Tarea-silenciosa
Reseñas

El ojo/lava

Tarea silenciosa ■ Andrés Hare (Lima, 1986) ■ Paracaídas (2012) ■ 64 páginas ■ 25 soles


Poesía. Cada libro de poemas es una intervención en el estado normativo de la lengua. La construcción de ese proceso no puede realizarse sino habitando una aparente contradicción: cómo fisurar el sistema verbal con elementos verbales. Cada poeta escribe forzado a trabajar desde esa paradoja. Andrés Hare ha construido en su último libro de poemas, Tarea silenciosa, un mecanismo de intervención que afronta esa paradoja mediante la cruza disímil de lo visual y lo verbal: un pacto no complementario entre la serie-imagen y la serie-sentido. Esa asimetría es la que da impulso a la primera sección del libro que lleva como título «El ojo desmontado» y consta de un breve prólogo y cinco poemas en prosa que se ocupan de instalar al lector en el centro de un terreno donde se anuncian los efectos expansivos de una «colisión» con lo real. En un principio, los versos parecen enmarcarse en el clima de una tierra baldía, pero velozmente las imágenes permiten discernir una geografía dominada por una inercia mayor que la sequedad. El lugar es la estación posterior a la devastación. No es una crisis, sino un vaciamiento de sentido: la mirada del ángel de la historia abandonando por fin el mundo. Desde ahí, Hare escribe las escenas que el ángel observa en su retirada. Las enumera, una a una, segmentadas, carentes de reconocimiento e ilación, aisladas en un ejercicio luminoso de desclasificación de la memoria poética e individual: «Lo veo todo porque fui hecho para ver. A través de un ojo de pez en un submarino de la segunda guerra. Mi ojo está en un vaso de agua minado. El capitán canta un himno de pie, de eso que insisten en llamar naciones. Hay que decirlo: el ojo y la lava son anteriores al tiempo. Nos vigilan desde antes que fuéramos una idea». Ahí está el ojo cercenado: brillando con un cuenco vacío sobre la ruptura de un campo perceptual, mezclando impresiones, ciudades, huellas, residuos, a partir de los cuales el poema se va configurando como una secuencia de desmontajes visuales. Las imágenes se cortan, se intercalan y se acumulan replicando a una máquina cinematográfica a gran velocidad: «Ahora que somos reptiles, mi ojo sigue desmontado observándolo todo. Aguardando la ventisca final que remueva la ceniza de los desiertos, de los inviernos y los climas erosionados». Después una intersección de historia: «El desierto. Paracas necrópolis. La armadura del espíritu: los huesos blancos». Y luego concluir: «Pero lo cierto es que estamos encerrados. En una cárcel de carne y hueso. Una plasta de moco y baba. La prisión más grande del mundo es el mundo».

¿Cómo puede continuar un libro como Tarea silenciosa con una primera serie de versos que condensan una poética emancipada de lo común, un examen fragmentario de los caracteres de época, una visita a la historia hasta alcanzar las zonas donde lo humano se intercambia con lo reptil y lo único tolerable son los climas que aguardan la simpleza severa de la ventisca final? Solo se puede continuar modulando la escala y la intensidad: cambiar de mapa. Esa parece ser la respuesta de Hare. Y acierta una vez más. Después de «El ojo desmontado», los poemas designan situaciones mediante versos breves en extensión y sentido. Las designan, no las definen. Los versos se hacen «uno con el aire», sobrevolando restos, sintetizando objetos sin adherirse a ellos –el gesto hacia la poética de Watanabe–, buscando recuperar a través de la mirada un cierto orden habitable capaz de reconfigurar la pregunta sobre «la grilla de la civilización» Por Emilio J. Lafferranderie


Recomendados:
Cabellera de Berenice (Marco Martos)

¿Escribes reseñas y quieres compartirlas en nuestra web? Escríbenos a libros@buensalvaje.com contándonos en dos líneas quién eres, y sobre qué libros quisieras escribir 350 palabras. Sé específico y, si tienes un blog, indícanoslo.