombre de su sensibilidad.

Paralelamente a su obra literaria, Salazar Bondy se dedicó intensamente a la crítica periodística (el estudioso francés Gérald Hirschhorn ha señalado que, en total, «redactó unos 2231 artículos, de los cuales 500 fueron dedicados a la crítica literaria») y abordó una diversidad de temáticas que lo ubicaron como uno de los principales animadores y promotores de una nueva concepción de lo que significaba la cultura. Como bien señaló Mario Vargas Llosa en un homenaje publicado poco tiempo después de la muerte de Salazar Bondy, el ejercicio de esta función influyó decisivamente en la formación y consolidación de la vocación de los nuevos escritores: «Durante mucho tiempo, con aliados de ocasión, encarnó la vida literaria del Perú. Yo lo recuerdo muy bien porque, diez años atrás y por esta razón, su nombre y su persona resultaban fascinantes para mí. Todo, en el Perú, contradecía la vocación de escritor. En el ambiente peruano, ella adoptaba una silueta quimérica, una existencia irreal. Pero ahí estaba ese caso extraño, ese hombre orquesta, esa demostración viviente de que sí, de que a pesar de todo, alguien lo había conseguido. ¿Quién de mi generación se atrevería a negar lo estimulante, lo decisivo que fue para nosotros el ejemplo centelleante de Sebastián? ¿Cuántos nos atrevimos a intentar ser escritores gracias a su poderoso contagio?».

A través de una prosa ágil y versátil, en su faceta de crítico, Salazar Bondy es plenamente consciente de la necesidad de una mayor independencia y rigor analítico en sus juicios, pero también de los riesgos que ello implica: «Quien cumple la función de crítico sabe perfectamente a cuántas desazones conduce el ejercicio honesto e imparcial del juicio valorativo. El que estas líneas escribe desempeña a su pesar esa tarea y lo hace, cada vez que le toca opinar sobre una obra de arte, con el espíritu desasido de todo compromiso y libre, dentro de la medida de lo posible, de influencias extrañas, simpatías ideológicas e inclinaciones amistosas ajenas a la objetividad que debe prevalecer en su labor» («Los críticos del crítico»). Es él quien inaugura en nuestra incipiente vida literaria un nuevo tipo de crítica como lo atestigua Hirschhorn: «Al leer las columnas de la prensa peruana dedicadas en esa época a la crítica literaria, uno se asombra al ver que los buenos sentimientos, los elogios, y glorificaciones ocupan un lugar privilegiado. Los periodistas se contentan con la presentación de los libros de amigos refiriéndose a valores que no toman en cuenta la realidad nacional. Es decir, que se podría aplicar lo que Roland Barthes llamaba en 1957 con ironía «la crítica Ni-Ni» o sea “ni reaccionaria, ni comunista, ni gratuita, ni política, la crítica que es la referencia eufórica al ‘estilo’ del escritor como valor eterno de la Literatura”».

En este primer tomo de La luz tras la memoria, los artículos se organizan en tres grandes ejes en torno a temas tales como la difusión del libro y sus implicancias en la formación del individuo y la masa; la labor de las editoriales frente a la presencia cada vez más influyente de los medios de comunicación; la misión del editor en un medio en el que el número de lectores resulta siempre insuficiente; el impulso y apoyo que requieren las revistas como instrumentos de intercambio de opiniones e ideas, así como la promoción de los nuevos escritores; y, por último, la necesidad de la formación de una tradición literaria que contemple el reconocimiento de nuestros escritores y textos canónicos.

Por otra parte, La luz tras la memoria ofrece una visión histórica y panorámica no solo de las dos décadas a lo largo de las cuales se extiende, sino, además, proporciona juicios acerca del proceso de nuestra literatura durante la primera parte del siglo XX. En ese sentido, de ella puede extraerse tanto una dimensión diacrónica como sincrónica de ese proceso, ya sea a través del trazo de una línea genealógica que propone un canon en nuestra tradición (tanto de autores y textos poéticos como narrativos), a la vez que nos brinda un estado de la producción contemporánea: en ella, lo moderno y lo contemporáneo dialogan entre sí con fluidez y se entretejen con relativa armonía. La labor crítica de Salazar Bondy, sin embargo, no se limitará a la consolidación de un canon en nuestra literatura, sino que se irá diversificando y ampliando a través del reconocimiento y estudio de la producción poética y narrativa de sus compañeros de generación; es decir, la obtención de una visión del proceso de renovación que nuestra tradición estaba sufriendo a mediados de los años cincuenta, tal como se manifestaba en la obra de poetas que recién empezaban a publicar como Washington Delgado, Juan Gonzalo Rose, Carlos Germán Belli, Javier Sologuren, Blanca Varela (por citar solo algunos), y narradores como Carlos Eduardo Zavaleta, Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa, Oswaldo Reynoso y muchos más. Adicionalmente, se interesará también por difundir las obras de quienes, a la postre, conformarían el grupo poético de la llamada generación de los años sesenta: Antonio Cisneros, César Calvo, Javier Heraud y Arturo Corcuera. De esta manera, a lo largo de un periodo de dos décadas, ya fuera a través de sus artículos periodísticos o de su labor como antologador, Salazar Bondy se convirtió en uno de los principales referentes en la configuración de un canon en nuestra literatura.

No hace falta decir que La luz tras la memoria contribuye a completar la visión y el legado de uno de nuestros más importantes escritores del siglo pasado y a motivar entre las nuevas generaciones el estudio de su obra. Sin lugar a dudas, se hacía necesaria una publicación de un volumen de estas características para, de alguna manera, volver a colocar entre nosotros a un escritor que supo encarnar el sueño de su vocación.


Alejandro Susti (Lima, 1959). Poeta, músico y profesor universitario. Ha publicado los poemarios Corte de Amarras, Casa de citas, El río imaginado y el ensayo Seré millones. Eva Perón: Melodrama, cuerpo y simulacro.