El-dinero

El dinero

Por Junot Díaz,. Traducción de Luis Chaves


Todos los dominicanos que conocía en aquella época enviaban dinero a casa. Mi madre no tenía otro trabajo fijo aparte de cuidar a sus cinco hijos, así que pellizcaba de aquí y allá para hacer su buchaca. Mi padre no lograba conservar su trabajo de conductor de montacargas, de modo que mamá no contaba con una entrada estable. Pero mis abuelos vivían solos en Santo Domingo y aquellas remesas, más allá del apoyo económico, eran la manera de Mami para, supongo, negociar la ausencia, la distancia generada por nuestra diáspora. Pellizcaba dólares del efectivo que Papi le daba para los gastos diarios, obligando a una familia en bancarrota a vivir aún más arruinada. Así ajustaba la bolsa –doscientos, quizá trescientos dólares– que enviaba a casa más o menos cada seis meses.

Nosotros sabíamos dónde escondía el dinero, como sabíamos también que tocarlo implicaba un castigo violento cercano a la muerte. A mí, que sacaba monedas de la cartera de mi madre sin problema, no se me ocurría llegar siquiera a asomarme a la galeta prohibida.

Entonces, ¿qué pasó? Precisamente lo que están pensando. Tenía doce años y en el verano mi familia hizo un viaje de «vacaciones» –otra de las producciones atropelladas de mi padre en la onda de conoce-mejor-el-país-durmiendo-en-la-camioneta. Cuando regresamos a casa en Jersey, exhaustos, molidos, la puerta de la entrada no tenía cerrojo. En el cuarto de mis padres, lugar que los ladrones registraron minuciosamente, la devastación parecía efecto de un tornado. No se complicaron; el botín consistió en un radio portátil, unas de mis ediciones de lujo de Calabozos y dragones y, por supuesto, las remesas de Mami.

Tampoco es que el hurto fue algo inaudito. En el barrio, todo el tiempo robaban en apartamentos, en autos, y el niño lo suficientemente estúpido como para descuidar su bicicleta por una décima de segundo, era el niño que no iba a ver esa bicicleta nunca más en la vida. A todo el mundo le robaban algo. Fueras quien fueras, eventualmente te llegaba el turno.
Aquel verano nos tocó a nosotros.

Nos golpeó bien fuerte, sin embargo. Para un inmigrante recién llegado es fácil sentirse blanco de ataques. Como si en lugar de un par de hijueputas que te tenían medido, se tratara de una conspiración de todo el vecindario; peor: tal vez del país entero.
A nadie le pegó tanto el robo como a mamá. Maldijo el barrio, maldijo el país, maldijo a mi padre y, faltaba más, maldijo a sus hijos, segura de que habíamos abierto la bocota delante de los estúpidos de nuestros amigos, y que eran ellos los delincuentes.

Es aquí donde tendría que terminar el cuento, ¿cierto? No es como que nadie investigaría al estilo CSI ni nada parecido. Pero un par de días después me quejaba del robo con unos compas del barrio y caí en cuenta de que blasfemaban por solidaridad; y de pronto, de la nada, lo supe todo. ¿Han experimentado uno de esos momentos de claridad mental? ¿Cuando se abre de pronto la membrana nictitante que oscurecía la vista? Eso fue lo que sucedió. Supe que aquellos tarados a quienes llamaba amigos eran los responsables. Sacudían la cabeza, decían las palabras correctas, pero vi cómo se miraban entre ellos, la mirada Raskólnikov. Lo supe.

Ahora, no es como que podía denunciar públicamente a aquellos tarados o ir a la policía. Hubiera sido tan útil como llorar. Esto fue lo que hice: le pedí el baño al tarado principal (estábamos frente a su apartamento) y, mientras se suponía que meaba, quité el pestillo de la ventana. Luego, como siempre, enrumbamos todos hacia el parque, pero fingí haber olvidado algo en casa. Me apuré hasta el apartamento del tarado, corrí la ventana y, a plena luz del día, introduje mis huesos en casa ajena.

¿Cómo se me ocurrió hacer eso? No tengo la menor idea. Supongo que en aquella época abusaba de las colecciones de misterio Enciclopedia Brown y Los tres investigadores. De haber sido un vecindario normal, aquí es donde alguien llama a la policía y me atrapan en flagrante violación de domicilio.

El tarado y su familia vivían en EE. UU. desde siempre y tenían mil aparatos, un televisor en cada cuarto y así, pero no tuve que buscar mucho. Le di vuelta al colchón del tarado y, debajo, encontré mis libros de Calabozos y dragones y casi todo el dinero de mi madre. Tuvo la genial idea de guardarlo en el mismo sobre.
Y fue así como resolví el Caso de los Imbéciles más Imbéciles. Mi único y gran caso.

Al día siguiente, en el parque, el tarado contó que se habían metido en su apartamento y le habían robado todos sus ahorros. Este lugar es una cueva de ladrones, se quejó con amargura, y yo puse cara de «no me digás».
Pasaron dos días antes de devolverle el dinero a mi madre. La verdad es que consideré seriamente quedármelo. Al final me venció la culpa. Creí que mi madre iba a saltar de alegría, que me iba a coronar como hijo preferido, cocinarme mi plato favorito. Nada. Quería una fiesta o por lo menos verla contenta, pero no hubo nada. Apenas doscientos y pico de dólares y cerca de mil quinientas millas –eso era todo


Junot Díaz (Santo Domingo, 1968), narrador dominicano en lengua inglesa. Con su primera novela, La maravillosa vida breve de Óscar Wao, recibió el Premio Pulitzer 2008. «The Money» fue publicado originalmente en The New Yorker. Esta traducción, inédita, fue autorizada por el autor y la agencia Aragi Inc.
Luis Chaves (San José, 1969), poeta, cronista y traductor. Ha traducido, entre otros, a William Carlos Williams, Charles Simic, Joe Bageant y Sherman Alexie. Su próximo libro, una colección de textos narrativos, se publicará bajo el título provisional de Italia 90.