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Dolor de muelas

Por Elvira Navarro


Era un julio de bochorno y los helados se derretían al atravesar la puerta de Palazzo; llevábamos así meses, como un ritual o una religión que nos ayudaba a aguantar hasta la noche, cuando el calor se disolvía en hilos de aire y yo ya estaba harta y Manuel se apretaba el carrillo con una camiseta que envolvía hielos en forma de corazón, regalo de una despedida de soltera que solo lo fue nominalmente, porque Manuel y yo no estábamos casados pero hacía poco que decidimos simular una boda para, entre otras cosas, dejar de hablar de bodas. Manuel no quería casarse y yo sí; necesitaba recorrer su significado, disfrazarme de gesto; además me gustaba ser la oponente de esas parejas orgullosas de sus tres niños sin haber pasado por la vicaría o el juzgado: yo les enseñaría los retratos de mi falsa boda. Qué tal entonces, Manuel, unas fotos de mentirijilla; nunca hemos celebrado nada. Fue una broma al principio, como cuando, para hacer la felicitación navideña, nos disfrazamos de la Virgen y San José con unas sábanas y unas aureolas de papel Albal. López, nuestro perro, hizo de niño Jesús asomando el hocico por un chal que me había comprado para la graduación de mi prima Maite. El chal era pajizo; si recortaba la fotografía y me quedaba solo con López, parecía el cuadro ese de Goya en el que asoma la cabeza de un perro. Me daba pena López, y eso que los animales no hacen el ridículo. ¿Estábamos tú y yo ridículos disfrazados de San José y la Virgen? ¿Los amigos se habían sonreído con algo de vergüenza ajena? Creo que no, pero quién me lo asegura. Con lo de la falsa boda yo esperaba abrir una puerta, entrar en una habitación nueva y rara. Ansiaba algo que ignoraba, como parir cuervos en vez de hijos. Y me parecía que alejaba la mala suerte. Esto último no lo sabía explicar; tampoco me detuve a analizarlo. Tenía prisa por irme de vacaciones en febrero. Ese año nos lo podíamos permitir, pues Manuel terminaba el periodo de exámenes en la universidad (daba clases de Derecho Financiero y Tributario) y yo estaba en la lista de interinos de secundaria y no me habían llamado por culpa de los recortes, que me traían la imagen de hojas de morera comidas por gusanos de seda. Qué más me daba, si lo mío era el cine y acababa de tocarme un dinero en el sorteo del Niño. Podía pasar el resto del año con holgura, sin que Manuel tuviera que pagar él solo el piso.

Mi mejor amiga tenía un chalet en Zarzalejo y nos lo ofreció para celebrar allí el convite. En la falsa despedida de soltera no hubo antenas de abeja Maya ni diademas de polla; tan solo imprimí en unas camisetas una fotografía de Manuel y mía vestidos de novios. El montaje de Photoshop lo celebramos con vino blanco y frío de Rueda. Había estado durante unos días ensayando con fotos de trajes virtuales en los que pegaba nuestras cabecitas, que parecían bolas de pinball y encajaban bien en cualquier cuello. Me di cuenta de que no era eso lo que esperaba y a última hora cambié el destino de nuestras vacaciones. Íbamos a irnos a la casa londinense de un amigo. Antes de sacar el e-ticket vi en el periódico una oferta para pasar quince días en Lanzarote. Algo se deslizó, suave, y me fui a la agencia de viajes para contratar la oferta; por la noche, sobre la mesa y delante de Manuel, extendí un mapa de la isla donde se la representaba casi negra, con sus picos de volcanes como nidos de pájaros, sus pueblos ralos. Manuel se puso tenso, no por rechazo, sino a la manera en la que un cazador advierte a lo lejos una presa. Me dijo que siempre había querido ir a Lanzarote y que no podía saberse de qué color era la isla en aquel mapa. Nos alumbrábamos con la lamparita y encendí también la luz del techo, que no arrojó certeza alguna. Tampoco investigamos en Internet. Nos gustaba quedarnos con la incertidumbre de aquel plano que me habían dado en la agencia, donde la isla parecía un invertebrado, según Manuel. No podíamos distraernos mucho con el viaje; en la nevera había quintales de tortilla, embutidos, fuentes de tabulé, y nos faltaba sacar el marisco del congelador, tal y como nos habían dicho en el cocedero: descongelar los langostinos la noche antes. Teníamos asimismo que llegar temprano a Zarzalejo para montar las mesas, pero yo pensaba en ello como algo lejano y creo que lo mismo le pasaba a Manuel. Frente a nosotros, colgados sobre la vitrina en sendas perchas, estaban nuestros trajes, y no nos atrevimos a meterlos en el armario, como si se nos fueran a olvidar. A pesar de que no tenía la cabeza puesta en la boda, le dije a Manuel que podríamos habernos casado de veras; Manuel me respondió que cuando eso sucediese nuestros amigos vendrían al convite real como si fuera ficticio. La falsa boda se me presentó como un acontecimiento absurdo, separado de mis intenciones; barrunté entonces que su único fin había sido el tener una excusa para hacer algo que llevaba tiempo deseando: irme a una isla, gastarme el dinero en pasar los días mirando el agua, tumbada en la arena. Miré de nuevo el mapa y me pareció el dibujo de una sanguijuela. Manuel tenía razón al compararlo con un invertebrado. Me sentí libre de mis huesos, sumida en formas de vida antiguas y plácidas.
Al día siguiente nos levantamos a las siete y nos fuimos en vaqueros a Zarzalejo, con nuestros planes de novios colgados en los agarramanos de las ventanillas traseras y el maletero pletórico de comida. Yo apenas había dormido, y cabeceé durante todo el trayecto. Beatriz nos regó con café; a las nueve estábamos ya en el jardín, pelados de frío y deseando que el sol arrebolara unas nubes de aspecto calcáreo. No se vaticinaba rasca para la jornada, estaba siendo un invierno caluroso incluso en la sierra, además había mesas dentro para los frioleros. El sol de las once se presentó caliente y nos vestimos en silencio. En el espejo me asaltó el deseo de haber ido a una peluquería para que me peinaran, cosa que no había hecho jamás. Le pedí a Beatriz que hiciese de peluquera.

–¿Cómo te peino? –me dijo.
–Como quieras, pero péiname durante un rato. También quiero que me maquilles.
Cerré los ojos y me entregué a las manos de mi amiga; eché el cuello hacia atrás, como las gallinas a las que mis abuelos daban un tajo en la nuca y dejaban desangrarse. La ceremonia fue rápida, el sol repartía una calentura suficiente para las horas que íbamos a pasar entre los invitados, el cabrales y el Ribeiro, y recuerdo mirar hacia una esquina del jardín y toparme con Manuel a cuatro patas comiendo césped antes de deslizarme al baño y vomitar los litros de café y vino que me producían un entusiasmo histérico. El alcohol no se llevó la impresión de gratuidad; todos los gestos de Manuel y míos servían para arrancarnos cachos de costra, pero allí borracha me parecía que nosotros éramos la costra, que no había nada a salvo de la esclerosis. A pesar de lo que digo ahora, de la borrachera y del breve aleteo del frío cuando me quedaba quieta, lo pasamos bien, yo con mi vestido beige y el tocado sencillo que me había puesto Beatriz, Manuel con una americana marrón, una camisa (la primera vez en seis años que le veía con camisa), unos chinos. ¿Y no les has dicho nada a tus padres?, le pregunté. Sabía que no les había dicho nada, ni yo a los míos, pero por momentos me hería nuestro deseo de orfandad. Era probable que escondiéramos en el fondo del armario las fotos de esta falsa celebración para que nuestros hijos no las descubrieran. Las sacaríamos si ellos se convertían en seres sofisticados, pero eso podía no ocurrir nunca. La fiesta se prolongó la noche entera; al día siguiente, a la hora de comer, estábamos embarcando para Lanzarote en un estado lamentable. No recordaba qué había metido en la maleta, y Manuel tampoco. El puro cansancio no nos dejó echarnos la siesta. Cuando el avión fue acercándose a las islas nos pegamos a la ventanilla, yo sobre las piernas de Manuel intentando reconocer la silueta negra. El único color que se avistaba era el añil del océano, que subía hacia arriba hasta cubrir de una bruma celeste la superficie. No logramos distinguir volcanes ni ninguna otra cosa hasta que el descenso permitió una imagen precisa de la línea de costa; debía de hacer mucho viento, pues el aparato se revolvía, y durante unos instantes pareció que nos deteníamos, que la aeronave se había quedado suspendida con placidez de ave en el mismo sitio. No fue más que una impresión; al poco el avión bajó. Todo se volvió alquitrán y rayas sobre un marco yermo.

Pasamos los cuatro primeros días entre Playa Quemada y el Timanfaya, sorteando descalzos la piedra volcánica aún no horadada lo suficiente por la tierra. En aquellas jornadas cobró sentido nuestra falsa boda, un sentido distinto que no sabría precisar pero que me hacía estar segura. Las horas se derretían sobre nosotros, sentados en la arena y sin nada alrededor excepto las lomas suaves recorridas por una paleta marciana: rojos, negros, a mí que me parecía no aguantar más frente al ordenador, que no quería otra virtualidad que la despertada por aquel desierto. Por las mañanas me levantaba antes que Manuel para bañarme en el Atlántico frío, y en verdad para estar un rato a solas; luego me iba a desayunar al bar del pueblo, si bien no me parecía que aquello fuese un pueblo. Aunque jamás nos referimos a la localidad de ese modo, Playa Quemada era una aldea. Había otras muchas cosas que tampoco acudieron a nuestros labios. Permanecimos horas sin formular un solo pensamiento, envueltos en frases simples e infantiles: me voy al agua. Me voy. Y ya dentro: de aquí no me saca nadie. Manuel leía ahora sobre el cerebro, y por la noche hablábamos de que el contacto con la naturaleza debía de producir en nuestros cuerpos alguna respuesta ancestral, como en un libro de Ballard. Podían salirnos branquias si pasábamos el suficiente tiempo sumergidos y con la conciencia en algún valle remoto del océano.

Manuel estaba tan relajado como yo, tan de tregua, hasta que una noche, era el sexto día y lucíamos un moreno discreto, comenzó el dolor, el mismo que hacía un año lo había llevado a suspender las clases y a que le rebanaran un trozo de encía. En aquella ocasión se le infectó toda la boca; mientras el dentista le sacaba un filete de mucosa, Manuel temblaba de fiebre. Anoche le había escuchado quejarse, lo que no impidió que me levantara temprano para bañarme en la playa. Salté de la cama nada más abrir los ojos, me coloqué deprisa el bikini, abandoné el cuarto con cautela; en el agua me demoré más de lo habitual, previendo una jornada de médicos y farmacias o de espera. No salí del mar por mi propia voluntad, sino porque entre el oleaje advertí los fulgores de un pez amarillo que me asustó. Me estuve unos segundos quieta, al principio no creía lo que veía y además me movía el rencor. Me fui a desayunar, y en lugar de una tostada, pedí boquerones en escabeche. El cuerpo te obliga a hacer un papel; no estaba mal, pensé, que ese papel fuera fingirnos peces, o plancton. El hombre del bar me dijo que los boquerones en escabeche no eran la especialidad, pero que podía prepararme unas lapas. Me avergoncé y pedí una tostada con aceite, zumo, café; al volver a la habitación, me encontré con lo esperado: Manuel sin asearse frente al espejo, goterones de sudor limpiándole las sienes, la angustia formando hilos enjutos en el rostro, en todo el cuerpo. La luz del baño caía con una verticalidad difusa enmarcando sombras y brillos sobre su piel: parecía un lagarto. Lo miré con frialdad. Estaba absorto en su nuevo traje, y aunque no le pregunté, sé que no se enteró de que hoy yo llegaba una hora más tarde. Se le veía horrorizado y extasiado. El miedo, pensé, era casi lo único que podía experimentar el cerebro reptil. Tal vez era ahí donde le gustaba vivir a Manuel.

Conseguimos cita con un dentista en Arrecife. Aunque Manuel no tenía fiebre, me pareció que en la sala de espera se esforzaba por disimular un temblor. El dentista le dijo que si le cortaba la encía iba a estropearle las vacaciones, que era mejor que se tomara un antibiótico y esperase a regresar a Madrid para que le metieran el bisturí. A Manuel le quedaban días de asuntos propios; no pasaba nada si se cogía un par más. «Lo malo es el aliento, pero podemos pasar sin besos», me dijo al salir de la consulta; asentí por responder algo a esa vergüenza absurda, como si no tuviésemos mal aliento todas las mañanas. Quizá de lo que se avergonzaba Manuel era de quebrar la armonía de nuestros cuerpos, que llevaban seis días existiendo para revolcarse entre las piedras y follar y sentirse lozanos de dieciocho con treinta y muchísimos yo y él con cuarenta. El antibiótico curó la infección, si bien Manuel no volvió a trotar con pachorra. Las dos jornadas siguientes, por la mañana, lució falsamente animoso, y lo que se llevó a la playa no fue el libro sobre el cerebro, sino el Kindle con las tesis de sus doctorandos. Se compró un periódico, y entre anotación y anotación le echaba algún que otro vistazo devoto. El periódico encarnaba el relax. Solo los domingos, y también cuando estábamos de vacaciones, Manuel se permitía pasar la mañana entre artículos de opinión, noticias, precintos de películas, sin nada que anotar y dando rienda suelta a su Español Medio en el gesto, café primero y la caña cuando llegaba a los suplementos dos horas después, casi siempre en la plaza de las Comendadoras si hacía buen tiempo, o en Le pain quotidien en invierno, pidiendo entonces café americano porque le gustaban los tazones para mojar el pan de centeno con mantequilla. Durante la semana sus lecturas eran las obligatorias, sobre todo ahora que la universidad se desmoronaba y él sin conformarse con la plaza de profesor titular, atormentado ante los años que le quedaban para ser catedrático o para dar otro tipo de salto. Todo eso le desencajaba la cara. Yo me había retirado a tiempo de la universidad a pesar de mi doctorado, o más bien gracias a él. Hasta hacía medio año había podido ejercer de interina en un instituto (en las oposiciones cayó mi tema de tesis y no quedé en mal lugar) mientras hacía mis pinitos con el cine. Había estrenado dos cortos y un documental que se llevó el premio de la sección Nuevas Olas del Festival Internacional de Cine de Sevilla, mérito equiparable para Manuel a su plaza de titular. Sé que no acabó de alegrarse de mi premio ni de mi largometraje (una noche me confesó que no le gustaba). El caso es que para protegerse la encía, y como si tuviera que castigarse por ella, se acababa de poner con las tesis que iba a leerse a la vuelta de nuestras vacaciones, y yo me quedé durante aquellos dos primeros días dando vueltas en torno a su toalla, su sombrilla, su silueta pueril; vueltas que en verdad eran huidas al agua, pues no quería mirar el Kindle con las tesis, no las quería allí y a la vez estaba agradecida porque tampoco quería a Manuel en el agua, su ritual enfermo envolviendo la inmersión, con la mirada traspuesta a kilómetros de luz y bruma. Habíamos alquilado un coche para hacer excursiones y no estaba en mis planes renunciar, pasarme el resto de los días durmiendo siestas poco digestivas. Manuel se pensaba ahora indispuesto y no había quien le impidiese tomar sus descansos. Le eché un poco de menos cuando, a la tercera tarde desde que se le descuajeringó la encía, arranqué el coche para irme sola al Timanfaya, pero a la jornada siguiente me descubrí deseando verle cabecear y palparse entre tanto la herida, sobre la que echaba taponcitos de Oraldine sin calmar el mal sabor de boca. Se ponía nervioso si me acercaba; era cierto que el hedor de la comida podrida bajo la carne no podía equipararse a la acidez del aliento al despertar. El cese de la infección no había hecho que la mucosa volviera a su sitio. Parecía haber crecido, era una visera sobre la muela, por cuyo derredor asomaban los restos podridos que Manuel removía con un mondadientes y el antiséptico. No lograba limpiarla bien, la protuberancia seguía en carne viva, el dentista le había dicho que no se hurgara, pero Manuel estaba convencido de que si se metía el palillo con el desinfectante el aspecto ulceroso de su encía solo podía ir a mejor. Con tanto removerk, el mal olor aumentaba. Yo, mientras arrancaba el coche y tomaba la carretera de Yaiza y luego la del Timanfaya, me lo imaginaba con su neurosis. Manuel no contaría las horas que yo pasaba fuera porque le iban a faltar para enjuagarse con Oraldine y para encontrar en Internet pájaros de mal agüero, incansables noticias sobre encías destrozadas y tumores, en vez de soluciones. Y es que, ¿por qué tiene que crecer la piel?, ¿no es un hecho insólito que solo un médico puede permitirse decir con naturalidad?
Para cenar seguíamos yendo a Arrecife y Manuel pedía lapas. Las lapas se servían boca arriba sobre una sartén negra; eran como ojos de un brillo mate en una habitación con las persianas bajadas. Yo miraba el molusco desconocido, me metía con cuidado uno en la boca tanteando su blanda textura como si esperara encontrar signos de vida. Manuel disimulaba apenas su ansia mientras yo vacilaba, un ansia que alcanzaba su cénit al demorarme con el bicho entre los dientes (en esos momento pensaba que Manuel no me soportaba), y cuando deglutía tras dejar la concha limpia en mi plato él se lanzaba a comer con furor. Yo atacaba mi besugo fresco de la misma impudorosa manera y solo nos mirábamos cuando dejábamos los platos limpios. Tal vez él también pensaba que yo no le soportaba. La tensión no duraba mucho gracias a que vaciábamos una botella de vino y luego nos pedíamos gin tonics en un bar del paseo, o nos los tomábamos en el apartotel mirando la arena oscura. De Playa Quemada las imágenes vía satélite de Google arrojaban noventa y nueve casas. Me urgía explorar el pueblo de noche, con las calles desiertas tan parecidas a carreteras. Nada me impedía dejar a Manuel en la terraza, con su ginebra y sus pensamientos sobre su herida apestosa. Me sentía incómoda con él por las noches, y cuando me alcanzaba la culpa por no ser comprensiva, le decía que estaba contenta de estar allí y también de nuestra falsa boda. No mentía al decirle aquello. Yo nunca le he mentido a Manuel. Sin embargo, una de esas noches en la que él removía su gin tonic en la oscuridad de la terraza pensé que nada cambiaría si en lugar de permanecer allí me lanzaba a la calle, y eso hice con cuidado de que no sonara la puerta, de que Manuel me creyera en el cuarto consultando mi correo electrónico. Una vez fuera, no pude alejarme; me detuvo un motivo egoísta: no pelearme con Manuel para no estropear las vacaciones. Volví al apartotel; Manuel estaba sobre la cama y se limitó a observar: «No te he escuchado decirme que te ibas». Respondí:

–Es que no te lo he dicho.

Al día siguiente arranqué el coche antes de que él se lo hubiera pensado. La visera de carne sobre comida putrefacta no le impedía desayunar tostadas con todo el embutido del buffet y ventilarse después, para comer, una fuente de patatas con mojo y otra de lapas. Yo pensaba en sanguijuelas mientras lo veía masticar la carne dura de ese molusco despreciado en la península, que crudo tenía el mismo aspecto que la encía ulcerada de Manuel. Me fui al Timanfaya a caminar descalza; a esas horas de la tarde y a esas alturas del año no había apenas turistas, y los viajes organizados al volcán se hacían por la mañana. Me senté en la falda de un cráter pequeño, después anduve más de una hora, aunque sin perder de vista el coche, que no había metido en la arena por temor a la policía. Lo cierto es que todavía no había visto a un solo policía. No valía la lógica de la ciudad, ni la del campo, y yo no sabía qué hacer con mi miedo. Algunos volcanes formaban pasillos de roca; junto con la piedra frondosa encontraba restos que parecían venir del océano. Cuando el sol comenzó a ponerse me senté en aquella arena dura. Entonces las vi.

Después de que Manuel llevara diez días untando babosas marinas en mojo verde ya no había lugar para el error. Tal vez si no me repugnaran habría confundido esas conchas con las del mejillón, o con restos fósiles que la lava no había podido devorar, pues lo cierto es que asomaban apenas del tegumento gris y extrañamente irisado de esa tierra que, lo juro, parecía agua de mar al mediodía. Yo me había sentado en el suelo a escuchar el silencio de lava seca, la quietud de los conos, una calma chicha que hacía pensar en erupciones inminentes. Me puse a escarbar, con mis manos y con trozos de roca; he allí lo que quedaba de las lapas, como si los restaurantes y los hoteles, vacíos a principios de febrero, vinieran a tirar las conchas al parque. El mar no estaba tan cerca como para explicar aquellos restos. En lugar de hogares marinos y piezas de bisutería playera, yo siempre he visto esqueletos en las conchas. Las tiendas de suvenires de los paseos marítimos, con sus collares hechos con tellinas y sus caracolas, se me antojan comercios de huesos. Cuando acerco el oído a una de esas criptas en miniatura no me parece escuchar el sonido del mar, sino el fantasma del molusco, su alma pringosa resbalando por el nácar.

En una isla pequeña nunca se está lejos de la costa pero, con todo, veinte kilómetros eran demasiados. No me aterraba la presencia de aquellas carcasas; lo que temía era que las conchas de lapa hubieran penetrado en la encía de Manuel. No tenía sentido; la infección, lo había asegurado el dentista, se explicaba por un crecimiento de la carne. El facultativo dijo que el cuerpo tiende a rellenar huecos de la misma manera que nosotros buscamos que no haya vacíos en nuestra vida, y que en la búsqueda a veces se falla. Cogí una concha y me la llevé a la nariz; al principio solo olí a los volcanes, su cuerpo terroso sobre el que parecía alimentarme de algo, como los niños del pecho de sus madres. Luego olí al podrido de la boca de Manuel, asunto que atribuí a mi imaginación olfativa o a mi cansancio, y también a la boca de mi falso marido cuando el olor dejó de ser sutil y se tornó en una fuerte pestilencia que me obligó a darme la vuelta, a creer que Manuel estaba detrás. Si imagino fantasmas, estos no son nunca de desconocidos. Son de quienes más amo. Arrojé lejos la concha, y al día siguiente renuncié a mi comunión con la tierra silenciosa. En su lugar tomé la 704 hasta un desvío sin nombre para llegar a la parte de costa del Timanfaya. No había silencio porque las olas rompían contra los acantilados negros; bajé hasta la playa y pasé allí la tarde, entre piedra y conchas de todo tipo, también de lapas. El Atlántico rezumaba olor a algas estancadas, y me agarré a aquel tufo para explicarme lo que había ocurrido el día de antes. Me agarré sin convicción por tratarse de un giro argumental predecible; estaba claro que ese olor de las algas era tan suave como el de las ortiguillas de Cádiz, mientras que la boca de Manuel solo llamaba a la bilis.

Esa noche mi falso marido me recibió con ojos brillantes que retozaban en la oscuridad de la habitación. Las ventanas estaban cerradas, como si Manuel estuviera preservando el cuarto de la solana del exterior, o mejor: como si quisiera guardar todas las partículas de su nuevo olor. Fuera ya había caído la fresca, lo que acentuaba el bochorno y el hedor de su boca.

–¿Por qué cierras así?
Me sonrió por encima de la pantalla de su portátil. Sus ojos me recordaron a grillos.
–Perdona, no me había dado cuenta –me dijo.
No evité la violencia al abrir las ventanas. Las abrí todas de par en par, incluida la del baño, como si quisiera arrancarlas del marco. Manuel no se inmutó; seguía pendiente de sus búsquedas en Internet. Me duché y después, en lugar de irnos a Arrecife, nos quedamos en el apartotel. Solo fui capaz de comer la sandía de fuera de temporada del bufet, y al volver a la habitación él seguía con la mirada de insecto. Se acercó y me dio un beso con lengua, el primero desde que se le había fastidiado la boca; no tuvo apuro en echarme el aliento ni la saliva, y yo hice un movimiento de retroceso para bajar al cuello y seguir por otras partes del cuerpo menos hediondas. Manuel, sin embargo, me tomó la cara con delicadeza y volvió a plantarme su boca. Empezó una serie de morreos extraños, sobre todo por los movimientos de los carrillos de Manuel, concentrados en estimular las glándulas salivares para pasarme el líquido putrefacto que a su vez me hacía salivar a mí. Tras dos o tres amagos de vomitar, mis espasmos se tornaron más leves, y también las lágrimas. No lloraba de emoción, sino por las contracciones de mi diafragma. Los espasmos me ponían roja y me ahogaban.
–Si paro va a volver a darte fuerte –me susurró Manuel con una dulzura rara, meditativa; con un sosiego parecido al de un templo tras el rezo; acto seguido volvió a poner su boca sobre la mía. Tragué saliva hedionda, y no tuve la impresión de estar siendo besada; más bien hacía el amor con la boca porque el ser que había junto a mí no podía copular de otro modo. Cuando terminamos, Manuel pasó al baño a lavarse la encía con la misma escrupulosidad que los días anteriores, lo que en cierto modo me relajó. Se acostó tras haberse metido dos láminas de menta en la boca, y su beso fue seco, apretado, celoso de que el hedor no volviera a escapársele. Estuve a punto de decirle que por qué no adelantar el viaje, aún quedaba para la vuelta y su carne no tenía visos de mejorar a pesar de que ya no había infección, pero pensé en las vacaciones que tenía por delante, en las que no me veía junto a Manuel, sino caminando por el Timanfaya. No medité sobre lo que acabábamos de hacer. Había sido como una siesta con pesadillas sobre las que no hay conclusiones que sacar porque se ha olvidado su contenido. Tan solo se flota en la sensación, y eso es lo que yo hacía, flotar mientras me recreaba en los días que me quedaban en Lanzarote.

La jornada siguiente no me fui al Timanfaya. Visité la Geria, luego Asomada y más tarde San Bartolomé. No quería toparme con las conchas, y sabía que al poner un pie en el parque iba a agacharme y a enterrar la mano para buscarlas. Me pesaba no poder ya andar con tranquilidad entre los volcanes. Aquellos días había sentido que mis pulmones se dilataban sobre el terreno, y que esa comunión de mi órgano con la tierra me iba a ser ya imprescindible para respirar. En La Geria me tomé un vino y paseé, vigilada por la mesonera, entre los muros en forma de herradura donde crecían las vides, con los restos de ceniza usados como abono formando una película más clara que el terreno yerto del que salían cepas con hojas verdes. Compré una botella de vino cuando caí en la cuenta de que no había comprado nada en todo el viaje, y también por motivos que verificaría a la noche, cuando regresara al cuarto con Manuel. Ya no esperaba que mi falso marido quisiera hacer excursiones nocturnas a las terrazas de los pubs o a la playa. De La Geria me fui a Asomada y vagué un rato bajo un sol pesado para ser febrero, entre las casitas de blanco intenso que me daban envidia. La luz era puro estruendo y percutía en mi sistema nervioso de una forma placentera, vital, aunque en verdad la vida allí debía de ser melancólica y por eso me gustaba. Saqué la guía turística y opté por un pueblo más urbano, San Bartolomé, donde pasé el resto de la tarde observando cómo los vecinos, vestidos con trajes típicos, paseaban al santo de una ermita a otra. Yo era la única turista. Volví al apartotel de noche, y no supe si los ojos de Manuel se asemejaban, como el día anterior, a los de un insecto en la oscuridad. Abrí las ventanas con estrépito y saqué los licores de la nevera, pequeñas botellas que se tiznaron de vaho. En San Bartolomé había comprado embutidos. Dije:

–Hoy cenamos aquí.

Comimos y bebimos con parsimonia, sentados en la cama, con los bañadores puestos; las ventanas estaban abiertas y la tele apagada. Hacía calor, el aire de la habitación olía al podrido de la boca de Manuel, y no poníamos la tele porque las parejas sentadas frente a la pantalla constituían para ambos la imagen de la renuncia. Tampoco habríamos sabido qué ver. Manuel me expuso sus planes para la boda. Dijo «boda» y no «boca», pero yo me empeñé en entender que hablaba de su boca, y al mismo tiempo pensé en nuestra falsa boda con angustia. No era su falsedad lo que me angustiaba, sino que pareciera haber acontecido en otro tiempo, incluso no haber ocurrido nunca. La boca parecía lo único real, y los planes de boda de los que me hablaba Manuel se me antojaban instrucciones precisas para la correcta higiene dental, sacadas de Internet en el intento de averiguar cómo destruir los restos de comida bajo las encías. «Pero tengo que decirte algo más», añadió Manuel, y apenas me dio tiempo a la expectación, ya que casi sin respirar me soltó: «Me estoy convirtiendo en un insecto». No pude evitar reírme a carcajadas, y Manuel también se rió, aunque sin dejar de hablar. «No es solo carne lo que hay sobre la muela. Te lo juro». Se sentó al lado de la lamparita, y abriéndose la boca dijo: «Mira». Casi le metí la lamparilla entre los dientes, pues las paredes de los carrillos hacían sombra; en efecto, lo que había bajo la visera de mucosa no era únicamente la muela pobretona y sucia por los restos de alimentos que Manuel no terminaba nunca de sacarse. También había otro tipo de tejido que recordaba al apretado caparazón de los escarabajos. Contuve la respiración; el olor hoy parecía especialmente fétido, y pasaba a las papilas gustativas como si en lugar de por la nariz hubiese penetrado por la lengua. La experiencia del día anterior, o tal vez de todos los días juntos, había domeñado mis arcadas.

–Deben de ser alimentos cristalizados –le dije con total sinceridad y como si llevara toda mi vida usando ese término que acababa de inventarme, «alimentos cristalizados». Estaba asustada no porque creyera que se estaba convirtiendo en un insecto, sino por la normalidad con la que yo asumía semejante declaración. Nos miramos y supe que sentíamos el mismo miedo. Manuel dijo:

–Mejor no pensar mucho.
Me dieron ganas de replicarle que no había nada que pensar, y que ninguna Wikipedia ni ninguna página web iba a aclararnos las dudas por más de que él llevara todas las horas que yo había dedicado a pasear por la isla sumergido en Internet para arañar conocimiento sobre su carne podrida. Probablemente la hipótesis de que se estaba convirtiendo en un insecto venía tras mucho investigar por el mundo virtual. Manuel nunca concluía nada a la ligera.
–Lo que me importa ahora, además, es casarme contigo de verdad –añadió, y ya no era una «boda» donde yo podía entender «boca».
–La otra vez que te pasó lo de la boca –contesté a pesar de todo–, se calmaba con el helado. ¿Te acuerdas? Si aplicabas frío, la inflamación cesaba. El dentista te dijo que comieras helados, que si no la carne crecía y se encontraba sin espacio.
–No te estoy hablando de eso –me respondió Manuel. No insistí. Él se alejó de la lamparita. Aunque habíamos comido ya el postre, sacó de la nevera un táper. El movimiento de Manuel había perdido su gesto de vacilación, esa lentitud inicial tan suya indicadora de que primero tiene que pensárselo. Su desplazamiento a la nevera fue semejante a la presteza con la que las cucarachas huyen cuando se sienten acorraladas. El táper contenía lapas frías sobre mojo.
–¿Dónde has conseguido eso? –le pregunté.
–Son los restos de la comida –contestó.
–Voy a darme un paseo –le dije antes de que se llevara una lapa a la lengua para sorberla, y al salir supe que lo dejaba ahí desamparado con sus planes de boda.

Las calles tenían un aspecto desvencijado. Caminé no sé por cuánto tiempo descalza sobre el asfalto sin notar la raspadura de los chinatos. El bar donde solía desayunar estaba abierto, y en una pantalla en la que no había reparado durante la mañana, y que ocupaba media pared, daban una película de Paco Martínez Soria sin volumen. El camarero me saludó y no pude evitar cierta incomodidad. Aspiraba a que no me hubiese reconocido. Por las mañanas, después del baño, me presentaba allí con mis gafas de sol, una camiseta y el pelo en un moño; si sabía quién era yo, es que no había tanta diferencia entre ir engalanada y andar recién salida del agua con la cara llena de sal y el pelo de cualquier manera. Me senté con la ardiente conciencia de la inutilidad de mis arreglos; en el mostrador había lapas, y aunque iba dispuesta a beberme el tercer gin tonic de la noche, la carne del molusco me abrió el apetito. Llevaba días durmiendo mal, comiendo mal, y solo ahora lo reconocía; además no era culpa de Manuel que nos hubiésemos quedado en el hotel por la noche en lugar de ir a Arrecife. Era yo quien no había querido gastar más energías en cenas que me daban asco. Ese celo por no gastar, por moverme lo mínimo mientras permanecía junto a mi falso marido, me había dejado agotada.

–Quiero unas lapas –le dije al camarero.
–Están muy ricas –me respondió. Extrajo del mostrador refrigerado la bandeja con los bichos crudos y desapareció en la cocina. Mientras cocinaba las lapas, no miré, como había hecho las noches anteriores, el calmoso mar, sino la cantidad de moscas de aspecto invernal que había en el expositor refrigerado; esas moscas, pensé, debían de estar congeladas, lo mismo que Manuel, o más bien: Manuel podría congelarse a esa misma temperatura que servía para mantener a las lapas a salvo de bacterias, si bien nada me aseguraba que las moscas que yo miraba estuviesen heladas y no simplemente muertas. En este último caso, su presencia quieta y perfecta sobre el cristal (la moscas muertas yacen boca arriba y con las patas hechas un gurruño) se explicaría por la roña adherida. Las moscas se habían posado en el vidrio y ya no habían podido despegarse. Sea como fuera, comí mi bandeja de lapas sin que me repugnara su connivencia con los cadáveres de las moscas ni con la enfermedad de Manuel, y me fui del bar llevándome un porrón de helados de fresa y vainilla, que eran los preferidos de mi falso marido; corrí hasta el apartotel con un temor atroz a que los helados se derritieran, y cuando Manuel miró mi cargamento me dijo que me habría costado menos traerlos del bufet, donde eran gratis.

–Come –le dije sin atender a su observación, y me puse a vigilar que masticara los helados con la parte de la carne podrida; algo en nosotros se relajaba conforme el hedor de la comida se mezclaba con el suave aroma de la vainilla y la fresa; no me pregunté, y Manuel tampoco, por qué no habían tenido ese mismo efecto los chicles extrafuertes de menta, en teoría más penetrantes, ni las láminas de clorofila especiales para el mal aliento, ni todos los mejunjes para la boca, cuyo efecto se disolvía de manera instantánea, como si no rozara la herida. En cambio, el dulce del helado parecía taparla, y al rato le pedí a Manuel que me enseñara aquel pedacito de encía. La extraña cáscara estaba cubierta de helado sin derretir, que no se mezclaba con la saliva y que era como las moscas muertas del mostrador refrigerado: sabía guardar la compostura en su proceso de descomposición. Me sentí triunfal, y creo que Manuel también, a pesar de que sabíamos que no podía pasarse el día comiendo helados y que el efecto era pasajero. A la jornada siguiente, después de un almuerzo en el que casi todo fue postre de chocolate y avellana en cucurucho, tuve valor para volver al Timanfaya y hundir las manos en la arena en busca de las conchas; hacía más calor que otras veces, la tierra se veía extraña y clausurada, todo me pareció teñido de melancolía y no encontré nada donde debían estar las conchas, salvo los restos de la tierra que yo había removido. Me tumbé sobre el montículo, pegué la oreja al terreno, por primera vez pensé seriamente en los planes de Manuel para la boda, en atraer una mala suerte más real. Dejé que la calma me envolviera


Elvira Navarro (Huelva, 1978). Ha publicado dos libros complementarios: La ciudad en invierno (2007) y La ciudad feliz (2009), así como la novela La trabajadora (2014). Su obra ha sido merecedora del XXV Premio Jaén de Novela y del IV Premio Tormenta al mejor nuevo autor.