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Hebe Uhart: Lo que hay es la vida

Por Katya Adaui


Entrenar el oído y la mirada, no arrepentirse, pensar en otra cosa y no en la muerte, intentar entender, son hábitos. Como vivir. Hebe Uhart vive como escribe: atendiendo el detalle, conciliando momentos, curioseando. A los setenta y ocho años, la argentina, una de las más grandes cuentistas y cronistas de viajes de nuestra lengua, autora de más de una quincena de libros en pequeñas y grandes editoriales, sigue eligiendo acompañarse a sí misma: divertirse con lo que hay.El departamento de Hebe Uhart (Moreno, 1936) en Almagro se le parece: pequeño, luminoso. Un electricista está echado debajo de la estufa, maniobrando con una llave. Yo estuve aquí hace tres años. El cuadro de una batalla, el tapete con motivos indígenas, la disposición del librero y de las cosas en general, las macetas en el balcón: inamovibles. Algo ha cambiado en la mesa del comedor que es también la mesa de las entrevistas, la mesa para todo, rebosa individuales, posavasos, no hay espacio vacío. Hebe le dice al electricista que deje todo como está porque va a conversar con la chica. Se sienta a la mesa, enciende un cigarrillo, el único que fumará durante nuestra charla. Me hace preguntas con sus ojos de láser, ojos encapotados que al reírse tan seguido (risa breve, agudísima) casi desaparecen: ¿Querés tomar algo? ¿En Lima también es caro reparar la casa? ¿Comenzamos? Sus frases son cortas, con muchas subordinadas, un caos ordenado. Recoge la última oración, la repite, las comas y los puntos seguidos bailan donde sea, es parte de su estilo, romper el lenguaje. Hebe Uhart muestra en cada anécdota fascinación por la vida, como si se preguntara qué más puede hacer. Dice que quiere seguir viajando. Volver a Ecuador, ir hasta Senegal «para saber cómo es África». Conocida y reconocida, tímida y conversadora, misteriosa y transparente, premiada desde 2004, antologada masivamente desde 2010, la autora de Camilo asciende, Guiando la hiedra, Mudanzas, Turistas, Visto y oído nunca es una anciana, es alguien de tu edad, cualquiera sea tu edad.

Eres alguien que mira. Dijiste «levantar la cabeza y mirar alrededor» porque cada persona podría ser una novela.
Justamente estoy dando unos talleres… El tema del cultivo de la atención que trabaja Flannery O’Connor en sus textos sobre el taller literario lo ve también Simone Weil. Es algo muy interesante para todo el que va a escribir: el tema de la atención, el poder lograr una buena calidad de observación. Weil y O’Connor coinciden en que escribir es el arte del detalle y que mucha gente no le presta atención. Hay autores que son demasiado vagos o demasiado vanidosos.

Un narcisimo que les impide a muchos mirar a su alrededor.
Exacto, un narcisismo para atender los detalles. Por ejemplo, una persona vanidosa dice «Yo no voy a mirar cómo da vueltas un perro porque no es un tema para mí. Yo estoy para cosas más grandes, deseo tratar temas generales, el amor, la vida, todo lo abstracto». Los vanidosos son personas ambiciosas, se pierden; por lo tanto, no comunican, no transmiten el detalle, el sentido que este tiene. Hay un libro que siempre cito, Una excursión a los indios ranqueles… Lucio Mancilla, que fue militar y escritor, tenía sentido del detalle. ¿Qué quiere decir esto? Por ejemplo, va con el objetivo de trazar un ferrocarril; entonces cuenta que hacían canje de cautivos; o que tenía una ahijadita india, y el vestido de esta chica no era de la ciudad ni del campo ni de ningún lado, pero su curiosidad –que es una curiosidad de escritor, no de militar, porque un militar no va a mirar– hace que le pregunte a un niño de qué era el vestido de la nena. Y estaba hecho de un malón de una Virgen no me acuerdo de dónde, sacaron el traje de la Virgen e hicieron un vestidito para la niña, ¿te das cuenta?

Si no hubiera tenido curiosidad, no habría hecho esa pregunta…
No habría llegado, ni a eso ni a otras cosas valiosas. Pero esa es la curiosidad de un escritor.

Nabokov también lo decía, acariciar el detalle. Tarde o temprano todo servirá.
En literatura todo sirve. Chéjov decía que cuando tenía once años, se enamoraba de detalles. Se enamoraba de una nena porque tocaba el piano con dos deditos o porque tenía un trajecito rojo. Eso es la atención al detalle y se logra observando el objeto concreto. Todos nos hemos enamorado de detalles…

Y hay que saber ponerse en el lugar del otro, del personaje.
Ponerse en el lugar del otro, sí. Estoy comparando un poco al argentino con el resto de latinoamericanos, cómo cuentan la infancia. Hay inteligencia y talento, los hay, pero se colocan de una manera muy soberbia, desde un no identificarse, desde algo fabricado y no desde la experiencia real, algo más honesto. La vanidad conspira contra escribir bien, desde todos los puntos de vista. Vos le entrás en la vida real a un amigo porque hay una fisura; si vos vas y le decís «Soy divino, hermoso, triunfador», no pasa nada. Lo mismo pasa con la escritura. Siempre el escritor debe entrar por un quiebre, ¿o no?

¿Cuándo te diste cuenta de que estabas escribiendo?
Lo dejé un tiempo, a los quince no quería escribir, no quería nada, andaba en una revuelta adolescente muy grande, me ponía los vestidos al revés. Empecé a escribir con conciencia a los diecisiete, mucho más grande. No iba a los cumpleaños de quince porque me sentía incómoda, me parecía que eran todos príncipes y princesas encantadas. No quería que nadie me sacara a bailar, no sabía qué decir: pensaba que los demás hablaban de cosas superiores (ríe). Después descubrí que lo que decían era «Pasame la Coca-Cola», «acá hace un poco de fresco»… A esa edad, la profesora de Literatura nos pidió un ejemplo de una cuarteta y le puse una propaganda: «Venga del aire o del sol, del vino o de la cerveza, cualquier dolor de cabeza se quita con un Geniol» (ríe). Era rebelde, no quería escribir. No quería nada, en realidad.

Querías ser diferente… Pones esa imagen del vestido al revés en uno de tus cuentos.
Sí, el adolescente es un invento japonés, ¿o no? Quería ser diferente de todas, me mojaba con los charcos. Y era así porque la adolescencia era configurarte, diferenciarte de los de tu casa, hacer todo distinto, hacerte.

Escuché a gente que te lee por primera decir de ti «Parece alguien muy joven».
Deciles «Es muy mayor, muy mayor» (ríe).

¿Y cuándo comienzas a mostrar tus cuentos?
A los diecinueve se los empecé a mostrar a Rubén Macera, un amigo bastante mayor de la facultad de Filosofía, que me guió como hago yo en el taller. Me fue guiando: yo iba escribiendo y le mostraba lo que hacía, desde los diecinueve hasta los veintiuno hice eso. Él era como un Sócrates de los cafés (ríe), alguien que atendía a la gente joven, porque a la gente joven nadie la atiende. Era un estímulo, tenía una cualidad interesantísima: no hacía ningún tipo de jerarquía, cualquier persona, humilde o no, era vista con una consideración particular, no discriminaba, era formado, inteligente y con juicio. Fue de alguna manera mi maestro, quien más confiaba en lo que yo hacía. Publiqué por primera vez en 1962, a los veintipocos, no tenía idea de cómo era el medio, no sabía que los libros se presentaban (ríe), por ejemplo. Por eso el primero, Dios, San Pedro y las almas, no lo presenté, fue una edición muy limitada, de quinientos ejemplares, de esos que les das a los amigos. Me salieron algunas críticas buenas. Y el siguiente me salió con ayuda del Fondo de las Artes, pero era un mal momento para las editoriales: quebró y los libros se perdieron. Este se llamaba Epi, Epi, Pamma sabhactani, que es lo que dijo Cristo en la cruz… solo tengo un ejemplar y no lo saco. Seis o siete años después, un tercero, La gente de la casa rosa, un refrito de los dos pero con cuentos nuevos en una editorial que luego también quebró. Al principio era muy difícil y costoso el esfuerzo. Pero seguí escribiendo y llevando mis libros a las editoriales. Solo una vez tuve esa sensación de rechazo de una. Pero me dije «Yo me pongo a escribir, alguien alguna vez los va a mirar».

Camilo asciende, Memoria de un pigmeo y Mudanzas son tus tres novelas. ¿Por qué más cuentos y crónicas de viajes que novelas?
La novela exige mucha concentración, no sé si ahora tendría concentración para escribir una sometiéndome a esa disciplina. Los cuentos se escriben tres o cuatro veces. Ahora me es más cómodo hacer crónica, y si es de viaje, mejor. No es que el cuento me guste más. Así se da.

Disfrutas viajar sola, tener más tiempo para poder fijarte en los detalles…
Y claro, si voy con amigos, la atención es mucho menor porque estamos hablando entre nosotros, porque tu juicio tiende a compartir el de los otros, la complicidad, todo eso. Mientras que si voy sola miro tranquila lo que tengo que mirar, lo que me parece «mirable», ¿no?

¿Se trata de ver como veía Chéjov? ¿Haciendo que se nos detone una familia, que lo cotidiano sea tan importante que nos capture toda la atención como recién visto?
Es que no tenemos otro referente que el día a día. A mí me interesa la historiografía, la vida cotidiana, los hábitos, las costumbres… lo otro son las batallas, las guerras, qué se yo.

Observas mucho. ¿Anotas mucho?
(Me enseña dos cuadernos con pocas páginas libres, los tiene siempre a mano). Cuando viajo, hago notas, no uso grabadora. La gente se asusta con la grabadora, todo debe ser de oído. Depende del tipo de persona, tomo notas ahí mismo.

Sigues usando el juego, la infancia… Tengo una amiga con la que leíamos en el bus ese elogio de la torpeza que es La excursión larga, y nos matábamos de la risa. ¿Te ríes cuando escribes?
A veces no me doy cuenta, a veces sí. También noto cuando otro escritor se ha reído al momento de escribir, cuando se ha divertido.

¿La vida es el dolor y la risa bailando juntos?
Y… no sé si es tanto dolor y risa, un poco de dolor y un poco de risa, sí, pero en general es neutra. Después tiene «momentos». Lo que pasa es que para escribir tenés que estar a media rienda, no con un estado de ánimo muy dispar, ¿viste? Uno tiene que lograr un estado de ánimo más o menos parejo y a la larga se te hace un hábito. Gente que tiene el estado de ánimo muy disparejo no puede escribir porque es como si estuviera borracho o drogado. O si está deprimido, ve todo espantoso. Como escribir con bronca. Si tengo bronca, rencor, dolor, tengo que mirarlo bien. Dolor tenemos todos. ¿Qué puedo transmitir si tengo bronca? Todo el mundo tiene bronca. Se forma un hábito solo, después de muchos años se forma como un hábito de conformarse con lo que hay o con lo que es. No sé si llamarlo conformismo.

¿Estás en paz o te sientes culpable de algo?
Yo pienso que el ser humano hace lo que puede en su momento. Si no hice lo que pude es porque no supe o no me di cuenta. No me arrepiento, no me arrepiento porque en su momento lo pensé de esa manera. Eso sí, uno a veces se olvida, pero sé que en su momento lo debo haber pensando de esa forma. La vida es así, arrepentirte es imposible, no tiene significado.

Háblame de tus viajes al Perú, donde tienes un primo.
Yo fui muchas veces a Lima, la conexión con los parientes de ahí se dio porque Eduardo Mazzini, el padre de este primo que yo visité la última vez hace cuatro años, vino a la Argentina con una delegación de remo y fue a buscar a la familia, a la abuela. Yo tenía nueve años. Fue la primera vez que yo escuché hablar a un peruano. Me llamaron la atención las voces, las nuestras son distintas, un poco más raspadas, las peruanas son muy lindas, tienen una coloratura… escribí sobre eso un cuento llamado «Mi tío de Lima». Después, a los veinte años, me fui con otras dos chicas a Lima, vimos a mi tío y todo eso. Volvimos diez años después, alrededor de los treinta, y mi tío decía «Tres chicas solas, ¿y cómo llegaron?». «Eeee… en el avión (ríe), en el avión llegamos». Bueno, esa vez conocí a los demás, hicieron una fiesta, conocí a toda la familia peruana… Volví varias veces después, para hacer una nota sobre Lima, sobre el hotel Bolívar. Estuve cinco o seis veces. También fui a Arequipa, al Colca, a Iquitos, que es precioso. Lima me encantó, pero el tráfico es increíblemente complicado.

¿Lees a los peruanos?
Los leo. Santiago Roncagliolo es famoso acá. Daniel Alarcón me gusta mucho, para mí escribió uno de los mejores cuentos sobre la guerrilla, Guerra a la luz de las velas, muy bueno. Iván Thays tiene cosas interesantes. Y Luis Loayza, Bryce Echenique, que es disparejo, don de decir tiene, pero dice mucho y por supuesto a veces…. Y Julio Ramón Ribeyro. Y tienen a Mariátegui. Tienen muy buenos escritores ustedes, no sé por qué han sido tantos y buenos.

Hebe, eres docente de toda la vida.
Enseño porque me gusta, es un hábito, vengo de una familia de docentes. Mi mamá era directora, mi tía profesora, una familia de muchos maestros, por lo tanto me he movido en ese ámbito con naturalidad. Y luego vinieron los talleres: los he dado en mi casa, en congresos, en librerías, en la Biblioteca Nacional, clases particulares a unas señoras de la comunidad hebrea. Y afuera he dado cursos, también. Ya son veinte años dictando talleres y estoy cansada, porque me llegó esta fama o como quieras llamarlo y todos quieren hacer taller, la gente quiere hacer mil cosas en esta ciudad. Y te dicen «Voy a ir», y algunos no vienen. Quiero sacar algo del otro, y si no viene, ¿qué voy a sacar? A mí no me interesa que me paguen, es una contraprestación, yo quiero dar un servicio. Se aseguran de que me pagan y luego se van por ahí. No.

¿Cómo es tu proceso de escritura?
Primero escribo a mano y luego paso todo a la computadora, haciendo una primera edición.

Las estructuras que eliges, tienes una memoria asociativa…
Sobre las estructuras no te puedo contar. Qué sé yo cómo son, eso lo tiene que decir otra persona. Es como un ciempiés, él no sabe cómo mueve las patas. Y si querés que te lo diga, yo no me siento escritora. No, no es bueno sentirse escritor, es malo. Escribir al momento que escribís: «Sí escribo». Después estás llamando al plomero. Yo creo que se idealiza el trabajo intelectual, no es una cosa superior.

Decía Lispector, tú que la lees tanto: «Si no escribo, estoy muerta».
A mí me parece impúdico decir eso. A lo mejor es cierto, no lo sé, pero me parece impúdico decirlo. Como si toda mi fuerza, mi energía estuviera puesta en eso, y a lo mejor uno es capaz de hacer otras cosas distintas. Por ejemplo, si estuviera dedicada a una ayuda social, algo tan absorbente como es la vida de los otros, o estudiando a los chimpancés… ¿No tuviste en la adolescencia múltiples vocaciones? A mí me gustaba el salto largo, la paleta, la pelota, jugar vóley, se me iba el alma a la hora de la siesta buscando gente para el vóley. Después estudiás Filosofía, ponés el traste en la silla y empezás a hablar… (ríe).

Leí que considerabas Mudanzas tu mejor libro. ¿Sigues sintiendo que ese fue tu pico, lo más alto?
Sí, pienso que sí. Los escritores también decaen, así como decaés físicamente decaen tus fuerzas, tu capacidad. Lo importante es que aunque decaiga aún te guste lo que cuentas, ¿no es cierto? Que te guste igual lo que cuentas. Y yo no soy de pensar mucho las cosas, no me siento y escribo compulsivamente todas las mañanas. En los viajes sí porque el viaje mismo me lo facilita y exige. Tampoco me releo, ¿para qué?

¿Cómo te relacionas con la tecnología?
No me gustaba la computadora. Me resistí. Tenía un secretario que me pasaba todo. Me cambié cuando ya me era imposible… En 1997, durante un viaje a Alemania, una escritora me dijo «Escribir a mano ahora es como cocinar con carbón» (ríe). Yo no entro a Facebook ni nada, no hago nada, solo Word, escribir, imprimir, mandar mails… ni un juego, nada. Me llevo mal con la tecnología en general. Ahora el horno no prende. De las cosas domésticas sí sé, pero de lo otro no. Tengo que llamar a alguien que resuelva.

El libro electrónico, ¿crees que reemplazará al impreso?
Para mí eso no es un problema. Esas profecías… En los sesenta se decía «El tango está muerto». Ahora se compran casas para bailar tango. «La pintura de caballete está muerta», escuché. Y siguen pintando y haciendo exposiciones. Entonces yo, si viene eso, puede ser que me adapte o no. Y si no me adapto, seguiré haciendo lo que sé hacer como si fuera bordado de macramé. Pero claro. ¿De qué me voy a calentar? Mirá, si en el futuro se acaba el libro, vendrá otra cosa como ha sido siempre. De alguna manera los seres humanos se comunicarán, ¿sí o no? Además, yo no tengo amor por el libro… Lo que tengo es recelo cuando no lo puedo conseguir. O cuando no lo puedo reponer porque lo presté (ríe).

¿Te puedo preguntar sobre la maternidad?
Sí, lo que quieras… Tuve fantasías –pero pasajeras– de maternidad, no tuve nunca un deseo muy firme de ser madre, creo yo. Pero a veces me pregunto cómo hubiera yo… bah, una pregunta ociosa, porque no se sabe cómo hubiera sido como madre, no lo sé, no, no… fui muy buena madre de gatos.

¿Te da miedo la muerte? ¿Piensas en ella?
Sí, pero lo controlo. Es otro hábito controlarlo, porque ves que se te mueren amigos…

Y se abre la pregunta: ¿y yo?
Sí, pero trato de no pensar, pienso en otra cosa (por primera vez baja la mirada).

¿Y la soledad?
A la soledad estoy acostumbrada, al principio sí me costaba, pero después me acostumbré. Yo escribo mucho en los cafés, que son lugares intermedios entre estar solo y estar acompañado, estás con gente y no estás.

¿Hace cuánto que estás en esta casa?
¡Treinta años! Hace muchísimo tiempo ya.

Y estando aquí, Hebe, el reconocimiento llegó tarde, pero llegó.
Es algo medio burocrático, se va acumulando con el tiempo, como con las carreras administrativas: uno pasa de empleado a jefe. Eso tardó, no sé cómo me siento, un poco extraña, como que fuera que se lo dan a otro. Yo no le doy tanta importancia. Si hubiera sido más joven habría sido distinto, los jóvenes son más vanidosos.

¡Cómo reniegas cuando te dicen «La mejor cuentista…»!
No, no empecés con eso (finge que se enoja un poco), es mucha responsabilidad, ¿qué es eso? Los elogios no me suenan bien, no ayudan.

Más allá de los premios, ahora eres más leída.
Eso, es agradable ser más leída, eso sí.

Es rico eso.
Rico, como dicen ustedes (ríe), es rico ser leída. Es que yo a cada lector lo considero particular. Yo no concibo «El mundo de mis lectores…». ¿Quiénes son? No los conozco hasta que alguno me dice «He leído tal cosa…». Son seres individuales. Por eso tampoco pongo mis traducciones en lo que hago, porque es un mundo que me resulta ajeno… si te traducen en Alemania, aunque sea tu cuento, la única palabra que entendés es «Tomaten». Es lo mismo que con ciertos pueblos. Sé que existe China, pero es una entelequia terrible. Es raro China.

¿Extrañas viajes que no hiciste?
Me gustaría ir a países chiquititos ahora. Portugal, dicen que es muy lindo. A la India iría, me mandaría con un tour. Marruecos, cómo me gustaría Marruecos. O el Ecuador, volver. A Río también volvería. Tendría que ver, tengo mal el mapa, a Senegal para ver cómo es África. Y Japón me imagino cómo es. Es como uno se imagina. Y Europa tendría que ir estudiando porque es imposible abarcarlo todo. De ciudades de Estados Unidos, a Nueva York volvería. De las regiones, América Latina es mi favorita. La entiendo.

La última pregunta. ¿Tienes algún escritor favorito?
Sí, mi maestro Felisberto Hernández. El más íntimo. Una maravilla. Ya contesté todo. Ahora viene el plomero


Katya Adaui (Lima, 1977). Es escritora, periodista y fotógrafa. Ha publicado los libros Un accidente llamado familia, Algo se nos ha escapado y Leer es viajar. Este año presentó su primera novela, Nunca sabré lo que entiendo.


Mi tío de Lima


–¿Con quién vives tú?
–Con mi mamá, mi papá y mi abuelita –dije.
–Ve a llamar a tu mamá, ¿quieres? Dile que vino José Mazzini de Lima.
Observé que la fórmula peruana para pedir una cosa era diferente: él no quería decir si yo quería ir a llamar a mi mamá, era como si dijera: «Quiero que llames a tu mamá con tu consentimiento», pero disentir era imposible.
La voz era rica, plena, suave. No era una voz de argentino. Era como si brotara de algún lugar profundo dentro de él y como si vibrara un poquito en su cuerpo.
–¡Vino José Mazzini de Lima!
–Abrí la puerta del comedor –dijo mi mamá.
Ella se acomodó el pelo y acomodó una silla. Estaba nerviosa: hacía 40 años había llegado el tío Pipotto de Lima justo el día en que se escaparon los chanchos. Ahora este tío y el comedor estaba desordenado.
–¡Sacá esos trapos! ¡No servís para nada!
Habitualmente esa observación me irritaba, pero esa vez no me afectó; venía un pariente de Lima y por eso mismo iba a esconder los trapos en un lugar insólito: detrás de un jarrón de porcelana; ojalá que se asomaran un poco.Finalmente mi mamá salió, ya con cara de recibir visita. La cara de visita era para todos igual: afable, cortés, casi siempre desenvuelta, como si de antemano descontara que iba a recibir un gran placer. Con esa misma cara recibía a una amiga íntima y también a la señora de Bastión, que tenía un hijo mongólico de 40 años y explicaba minuciosamente cómo le cortaba la carne en pedacitos para que no se atragantara. Salió a la calle y dijo:
–¿Qué tal? –como si lo hubiera visto hace un año. Mi tío de Lima, con la voz un poco emocionada, con un leve matiz de duda para que la emoción fuera después más plena y el encuentro más histórico, le dijo:
–Tú eres Emilia, ¿ya?
–Y tú José –dijo mi mamá hablando de tú seguramente por contagio. Nunca la había oído hablar de tú y pensé que a lo mejor lo haría en otras oportunidades que yo desconocía.
Se abrazaron y José tenía los ojos brillosos. Entonces mi mamá dijo:
–A ver. Vos sos hijo de Cayetano.
–No –dijo–, de Juanito. Cayetano tuvo dos hijos: uno volvió a Italia y el segundo, Marcos…
–Pero es cierto –dijo mi mamá un poco fastidiada porque se había equivocado–. ¡Qué tonta! Si sos hermano de…
Cuando se estableció bien la filiación, lo invitó al comedor a sentarse en unas sillas duras, altas e incómodas. Mi tío de Lima se sentó sin reparar en ellas como si una silla fuera un obstáculo útil para sentarse, y siguió muy emocionado.
–¿Y la tía Teresa? –dijo.
No dijo «la tía», dijo algo así como «la zia». Claro, resulta que era sobrino de mi abuela. Pero mi abuela estaba en su pieza, sentada en su cama rezando, acomodando todas las estampitas como para un solitario y no sabía que había venido un sobrino. Ella acomodaba todas las estampitas sobre la cama, les rezaba y las cambiaba de lugar de acuerdo con algún orden.

Ella rezaba para todos, pero quién sabe si se acordaba de ese sobrino.
Mi mamá dijo:
–Un momentito, le voy a avisar. Quedate con el tío José.
El tío José me sonrió y me contó cómo había venido.
Mi mamá no fue alborozada a decirle a mi abuela que había venido José; fue para ver si la abuela tenía las estampitas en orden sobre la frazada y para peinarla. Con el apuro, el peinado y esa precipitación, mi abuela no entendía de qué se trataba. Solo que era alguien de Lima. Mi abuela hizo un gesto como diciendo: «Justo ahora». Estaba por la oración de San Francisco. Estaba atrasada en el rezo y ya venía atrasada del día anterior. Además quería estar con cierta majestad en la cama y sentía en ese momento que no tenía ninguna majestad, se sentía un poco débil. Mi mamá le puso colonia y mi abuela revivió. Le pidió a mi mamá que saliera y la dejara sola un minuto para prepararse para la visita. Mi abuela era imperiosa; tenía la nariz larga y afilada y la mandíbula sobresaliente; llevaba la boca siempre apretada y era flaca. Ella decía siempre:
–Pónelo cua. Pónelo la. Torna cuesto. Porta vía. Mete cuesto in la. Guarda cua. Tapa il sole. Ve in casa. Prego, levanta la stampa. Sta in calma.

Después entró mi tío de Lima a la pieza de mi abuela, y otra vez la filiación. Con mi abuela fue más largo el asunto; dijo que sí, que comprendía, pero me parece que dijo que entendía porque ya iba para largo. La verdad es que mi abuela, por tratarse de ella, hizo mucha alharaca. Ella también tenía una voz para las visitas y una amabilidad distinta, pero siempre como si el centro fuera ella. Ella sabía que era una anciana venerable que había vivido y trabajado duramente: no esperaba más que laureles y siempre cosechaba laureles y rosas de las visitas. Pero esta vez era diferente: le pidió a mi mamá estar a solas con su sobrino de Lima y mi mamá vio la parte práctica del asunto, que era hacer la comida, mandarme al almacén, etc. Todo esto era normal. Lo que no era normal era lo que se oía desde la pieza de mi abuela. Mi abuela lloraba con la voz quebrada, como si le hubiera salido una voz finita, de viejita femenina, con agudos estridentes que nunca le había escuchado.

Se estaba confidenciando. Era una voz de víctima y de prima dona, a veces de pajarito. José le decía «tía» como si la hubiera visto toda la vida y le preguntaba cosas en italiano con esa voz rica y peruana. Mi abuela se había olvidado del italiano en la Argentina y siempre dijo que a ella Italia no le iba ni le venía. El italiano que ella hablaba era un idioma propio, una mezcla, y cuando tenía que hablar con unas amigas italianas, decía todo que sí para abreviar, pero la mitad no entendía. Pero ahora con el sobrino ella quería hacerse entender y él le hablaba un italiano perfecto y ella lo entendía. No se oían órdenes ni aseveraciones como de costumbre. A veces parecían lamentos, recuerdos. La voz de él era serena, un poco grave. Oí que mi abuela le preguntó:
–¿Il tuo padre vive ancora?
Preguntó con una voz humilde y temerosa, pero ya más en confianza, no con voz amable de visita, sino como si fuera un sobrino que ella viera cada tanto.
–No –dijo él–, papá falleció en el 50. ¿A ver? Espera. Sí, digo bien, en el 50…
Lo dijo en tono neutro, objetivo, como si recordara la fecha de la muerte de un presidente.
–Ah –dijo medio desconcertada mi abuela–. ¿Y Caetán?
–Caetán falleció de joven, cuando la fiebre amarilla, espera, a ver si me equivoco. Pero no, fue en el 18 –sorprendido–. ¿No lo supiste, pues?
–¡Emilia, Emilia! –dijo mi abuela llamando a grandes voces a mi mamá–. ¡Ha morto Caetán!
Se echó a llorar tapándose la cara con las manos. Yo nunca la había visto llorar a mi abuela. Mi mamá estaba haciendo tallarines y la salsa se estaba por quemar.
–Y claro, mamá –dijo mi mamá–. ¿No te acordás de que ya avisaron? Yo tengo la idea de que avisaron.
Y le habló por lo bajo a José, diciéndole que a mi abuela le fallaba un poco la memoria. Mi abuela agarró la estampa de San Cayetano; como no veía casi nada hizo un esfuerzo para mirarlo bien a ver si era, y mientras, lloraba, pero no ya con esos sollozos impactantes, sino que se le lloraba.
Después vino otra vez mi tío de Lima a comer a mi casa. Ese día habían puesto un mantel de supergala que yo no había visto nunca puesto y la mejor vajilla. Yo jamás había visto todo el despliegue junto. Mi abuela se mostró amable, lo suficiente, y correctamente cariñosa.
Después que mi tío se fue, mi abuela, más imperiosa que de costumbre empezó a decir:
–Mételo cua. Guarda cuesto la. Súbito el trapo, ve.