Dos cuentos

Por Jorge Vargas Prado


Cácheme

 

Es tan bonita que nadie se la quiere tirar.

Ahora está borracha, ha tomado muchísimo en la boda de su amiga y la embarcan preocupadas en un taxi. Anotan la placa. Parte en un Tico que poco a poco se aleja del centro del Cusco con dirección a Santa Mónica.

Después de unos minutos le pide al chofer detenerse. El auto para y ella se desliza fuera. Está oscuro y en las luces encendidas del Tico se revela cómo el polvo se levanta. Ahora ella va al frente del auto e iluminada por completo levanta su vestido, abre sus piernas e intenta orinar. Su vulva solo gotea, no hay orín. El chofer preocupado se acaricia la cara redonda, juega con sus bigotes y cierra sus ojos de bonachón: es demasiado bonita.

Regresa. Esta vez se sienta junto al hombre colorado. El auto parte y ella toma la palanca de cambios encima de la otra mano algo peluda. El señor no atina a hacer nada. Van llegando. Ella calcula y pide doblar por una esquina. El auto se detiene.

–Señor… –dice borracha, con los hombros dislocados. Intenta rearmarse de manera sexy, pero al chofer le da lástima, hay algo en ella tan triste que resulta espeluznante–. No tengo plata.

–No te preocupes, tus amigas ya han pagado.

Furiosa, palpa la bragueta del hombre y la reconoce completamente dócil, esponjosa. El chofer se queda quieto hasta que el sonido de su hebilla lo distrae.

–No se preocupe, soy una chica bien, soy sanita –balbucea la muchacha.

–Bájate, hijita.

–Señor, por favor, soy limpiecita, señor. Por favor, cácheme.

–Bájate, bájate. Estás borracha. Anda a descansar.

–Le invito una cervecita, señor, por favor. Tengo plata, le invito unas cervezas.

–Ya es tarde, anda. Bájate.

–Señor…

–¡Anda a descansar! Piensa en tu madre. Tan bonita tú, de una familia de plata seguro, ¡cómo vas a estar haciendo estas cosas! Anda a descansar, anda a descansar.

El hombre le abre el cerebro consciente de un tajo. Siente como si hubiera utilizado ese fierro que todos los taxistas tienen escondido para reventarle la cabeza. Por un momento se arrepiente.

–No le ruego más, última vez. Por favor, señor… cácheme.

El señor baja del auto. Ella está emocionada, siente húmeda la vagina. El chofer abre su puerta, le toma la mano y ella imagina que lo harán al aire libre, ya puede sentir el pasto haciéndole cosquillas en las nalgas, está a punto de tener un orgasmo. Cuando ella termina de bajar, el buen hombre cierra la puerta y sube veloz al Tico. Ella intenta abrir la puerta nuevamente pero el carro arranca y ella cae. El hombre la observa caer, no se detiene y piensa: mejor así.

Ahora sí está desecha. Mareada, se intenta levantar y, de alguna manera, percibe el azul de la madrugada detrás de los cerros. Nota que ha dejado su pequeña cartera en el taxi. Quiere llorar, pero le es imposible pues así es la tristeza extrema, sin llanto.

–¡Fátima!
Una de sus vecinas le grita desde su casa. Han encendido las luces por el barullo.

–¡Fatimita! ¡Qué ha pasado!

Poco a poco las casas encienden sus luces como si abrieran los ojos y ella está asustadísima porque sabe que la resaca que le espera será feroz

De Para detener el tiempo
Mayo 2008


O

 

Abelardo sonríe. La extranjera que tiene entre sus piernas sonríe y es boba. Él toma las llaves de su casa y comienza a reventarle los ojos (p’ash, p’ash), pero la gringa aún es boba, su sangre es chicle que luego Abelardo masca y ríe y la gringa desaparece y entonces comienza a cagar Fabiola como un tubo de dentífrico, es hermosa con los ojos húmedos de pujar. Ella distingue a Abelardo y no le da vergüenza.
–Mira, Fabiola –le dice–, estoy mascando ojo de gringa.
–Atatáw, oye, yiack. Yiack y mil yiacks alrededor del mundo.
–¿Te parece si salimos a caminar?
–Espera, hay una araña con sus colmillos grandotes que quiere picarte.
–Yo no muero.
–Salgamos haciendo reverencias a la araña. Linda, lindita.
Caminan y el sol comienza a babear flema de granadilla. Abelardo salta un poco para alcanzar y de su mano le invita un poco a Fabiola.
–Umm, es yami.
–Umm, es yami, yami.
Unos perros conversan sobre política en la calle. Después, al verlos pasar, murmuran sobre Fabiola. «Huele bien», escucha Abelardo que dicen.
–Fabiola, ¿te has dado cuenta que ya no hay ch’akus? Es decir, ch’akus de nieve, esos blancos todos pe, despeinados con la nariz roja.
–Sí hay, mira.
Un gigantesco ch’aku camina cuidadoso entre los cerros.
–Ish-ishcha –le dice Abelardo.
El enorme perro voltea, pero sus orejas lanudas abanican tan fuerte que ambos son arrastrados por un viento caluroso hasta el mirador de San Blas. Hay carnaval. Todos festejan con trajes típicos. Abelardo ahora está vestido con una chaqueta azul de grandes mangas blancas, muy abiertas. Fabiola distingue sus robustas piernas, sus nalgas fijas dentro de un pantalón negro por debajo de la rodilla. Todos (grandes señoras de sombrero blanco, metaleros con cadenas, travestis gordos y borrachos, muchachos pitucos de La Salle, campesinos chaqchando Coca) dan vueltas alrededor de un árbol, cantan: «Eres como la tuna, no estás madura y ya te entra gusano». Las serpentinas los envuelven y el pica-pica baila en pareja.
–¿Te has dado cuenta de que en la serpentina está escrita la suerte?
–Sí, literal y hay piñata.
Una señora sirve chicha de un gran balde. Está alegre, pero cae y San Blas se inunda de chicha. Abelardo toma de la mano a Fabiola y surfean en su sombrero plano y multicolor. Llegan al Cristo Blanco y distingue que el Cusco entero está borracho. Cusco se levanta desnudo.
–El Cusco es cuero, es príncipe, es un guerrero calato. Uyuyuyuyuy, qué cuero que es Cusco –dice Fabiola.
Cusco se rasca la oreja y desde las alturas cae Jonathan.
–Hola. Intentaba entrar a su cabeza. Lo intenté por todos los huecos posibles, pero me descubrió. Está borracho.
Abelardo y Fabiola abrazan con orgullo a su amigo.
Cusco encuentra que el gigantesco ch’aku se ha dormido y lo despierta con un suave:
–Ish-ishcha. Pukllarisunchu?
–Arí –responde el gran perro y ambos salen volando. Tienen alas de oro y el escudo de Echenique en el pecho.
–Oigan… ha dicho pukllarisun, no pukllarisaqku –advierte Jonathan.
Los tres vuelan. Hay quenas, zampoñas, pututus, tinyas y mucha chicha en el cielo.
–Cielo dicen los sonsos –me dice Abelardo.
–Lo siento –digo–. ¿Qué bien se la pasa uno en Cusco, no?
Fabiola me está mirando y me muestra sus pechos, grandes panes chancay con botones de azúcar encima. Abelardo la empuja bruscamente y se ríe, comienza a modelar como en pasarela, llega cerca, me hace una mueca y se va de espaldas. Veo sus nalgas de bronce (está desnudo, ahora entiendo a Fabiola y sobre todo a Arsenie). Jonathan me sonríe, cómplice. Y repite:
–Cómplice.
Jonathan encamina a sus amigos, todos desnudos, todos con alas de oro, con el escudo de Echenique en sus pechos. Me hacen adiós con la mano y se van.
Escucho que Cusco ríe, el perro ríe, Fabiola ríe, Abelardo ríe, Jonathan ríe.
Me he quedado solo por un rato.
Mi pecho de felpa se sacude. Estoy desnudo. Me llaman riendo. La música es buena. Hay tinyas para batir eternamente, hay quenas para soplar. Hay espacio para mí.
Arriba es día de fiesta. Todos beben chicha. Cusco es el muchacho más hermoso, más sexy que la humanidad alcanzará a conocer. Quiero hablar con Abelardo y contarle, pero Fabiola es hermosa, me acerco a ella y huelo su sexo: cerezas, cherrys en almíbar.
–Fabiola, ¡qué bien se la pasa uno en Cusco!
Ella me sonríe cálida, como mermelada recién hecha.
–Sí, Jorge. Uno se la pasa… de la refunrinfunflay

De Antes que las primeras veces se terminen
Julio 2008


Jorge Vargas Prado (Cusco, 1987). Narrador, poeta, editor y músico. Ha publicado, entre otros libros, La loca y otros cuentos desvergonzados. Es miembro fundador del Grupo Editorial Dragostea e integrante de la banda Chintatá.